• —¡Mírenme bien antes de hacer otro de esos malditos letreros de "Se Busca" tan horrorosos! ¡Soy hermosa, soy perfecta! ¡Captúrenlo bien!
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  • Reunión de Negocios
    Fandom OC
    Categoría Contemporáneo


    El aire olía una mezcla pérfida de óxido, nicotina, sangre y encierro. Las paredes de hormigón, desnudas y sudorosas temblaban ocasionalmente ante las vibraciones de la estruendosa música y las zancadas de los bailarines que se encontraban por sobre ellos, reflejaban el temblor de la única bombilla que colgaba del techo, oscilando como un péndulo maldito. En el centro, una silla de metal, maltratada y torcida, sostenía a un hombre desnudo, constreñido de brazos y piernas a través de esposas de acero. Su cuerpo maltrecho, ya víctima de horas de una labor espeluznante, seguía siendo mancillado por el autor del dolor que le padece. - “No sabes lo feliz que soy… Siempre quise cumplir esta fantasía.” murmuró, acariciando la mejilla del prisionero con el filo de una cuchilla—. "Y tú, amigo mío, tú y yo, nos divertiremos tanto..."

    Tras él, Christopher avanzo despacio hacia el torturador, cuál artista contempla un lienzo de un cuadro sin terminar, sus zapatos resonando en el silencio. Llevaba un traje negro, impecable, como si el horror fuera solo un formalismo más a la velada. Extendió la mano tocando el hombro del degenerado que suponía uno de sus tantos clientes. – “Recuerda, tómate tu tiempo, no debes matarle de inmediato… Déjalo marinar en el dolor y en tres días más, puedes llegar a tu tan ansiado clímax.” -Dijo el ángel caído, su voz era almíbar a los oídos, como una caricia de seda auditiva, le acompañaba un aire que, a la vez de cautivador, cargaban un dejo de malicia inhumana. – “No antes y si llegas a desobedecerme, serás tú quién esté sentado en la silla. Recuerda, no eres la única alma con este tipo de deseos.” Agregó último, un mensaje disonante de la dulzura de su tono al hablar, cargado de una autoridad y tensión astronómicas. El enfermo mental le respondió de vuelta, asintiendo en silencio, mudo del nerviosismo que le provocaba la presencia del Demonio. Sin más que hacer, se dio media vuelta y se alejó caminando, subiendo por las escaleras y abriendo la puerta que daba salida del sótano. Una vez afuera, en uno de los pasillos interiores exclusivos para empleados, extrajo de su bolsillo el teléfono móvil que había extraído de su traicionero cliente y lo usó para enviar un mensaje de texto a la prestadora de servicios, aquella que, según su confesión, podía hacer los sueños realidad.

    Este reza: “No lo puedo creer, se hizo realidad, gané la lotería y ahora soy rico, gracias, gracias, muchísimas gracias, realmente todo lo que dijiste era cierto. Mira, conversé con un amigo, él no me creía hasta que saqué el premio gordo, ahora se está muriendo por conocerte y pedirte tus servicios ya que desea encontrar su alma gemela, el amor verdadero y todas esas cosas cursis. Su nombre es Christopher. Dijo que te esperaría mañana al medio día aparcado en un automóvil en el Downtown de Los Ángeles, California, frente al parque Gloria Molina, no creo que te cueste encontrarlo, maneja un auto muy costoso.”

    Una vez apretado el botón de envío, dejó caer el dispositivo al suelo para rematarlo con un pisotón que lo desquebrajó bajo el peso de su suela. - “Esto será interesante.” Musitó para si mismo con una sonrisa dibujada en su pálido rostro y prosiguió con sus tareas nocturnas, atendiendo los quehaceres de la fiesta desenfrenada que se viven rutinariamente en local; Simplemente otra noche más en “The Ministry” Nightclub.

    Al día siguiente a las 12 del día.

