• Por fin me ha llegado las fotos de mi boda y simplemente no tengo palabras de expresar lo bonitas que son.

    Quiero dar las gracias a mis suegros por dejarnos celebrarlo en su rancho y también a mí amada Madd sin ti no había podido arreglarme Maddison Gilbert y también a Lillith Swan por el hermoso vestido que me hiciste. Me sentía como una auténtica princesa.

    Y por último y menos importante Thomas Williams te amo mucho mi príncipe azul
    Por fin me ha llegado las fotos de mi boda y simplemente no tengo palabras de expresar lo bonitas que son. Quiero dar las gracias a mis suegros por dejarnos celebrarlo en su rancho y también a mí amada Madd sin ti no había podido arreglarme [Gilbert_ruby97] y también a [CxLillith] por el hermoso vestido que me hiciste. Me sentía como una auténtica princesa. Y por último y menos importante [SnowJ] te amo mucho mi príncipe azul
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    https://youtu.be/WOqf80UG7gY?si=BAihEICUzk0Tj9P7

    Y claro lo otro personaje favorito de final fantasy 7
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  • ░ Brightwater Behavioral Hospital ❊ July 10th, 20XX ░

    ◆ Case File Log No. 23 — Patient: 「 Kavanaugh, L. 」

    ◆ Session – 9th.

    ⟨ 🇷​🇪​🇨​🇴​🇷​🇩​🇮​🇳​🇬​ 🇸​🇦​🇳​🇨​🇹​🇮​🇴​🇳​🇪​🇩​ 🇧​🇾​ 🇹​🇭​🇪​ 🇸​🇹​🇦​🇹​🇪​ 🇴​🇫​ 🇮​🇱​🇱​🇮​🇳​🇴​🇮​🇸​ – 🇺​🇳​🇦​🇺​🇹​🇭​🇴​🇷​🇮​🇿​🇪​🇩​ 🇷​🇪​🇵​🇷​🇴​🇩​🇺​🇨​🇹​🇮​🇴​🇳​ 🇦​🇳​🇩​ 🇩​🇮​🇸​🇹​🇷​🇮​🇧​🇺​🇹​🇮​🇴​🇳​ 🇮​🇸​ 🇨​🇴​🇳​🇸​🇮​🇩​🇪​🇷​🇪​🇩​ 🇦​ 🇫​🇪​🇩​🇪​🇷​🇦​🇱​ 🇨​🇷​🇮​🇲​🇪​ 🇺​🇳​🇩​🇪​🇷​ 🇭​🇮​🇵​🇦​🇦​ 🇦​🇳​🇩 🇺​.🇸​. 🇨​🇴​🇩​🇪​ 🇹​🇮​🇹​🇱​🇪​ 38 § 7332. ⟩

    Press ▶ to play recording extract segment D.

    ⸻"𝑂𝘩, 𝑑𝑜𝑐𝑡𝑜𝑟. 𝑌𝑜𝑢 𝑐𝑎𝑛 𝑓𝑒𝑒𝑙 𝑖𝑡 𝑡𝑜𝑜, 𝑐𝑎𝑛'𝑡 𝑦𝑜𝑢.ᐣ"

    La señora Kavanaugh puso las manos sobre sus muslos y pareció encogerse en el sillón mientras sus palmas presionaban y se deslizaban hasta llegar a las rodillas que se asomaban del corte de su falda, solo para repetir la moción una y otra vez con lentitud, en una especie de auto consuelo físico.

