• «Eso es lo cruel de las notas», pensó.

    En la librería donde trabajaba, había una sección de libros de segunda mano. Revisando un tomo de páginas gastadas, encontró una anotación a lápiz en el margen inferior, que decía:

    "𝘛𝘦 𝘥𝘦𝘥𝘪𝘤𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘨𝘪𝘯𝘢, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘴𝘦 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘳𝘵𝘦𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘧𝘳𝘦𝘯𝘵𝘦". No habían nombres. No había más nota que esa.

    ¿Lo habrá leído alguna vez la persona a la que iba dirigido? ¿O el libro terminó en el estante de usados justamente porque quien debía recibirlo nunca entendió la señal? ¿Se la dedicó en un arranque de valentía, o fue solo un ensayo mudo, un desahogo escrito a sabiendas de que se quedaríaa atrapado en el papel?

    «...Si, las notas al margen siempre dejan preguntas que quién las escribió ya no va a responder.»
    «Eso es lo cruel de las notas», pensó. En la librería donde trabajaba, había una sección de libros de segunda mano. Revisando un tomo de páginas gastadas, encontró una anotación a lápiz en el margen inferior, que decía: "𝘛𝘦 𝘥𝘦𝘥𝘪𝘤𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘨𝘪𝘯𝘢, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘴𝘦 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘳𝘵𝘦𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘧𝘳𝘦𝘯𝘵𝘦". No habían nombres. No había más nota que esa. ¿Lo habrá leído alguna vez la persona a la que iba dirigido? ¿O el libro terminó en el estante de usados justamente porque quien debía recibirlo nunca entendió la señal? ¿Se la dedicó en un arranque de valentía, o fue solo un ensayo mudo, un desahogo escrito a sabiendas de que se quedaríaa atrapado en el papel? «...Si, las notas al margen siempre dejan preguntas que quién las escribió ya no va a responder.»
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    –𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Striker
    —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Mansión principal de la familia Greco, anillo del orgullo.
    —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚.

    Acababa de llegar hacía poco. Y era una fecha.. ¿Triste?¿Desafortunada? No sabría definirlo, pues la mayor parte de veces Arackniss no distinguía como se sentía. Pero, le gustaba ver aquello como una fecha que enseñaba una importante lección: “No seas imbecil y no pienses con la polla”. Ya que de nuevo, la fecha en la que su hermano menor había pasado de ser el overlord de la mafia a un… En fin… sucio juguete que pertenecía a un bicho con ínfulas de grandeza, todo por perder el culo por un gato viejo… Mira que se lo advirtió, una y otra vez… Que debía de ser más listo perdería todo… y así fue. Pero claro, nadie escucha nunca lâ bueno de Alessio… no..

    Pero en fin, ya llevaba más de treinta años así, en los cuales lo poco que había sabido de él era por los carteles obscenos que había por la calle, y que se esforzaba en no ver. Vomitivo.

    Suspiró…Habia regresado de una reunión complicada y para colmo, su padre ha lo estaba obligando a otra pero, con él. Seguramente para saber por las negociaciones, poco sospechaba que eñ verdad iban a presentarle a un compañero indeseado y que desde luego ocultaría sus auténticas intenciones.

    Al llegar a la puerta del despacho de su padre, quien ahora de nuevo era el jefe de la mafia pese a no querer convertirse en overlord, puesto que overlord implicaba tener una fama y la fama era dar informacion y por ello, prefería ser un pecador anónimo. Arackniss no sabía si la decisión de Henroin era más inteligente que la de Ángel o no, nunca se paró a pensarlo y lo cierto es que, como muchas cosas: le daba igual.
    Esperó, hasta que escuchó la voz ronca de su padre dándole permiso para entrar a la sala, como siempre, semi oscura y siniestra para causar aquel efecto amedrentante en enemigos y en aliados.