    Un Bugatti Veyron descansaba junto al parque Gloria Molina como un felino exótico dormido sobre el asfalto. Su carrocería negra bruñida, un abismo con reflejos de obsidiana que absorbía la luz del mediodía, devolviéndola en destellos que dibujan sus curvas perfectas. Para algunos, símbolo de poder y riqueza, para otros, envidia y de sobrecompensación. Una cosa es cierta, la desfachatez de que estuviera en público robaba numerosas miradas de los transeúntes, quienes se preguntarían, “¿Quién moraría en su interior?”, más los vidrios polarizados no dejarían que ningún ojo intrusivo descubriera secreto alguno. Mientras tanto en la cercanía los niños corrían en el parque, las risas flotando en el aire como globos desatados, pero sus ojos se volvían una y otra vez hacia aquella bestia mecánica. Y el Veyron respondía a sus ojos, no con ruido, no lo necesitaba, su mera presencia era un estandarte de opulencia contenida.


    -

    Starter dirigido a Svetla Le’ron
    El aire olía una mezcla pérfida de óxido, nicotina, sangre y encierro. Las paredes de hormigón, desnudas y sudorosas temblaban ocasionalmente ante las vibraciones de la estruendosa música y las zancadas de los bailarines que se encontraban por sobre ellos, reflejaban el temblor de la única bombilla que colgaba del techo, oscilando como un péndulo maldito. En el centro, una silla de metal, maltratada y torcida, sostenía a un hombre desnudo, constreñido de brazos y piernas a través de esposas de acero. Su cuerpo maltrecho, ya víctima de horas de una labor espeluznante, seguía siendo mancillado por el autor del dolor que le padece. - “No sabes lo feliz que soy… Siempre quise cumplir esta fantasía.” murmuró, acariciando la mejilla del prisionero con el filo de una cuchilla—. "Y tú, amigo mío, tú y yo, nos divertiremos tanto..." Tras él, Christopher avanzo despacio hacia el torturador, cuál artista contempla un lienzo de un cuadro sin terminar, sus zapatos resonando en el silencio. Llevaba un traje negro, impecable, como si el horror fuera solo un formalismo más a la velada. Extendió la mano tocando el hombro del degenerado que suponía uno de sus tantos clientes. – “Recuerda, tómate tu tiempo, no debes matarle de inmediato… Déjalo marinar en el dolor y en tres días más, puedes llegar a tu tan ansiado clímax.” -Dijo el ángel caído, su voz era almíbar a los oídos, como una caricia de seda auditiva, le acompañaba un aire que, a la vez de cautivador, cargaban un dejo de malicia inhumana. – “No antes y si llegas a desobedecerme, serás tú quién esté sentado en la silla. Recuerda, no eres la única alma con este tipo de deseos.” Agregó último, un mensaje disonante de la dulzura de su tono al hablar, cargado de una autoridad y tensión astronómicas. El enfermo mental le respondió de vuelta, asintiendo en silencio, mudo del nerviosismo que le provocaba la presencia del Demonio. Sin más que hacer, se dio media vuelta y se alejó caminando, subiendo por las escaleras y abriendo la puerta que daba salida del sótano. Una vez afuera, en uno de los pasillos interiores exclusivos para empleados, extrajo de su bolsillo el teléfono móvil que había extraído de su traicionero cliente y lo usó para enviar un mensaje de texto a la prestadora de servicios, aquella que, según su confesión, podía hacer los sueños realidad. Este reza: “No lo puedo creer, se hizo realidad, gané la lotería y ahora soy rico, gracias, gracias, muchísimas gracias, realmente todo lo que dijiste era cierto. Mira, conversé con un amigo, él no me creía hasta que saqué el premio gordo, ahora se está muriendo por conocerte y pedirte tus servicios ya que desea encontrar su alma gemela, el amor verdadero y todas esas cosas cursis. Su nombre es Christopher. Dijo que te esperaría mañana al medio día aparcado en un automóvil en el Downtown de Los Ángeles, California, frente al parque Gloria Molina, no creo que te cueste encontrarlo, maneja un auto muy costoso.” Una vez apretado el botón de envío, dejó caer el dispositivo al suelo para rematarlo con un pisotón que lo desquebrajó bajo el peso de su suela. - “Esto será interesante.” Musitó para si mismo con una sonrisa dibujada en su pálido rostro y prosiguió con sus tareas nocturnas, atendiendo los quehaceres de la fiesta desenfrenada que se viven rutinariamente en local; Simplemente otra noche más en “The Ministry” Nightclub. Al día siguiente a las 12 del día. Un Bugatti Veyron descansaba junto al parque Gloria Molina como un felino exótico dormido sobre el asfalto. Su carrocería negra bruñida, un abismo con reflejos de obsidiana que absorbía la luz del mediodía, devolviéndola en destellos que dibujan sus curvas perfectas. Para algunos, símbolo de poder y riqueza, para otros, envidia y de sobrecompensación. Una cosa es cierta, la desfachatez de que estuviera en público robaba numerosas miradas de los transeúntes, quienes se preguntarían, “¿Quién moraría en su interior?”, más los vidrios polarizados no dejarían que ningún ojo intrusivo descubriera secreto alguno. Mientras tanto en la cercanía los niños corrían en el parque, las risas flotando en el aire como globos desatados, pero sus ojos se volvían una y otra vez hacia aquella bestia mecánica. Y el Veyron respondía a sus ojos, no con ruido, no lo necesitaba, su mera presencia era un estandarte de opulencia contenida. - Starter dirigido a [Svetlaler0n]
    Tipo
    Individual
    Líneas
    1
    Estado
    Disponible
    1 turno 0 maullidos 491 vistas
  • La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
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  • Puedo sentir mi cordura lentamente desprendiendose de mi cabeza.
    Puedo sentir las columnas de mi estabilidad mental agrietarse y sucumbir a los horrores que mis sentidos han experimentado.
    He visto cadáveres de niños colgados como advertencias.
    He olido los cuerpos en llamas de infantes con sus madres.
    He enterrado tantos trozos de cuerpos sin identificación, rogando por su eterno descanso.