    ⸻"𝑊𝑒 𝑑𝑜 𝑖𝑡 𝑎𝑙𝑙 𝑜𝑣𝑒𝑟 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛. 𝐴𝑛 𝑒𝑛𝑑𝑙𝑒𝑠𝑠 𝑐𝑦𝑐𝑙𝑒, 𝑠𝑡𝑢𝑐𝑘 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑟𝑎𝑡𝑠 𝑖𝑛 𝑎 𝑓𝑢𝑐𝑘𝑖𝑛𝑔 𝑐𝑎𝑔𝑒. 𝐻𝑜𝑤 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝐼 𝑙𝑒𝑡 𝑚𝑦 𝑑𝑎𝑢𝑔𝘩𝑡𝑒𝑟 𝑙𝑖𝑣𝑒 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑡𝘩𝑎𝑡.ᐣ 𝐻𝑜𝑤 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝐼 𝑙𝑒𝑡 𝑚𝑦 𝑠𝑤𝑒𝑒𝑡 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙 𝑠𝘩𝑎𝑟𝑒 𝑡𝘩𝑖𝑠 𝑓𝑎𝑡𝑒.ᐣ.ᐟ”

    James le buscaba la mirada, pero ella no dejaba de observar el suelo con una sonrisa que parecía contener en sí misma un mar de desesperación.

    ⸻𝐼 𝘩𝑎𝑑 𝑡𝑜 𝑠𝑒𝑡 𝘩𝑒𝑟 𝑓𝑟𝑒𝑒. 𝑇𝘩𝑒𝑟𝑒 𝑤𝑎𝑠 𝑛𝑜 𝑜𝑡𝘩𝑒𝑟 𝑤𝑎𝑦. 𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤 𝑦𝑜𝑢 𝑢𝑛𝑑𝑒𝑟𝑠𝑡𝑎𝑛𝑑 𝑚𝑒, 𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑢𝑐𝑘𝑖𝑛𝑔 𝑑𝑜 𝑏𝑒𝑐𝑎𝑢𝑠𝑒 𝑦𝑜𝑢 𝑡𝑟𝑢𝑙𝑦 𝑙𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛, 𝑦𝑜𝑢 𝑝𝑖𝑒𝑐𝑒 𝑜𝑓 𝑠𝘩𝑖𝑡 𝑠𝘩𝑟𝑖𝑛𝑘.ᐟ ⸻Una risotada quebrada se le escapó, como si quisiese aliviar un llanto inminente y desconsolado.

    El psiquiatra permanecía inmutable, de piernas cruzadas, contemplando. Pero su temple era una fachada que ocultaba lo que aquellas palabras le hacían sentir en realidad. Comprendía la angustia, aún cuando aquello no justificaba la reacción.

    Finalmente, la mujer le miró a los ojos, y las lágrimas corrieron por sus mejillas, teñidas con su negro rímel, y sin berreos ni alaridos de por medio.

    ⸻𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤… 𝑌𝑜𝑢 𝑑𝑜. ⸻Su voz se había vuelto un hilo, del cual su cordura parecía no solo pender, si no balancearse con el afán de caer en el abismo de la locura.

    ⸻𝑊𝑒’𝑟𝑒 𝑎𝑙𝑙 𝑡𝑟𝑎𝑝𝑝𝑒𝑑 𝑖𝑛 𝑎𝑛 𝑖𝑙𝑙𝑢𝑠𝑖𝑜𝑛, 𝐽𝑎𝑚𝑒𝑠.

