• ("Faltaba mi foto 'Canónica.")

    *Al entrar a las catcumbas del Lyche, una sección llena de zombies y no muertos trataron de cortarnos el paso, sin embargo, dejando en evidencia mi naturaleza como un horror, destrozaba las caras de los pútridos no muertos al convertir mis extremidades en horribles Zarcillos ponzoñoso hechos de un veneno oscuro y extremadamente corrosivo.*

    "¡Fuera de mi camino 'ex-humanos' mugrosos!"
    ("Faltaba mi foto 'Canónica.") *Al entrar a las catcumbas del Lyche, una sección llena de zombies y no muertos trataron de cortarnos el paso, sin embargo, dejando en evidencia mi naturaleza como un horror, destrozaba las caras de los pútridos no muertos al convertir mis extremidades en horribles Zarcillos ponzoñoso hechos de un veneno oscuro y extremadamente corrosivo.* "¡Fuera de mi camino 'ex-humanos' mugrosos!"
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  • ── Ya verás jodido Sol. Solo yo con mi mala voz para cantar puede hacer que le duela la cabeza a mis aliados.
    No importa si tengo que despertar a un horror cósmico, voy a hacer que le bajes de potencia a tus rayos.


    (Es mame)
    ── Ya verás jodido Sol. Solo yo con mi mala voz para cantar puede hacer que le duela la cabeza a mis aliados. No importa si tengo que despertar a un horror cósmico, voy a hacer que le bajes de potencia a tus rayos. (Es mame)
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  • Sabía que algo así podría pasar. Y aunque se lo había dicho mil veces, la chica era más cabezota que él mismo. Y él... él se había dejado llevar.

    Había fallado al matar al Director. Y el Lord no admitía fallos.

    —Crucio. —Siseó el Lord, apuntando hacia Astoria Greengrass con la varita.

    ********************************************************************************

    Si no fuera por los encantamientos silenciadores, Draco estaba seguro de que más de una noche habría despertado a sus compañeros debido a sus gritos. No era la primera vez que tenía pesadillas por culpa de la misión de Voldemort, y no sería la última. Se había acabado el dormir para el esa noche. Le esperaba un día de clases horroroso.
    #Monorol #pesadillas
    Sabía que algo así podría pasar. Y aunque se lo había dicho mil veces, la chica era más cabezota que él mismo. Y él... él se había dejado llevar. Había fallado al matar al Director. Y el Lord no admitía fallos. —Crucio. —Siseó el Lord, apuntando hacia [AforAmbiti0n] con la varita. ******************************************************************************** Si no fuera por los encantamientos silenciadores, Draco estaba seguro de que más de una noche habría despertado a sus compañeros debido a sus gritos. No era la primera vez que tenía pesadillas por culpa de la misión de Voldemort, y no sería la última. Se había acabado el dormir para el esa noche. Le esperaba un día de clases horroroso. #Monorol #pesadillas
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  • "¿Ves, mamá? Yo también. . . yo también puedo llorar. Como tú, como papá. ¿Ves?"

    Estúpida. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude no darme cuenta antes?

    Una niña estúpida con una vida falsa, protagonizando un cuento de hadas barato y trillado. ¿Una familia? ¿Una niñez normal, feliz? ¿Vacaciones en la playa?

    Qué idiota. Tan trillado. Tan repetitivo. Y tan. . . tan. . .

    Tan dolorosamente real.

    Metal bajo mis rodillas raspadas. Cables donde carne y sangre debería de haber. Yo era. . . yo soy una cosa. Un objeto frío, infértil, insensible.

    O, al menos, eso decían sus miradas. Horrorizados. ¿Cómo culparlos? La hija que creían haber críado por años era una marioneta, una maraña de circuitos y metales.

    Ella era un. . .

    "¡Monstruo!"

    Dolió. Aún duele. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo olvidarlo? ¿Por qué no deja de doler?

    Tomé agua del oceano y me la regué por la cara. Quería llorar. Quería, con todas mis fuerzas, sólo una vez, llorar de verdad. No ese maldito fluido que me salía de la cuencas que simulaban ser ojos. Quería lágrimas reales.