    Necesito un poco de paz.
    Imploro por una mano suave sin sangre.
    Por una cama sin olor a morfina.
    Por dormir más de 30 minutos sin miedo a ser atacado.
    Este es el infierno. Este lugar es el mismísimo infierno.
    Puedo sentir mi cordura lentamente desprendiendose de mi cabeza. Puedo sentir las columnas de mi estabilidad mental agrietarse y sucumbir a los horrores que mis sentidos han experimentado. He visto cadáveres de niños colgados como advertencias. He olido los cuerpos en llamas de infantes con sus madres. He enterrado tantos trozos de cuerpos sin identificación, rogando por su eterno descanso. Necesito un poco de paz. Imploro por una mano suave sin sangre. Por una cama sin olor a morfina. Por dormir más de 30 minutos sin miedo a ser atacado. Este es el infierno. Este lugar es el mismísimo infierno.
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  • La cueva resonaba con cánticos guturales y susurros en lenguas olvidadas. Un grupo de figuras encapuchadas rodeaba un círculo de símbolos tallados en la piedra, mientras un portal oscuro flotaba en el aire, emanando una energía abismal. Ojos inhumanos parpadeaban desde la grieta, observando la realidad con hambre.

    Ghost se apoyó en la pared de la cueva, observando la escena con los brazos cruzados.

    ~ ¿Otra vez con esto? Vamos, muchachos, ya deberían saber que jugar con horrores cósmicos nunca termina bien.

    Los cultistas se giraron al unísono. Uno de ellos, con una túnica más ornamentada, señaló a Ghost con un bastón retorcido.

    —¡Intruso! No interrumpas el ascenso del Innombrable.

    Ghost chasqueó la lengua y avanzó con calma hacia el portal.

    ~ Sí, sí, ascensos, revelaciones, la mente que se expande y todo eso… Pero, ¿alguno de ustedes ha considerado lo difícil que es limpiar el desastre que dejan estos rituales?