    Entró y por unos instantes se detuvo, a penas unos Segundos eñ los que de ser más expresivo, probablemente habria alzado una ceja al ver a un imp de pie, al lado de su padre como siempre fuera un socio más, cuando era sabido que precisamente los Greco eran quienes eran por su hermetismo. Nada de dejar entrar a absolutamente nadie que no fuera familia y desde luego un imp jamás lo sería. Aún así, se sentó en el asiento de cuero eñ frente del escritorio de su padre, como era habitual. Siendo tan bajito que el asiento parecia enorme y además le colgaban las piernas. A punto estuvo de comenzar su informe cuando su padre empezó a dar explicaciones a las que no prestó demasiada atención hasta la parte en la que señaló al imp y las palabras: “Sera tu compañero” fueron pronunciadas. Momento en que giró lentamente la cabeza hacia el mencionado, afilando la mirada de forma casi imperceptible, parpadear lentamente un par de veces y pronunciar un casi susurrado:

    —¿Que?—
    –𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [shimmer_teal_kangaroo_688] —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Mansión principal de la familia Greco, anillo del orgullo. —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚. Acababa de llegar hacía poco. Y era una fecha.. ¿Triste?¿Desafortunada? No sabría definirlo, pues la mayor parte de veces Arackniss no distinguía como se sentía. Pero, le gustaba ver aquello como una fecha que enseñaba una importante lección: “No seas imbecil y no pienses con la polla”. Ya que de nuevo, la fecha en la que su hermano menor había pasado de ser el overlord de la mafia a un… En fin… sucio juguete que pertenecía a un bicho con ínfulas de grandeza, todo por perder el culo por un gato viejo… Mira que se lo advirtió, una y otra vez… Que debía de ser más listo perdería todo… y así fue. Pero claro, nadie escucha nunca lâ bueno de Alessio… no.. Pero en fin, ya llevaba más de treinta años así, en los cuales lo poco que había sabido de él era por los carteles obscenos que había por la calle, y que se esforzaba en no ver. Vomitivo. Suspiró…Habia regresado de una reunión complicada y para colmo, su padre ha lo estaba obligando a otra pero, con él. Seguramente para saber por las negociaciones, poco sospechaba que eñ verdad iban a presentarle a un compañero indeseado y que desde luego ocultaría sus auténticas intenciones. Al llegar a la puerta del despacho de su padre, quien ahora de nuevo era el jefe de la mafia pese a no querer convertirse en overlord, puesto que overlord implicaba tener una fama y la fama era dar informacion y por ello, prefería ser un pecador anónimo. Arackniss no sabía si la decisión de Henroin era más inteligente que la de Ángel o no, nunca se paró a pensarlo y lo cierto es que, como muchas cosas: le daba igual. Esperó, hasta que escuchó la voz ronca de su padre dándole permiso para entrar a la sala, como siempre, semi oscura y siniestra para causar aquel efecto amedrentante en enemigos y en aliados. Entró y por unos instantes se detuvo, a penas unos Segundos eñ los que de ser más expresivo, probablemente habria alzado una ceja al ver a un imp de pie, al lado de su padre como siempre fuera un socio más, cuando era sabido que precisamente los Greco eran quienes eran por su hermetismo. Nada de dejar entrar a absolutamente nadie que no fuera familia y desde luego un imp jamás lo sería. Aún así, se sentó en el asiento de cuero eñ frente del escritorio de su padre, como era habitual. Siendo tan bajito que el asiento parecia enorme y además le colgaban las piernas. A punto estuvo de comenzar su informe cuando su padre empezó a dar explicaciones a las que no prestó demasiada atención hasta la parte en la que señaló al imp y las palabras: “Sera tu compañero” fueron pronunciadas. Momento en que giró lentamente la cabeza hacia el mencionado, afilando la mirada de forma casi imperceptible, parpadear lentamente un par de veces y pronunciar un casi susurrado: —¿Que?—
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    𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛

    «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren.

