• *Ayer había Sido un día desastrozo, no podía manejarme por el mundo siendo una chica. Al llegar a mi hogar en un día cansadísimo cerré los ojos un momento y me senté a respirar profundamente, tratando de meditar.*

    "¿Cuál es el propósito de todo esto? ¿Por qué el deseo irrefrenable de una transformación en contra de mi voluntad?"

    *Un aura de color violáceo emanaba de mi ser, y al abrir los ojos me encontraba de repente en un trance al parecer, ya que pude verme a mi mismo en mi forma masculina y mi forma gatuna.*

    Jera: "¿Qué? ¿Qué está pasando?"

    Jero: "Es hora de explicar el por qué de tu frustración al transformarte. Todo esto es para poder completar tu rol como 'cambiaformas"

    Neko: "¡Meow!"

    Jera: "¿Cambia formas?.....pero....¿Con qué finalidad necesito este tipo de entrenamiento?"

    Jero: "Para poder volver a ser CROSIS"

    Jera: "Ahora entiendo...todo esto es para...volver a la forma original..."

    Jero: "Así es, Pero tenemos que lograr que esa transformación no corrompa nuestra voluntad. Solo piénsalo. Costó un montón el ser mujer, imagina lo inestable que debe ser el convertirse de nuevo en el dragón primordial así como asi. Desapareceríamos los tres."

    Neko: "Meow Meow"

    Jera: "¿Eso quiere decir que todas estas 'transformaciones involuntarias' eran la forma de 'práctica.'?"

    Jero: "Así es, al estar en este plano de meditación pudimos comprender el por qué de todo este calvario."

    Jera: "¿Y qué es lo que continúa? ¿Queda alguna transformación?"

    Jero: "Así es...pero es la más peligrosa y difícil de controlar. El dragón CROSIS, El Purgador."

    Jera: *Trago saliva con temor* "E-Está bien, entonces estaré...no, estaremos preparados para ese momento."

    Neko: "Meow" *Me coloco en las faldas de Jera para acomodarme y ronronear*

    Jera: "Gracias....por hacerme entender todo, ahora...es hora de que vuelvas a la acción Jero, tus aliados te esperan, ahora mi forma femenina, será parte de tus habilidades."

    *Le di la mano a mi contraparte masculina para que volviera a ser Jero. De ahora en adelante, podrá convertirse en mi o en Neko cuando su voluntad lo requiera. Yo y Neko, debemos prepararnos para recibir al dragón CROSIS.*