    Uno de los cultistas se abalanzó sobre él con una daga curva, pero Ghost simplemente se movió a un lado, dejando que el hombre tropezara con su propio ímpetu.

    ~ Uf, amigo, ¿siquiera has tomado clases de combate? Porque eso fue vergonzoso.

    Los otros se apresuraron a conjurar maldiciones, pero Ghost solo levantó una mano, y las palabras se les atoraron en la garganta.

    ~ Vamos a hacer esto fácil.

    Sin esfuerzo, caminó hasta el portal y lo tomó con ambas manos como si estuviera cerrando una ventana corrediza. La energía oscura chisporroteó, los ojos dentro del portal se abrieron de par en par y un gruñido retumbó desde el otro lado.

    —¡No puedes cerrar la puerta! —gruñó una voz de ultratumba.

    ~ Claro que puedo.

    Ghost empujó el portal con un sonido seco. *¡Clack!* La grieta desapareció como si nunca hubiera existido.

    Los cultistas quedaron en silencio.

    ~ Bueno, ¿y ahora qué? ¿Me obligarán a escuchar un monólogo sobre cómo "no entenderé lo que he hecho"? Porque honestamente, me muero de aburrimiento.

    Los encapuchados se miraron entre sí. El líder apretó los dientes, dio un paso atrás y murmuró:

    —Retirada…

    Uno a uno, los cultistas huyeron, desapareciendo en la oscuridad de la cueva.

    Ghost se quedó un momento mirando el lugar vacío, suspiró y se sacudió las manos.