    Quise llorar cuando mi "madre" me llamó un monstruo.

    Quise llorar cuando ambos corrieron, cuando me dejaron atrás.

    ¿Por qué? ¿Por qué me hicieron conocer esta felicidad si me la iban a arrancar al final? Hubiera preferido no conocerla. Ojalá no saber, ojalá no sentir.

    Ojalá poder llorar.
    "¿Ves, mamá? Yo también. . . yo también puedo llorar. Como tú, como papá. ¿Ves?" Estúpida. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude no darme cuenta antes? Una niña estúpida con una vida falsa, protagonizando un cuento de hadas barato y trillado. ¿Una familia? ¿Una niñez normal, feliz? ¿Vacaciones en la playa? Qué idiota. Tan trillado. Tan repetitivo. Y tan. . . tan. . . Tan dolorosamente real. Metal bajo mis rodillas raspadas. Cables donde carne y sangre debería de haber. Yo era. . . yo soy una cosa. Un objeto frío, infértil, insensible. O, al menos, eso decían sus miradas. Horrorizados. ¿Cómo culparlos? La hija que creían haber críado por años era una marioneta, una maraña de circuitos y metales. Ella era un. . . "¡Monstruo!" Dolió. Aún duele. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo olvidarlo? ¿Por qué no deja de doler? Tomé agua del oceano y me la regué por la cara. Quería llorar. Quería, con todas mis fuerzas, sólo una vez, llorar de verdad. No ese maldito fluido que me salía de la cuencas que simulaban ser ojos. Quería lágrimas reales. Quise llorar cuando mi "madre" me llamó un monstruo. Quise llorar cuando ambos corrieron, cuando me dejaron atrás. ¿Por qué? ¿Por qué me hicieron conocer esta felicidad si me la iban a arrancar al final? Hubiera preferido no conocerla. Ojalá no saber, ojalá no sentir. Ojalá poder llorar.
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  • Cada vez que Nutty ando hiperactivo por consumir dulces con drogas que debo salir con él amarrado. ¡Que horror!.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    ***Edad del Caos****
    “El Precio de la Luna”

    Los años habían endurecido al mundo y también a Yen. La que alguna vez fue una niña perdida ahora marchaba al frente de ejércitos. Su nombre ya no se susurraba con duda, sino con respeto entre los Kijin, aquellos que alguna vez fueron nómadas y que ahora habían elegido su propio destino, su propia identidad.

    Yen peleaba a su lado como igual, las campañas contra los Elunai continuaban sin descanso. Ciudad tras ciudad caía, cadenas eran rotas y pueblos enteros recuperaban su libertad. Sin embargo, la libertad no traía siempre valentía. Muchos de los liberados elegían no empuñar armas, y ni Ozma ni Yen los obligaban. No todos nacían para la guerra y ellos lo entendían.

    Pero hubo un lugar distinto, un antiguo centro de investigación. El aire ahí estaba cargado como si la tierra misma recordara el dolor.

    Cuando el asalto comenzó, los Elunai no huyeron de inmediato, activaron su último recurso... Una aberración. De entre los restos del laboratorio emergió algo que alguna vez fue un Nómada. Su cuerpo estaba deformado, cubierto de músculos grotescos, con colmillos que sobresalían como cuchillas y cuernos retorcidos. Su largo cabello blanco caía hasta la cintura como una sombra. En sus manos, un hacha de guerra descomunal.

    No era un soldado, era un experimento. Yen avanzó, por primera vez, el ejército era suyo y no iba a fallar. La batalla fue brutal, cada golpe del monstruo sacudía la tierra. Yen respondía con velocidad y precisión, moviéndose como una sombra bajo la luna invisible del día. Pero aquella cosa no sentía dolor, solo destrucción.

    Porque mientras ella luchaba con técnica, aquella cosa luchaba con puro instinto desatado. Pero entonces... El error llegó en un instante, un movimiento mal calculado, un poder mal canalizado y el castigo fue brutal.