    ∎ Recording ends here.
    ░ Brightwater Behavioral Hospital ❊ July 10th, 20XX ░ ◆ Case File Log No. 23 — Patient: 「 Kavanaugh, L. 」 ◆ Session – 9th. ⟨ 🇷​🇪​🇨​🇴​🇷​🇩​🇮​🇳​🇬​ 🇸​🇦​🇳​🇨​🇹​🇮​🇴​🇳​🇪​🇩​ 🇧​🇾​ 🇹​🇭​🇪​ 🇸​🇹​🇦​🇹​🇪​ 🇴​🇫​ 🇮​🇱​🇱​🇮​🇳​🇴​🇮​🇸​ – 🇺​🇳​🇦​🇺​🇹​🇭​🇴​🇷​🇮​🇿​🇪​🇩​ 🇷​🇪​🇵​🇷​🇴​🇩​🇺​🇨​🇹​🇮​🇴​🇳​ 🇦​🇳​🇩​ 🇩​🇮​🇸​🇹​🇷​🇮​🇧​🇺​🇹​🇮​🇴​🇳​ 🇮​🇸​ 🇨​🇴​🇳​🇸​🇮​🇩​🇪​🇷​🇪​🇩​ 🇦​ 🇫​🇪​🇩​🇪​🇷​🇦​🇱​ 🇨​🇷​🇮​🇲​🇪​ 🇺​🇳​🇩​🇪​🇷​ 🇭​🇮​🇵​🇦​🇦​ 🇦​🇳​🇩 🇺​.🇸​. 🇨​🇴​🇩​🇪​ 🇹​🇮​🇹​🇱​🇪​ 38 § 7332. ⟩ Press ▶ to play recording extract segment D. ⸻"𝑂𝘩, 𝑑𝑜𝑐𝑡𝑜𝑟. 𝑌𝑜𝑢 𝑐𝑎𝑛 𝑓𝑒𝑒𝑙 𝑖𝑡 𝑡𝑜𝑜, 𝑐𝑎𝑛'𝑡 𝑦𝑜𝑢.ᐣ" La señora Kavanaugh puso las manos sobre sus muslos y pareció encogerse en el sillón mientras sus palmas presionaban y se deslizaban hasta llegar a las rodillas que se asomaban del corte de su falda, solo para repetir la moción una y otra vez con lentitud, en una especie de auto consuelo físico. ⸻"𝑊𝑒 𝑑𝑜 𝑖𝑡 𝑎𝑙𝑙 𝑜𝑣𝑒𝑟 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛, 𝑎𝑛𝑑 𝑎𝑔𝑎𝑖𝑛. 𝐴𝑛 𝑒𝑛𝑑𝑙𝑒𝑠𝑠 𝑐𝑦𝑐𝑙𝑒, 𝑠𝑡𝑢𝑐𝑘 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑟𝑎𝑡𝑠 𝑖𝑛 𝑎 𝑓𝑢𝑐𝑘𝑖𝑛𝑔 𝑐𝑎𝑔𝑒. 𝐻𝑜𝑤 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝐼 𝑙𝑒𝑡 𝑚𝑦 𝑑𝑎𝑢𝑔𝘩𝑡𝑒𝑟 𝑙𝑖𝑣𝑒 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑡𝘩𝑎𝑡.ᐣ 𝐻𝑜𝑤 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝐼 𝑙𝑒𝑡 𝑚𝑦 𝑠𝑤𝑒𝑒𝑡 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙 𝑠𝘩𝑎𝑟𝑒 𝑡𝘩𝑖𝑠 𝑓𝑎𝑡𝑒.ᐣ.ᐟ” James le buscaba la mirada, pero ella no dejaba de observar el suelo con una sonrisa que parecía contener en sí misma un mar de desesperación. ⸻𝐼 𝘩𝑎𝑑 𝑡𝑜 𝑠𝑒𝑡 𝘩𝑒𝑟 𝑓𝑟𝑒𝑒. 𝑇𝘩𝑒𝑟𝑒 𝑤𝑎𝑠 𝑛𝑜 𝑜𝑡𝘩𝑒𝑟 𝑤𝑎𝑦. 𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤 𝑦𝑜𝑢 𝑢𝑛𝑑𝑒𝑟𝑠𝑡𝑎𝑛𝑑 𝑚𝑒, 𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑢𝑐𝑘𝑖𝑛𝑔 𝑑𝑜 𝑏𝑒𝑐𝑎𝑢𝑠𝑒 𝑦𝑜𝑢 𝑡𝑟𝑢𝑙𝑦 𝑙𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛, 𝑦𝑜𝑢 𝑝𝑖𝑒𝑐𝑒 𝑜𝑓 𝑠𝘩𝑖𝑡 𝑠𝘩𝑟𝑖𝑛𝑘.ᐟ ⸻Una risotada quebrada se le escapó, como si quisiese aliviar un llanto inminente y desconsolado. El psiquiatra permanecía inmutable, de piernas cruzadas, contemplando. Pero su temple era una fachada que ocultaba lo que aquellas palabras le hacían sentir en realidad. Comprendía la angustia, aún cuando aquello no justificaba la reacción. Finalmente, la mujer le miró a los ojos, y las lágrimas corrieron por sus mejillas, teñidas con su negro rímel, y sin berreos ni alaridos de por medio. ⸻𝐼 𝑘𝑛𝑜𝑤… 𝑌𝑜𝑢 𝑑𝑜. ⸻Su voz se había vuelto un hilo, del cual su cordura parecía no solo pender, si no balancearse con el afán de caer en el abismo de la locura. ⸻𝑊𝑒’𝑟𝑒 𝑎𝑙𝑙 𝑡𝑟𝑎𝑝𝑝𝑒𝑑 𝑖𝑛 𝑎𝑛 𝑖𝑙𝑙𝑢𝑠𝑖𝑜𝑛, 𝐽𝑎𝑚𝑒𝑠. ∎ Recording ends here.
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    —Hice lo que todo ser humano debe evitar....