    Jero: *Me miré las manos, por fin soy yo, y con el ánimo renovado volví al departamento de Bianca Auditore para emprender el viaje contra el Lyche Enemigo.*
    *Ayer había Sido un día desastrozo, no podía manejarme por el mundo siendo una chica. Al llegar a mi hogar en un día cansadísimo cerré los ojos un momento y me senté a respirar profundamente, tratando de meditar.* "¿Cuál es el propósito de todo esto? ¿Por qué el deseo irrefrenable de una transformación en contra de mi voluntad?" *Un aura de color violáceo emanaba de mi ser, y al abrir los ojos me encontraba de repente en un trance al parecer, ya que pude verme a mi mismo en mi forma masculina y mi forma gatuna.* Jera: "¿Qué? ¿Qué está pasando?" Jero: "Es hora de explicar el por qué de tu frustración al transformarte. Todo esto es para poder completar tu rol como 'cambiaformas" Neko: "¡Meow!" Jera: "¿Cambia formas?.....pero....¿Con qué finalidad necesito este tipo de entrenamiento?" Jero: "Para poder volver a ser CROSIS" Jera: "Ahora entiendo...todo esto es para...volver a la forma original..." Jero: "Así es, Pero tenemos que lograr que esa transformación no corrompa nuestra voluntad. Solo piénsalo. Costó un montón el ser mujer, imagina lo inestable que debe ser el convertirse de nuevo en el dragón primordial así como asi. Desapareceríamos los tres." Neko: "Meow Meow" Jera: "¿Eso quiere decir que todas estas 'transformaciones involuntarias' eran la forma de 'práctica.'?" Jero: "Así es, al estar en este plano de meditación pudimos comprender el por qué de todo este calvario." Jera: "¿Y qué es lo que continúa? ¿Queda alguna transformación?" Jero: "Así es...pero es la más peligrosa y difícil de controlar. El dragón CROSIS, El Purgador." Jera: *Trago saliva con temor* "E-Está bien, entonces estaré...no, estaremos preparados para ese momento." Neko: "Meow" *Me coloco en las faldas de Jera para acomodarme y ronronear* Jera: "Gracias....por hacerme entender todo, ahora...es hora de que vuelvas a la acción Jero, tus aliados te esperan, ahora mi forma femenina, será parte de tus habilidades." *Le di la mano a mi contraparte masculina para que volviera a ser Jero. De ahora en adelante, podrá convertirse en mi o en Neko cuando su voluntad lo requiera. Yo y Neko, debemos prepararnos para recibir al dragón CROSIS.* Jero: *Me miré las manos, por fin soy yo, y con el ánimo renovado volví al departamento de [Freaky_Ghost_Ovni_531] para emprender el viaje contra el Lyche Enemigo.*
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  • No tenemos libres albedrío...sólo pequeñas dosis que se nos dan.
    El libre albedrío es el juguete que el carcelero le deja al preso para que no escupa frente a los barrotes.
    No eliges; sólo seleccionas entre las opciones que tu genética, tu trauma y tu entorno ya han masticado por ti.
    Crees que decides el camino, pero sólo estás recorriendo el laberinto que tus neuronas y tu historia construyeron antes de que pudieras siquiera pronunciar tu nombre.
    Es una dosis de morfina para el ego.
    Nos hace creer que somos capitanes, cuando en realidad somos simples pasajeros de una inercia química y social.
    Se nos da esa pequeña ilusión de control (el sabor del café, el color de la camisa) para que no nos asfixie la verdad: que somos piezas de dominó cayendo en una fila que comenzó mucho antes de nuestro primer aliento.
    El "yo elijo" es el grito de orgullo de la marioneta que, al no ver hilos, jura que baila por voluntad propia.
    ¿Es tu voluntad un poder real o sólo el eco de una orden que tus instintos ya ejecutaron?
    No tenemos libres albedrío...sólo pequeñas dosis que se nos dan. El libre albedrío es el juguete que el carcelero le deja al preso para que no escupa frente a los barrotes. No eliges; sólo seleccionas entre las opciones que tu genética, tu trauma y tu entorno ya han masticado por ti. Crees que decides el camino, pero sólo estás recorriendo el laberinto que tus neuronas y tu historia construyeron antes de que pudieras siquiera pronunciar tu nombre. Es una dosis de morfina para el ego. Nos hace creer que somos capitanes, cuando en realidad somos simples pasajeros de una inercia química y social. Se nos da esa pequeña ilusión de control (el sabor del café, el color de la camisa) para que no nos asfixie la verdad: que somos piezas de dominó cayendo en una fila que comenzó mucho antes de nuestro primer aliento. El "yo elijo" es el grito de orgullo de la marioneta que, al no ver hilos, jura que baila por voluntad propia. ¿Es tu voluntad un poder real o sólo el eco de una orden que tus instintos ya ejecutaron?
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  • Algo que escribi hace no mucho.
    ¡Fue inspiración pura!
    Claro aún le faltan muchos más detalles pero no he podido sentarme bien a terminarlo.

    :Borrado en 12 horas:
    Quizá menos.


