• 𝕹𝖆𝖛𝖎𝖆 "Insistió en qué debíamos tomarnos fotos en esas máquinas que hacen fotos instantáneas con distintos filtros. No voy a negar que me daba algo de Vergüenza, Pero el resultado salió bien bonito, y más con ella a mi lado."
    [Navia01] "Insistió en qué debíamos tomarnos fotos en esas máquinas que hacen fotos instantáneas con distintos filtros. No voy a negar que me daba algo de Vergüenza, Pero el resultado salió bien bonito, y más con ella a mi lado."
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    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre.

    Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista.

    Funcional.

    Siempre fue funcional.

    Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos.

    Umbrella era un sistema.

    Un sistema sucio, pero coherente.

    Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática.

    Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática.

    Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades.

    Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad.

    Se quitó el casco esa noche.

    El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable.

    Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden.

    La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible.

    Un civil.
    Un protocolo.
    Una instrucción clara.

    Sabía lo que era correcto.

    También sabía cuál era su contrato.

    El profesional ganó.

    El dinero llegó puntual.

    Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo.

    No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil.
    Era un hombre que seguía funcionando.

    Aceptaba misiones.
    Optimizaba rutas de extracción.
    Reducía variables humanas a probabilidades de fallo.

    Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no.

    No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse.

    Él no se detenía.

    Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente.

    No era que su corazón bombease hielo.

    Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara.

    Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar.

    No estaba seguro de si algún día saldría.
    Tampoco estaba seguro de que quisiera.

    Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente:

    Si deja de ser útil…
    ¿qué queda de él?
    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre. Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista. Funcional. Siempre fue funcional. Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos. Umbrella era un sistema. Un sistema sucio, pero coherente. Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática. Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática. Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades. Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad. Se quitó el casco esa noche. El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable. Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden. La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible. Un civil. Un protocolo. Una instrucción clara. Sabía lo que era correcto. También sabía cuál era su contrato. El profesional ganó. El dinero llegó puntual. Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo. No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil. Era un hombre que seguía funcionando. Aceptaba misiones. Optimizaba rutas de extracción. Reducía variables humanas a probabilidades de fallo. Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no. No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse. Él no se detenía. Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente. No era que su corazón bombease hielo. Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara. Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar. No estaba seguro de si algún día saldría. Tampoco estaba seguro de que quisiera. Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente: Si deja de ser útil… ¿qué queda de él?
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    Ficha de Personaje
    (Actualizada el 16-2-26)

    Nombre: Loki Queen Ishtar.
    Alias: Ukyo Orihime.
    Alias antiguos: El Fragmento, Observador, Lo que no debe existir.

    Origen.

    Entidad primordial: Loki nació de Jennifer Queen (Madre/Madre) y Ayane Ishtar (Madre/Padre).
    Su alma era distinta, antigua y nueva al mismo tiempo, como una distorsión en el tiempo.
    Antes de que Jennifer pudiera grabar el apellido Queen en su alma, el nombre ya estaba allí, como si el tiempo lo hubiese tallado por sí solo. Jennifer lo aceptó sin dudar, Loki era carne de su carne, aunque su esencia fuera caos encarnado.

    Personalidad

    Provocadora: Loki no es buena ni mala, solo busca estímulos, esto la hace adicta a las emociones como amor, odio, éxtasis, etc. Lo que la vuelve curiosa y cruel, pero sin maldad. Su crueldad es inocente lo que es mucho peor que la misma maldad. Es como una niña que le arranca las alas a las mariposas por simple curiosidad. Después que su abuelo Oz sellara su poder para que fuera desbloqueándose a medida que aumenta su nivel, Loki se hizo un poco mas "consiente", o eso a su manera de pensar. Al no tener un verdadero sentido común entre lo que se separa el bien o el mal, la empatía con la crueldad, Loki aprendió (basado en los sellos que Oz le puso), a sellar sus emociones. Loki coloca sus dedos en la sien y dispara un sello que bloquea alguna emoción o deseo, de esa forma a ido moldeando su personalidad haciéndola ver como alguien dulce.
    Su naturaleza curiosa es un rasgo que heredo de su madre Jennifer. Loki a aprendido mucho sobre su poder, los sellos, ciencia, lo que la llevo a pedirle a su familia un laboratorio, aunque sus métodos científicos pueden resultar cuestionables.

    Pecado asociado: Lujuria
    Estos pecados moldean la personalidad y poder de cada descendiente de la familia Queen. La Lujuria de Loki, no por deseo físico, sino por adicción a sentir, cada emoción ajena es un banquete, cada reacción, un espectáculo.

    Poderes
    Manipulación de realidad.
    Puede alterar la estructura de la realidad a voluntad. Cuando lo hace, su cuerpo muestra distorsiones digitales, como errores de una matriz.
    No es transformación física, es la manifestación de lo que fue, que el ojo humano no puede procesar.

    Formas.

    Elunai corrompido (Versión incompleta).
    Aunque no nació con el poder Elunai, pero si con el potencial para desarrollarlo. Su versión era tosca, salvaje, desagradable, pero en realidad es Elunai en su estado más puro, sin filtros ni moral.