    ~ Siempre lo mismo. Si al menos trajeran bocadillos, estos rituales serían más interesantes.
    La cueva resonaba con cánticos guturales y susurros en lenguas olvidadas. Un grupo de figuras encapuchadas rodeaba un círculo de símbolos tallados en la piedra, mientras un portal oscuro flotaba en el aire, emanando una energía abismal. Ojos inhumanos parpadeaban desde la grieta, observando la realidad con hambre. Ghost se apoyó en la pared de la cueva, observando la escena con los brazos cruzados. ~ ¿Otra vez con esto? Vamos, muchachos, ya deberían saber que jugar con horrores cósmicos nunca termina bien. Los cultistas se giraron al unísono. Uno de ellos, con una túnica más ornamentada, señaló a Ghost con un bastón retorcido. —¡Intruso! No interrumpas el ascenso del Innombrable. Ghost chasqueó la lengua y avanzó con calma hacia el portal. ~ Sí, sí, ascensos, revelaciones, la mente que se expande y todo eso… Pero, ¿alguno de ustedes ha considerado lo difícil que es limpiar el desastre que dejan estos rituales? Uno de los cultistas se abalanzó sobre él con una daga curva, pero Ghost simplemente se movió a un lado, dejando que el hombre tropezara con su propio ímpetu. ~ Uf, amigo, ¿siquiera has tomado clases de combate? Porque eso fue vergonzoso. Los otros se apresuraron a conjurar maldiciones, pero Ghost solo levantó una mano, y las palabras se les atoraron en la garganta. ~ Vamos a hacer esto fácil. Sin esfuerzo, caminó hasta el portal y lo tomó con ambas manos como si estuviera cerrando una ventana corrediza. La energía oscura chisporroteó, los ojos dentro del portal se abrieron de par en par y un gruñido retumbó desde el otro lado. —¡No puedes cerrar la puerta! —gruñó una voz de ultratumba. ~ Claro que puedo. Ghost empujó el portal con un sonido seco. *¡Clack!* La grieta desapareció como si nunca hubiera existido. Los cultistas quedaron en silencio. ~ Bueno, ¿y ahora qué? ¿Me obligarán a escuchar un monólogo sobre cómo "no entenderé lo que he hecho"? Porque honestamente, me muero de aburrimiento. Los encapuchados se miraron entre sí. El líder apretó los dientes, dio un paso atrás y murmuró: —Retirada… Uno a uno, los cultistas huyeron, desapareciendo en la oscuridad de la cueva. Ghost se quedó un momento mirando el lugar vacío, suspiró y se sacudió las manos. ~ Siempre lo mismo. Si al menos trajeran bocadillos, estos rituales serían más interesantes.
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  • - Quien diga que un dragón tiene invulnerabilidad mágica esta totalmente equivocado. hay maldiciones que traspasan toda regla y más si son de tiempos antiguos como olvidados. el desierto, tiene no solo misterios sino peligros que deben ser tomados en cuenta. si recibes alguna de esas maldiciones tu destino es simplemente morir y ser tragado por las arenas del desierto, nadie se acordaría de ti y sería imposible recuperar tu cuerpo pues el mar de arena lo reclamaría para si mismo. Proteger templos antiguos de ocultistas es una tarea que el dragón decidió tomar desde bastante tiempo, algunos ingenuos en búsqueda de poder despertarian horrores inimaginables;más allá de toda comprensión y cordura posible. la batalla fue muy dificil, podría decirse que de milagro el Alduin sobrevivió pero con un gran coste: su cuerpo estaría infectado por alguna extraña maldición que hace que su piel se oscurezca mostrando muchas cicatrices heridas mágicas e internamente sus organos sufran de ataques constantes. sino es por el conocimiento de magia draconiana además de lo que ha podido recolectar durante este tiempo otro hubiera sido su destino, detuvo el avance de esta maldición pero su cuerpo esta con esas marcas y esta débil: tardará mucho en curarse eso es un hecho -
    - Quien diga que un dragón tiene invulnerabilidad mágica esta totalmente equivocado. hay maldiciones que traspasan toda regla y más si son de tiempos antiguos como olvidados. el desierto, tiene no solo misterios sino peligros que deben ser tomados en cuenta. si recibes alguna de esas maldiciones tu destino es simplemente morir y ser tragado por las arenas del desierto, nadie se acordaría de ti y sería imposible recuperar tu cuerpo pues el mar de arena lo reclamaría para si mismo. Proteger templos antiguos de ocultistas es una tarea que el dragón decidió tomar desde bastante tiempo, algunos ingenuos en búsqueda de poder despertarian horrores inimaginables;más allá de toda comprensión y cordura posible. la batalla fue muy dificil, podría decirse que de milagro el Alduin sobrevivió pero con un gran coste: su cuerpo estaría infectado por alguna extraña maldición que hace que su piel se oscurezca mostrando muchas cicatrices heridas mágicas e internamente sus organos sufran de ataques constantes. sino es por el conocimiento de magia draconiana además de lo que ha podido recolectar durante este tiempo otro hubiera sido su destino, detuvo el avance de esta maldición pero su cuerpo esta con esas marcas y esta débil: tardará mucho en curarse eso es un hecho -
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  • —¿Será que si práctico a la puntería con los jarrones de nectar que le di a Hefesto... Se enojará si se rompen por los mismos balines que él creó para mi?—Se preguntó la Diosa Hebe sonriendo con una expresión juguetona mientras apuntaba su Chrysós Dólos* hacia una de las jarras en un banquete organizado por Ate. Con su lengüita fuera, achicó la mirada para poder apuntar a su destino, estiró a más no poder la goma de la honda con la bola de metal, y luego lo soltó.

    Esperando pronto escuchar el crugido de la jarra, y esperando que le diera tiempo a huir del horror de Hefesto enojado.
    :STK-85: —¿Será que si práctico a la puntería con los jarrones de nectar que le di a Hefesto... Se enojará si se rompen por los mismos balines que él creó para mi?—Se preguntó la Diosa Hebe sonriendo con una expresión juguetona mientras apuntaba su Chrysós Dólos* hacia una de las jarras en un banquete organizado por Ate. Con su lengüita fuera, achicó la mirada para poder apuntar a su destino, estiró a más no poder la goma de la honda con la bola de metal, y luego lo soltó. Esperando pronto escuchar el crugido de la jarra, y esperando que le diera tiempo a huir del horror de Hefesto enojado.
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  • «Día 01»

    Isolde odiaba su nombre.