    "El Primer Trono y el Escriba del Destino
    Sobre el primer trono, el hilo dorado y el terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes, mientras el manto de la noche se despliega como una prenda infinita. No hay vacío alguno donde la luz cubre los horizontes, asemejando los pliegues de un libro con letras de marfil que narran la historia del comienzo: el génesis de la creación. La mano del firmamento escribe con pluma de mármol sobre el océano de páginas del primer libro. No existe mancha ni mal venidero; solo impera la pureza del paraíso inmaculado, donde el oro traza estelas brillantes. El mar, a sus pies, refleja el atrio del cielo que cobija la creación, permitiendo que la luz del único sol esboce un sentimiento de limerencia.
    Los pilares de mármol se alzan hasta perderse de vista, sosteniendo la bóveda celeste mientras entrelazan el día y la noche a un ritmo pausado. En cada columna se perciben las vidas pasar, pero la eternidad no se inmuta ante los incontables párrafos escritos. Entre ellos, la tela ondea con el viento, dejando oír susurros de risas y llantos: ecos y estruendos de tiempos por venir. El tiempo no detiene su marcha; mueve las manecillas de péndulos y campanas que hacen resonar la vacuidad. Mientras tanto, las montañas alcanzan cimas inalcanzables hasta rozar los astros, y las aves surcan las nubes sin temor, coronándose reinas del cielo.
    La Tierra descansa sobre un pedestal en el corazón del cosmos, pues es el hogar del trono; una morada gentil que orbita al unísono del compás universal. Cada órbita danza en armonía; cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas, vibraciones que asemejan versos escritos sobre seda.
    Cada noche, los montículos de arena son recorridos por viejos fantasmas. Llevan sobre sus espaldas estrellas antiguas en camino a ser reparadas. Las entregan a herreros cuyas manos operan hileras industriales de engranes y válvulas de vapor, moviendo martillos de ébano y oro. El golpe de la forja resuena hasta que cada estrella recupera su fulgor; entonces, son liberadas para flotar de nuevo en el firmamento, reuniéndose para contar nuevas historias.
    La Primera Entidad se dibuja entre seda y piedra, con una corona de oro a su espalda y grandes alas cuyo plumaje está adornado con hojas de borde dorado. En ellas, los versos se escriben con tinta negra y cursiva delicada. Sin necesidad de apoyo, la entidad se alza sobre el mar; su estola apenas roza la superficie, creando con su reflejo el tiempo y el destino. En su mano diestra reposa un mecanismo de esferas metálicas en rotación perpetua, el ciclo sin fin de la vida y la muerte, la creación y la destrucción. En la zurda sostiene un libro cuyas hojas se desprenden sin caer al agua; se elevan para integrarse al plumaje de sus alas. Se escucha un canto profundo cuando una hoja se desprende —un funeral para una historia terminada—, pero al elevarse, las notas se transforman en alegría y brío. Las esferas doradas resplandecen entonces con una iridiscencia solar, dando la bienvenida a las nuevas almas.
    Se susurra que, en ocasiones, esta entidad deja su corona de lado para sostener un libro con ambas manos, volcando toda su atención en una historia única. El tiempo se vuelve efímero mientras lee. Bajo ella, el mar se concentra en un solo punto, creando ondas perfectamente concéntricas. La luz de su corona se torna sutil, tenue, como quien busca una claridad que reconforte. Entonces, cruza las piernas, y continúa su lectura en un silencio sagrado. Al terminar, en un parpadeo, recupera su postura original, dejando en el misterio el destino de aquel libro. De su pluma también brotan cambios: ligeras desviaciones, un tropiezo, un desliz verbal; cambios imperceptibles que alteran el rumbo del destino según su criterio. Es un determinismo que no busca anular el libre albedrío, sino guiar las piezas para que el alma no caiga en desgracia. No es malo intervenir si se muestra luz para que cada uno tome el camino que le corresponde. Acto y consecuencia: un puente entre el día y la noche.
    Sin embargo, el tiempo transcurre y el cambio se vuelve imperativo. Lo que fue puro se mancha con cicatrices de dolor y pena. Las canciones pierden el tono; el cosmos se dilata y los compases chocan entre sí, creando una disonancia insoportable. Las hojas de las alas se marchitan y se pierden en la nada. El vacío consume el trono desde dentro. Las estrellas, en una indiferencia indigna, se distancian hasta que la entidad apenas puede divisarlas. El peso de la existencia desgarra su vestidura y sus alas se corroen; los fragmentos caen al abismo para ser devorados por el olvido. Una a una, las plumas caen hasta que de sus alas solo quedan ramas secas, como un árbol viejo. El brillo se esfuma. De la entidad solo queda un esqueleto inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en la penumbra, rodeada de cenizas y de historias olvidadas.
    Silencio absoluto. Ya no hay nada."