    Elunai (Versio completa).
    Cuando su abuelo sello su poder por niveles, el cuerpo de Loki se adapto al poder que ahora poseía. Su cuerpo paso en fracción de segundos de Goblina, Orc/Ogra hasta llegar a una forma Elunai evolucionada, tal como lo era su abuela Selin.

    Alteración de sexo y memoria.
    Puede cambiar el sexo de cualquier persona. La realidad se adapta: fotos, objetos, recuerdos de otros. Pero la persona conserva sus recuerdos originales, para que Loki pueda disfrutar de su reacción.
    Familiares con poder superior (como Jennifer y sus hijas) no son afectados por la alteración de memoria.

    Esta habilidad proviene de Ayane, su otra progenitora, quien también puede cambiar de forma y sexo. Esta habilidad genero ese nuevo poder o entendimiento de su poder del caos.

    Gracias especiales a Jenny Queen Orc y Veythra Lili Queen Ishtar de quienes tome ideas y roles para crear la ficha de mi personaje.

    Ficha de Personaje (Actualizada el 16-2-26) Nombre: Loki Queen Ishtar. Alias: Ukyo Orihime. Alias antiguos: El Fragmento, Observador, Lo que no debe existir. Origen. Entidad primordial: Loki nació de Jennifer Queen (Madre/Madre) y Ayane Ishtar (Madre/Padre). Su alma era distinta, antigua y nueva al mismo tiempo, como una distorsión en el tiempo. Antes de que Jennifer pudiera grabar el apellido Queen en su alma, el nombre ya estaba allí, como si el tiempo lo hubiese tallado por sí solo. Jennifer lo aceptó sin dudar, Loki era carne de su carne, aunque su esencia fuera caos encarnado. Personalidad Provocadora: Loki no es buena ni mala, solo busca estímulos, esto la hace adicta a las emociones como amor, odio, éxtasis, etc. Lo que la vuelve curiosa y cruel, pero sin maldad. Su crueldad es inocente lo que es mucho peor que la misma maldad. Es como una niña que le arranca las alas a las mariposas por simple curiosidad. Después que su abuelo Oz sellara su poder para que fuera desbloqueándose a medida que aumenta su nivel, Loki se hizo un poco mas "consiente", o eso a su manera de pensar. Al no tener un verdadero sentido común entre lo que se separa el bien o el mal, la empatía con la crueldad, Loki aprendió (basado en los sellos que Oz le puso), a sellar sus emociones. Loki coloca sus dedos en la sien y dispara un sello que bloquea alguna emoción o deseo, de esa forma a ido moldeando su personalidad haciéndola ver como alguien dulce. Su naturaleza curiosa es un rasgo que heredo de su madre Jennifer. Loki a aprendido mucho sobre su poder, los sellos, ciencia, lo que la llevo a pedirle a su familia un laboratorio, aunque sus métodos científicos pueden resultar cuestionables. Pecado asociado: Lujuria Estos pecados moldean la personalidad y poder de cada descendiente de la familia Queen. La Lujuria de Loki, no por deseo físico, sino por adicción a sentir, cada emoción ajena es un banquete, cada reacción, un espectáculo. Poderes Manipulación de realidad. Puede alterar la estructura de la realidad a voluntad. Cuando lo hace, su cuerpo muestra distorsiones digitales, como errores de una matriz. No es transformación física, es la manifestación de lo que fue, que el ojo humano no puede procesar. Formas. Elunai corrompido (Versión incompleta). Aunque no nació con el poder Elunai, pero si con el potencial para desarrollarlo. Su versión era tosca, salvaje, desagradable, pero en realidad es Elunai en su estado más puro, sin filtros ni moral. Elunai (Versio completa). Cuando su abuelo sello su poder por niveles, el cuerpo de Loki se adapto al poder que ahora poseía. Su cuerpo paso en fracción de segundos de Goblina, Orc/Ogra hasta llegar a una forma Elunai evolucionada, tal como lo era su abuela Selin. Alteración de sexo y memoria. Puede cambiar el sexo de cualquier persona. La realidad se adapta: fotos, objetos, recuerdos de otros. Pero la persona conserva sus recuerdos originales, para que Loki pueda disfrutar de su reacción. Familiares con poder superior (como Jennifer y sus hijas) no son afectados por la alteración de memoria. Esta habilidad proviene de Ayane, su otra progenitora, quien también puede cambiar de forma y sexo. Esta habilidad genero ese nuevo poder o entendimiento de su poder del caos. Gracias especiales a [queen_0] y [Lili.Queen] de quienes tome ideas y roles para crear la ficha de mi personaje.
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • Yo no me veo así ¿o sí? ¡qué filtros tan raros!
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  • - ¡Leave!, estos filtros son curiosos, ¡miau!
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    A veces me pregunto si los mortales comprenden el peso de un sueño. No es un simple escape, no, es una verdad sin filtros, un rostro que se revela cuando la conciencia duerme. Yo los observo en su vulnerabilidad y aún así, es allí donde más fuertes son.