    De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies.

    Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor.

    Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta.

    El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano.

    Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso.

    El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones.

    El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida.

    Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse.

    Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable.

    Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera.

    La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable...

    « Continuará en las próximas crónicas... »
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren. De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies. Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor. Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta. El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano. Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso. El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones. El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida. Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse. Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable. Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera. La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable... « Continuará en las próximas crónicas... »
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  • El último timbre había sonado hacía varios minutos. Los pasillos de la facultad estaban casi vacíos y el único sonido que rompía el silencio era la lluvia golpeando los ventanales.
    Anne permanecía sentada en su lugar, fingiendo revisar sus apuntes. En realidad, esperaba que todos salieran antes de acercarse al escritorio.
    Con una sonrisa tranquila, caminó hasta quedar frente al profesor.
    —¿Tiene un momento?
    El profesor levantó la vista de los exámenes que estaba calificando.
    —Claro, Anne. ¿En qué puedo ayudarte?
    Ella apoyó suavemente una mano sobre el escritorio.
    —Quería preguntarle sobre el trabajo de investigación... aunque, si soy sincera, creo que solo quería hablar con usted un rato.
    La confesión hizo que el profesor arqueara ligeramente una ceja.
    —Eso no parece una duda relacionada con la materia.
    Anne soltó una pequeña risa.
    —Lo sé... pero tenía que intentarlo.
    Por un instante, ambos guardaron silencio. El profesor cerró la carpeta con calma.
    —Eres una estudiante brillante. No necesitas inventar pretextos para hacer preguntas.
    —¿Y si la pregunta no es académica?
    La mirada de Anne era curiosa, casi desafiante, pero sin perder la dulzura.
    El profesor respiró hondo antes de responder.
    —Entonces probablemente no sea una pregunta que pueda responder.
    Ella bajó la vista unos segundos antes de sonreír de nuevo.
    —Siempre encuentra la manera de esquivarme.
    —Siempre encuentro la manera de mantener los límites.
    Anne asintió lentamente.
    —Lo entiendo... y, precisamente por eso, lo admiro.
    Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
    El profesor la observó con una mezcla de sorpresa y serenidad.
    —Agradezco tu sinceridad. Pero mientras seas mi alumna, mi responsabilidad es cuidar de esa línea.
    Anne tomó su mochila y dio un paso hacia la puerta.
    —Entonces tendré que graduarme primero.
    Por primera vez en toda la conversación, el profesor dejó escapar una leve risa.
    —Primero preocúpate por terminar el semestre con las mismas buenas calificaciones.
    Ella sonrió con complicidad.
    —Eso está hecho.
    Antes de salir del aula, giró apenas el rostro.
    —Buenas noches, profesor.
    —Buenas noches, Anne.
    La puerta se cerró lentamente. Mientras caminaba por el pasillo, Anne no pudo evitar sonreír. Sabía que algunas historias no empiezan con una confesión, sino con la paciencia suficiente para esperar el momento adecuado.
    El último timbre había sonado hacía varios minutos. Los pasillos de la facultad estaban casi vacíos y el único sonido que rompía el silencio era la lluvia golpeando los ventanales. Anne permanecía sentada en su lugar, fingiendo revisar sus apuntes. En realidad, esperaba que todos salieran antes de acercarse al escritorio. Con una sonrisa tranquila, caminó hasta quedar frente al profesor. —¿Tiene un momento? El profesor levantó la vista de los exámenes que estaba calificando. —Claro, Anne. ¿En qué puedo ayudarte? Ella apoyó suavemente una mano sobre el escritorio. —Quería preguntarle sobre el trabajo de investigación... aunque, si soy sincera, creo que solo quería hablar con usted un rato. La confesión hizo que el profesor arqueara ligeramente una ceja. —Eso no parece una duda relacionada con la materia. Anne soltó una pequeña risa. —Lo sé... pero tenía que intentarlo. Por un instante, ambos guardaron silencio. El profesor cerró la carpeta con calma. —Eres una estudiante brillante. No necesitas inventar pretextos para hacer preguntas. —¿Y si la pregunta no es académica? La mirada de Anne era curiosa, casi desafiante, pero sin perder la dulzura. El profesor respiró hondo antes de responder. —Entonces probablemente no sea una pregunta que pueda responder. Ella bajó la vista unos segundos antes de sonreír de nuevo. —Siempre encuentra la manera de esquivarme. —Siempre encuentro la manera de mantener los límites. Anne asintió lentamente. —Lo entiendo... y, precisamente por eso, lo admiro. Las palabras quedaron suspendidas en el aire. El profesor la observó con una mezcla de sorpresa y serenidad. —Agradezco tu sinceridad. Pero mientras seas mi alumna, mi responsabilidad es cuidar de esa línea. Anne tomó su mochila y dio un paso hacia la puerta. —Entonces tendré que graduarme primero. Por primera vez en toda la conversación, el profesor dejó escapar una leve risa. —Primero preocúpate por terminar el semestre con las mismas buenas calificaciones. Ella sonrió con complicidad. —Eso está hecho. Antes de salir del aula, giró apenas el rostro. —Buenas noches, profesor. —Buenas noches, Anne. La puerta se cerró lentamente. Mientras caminaba por el pasillo, Anne no pudo evitar sonreír. Sabía que algunas historias no empiezan con una confesión, sino con la paciencia suficiente para esperar el momento adecuado.
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  • {Estaba pensativo y algo cabizbajo, era tarde y afuera llovia, se recostó y puso una música suave, de uno de sus cajones del escritorio saca un movil}