    ¡¡¡¡CORTARSE EL CABELLO SIN SABER CORTAR!!!

    En fin, crecerá...
    —Hice lo que todo ser humano debe evitar.... ¡¡¡¡CORTARSE EL CABELLO SIN SABER CORTAR!!! En fin, crecerá...
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  • [Luego de acabar las hamburgesas con apetito voraz. Owen finalmente es capaz de dejar el cuerpo en que accidentalmente había quedado atrapado]

    Por fin. Por fortuna creo que esto se resolvió sin ningún incoveniente para la pobre chica. *me encogo de hombros con expresión de verguenza* Bueno quizás rompí su dieta. Lo importante es que luego de esta serie de intentos me estoy dando cuenta poco a poco de como funcionan mis poderes fantasmagóricos. La posesión fantasmal es sumamente inestable. Me bloqueo fácilmente y puedo quedar "atrapado". Es invasivo y atento contra la privacidad de otra persona. Definitivamente evitaré usarla a menos que sea estrictamente necesario... O bueno en caso de que se me antoje una hamburgesa. *sonrío levemente* Hora de pasar al siguiente entrenamiento. ¿Podré generar un fenómeno "Poltergeist"?.
    [Luego de acabar las hamburgesas con apetito voraz. Owen finalmente es capaz de dejar el cuerpo en que accidentalmente había quedado atrapado] Por fin. Por fortuna creo que esto se resolvió sin ningún incoveniente para la pobre chica. *me encogo de hombros con expresión de verguenza* Bueno quizás rompí su dieta. Lo importante es que luego de esta serie de intentos me estoy dando cuenta poco a poco de como funcionan mis poderes fantasmagóricos. La posesión fantasmal es sumamente inestable. Me bloqueo fácilmente y puedo quedar "atrapado". Es invasivo y atento contra la privacidad de otra persona. Definitivamente evitaré usarla a menos que sea estrictamente necesario... O bueno en caso de que se me antoje una hamburgesa. *sonrío levemente* Hora de pasar al siguiente entrenamiento. ¿Podré generar un fenómeno "Poltergeist"?.
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  • Buenos días. Hoy otra vez tendré que fingir compostura mientras pienso demasiado en ti...
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  • Qué guapos Mitsu y Aki en su boda del año pasado. ¡Ya tenia ganas de ver las fotos! ¡Por fin!
    Qué guapos Mitsu y Aki en su boda del año pasado. ¡Ya tenia ganas de ver las fotos! ¡Por fin!
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • Los últimos días han sido excesivamente demandantes. Tanto así que no había tenido ni un momento de descanso. Turnos dobles, cirugías, guardias y la posible amenaza de una enfermedad infectocontagiosa en el quirófano le habían tenido completamente ocupado.

    Una vez que se liberó, y que finalmente pudo descansar, lo primero que hizo fue solicitar varios días de vacaciones.
    Quería enfocarse en sí mismo, en sus investigaciones, en descansar y en estirar el cuerpo de nueva cuenta.

    Mientras estaba sentado en el sofá, descansando finalmente de todo el trabajo tan agobiante, comenzó a cabecear.
    Sus ojos comenzaron a vencerse víctimas del cansancio y el sueño acumulados.