    Algo que escribi hace no mucho. ¡Fue inspiración pura! Claro aún le faltan muchos más detalles pero no he podido sentarme bien a terminarlo. :Borrado en 12 horas: Quizá menos. "El Primer Trono y el Escriba del Destino Sobre el primer trono, el hilo dorado y el terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes, mientras el manto de la noche se despliega como una prenda infinita. No hay vacío alguno donde la luz cubre los horizontes, asemejando los pliegues de un libro con letras de marfil que narran la historia del comienzo: el génesis de la creación. La mano del firmamento escribe con pluma de mármol sobre el océano de páginas del primer libro. No existe mancha ni mal venidero; solo impera la pureza del paraíso inmaculado, donde el oro traza estelas brillantes. El mar, a sus pies, refleja el atrio del cielo que cobija la creación, permitiendo que la luz del único sol esboce un sentimiento de limerencia. Los pilares de mármol se alzan hasta perderse de vista, sosteniendo la bóveda celeste mientras entrelazan el día y la noche a un ritmo pausado. En cada columna se perciben las vidas pasar, pero la eternidad no se inmuta ante los incontables párrafos escritos. Entre ellos, la tela ondea con el viento, dejando oír susurros de risas y llantos: ecos y estruendos de tiempos por venir. El tiempo no detiene su marcha; mueve las manecillas de péndulos y campanas que hacen resonar la vacuidad. Mientras tanto, las montañas alcanzan cimas inalcanzables hasta rozar los astros, y las aves surcan las nubes sin temor, coronándose reinas del cielo. La Tierra descansa sobre un pedestal en el corazón del cosmos, pues es el hogar del trono; una morada gentil que orbita al unísono del compás universal. Cada órbita danza en armonía; cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas, vibraciones que asemejan versos escritos sobre seda. Cada noche, los montículos de arena son recorridos por viejos fantasmas. Llevan sobre sus espaldas estrellas antiguas en camino a ser reparadas. Las entregan a herreros cuyas manos operan hileras industriales de engranes y válvulas de vapor, moviendo martillos de ébano y oro. El golpe de la forja resuena hasta que cada estrella recupera su fulgor; entonces, son liberadas para flotar de nuevo en el firmamento, reuniéndose para contar nuevas historias. La Primera Entidad se dibuja entre seda y piedra, con una corona de oro a su espalda y grandes alas cuyo plumaje está adornado con hojas de borde dorado. En ellas, los versos se escriben con tinta negra y cursiva delicada. Sin necesidad de apoyo, la entidad se alza sobre el mar; su estola apenas roza la superficie, creando con su reflejo el tiempo y el destino. En su mano diestra reposa un mecanismo de esferas metálicas en rotación perpetua, el ciclo sin fin de la vida y la muerte, la creación y la destrucción. En la zurda sostiene un libro cuyas hojas se desprenden sin caer al agua; se elevan para integrarse al plumaje de sus alas. Se escucha un canto profundo cuando una hoja se desprende —un funeral para una historia terminada—, pero al elevarse, las notas se transforman en alegría y brío. Las esferas doradas resplandecen entonces con una iridiscencia solar, dando la bienvenida a las nuevas almas. Se susurra que, en ocasiones, esta entidad deja su corona de lado para sostener un libro con ambas manos, volcando toda su atención en una historia única. El tiempo se vuelve efímero mientras lee. Bajo ella, el mar se concentra en un solo punto, creando ondas perfectamente concéntricas. La luz de su corona se torna sutil, tenue, como quien busca una claridad que reconforte. Entonces, cruza las piernas, y continúa su lectura en un silencio sagrado. Al terminar, en un parpadeo, recupera su postura original, dejando en el misterio el destino de aquel libro. De su pluma también brotan cambios: ligeras desviaciones, un tropiezo, un desliz verbal; cambios imperceptibles que alteran el rumbo del destino según su criterio. Es un determinismo que no busca anular el libre albedrío, sino guiar las piezas para que el alma no caiga en desgracia. No es malo intervenir si se muestra luz para que cada uno tome el camino que le corresponde. Acto y consecuencia: un puente entre el día y la noche. Sin embargo, el tiempo transcurre y el cambio se vuelve imperativo. Lo que fue puro se mancha con cicatrices de dolor y pena. Las canciones pierden el tono; el cosmos se dilata y los compases chocan entre sí, creando una disonancia insoportable. Las hojas de las alas se marchitan y se pierden en la nada. El vacío consume el trono desde dentro. Las estrellas, en una indiferencia indigna, se distancian hasta que la entidad apenas puede divisarlas. El peso de la existencia desgarra su vestidura y sus alas se corroen; los fragmentos caen al abismo para ser devorados por el olvido. Una a una, las plumas caen hasta que de sus alas solo quedan ramas secas, como un árbol viejo. El brillo se esfuma. De la entidad solo queda un esqueleto inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en la penumbra, rodeada de cenizas y de historias olvidadas. Silencio absoluto. Ya no hay nada."
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  • 𝐁𝐢𝐭𝐚́𝐜𝐨𝐫𝐚 𝟎𝟏: 𝐀𝐮𝐫𝐚𝐝𝐨𝐧
    Fandom Descendants / Treasure Planet
    Categoría Fantasía
    Cuando el galeón por fin apagó los propulsores y terminó de deslizarse sobre el agua, Jim emitió un largo suspiro.