    Miran el descanso como un fin del día. Para mí, es el principio de todo.

    Los he visto llorar en sus sueños por cosas que no se atreven a decir en la vigilia. He visto a niños volar sin alas, a viejos danzar sin huesos, a amantes reencontrarse en mundos que solo existen cuando cierran los ojos.

    Y sin embargo… nadie recuerda mi rostro.

    Tal vez está bien así. No necesito ser recordado, solo sentido. Como el recuerdo de una canción que alguna vez amaron, o un recuerdo que acaricia la memoria justo antes de dormir.

    Yo no soy quien sueña. Soy quien guarda los fragmentos rotos, quien da forma al silencio y lo vuelve susurro.

    Y cada noche, cuando me disuelvo en la penumbra, me permito un instante de melancolía.

    Porque incluso el dios de los sueños... también desea, a veces, ser soñado...
    A veces me pregunto si los mortales comprenden el peso de un sueño. No es un simple escape, no, es una verdad sin filtros, un rostro que se revela cuando la conciencia duerme. Yo los observo en su vulnerabilidad y aún así, es allí donde más fuertes son. Miran el descanso como un fin del día. Para mí, es el principio de todo. Los he visto llorar en sus sueños por cosas que no se atreven a decir en la vigilia. He visto a niños volar sin alas, a viejos danzar sin huesos, a amantes reencontrarse en mundos que solo existen cuando cierran los ojos. Y sin embargo… nadie recuerda mi rostro. Tal vez está bien así. No necesito ser recordado, solo sentido. Como el recuerdo de una canción que alguna vez amaron, o un recuerdo que acaricia la memoria justo antes de dormir. Yo no soy quien sueña. Soy quien guarda los fragmentos rotos, quien da forma al silencio y lo vuelve susurro. Y cada noche, cuando me disuelvo en la penumbra, me permito un instante de melancolía. Porque incluso el dios de los sueños... también desea, a veces, ser soñado...
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  • ──── A ver ¿Como se utiliza este aparato móvil? ¡Mierda! ¿Que toque? Ayúdenme con esta cosa y no sé como quitar a ese chamaco mimoso. ──── Santi probando un celular por primera vez pero tocó los filtros por accidente. Esta viejo de por sí. [?]
    ──── A ver ¿Como se utiliza este aparato móvil? ¡Mierda! ¿Que toque? Ayúdenme con esta cosa y no sé como quitar a ese chamaco mimoso. ──── Santi probando un celular por primera vez pero tocó los filtros por accidente. Esta viejo de por sí. [?]
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    //estaba en aburrimiento que estaba jugando con los filtros de tik tok porque si

    (Mi favorito es el primero y el ultimo el que le hice a Axel Koroved )
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  • En Mondstadt conocían a Razor como "El Chico Lobo", generalmente era bien tratado que hasta los puestos le regalaban ropa o comida.
    Conocido por su inocencia pues, no sabía de las mentiras y tampoco tenía filtros en su hablar por lo que siempre decía lo que pensaba, metiéndose en problemas más de una vez con los viajeros con los que llegaba a toparse por no lo conocían.

    "Acepta lo que te regalen pues te lo están dando de corazón, de lo contrario ofenderás y siempre da las gracias ¿Ok?~<3" Sonaba en su cabeza una de las tantas cosas que le enseñaba su maestra Lisa, la bibliotecaria de Mondstadt.

    -...Gracias.. Gustarme mucho...bolas de arroz...

    Le dijo al guardia de la entrada de Mondstadt quien había parado al albino al verlo saliendo para regalarle la comida, con amable gesto lo despidió. Razor por su parte se despidió del guardia comiendo una de los onigiris que le había dado.

    La mayor parte del tiempo parecía ser un joven calmado, tranquilo, inocente y hasta dulce, sin embargo todo ello cambiaba al verse involucrado en alguna batalla, protector y fiero como un lobo eran solo unas de sus características en combate.
    En Mondstadt conocían a Razor como "El Chico Lobo", generalmente era bien tratado que hasta los puestos le regalaban ropa o comida. Conocido por su inocencia pues, no sabía de las mentiras y tampoco tenía filtros en su hablar por lo que siempre decía lo que pensaba, metiéndose en problemas más de una vez con los viajeros con los que llegaba a toparse por no lo conocían. "Acepta lo que te regalen pues te lo están dando de corazón, de lo contrario ofenderás y siempre da las gracias ¿Ok?~<3" Sonaba en su cabeza una de las tantas cosas que le enseñaba su maestra Lisa, la bibliotecaria de Mondstadt. -...Gracias.. Gustarme mucho...bolas de arroz... Le dijo al guardia de la entrada de Mondstadt quien había parado al albino al verlo saliendo para regalarle la comida, con amable gesto lo despidió. Razor por su parte se despidió del guardia comiendo una de los onigiris que le había dado. La mayor parte del tiempo parecía ser un joven calmado, tranquilo, inocente y hasta dulce, sin embargo todo ello cambiaba al verse involucrado en alguna batalla, protector y fiero como un lobo eran solo unas de sus características en combate.
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