    Cerró los ojos y, finalmente, se permitió dormir.

    [ Las responsabilidades adultas definitivamente me han tenido ausente muchísimo tiempo. No solo Donn necesita dormir... ]
    Los últimos días han sido excesivamente demandantes. Tanto así que no había tenido ni un momento de descanso. Turnos dobles, cirugías, guardias y la posible amenaza de una enfermedad infectocontagiosa en el quirófano le habían tenido completamente ocupado. Una vez que se liberó, y que finalmente pudo descansar, lo primero que hizo fue solicitar varios días de vacaciones. Quería enfocarse en sí mismo, en sus investigaciones, en descansar y en estirar el cuerpo de nueva cuenta. Mientras estaba sentado en el sofá, descansando finalmente de todo el trabajo tan agobiante, comenzó a cabecear. Sus ojos comenzaron a vencerse víctimas del cansancio y el sueño acumulados. Cerró los ojos y, finalmente, se permitió dormir. [ Las responsabilidades adultas definitivamente me han tenido ausente muchísimo tiempo. No solo Donn necesita dormir... ]
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  • ( 𝐁𝐄𝐓𝐓𝐄𝐑 𝐃𝐀𝐘𝐒. )
    ⸺ 𝖿𝖾𝖺𝗍. 𝓨𝐯𝐨𝐧𝐧𝐞

    Los negocios seguían abiertos, las puertas de algunos locales expulsaban música hacia las aceras y el tráfico convertía las avenidas principales en ríos interminables de luces y claxonazos impacientes. La gente volvía a casa arrastrando cansancio en los hombros, cargando bolsas, hablando por teléfono o caminando deprisa sin molestarse en mirar demasiado alrededor... Y eso le convenía, Entre menos rostros hubiese, más fácil era pasar desapercibido.

    El calor atrapado entre las calles todavía persistía y la luz restante le permitía orientarse mejor sin necesidad de esconderse por completo. Aun así, mantenía las manos ocultas en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada, evitando cualquier contacto innecesario.

    No podía dejar de pensar en lo extraño que resultaba estar haciendo aquello, el ir a recoger a alguien. La idea seguía sintiéndose ajena dentro de su cabeza, casi absurda. Durante meses sólo había caminado por necesidad, buscar piezas o sobrevivir un día más. Nunca porque alguien lo estuviera esperando al otro lado del trayecto.

    Pero ahora Yvonne sí lo estaba esperando, ese pensamiento le producía una incomodidad justo debajo de las costillas.
    Cruzó un par de avenidas aprovechando los cambios de semáforo y se internó por calles más tranquilas, donde los árboles comenzaban a proyectar sombras largas sobre el pavimento. Allí el ruido de la ciudad disminuía apenas un poco; ya no había tantos motores rugiendo cerca, sólo el murmullo lejano del tráfico mezclado con aves cantando entre jardines descuidados.

    Había memorizado cada esquina desde la primera vez, las casas con cercas altas, el tramo del pavimiento donde debía tener cuidado al pisar. Le resultaba bastante cómico, pero ahí estaba.
    Cuando finalmente llegó a la calle de Yvonne, redujo apenas el paso.

    El vecindario se sentía distinto a las zonas que solía atravesar. Más silencioso. Más limpio. Las casas parecían demasiado grandes vistas desde fuera, con jardines modestos y ventanas iluminadas que dejaban escapar destellos cálidos hacia el exterior.

    Por un momento permaneció quieto observando la vivienda desde la distancia, como si necesitara convencerse de acercarse otra vez.
    Tomó un respiro, una silenciosa inhalación que le infló el pecho y regresó vitalidad a sus piernas.

    ¿Cómo se supone que debía avisarle que había llegado?, sintió comezón en la nuca por la sola idea. No podía tocar la puerta porque, no sabía si los padres de Yvonne aún estaban en casa.
    Asomaba la cabeza de vez en cuando, porque quizá ella estaría esperándolo en el jardín pero nada.