    Para empezar, ¿quién centellas se llamaba "Isolde"? ¿Por qué no podían haberle llamado "Anna" o "Beth"?

    En segundo lugar, y más importante: ¡Esa maldita "S" impronunciable!

    Isolde se miró al espejo, sus dedos volvieron a recorrer el bozal. Así le llamaba ella, su "bozal", ¿pues qué otra cosa parecía? Los frenillos mantenían sus dientes en su sitio, y esas horrorosas varillas, al resto de su cráneo.

    "Si te lo sigues tocando y moviendo, se te va a abrir la cabeza y se te saldrá el cerebro por las orejas", solía decir su madre.

    Siete años tenía ella cuando el "bozal" entró a su vida. Hoy, diez años cumplía con él. Diez años de miradas, burlas, risas a sus espaldas y en su cara, sobrenombres hirientes...

    — "Me llamo Idolde, ed un plader"... Diod... ¿Qué cado tiene? —

    Ni su propio nombre podía decir bien. Isolde se tiró boca arriba en su cama, deprimida. Se habría tirado boca abajo y pataleado como una típica adolescente en rabieta, pero claro, ni a eso tenía derecho, con el bozal de frente.

    Isolde había pasado toda su vida encerrada, devorando libro tras libro. Eran sus únicos acompañantes y amigos. Había completado la preparatoria con tutores privados que, bueno, simplemente no tenían mucho qué hacer ahí.

    Es que ella era inteligente. Mucho, mucho muy inteligente. Calculaban su coeficiente intelectual en 160. Y esos libros que vorazmente leía eran todos muy avanzados para su edad.

    Sí, Isolde podía ser una genio, pero era, en primera instancia, una chica. Una chica a punto de convertirse en universitaria.

    Las primeras impresiones lo son todo en la universidad. "Me llamo Idolde" sería un suicidio social, si es que el bozal no lo era por sí solo ¿Qué podía hacer?

    Nadie la conocía ahí, ¿cierto? Podía empezar desde cero, con una nueva identidad, un nuevo nombre. Uno que fuera fácil de pronunciar para ella. Y corto, de preferencia.

    Un nombre significativo, que indicase el inicio de una nueva etapa en su vida.

    — "Hola, me llamo Dana" ... —

    Perfecto.
    «Día 01» Isolde odiaba su nombre. Para empezar, ¿quién centellas se llamaba "Isolde"? ¿Por qué no podían haberle llamado "Anna" o "Beth"? En segundo lugar, y más importante: ¡Esa maldita "S" impronunciable! Isolde se miró al espejo, sus dedos volvieron a recorrer el bozal. Así le llamaba ella, su "bozal", ¿pues qué otra cosa parecía? Los frenillos mantenían sus dientes en su sitio, y esas horrorosas varillas, al resto de su cráneo. "Si te lo sigues tocando y moviendo, se te va a abrir la cabeza y se te saldrá el cerebro por las orejas", solía decir su madre. Siete años tenía ella cuando el "bozal" entró a su vida. Hoy, diez años cumplía con él. Diez años de miradas, burlas, risas a sus espaldas y en su cara, sobrenombres hirientes... — "Me llamo Idolde, ed un plader"... Diod... ¿Qué cado tiene? — Ni su propio nombre podía decir bien. Isolde se tiró boca arriba en su cama, deprimida. Se habría tirado boca abajo y pataleado como una típica adolescente en rabieta, pero claro, ni a eso tenía derecho, con el bozal de frente. Isolde había pasado toda su vida encerrada, devorando libro tras libro. Eran sus únicos acompañantes y amigos. Había completado la preparatoria con tutores privados que, bueno, simplemente no tenían mucho qué hacer ahí. Es que ella era inteligente. Mucho, mucho muy inteligente. Calculaban su coeficiente intelectual en 160. Y esos libros que vorazmente leía eran todos muy avanzados para su edad. Sí, Isolde podía ser una genio, pero era, en primera instancia, una chica. Una chica a punto de convertirse en universitaria. Las primeras impresiones lo son todo en la universidad. "Me llamo Idolde" sería un suicidio social, si es que el bozal no lo era por sí solo ¿Qué podía hacer? Nadie la conocía ahí, ¿cierto? Podía empezar desde cero, con una nueva identidad, un nuevo nombre. Uno que fuera fácil de pronunciar para ella. Y corto, de preferencia. Un nombre significativo, que indicase el inicio de una nueva etapa en su vida. — "Hola, me llamo Dana" ... — Perfecto.
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  • El hombre cerró los ojos, fastidiado. Llevaba un par de días con dolor de cabeza y por mucha pastilla que tomara el dolor aumentaba en lugar de disminuir, como debería ocurrir. Para más inri, las noches estaban plagadas de sueños extraños. ¿Quién era ese tal rahl el oscuro? ¿Y ese tal Richard al que tanto parecía odiar? ¿Dónde había visto él aquel jardín?