    Su brazo fue arrancado, el dolor indescriptible, sus soldados Kijin dudaron, creyeron su que princesa guerrera iba caer, pero aun así, Yen no retrocedió.

    Algo dentro de ella, ese impulso que siempre la empujaba hacia adelante tomó el control. Junto a Onix, que se mantuvo firme incluso ante el horror, lograron derribar a la criatura y librarla del sufrimiento.

    Pero la victoria no se sintió como tal, los Kijin la llevaron ante Ozma, él percibió algo que lo hizo detenerse. El poder de Yen era grande, demasiado grande para alguien que aún no comprendía lo que tenía.

    Para él, aquello solo significaba una cosa: su hija había crecido y si había crecido, entonces debía ser capaz. Sanó sus heridas pero no su brazo, no fue crueldad, fue convicción.

    Desde su perspectiva, Yen ya tenía todo lo necesario. Si no podía regenerarse era porque aún no lo intentaba de verdad. Porque no había sido llevada al límite correcto.

    Ozma no conocía la verdad, no sabía que el poder de Yen no había crecido de forma natural. Que la bendición lunar, heredada de Selin, había abierto puertas antes de tiempo.

    Le había dado acceso a algo sin enseñarle a usarlo, era como darle a un niño un libro imposible de leer y esperar que entendiera las palabras.

    Yen aceptó la desicion de su padre porque confiaba en él, siempre lo había hecho. Pasaron varios dias para que Yen recuperara su poder agotado, ella sabia lo que tenia hacer, esa noche era la indicada... Pero cuando llegó la luna llena y trató de repetir aquello que una vez mas no hubo respuesta.

    Yen entrenó, intentó, insistió, pero nada. No entendía qué había hecho aquella noche ni cómo volver a hacerlo.

    Por primera vez, su poder no respondía a su voluntad y eso la frustraba más que cualquier herida. Los Kijin, que habían aprendido a observar y adaptarse, comprendieron algo distinto. Ellos no veían a una guerrera fallando veían un problema práctico y lo resolvieron.

    Le dieron un brazo artificial, tosco, hecho con conocimiento robado a los Elunai. No era elegante ni mucho menos perfecto pero funcionaba.

    Cuando Yen lo colocó, sintió el peso, no solo era físico, era la prueba de algo que nunca había enfrentado antes: No bastaba con ser fuerte.