    Un sonido provocó un respingo involuntario, girándose de golpe hacia el origen de donde provenía. Cerca de unos contenedores de basura había un perro pequeño, ridículamente pequeño observándolo con desconfianza absoluta. El animal apenas le llegaba a media pantorrilla, pero aún así ladraba como si no tuviese a salir volando de una patada. El susto le había tensado todos los músculos durante un instante, suspirando al ver que no era gran amenaza.

    Frunció apenas el ceño mirando al diminuto animal.

    — ... Cállate.

    Murmuró en voz baja, más confundido que molesto.
    Y aún no había señal alguna de la mujer tras esa puerta.
    ( 𝐁𝐄𝐓𝐓𝐄𝐑 𝐃𝐀𝐘𝐒. ) ⸺ 𝖿𝖾𝖺𝗍. [doucevi3] Los negocios seguían abiertos, las puertas de algunos locales expulsaban música hacia las aceras y el tráfico convertía las avenidas principales en ríos interminables de luces y claxonazos impacientes. La gente volvía a casa arrastrando cansancio en los hombros, cargando bolsas, hablando por teléfono o caminando deprisa sin molestarse en mirar demasiado alrededor... Y eso le convenía, Entre menos rostros hubiese, más fácil era pasar desapercibido. El calor atrapado entre las calles todavía persistía y la luz restante le permitía orientarse mejor sin necesidad de esconderse por completo. Aun así, mantenía las manos ocultas en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada, evitando cualquier contacto innecesario. No podía dejar de pensar en lo extraño que resultaba estar haciendo aquello, el ir a recoger a alguien. La idea seguía sintiéndose ajena dentro de su cabeza, casi absurda. Durante meses sólo había caminado por necesidad, buscar piezas o sobrevivir un día más. Nunca porque alguien lo estuviera esperando al otro lado del trayecto. Pero ahora Yvonne sí lo estaba esperando, ese pensamiento le producía una incomodidad justo debajo de las costillas. Cruzó un par de avenidas aprovechando los cambios de semáforo y se internó por calles más tranquilas, donde los árboles comenzaban a proyectar sombras largas sobre el pavimento. Allí el ruido de la ciudad disminuía apenas un poco; ya no había tantos motores rugiendo cerca, sólo el murmullo lejano del tráfico mezclado con aves cantando entre jardines descuidados. Había memorizado cada esquina desde la primera vez, las casas con cercas altas, el tramo del pavimiento donde debía tener cuidado al pisar. Le resultaba bastante cómico, pero ahí estaba. Cuando finalmente llegó a la calle de Yvonne, redujo apenas el paso. El vecindario se sentía distinto a las zonas que solía atravesar. Más silencioso. Más limpio. Las casas parecían demasiado grandes vistas desde fuera, con jardines modestos y ventanas iluminadas que dejaban escapar destellos cálidos hacia el exterior. Por un momento permaneció quieto observando la vivienda desde la distancia, como si necesitara convencerse de acercarse otra vez. Tomó un respiro, una silenciosa inhalación que le infló el pecho y regresó vitalidad a sus piernas. ¿Cómo se supone que debía avisarle que había llegado?, sintió comezón en la nuca por la sola idea. No podía tocar la puerta porque, no sabía si los padres de Yvonne aún estaban en casa. Asomaba la cabeza de vez en cuando, porque quizá ella estaría esperándolo en el jardín pero nada. Un sonido provocó un respingo involuntario, girándose de golpe hacia el origen de donde provenía. Cerca de unos contenedores de basura había un perro pequeño, ridículamente pequeño observándolo con desconfianza absoluta. El animal apenas le llegaba a media pantorrilla, pero aún así ladraba como si no tuviese a salir volando de una patada. El susto le había tensado todos los músculos durante un instante, suspirando al ver que no era gran amenaza. Frunció apenas el ceño mirando al diminuto animal. — ... Cállate. Murmuró en voz baja, más confundido que molesto. Y aún no había señal alguna de la mujer tras esa puerta.
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