    Se giró entre las mantas y soltó el aire entre los dientes. La cabeza lo estaba matando y para empeorarlo aún más, comenzaba a tener frío.

    De pronto la oscuridad lo reclamó. Una risa cruel inundó su cabeza... Y aquel hombre no supo más.

    rahl el oscuro abrió los ojos tras unos cuantos miles de años atrapado en la oscuridad; el hechizo había funcionado y volvía a encontrarse vivo. le había costado horrores, pero tras muchos intentos logró anclar parte de su espíritu al mundo. Perdió poder en sus últimos días, pero mereció la pena. Se encontraba en un cuerpo joven, listo para volver a vivir. Abrió la boca y rió con malicia, apartando las mantas de una patada.

    Alzó una mano y una luz se encendió en respuesta, respondiendo a su pregunta no formulada. No, no había perdido los poderes al encarnarse en el cuerpo de aquel estúpido mortal. Tendría que aprender bastante sobre el mundo actual, pero para eso tenía los conocimientos de aquel pobre humano mediocre. Pronto volvería a recuperar lo que era suyo.
    El hombre cerró los ojos, fastidiado. Llevaba un par de días con dolor de cabeza y por mucha pastilla que tomara el dolor aumentaba en lugar de disminuir, como debería ocurrir. Para más inri, las noches estaban plagadas de sueños extraños. ¿Quién era ese tal rahl el oscuro? ¿Y ese tal Richard al que tanto parecía odiar? ¿Dónde había visto él aquel jardín? Se giró entre las mantas y soltó el aire entre los dientes. La cabeza lo estaba matando y para empeorarlo aún más, comenzaba a tener frío. De pronto la oscuridad lo reclamó. Una risa cruel inundó su cabeza... Y aquel hombre no supo más. rahl el oscuro abrió los ojos tras unos cuantos miles de años atrapado en la oscuridad; el hechizo había funcionado y volvía a encontrarse vivo. le había costado horrores, pero tras muchos intentos logró anclar parte de su espíritu al mundo. Perdió poder en sus últimos días, pero mereció la pena. Se encontraba en un cuerpo joven, listo para volver a vivir. Abrió la boca y rió con malicia, apartando las mantas de una patada. Alzó una mano y una luz se encendió en respuesta, respondiendo a su pregunta no formulada. No, no había perdido los poderes al encarnarse en el cuerpo de aquel estúpido mortal. Tendría que aprender bastante sobre el mundo actual, pero para eso tenía los conocimientos de aquel pobre humano mediocre. Pronto volvería a recuperar lo que era suyo.
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  • { ROL PRIVADO para Cʟᴀᴜs Dᴇ Lɪᴏɴᴄᴏᴜʀᴛ }

    Entre los callejones más oscuros de la ciudad, Elliot caminaba cauteloso, rodeado por la humedad y el hedor de la desolación. En un rincón sombrío, observó a un adolescente solitario, su ropa harapienta y su mirada vacía pero decidida. Algo en él no encajaba, como si hubiera visto demasiado, demasiado pronto.