    Auradon no era el destino que él quería, ni tampoco su misión asignada. Él era un cadete de la flota especial, su lugar estaba arriba, surcando las estrellas y el infinito cosmos. No ayudando a una bola de príncipes a leer correctamente las brújulas.

    — Solo por ti, Amelia —susurró con desgano, mirando las playas verdosas de la Bahía de Auradon, demasiado tranquilas y amigables para su gusto. Más allá estaba el puerto y aunque hubiera preferido llegar en la noche, los superiores habían mencionado que tendrían un pequeño recibimiento por algunos cuantos estudiantes.

    No se apuró a recoger sus pertenencias, confiaba en que sí lograba insistir un poco, la ahora directora del colegio, le permitiría dormir en la nave, en lugar del dormitorio que en sus misivas le prometió. Salió únicamente con un bolso al hombro, vestía el uniforme incompleto, los pantalones únicamente blancos, las botas sueltas y una camisa beige desgastada, que francamente era muy cómoda. También había vuelto a intentar dejarse el cabello largo... al menos tanto como lo permitía la academia.

    — ¿Y al menos vino ella, señor? —Preguntó con cierta curiosidad; tenía bastante de no ver a la capitana y mentiría si no le hiciera cierta ilusión verla por ahí. Pero tras la negativa de su capitán, la poca emoción que sentía se fue al traste. — Bueno... ¿Y a qué príncipes o princesas nos mandó?
    Cuando el galeón por fin apagó los propulsores y terminó de deslizarse sobre el agua, Jim emitió un largo suspiro. Auradon no era el destino que él quería, ni tampoco su misión asignada. Él era un cadete de la flota especial, su lugar estaba arriba, surcando las estrellas y el infinito cosmos. No ayudando a una bola de príncipes a leer correctamente las brújulas. — Solo por ti, Amelia —susurró con desgano, mirando las playas verdosas de la Bahía de Auradon, demasiado tranquilas y amigables para su gusto. Más allá estaba el puerto y aunque hubiera preferido llegar en la noche, los superiores habían mencionado que tendrían un pequeño recibimiento por algunos cuantos estudiantes. No se apuró a recoger sus pertenencias, confiaba en que sí lograba insistir un poco, la ahora directora del colegio, le permitiría dormir en la nave, en lugar del dormitorio que en sus misivas le prometió. Salió únicamente con un bolso al hombro, vestía el uniforme incompleto, los pantalones únicamente blancos, las botas sueltas y una camisa beige desgastada, que francamente era muy cómoda. También había vuelto a intentar dejarse el cabello largo... al menos tanto como lo permitía la academia. — ¿Y al menos vino ella, señor? —Preguntó con cierta curiosidad; tenía bastante de no ver a la capitana y mentiría si no le hiciera cierta ilusión verla por ahí. Pero tras la negativa de su capitán, la poca emoción que sentía se fue al traste. — Bueno... ¿Y a qué príncipes o princesas nos mandó?
    Tipo
    Grupal
    Líneas
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    Estado
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  • ¿"Narcotraficante"? ¡Dios, no! ¡Qué término tan barbárico y poco refinado para un artista de lo sensorial como yo! Prefiero, mejor, "doctor del alma", ¿qué te parece? O, quizás, "sastre de la tela de los sentidos". Un poco largo, sí, pero apropiado.

    Oh! Por cierto... Vas a empezar a convulsionarte un poco,, bonitas alucionaciones aquí y allá. Ya sabes, el té y todo eso. Tehehe.
    ¿"Narcotraficante"? ¡Dios, no! ¡Qué término tan barbárico y poco refinado para un artista de lo sensorial como yo! Prefiero, mejor, "doctor del alma", ¿qué te parece? O, quizás, "sastre de la tela de los sentidos". Un poco largo, sí, pero apropiado. Oh! Por cierto... Vas a empezar a convulsionarte un poco,, bonitas alucionaciones aquí y allá. Ya sabes, el té y todo eso. Tehehe.
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  • Por fin termino el día!!
    Después de tanto trabajo, baile, canto y práctica un poquito de tiempo para mí!! Uwu
    Quieres acompañarme está noche >°<?
    Les gustaría que hiciera un life en Ig??
    Por fin termino el día!! Después de tanto trabajo, baile, canto y práctica un poquito de tiempo para mí!! Uwu 💕 Quieres acompañarme está noche >°<? Les gustaría que hiciera un life en Ig?? 💕
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  • —Aquí dice que le debes dinero a muchas personas. ¿Qué tal si yo te debo... digamos que unos 4 o 5 billetes de 100 a cambio de fingir que jamás nos vimos?
    —Aquí dice que le debes dinero a muchas personas. ¿Qué tal si yo te debo... digamos que unos 4 o 5 billetes de 100 a cambio de fingir que jamás nos vimos?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio.

    —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas?

    Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero.

    —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo.
    Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba.

    —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido.

    Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra.

    —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme.

    Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible.

    —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas.

    Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio. —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas? Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero. —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo. Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba. —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido. Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra. —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme. Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible. —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas. Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
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  • ¿Quién necesita un novio cuando tienes un helado así de delicioso? Definitivamente, es mi perdición.
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  • Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo.

    Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento.

    Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
    Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo. Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento. Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
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