    Había partes de sí misma que aún no entendía y que, por primera vez su crecimiento se había detenido. No por falta de poder sino por falta de guía.
    ***Edad del Caos**** “El Precio de la Luna” Los años habían endurecido al mundo y también a Yen. La que alguna vez fue una niña perdida ahora marchaba al frente de ejércitos. Su nombre ya no se susurraba con duda, sino con respeto entre los Kijin, aquellos que alguna vez fueron nómadas y que ahora habían elegido su propio destino, su propia identidad. Yen peleaba a su lado como igual, las campañas contra los Elunai continuaban sin descanso. Ciudad tras ciudad caía, cadenas eran rotas y pueblos enteros recuperaban su libertad. Sin embargo, la libertad no traía siempre valentía. Muchos de los liberados elegían no empuñar armas, y ni Ozma ni Yen los obligaban. No todos nacían para la guerra y ellos lo entendían. Pero hubo un lugar distinto, un antiguo centro de investigación. El aire ahí estaba cargado como si la tierra misma recordara el dolor. Cuando el asalto comenzó, los Elunai no huyeron de inmediato, activaron su último recurso... Una aberración. De entre los restos del laboratorio emergió algo que alguna vez fue un Nómada. Su cuerpo estaba deformado, cubierto de músculos grotescos, con colmillos que sobresalían como cuchillas y cuernos retorcidos. Su largo cabello blanco caía hasta la cintura como una sombra. En sus manos, un hacha de guerra descomunal. No era un soldado, era un experimento. Yen avanzó, por primera vez, el ejército era suyo y no iba a fallar. La batalla fue brutal, cada golpe del monstruo sacudía la tierra. Yen respondía con velocidad y precisión, moviéndose como una sombra bajo la luna invisible del día. Pero aquella cosa no sentía dolor, solo destrucción. Porque mientras ella luchaba con técnica, aquella cosa luchaba con puro instinto desatado. Pero entonces... El error llegó en un instante, un movimiento mal calculado, un poder mal canalizado y el castigo fue brutal. Su brazo fue arrancado, el dolor indescriptible, sus soldados Kijin dudaron, creyeron su que princesa guerrera iba caer, pero aun así, Yen no retrocedió. Algo dentro de ella, ese impulso que siempre la empujaba hacia adelante tomó el control. Junto a Onix, que se mantuvo firme incluso ante el horror, lograron derribar a la criatura y librarla del sufrimiento. Pero la victoria no se sintió como tal, los Kijin la llevaron ante Ozma, él percibió algo que lo hizo detenerse. El poder de Yen era grande, demasiado grande para alguien que aún no comprendía lo que tenía. Para él, aquello solo significaba una cosa: su hija había crecido y si había crecido, entonces debía ser capaz. Sanó sus heridas pero no su brazo, no fue crueldad, fue convicción. Desde su perspectiva, Yen ya tenía todo lo necesario. Si no podía regenerarse era porque aún no lo intentaba de verdad. Porque no había sido llevada al límite correcto. Ozma no conocía la verdad, no sabía que el poder de Yen no había crecido de forma natural. Que la bendición lunar, heredada de Selin, había abierto puertas antes de tiempo. Le había dado acceso a algo sin enseñarle a usarlo, era como darle a un niño un libro imposible de leer y esperar que entendiera las palabras. Yen aceptó la desicion de su padre porque confiaba en él, siempre lo había hecho. Pasaron varios dias para que Yen recuperara su poder agotado, ella sabia lo que tenia hacer, esa noche era la indicada... Pero cuando llegó la luna llena y trató de repetir aquello que una vez mas no hubo respuesta. Yen entrenó, intentó, insistió, pero nada. No entendía qué había hecho aquella noche ni cómo volver a hacerlo. Por primera vez, su poder no respondía a su voluntad y eso la frustraba más que cualquier herida. Los Kijin, que habían aprendido a observar y adaptarse, comprendieron algo distinto. Ellos no veían a una guerrera fallando veían un problema práctico y lo resolvieron. Le dieron un brazo artificial, tosco, hecho con conocimiento robado a los Elunai. No era elegante ni mucho menos perfecto pero funcionaba. Cuando Yen lo colocó, sintió el peso, no solo era físico, era la prueba de algo que nunca había enfrentado antes: No bastaba con ser fuerte. Había partes de sí misma que aún no entendía y que, por primera vez su crecimiento se había detenido. No por falta de poder sino por falta de guía.
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  • -Que horror ¿Ahora a qué lugar extraño me llevarás vocecita horrible?

    Hablo al aire esperando una respuesta que no llego, como siempre.
    -Que horror ¿Ahora a qué lugar extraño me llevarás vocecita horrible? Hablo al aire esperando una respuesta que no llego, como siempre.
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  • *Suena la alarma a las 12 del día porque no escuché la de la mañana, y sacando una mano de la cama apagó la misma.*

    "Rayos....me quedé dormido...."

    *Arrastrando los pies me sentía algo extraño.*

    "Tengo la voz rara...más aguda de lo normal....y la delantera me pesa..."

    *Momento, con un miedo terrible, adelantando lo que estaba pasando comencé a temblar. Me toqué la delantera notando que mi busto era más grande, y con horror me miré dentro del pantalón*

    "Oh no...Oh no...."

    *Corrí rápidamente a verme al espejo, y al notar lo peor, aún así no pude evitar lanzar un grito de horror y frustración*

    "¡AHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡UUUUUUUUUUUUUUUUUUUSEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER! ¡ME CONVERTISTE EN CHICAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!"