    A medida que se acercaba, un estremecimiento recorrió su columna. Los vagabundos y los parias observaban en silencio, como si una presencia invisible les hubiera ordenado no interferir. El aire estaba cargado, denso con secretos oscuros, y Elliot no pudo evitar sentir que algo terrible estaba por ser revelado.

    El chico, con voz temblorosa pero llena de desesperación, le habló de un mal oculto en la ciudad, algo más allá de las miserias que él mismo veía. Niños secuestrados, inocentes, arrancados de sus familias, sometidos a experimentos horribles: virus inyectados en sus cuerpos, modificándolos, transformándolos en vampiros, ghouls, híbridos, criaturas al servicio de los ricos, que los mantenían en zoológicos privados, como piezas de caza o simples objetos de placer.

    Era una trama oscura que los poderosos tejían en las sombras, mientras el resto del mundo permanecía ajeno, atrapado en su propia supervivencia. Elliot sintió que la gravedad de esas palabras lo aplastaba. La ciudad, su ciudad, no solo era un lugar de pobreza y desesperación; era un caldo de cultivo para horrores indescriptibles, algo mucho más profundo y antiguo que cualquier monstruo.

    Con un nudo en el estómago, observó el edificio al que el chico había señalado: un lugar que parecía más una fortaleza que un edificio. En su interior se gestaban esas monstruosidades, y algo dentro de Elliot lo impulsó a entrar, a descubrir la verdad que se ocultaba en la oscuridad.
    Pero al dar el primer paso, supo que ya no había vuelta atrás, tenía que contarle a Claus, debía pedirle ayuda y ver la forma de acabar con aquella pesadilla.
    Enseguida sacó su celular para llamar a su novio, no quería moverse del sitio, tenía miedo que si se iba y regresaba después, ya todo estuviera diferente.
    { ROL PRIVADO para [clausdulac_2] } Entre los callejones más oscuros de la ciudad, Elliot caminaba cauteloso, rodeado por la humedad y el hedor de la desolación. En un rincón sombrío, observó a un adolescente solitario, su ropa harapienta y su mirada vacía pero decidida. Algo en él no encajaba, como si hubiera visto demasiado, demasiado pronto. A medida que se acercaba, un estremecimiento recorrió su columna. Los vagabundos y los parias observaban en silencio, como si una presencia invisible les hubiera ordenado no interferir. El aire estaba cargado, denso con secretos oscuros, y Elliot no pudo evitar sentir que algo terrible estaba por ser revelado. El chico, con voz temblorosa pero llena de desesperación, le habló de un mal oculto en la ciudad, algo más allá de las miserias que él mismo veía. Niños secuestrados, inocentes, arrancados de sus familias, sometidos a experimentos horribles: virus inyectados en sus cuerpos, modificándolos, transformándolos en vampiros, ghouls, híbridos, criaturas al servicio de los ricos, que los mantenían en zoológicos privados, como piezas de caza o simples objetos de placer. Era una trama oscura que los poderosos tejían en las sombras, mientras el resto del mundo permanecía ajeno, atrapado en su propia supervivencia. Elliot sintió que la gravedad de esas palabras lo aplastaba. La ciudad, su ciudad, no solo era un lugar de pobreza y desesperación; era un caldo de cultivo para horrores indescriptibles, algo mucho más profundo y antiguo que cualquier monstruo. Con un nudo en el estómago, observó el edificio al que el chico había señalado: un lugar que parecía más una fortaleza que un edificio. En su interior se gestaban esas monstruosidades, y algo dentro de Elliot lo impulsó a entrar, a descubrir la verdad que se ocultaba en la oscuridad. Pero al dar el primer paso, supo que ya no había vuelta atrás, tenía que contarle a Claus, debía pedirle ayuda y ver la forma de acabar con aquella pesadilla. Enseguida sacó su celular para llamar a su novio, no quería moverse del sitio, tenía miedo que si se iba y regresaba después, ya todo estuviera diferente.
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