    *El grito se escuchó hasta Tangamandapio.....efectivamente, user hizo otra de sus transformaciones involuntarias...el muy desgraciado me había convertido en mujer.*
    *Suena la alarma a las 12 del día porque no escuché la de la mañana, y sacando una mano de la cama apagó la misma.* "Rayos....me quedé dormido...." *Arrastrando los pies me sentía algo extraño.* "Tengo la voz rara...más aguda de lo normal....y la delantera me pesa..." *Momento, con un miedo terrible, adelantando lo que estaba pasando comencé a temblar. Me toqué la delantera notando que mi busto era más grande, y con horror me miré dentro del pantalón* "Oh no...Oh no...." *Corrí rápidamente a verme al espejo, y al notar lo peor, aún así no pude evitar lanzar un grito de horror y frustración* "¡AHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡UUUUUUUUUUUUUUUUUUUSEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER! ¡ME CONVERTISTE EN CHICAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!" :STK-77: *El grito se escuchó hasta Tangamandapio.....efectivamente, user hizo otra de sus transformaciones involuntarias...el muy desgraciado me había convertido en mujer.* :STK-22:
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • Realidad
    Fandom Sobrenatural
    Categoría Suspenso
    ──── Asilo Psiquiátrico, Sala Común.

    Tate permanece inmóvil en la silla de plástico, una figura lánguida, relajada y atenta.
    Las luces del techo parpadean, perdiendo intensidad lentamente.

    Para cualquier observador, Tate solo mira una pared descascarada.
    Sin embargo, a su mirada, un insecto de caparazón vítreo y patas como agujas negras roe la pintura.
    El repiqueteo de esas pequeñas e insistentes garritas parece relajarle, un ritmo hipnótico que le mantiene en trance.
    Él no parpadea. Sus ojos oscuros siguen el rastro de la pequeña grieta que la criatura está abriendo en el tejido de la realidad.

    Siente como el espacio a su alrededor comienza a vibrar.
    Las sombras de las patas del insecto se proyectan sobre el suelo con una longitud inverosímil. Se alarga, se retuercen... Se acercan.
    Tate inclina levemente la cabeza, preguntándose qué pasará cuando ese insecto de horror le alcance.

    Un segundo después, a solo un centímetro de sus pies, las patas del insecto tuercen su camino.
    Tate vuelve la mirada, siguiendo el camino del insecto.
    Y allí estás tu, en medio de su nueva trayectoria.

    ┏─•─────•───♣──•───━━━──♥──
    │A TENER EN CUENTA:

    │Se admiten personajes femeninos tanto como masculinos, 3D o 2D.
    │Personajes invulnerables, furros, usuarios sensibles y akeyos ke ezcriven azi abstenerse.
    │Evitemos las biblias.
    │Solo rol serio.
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    ──── Asilo Psiquiátrico, Sala Común. Tate permanece inmóvil en la silla de plástico, una figura lánguida, relajada y atenta. Las luces del techo parpadean, perdiendo intensidad lentamente. Para cualquier observador, Tate solo mira una pared descascarada. Sin embargo, a su mirada, un insecto de caparazón vítreo y patas como agujas negras roe la pintura. El repiqueteo de esas pequeñas e insistentes garritas parece relajarle, un ritmo hipnótico que le mantiene en trance. Él no parpadea. Sus ojos oscuros siguen el rastro de la pequeña grieta que la criatura está abriendo en el tejido de la realidad. Siente como el espacio a su alrededor comienza a vibrar. Las sombras de las patas del insecto se proyectan sobre el suelo con una longitud inverosímil. Se alarga, se retuercen... Se acercan. Tate inclina levemente la cabeza, preguntándose qué pasará cuando ese insecto de horror le alcance. Un segundo después, a solo un centímetro de sus pies, las patas del insecto tuercen su camino. Tate vuelve la mirada, siguiendo el camino del insecto. Y allí estás tu, en medio de su nueva trayectoria. ┏─•─────•───♣──•───━━━──♥── │A TENER EN CUENTA: │ │Se admiten personajes femeninos tanto como masculinos, 3D o 2D. │Personajes invulnerables, furros, usuarios sensibles y akeyos ke ezcriven azi abstenerse. │Evitemos las biblias. │Solo rol serio. ┗━━━✦━♠━━───━━━━━━━━─━━━━━━━
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