    -Hmmmm...

    {Se desplaza por los contactos hasta encontrar el Numero de "Diana"}

    [MARCANDO...]

    [NO HAY RESPUESTA, SALTA EL CONTESTADOR AUTOMÁTICO]

    -Ho... Hola que tal todo?... Espero que te estea llendo bien por ahí... yo solo... quisiera saber como estabas y... si tu quisieras, claro es... Poder tomarnos algo juntos y ponernos al dia...

    {silencio breve}

    -Te hecho muchísimo de menos... llamame cuando puedas, porfavor...

    {cuelga, dejando el movil sobre la mesa y, acto seguido, se sirve una copa de whisky }
    {Estaba pensativo y algo cabizbajo, era tarde y afuera llovia, se recostó y puso una música suave, de uno de sus cajones del escritorio saca un movil} -Hmmmm... {Se desplaza por los contactos hasta encontrar el Numero de "Diana"} [MARCANDO...] [NO HAY RESPUESTA, SALTA EL CONTESTADOR AUTOMÁTICO] -Ho... Hola que tal todo?... Espero que te estea llendo bien por ahí... yo solo... quisiera saber como estabas y... si tu quisieras, claro es... Poder tomarnos algo juntos y ponernos al dia... {silencio breve} -Te hecho muchísimo de menos... llamame cuando puedas, porfavor... {cuelga, dejando el movil sobre la mesa y, acto seguido, se sirve una copa de whisky 🥃}
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  • - Por varias semanas la ciudad estuvo totalmente vacía, las autoridades intentaban deshacerse de aquella sustancia pero parecía imposible de limpiar, en el centro de la ciudad un edificio había sido " Reescrito" y convertido en una estatua, parecia un chico, con una capa y un aura magico, realmente parecía más un altar que cualquier otra cosa-

    Policía 1: capitan...que es eso...?

    - en una comuna de esa sustancia había una mano sobresaliente, al jalar de ella salió un chico de cabello rizado, complexión delgada, tras varios análisis el chico coincidía con los registros de un menor desaparecido hace unos años, actualmente ya no era menor de edad, con los días el chico regreso a la ciudad la cual sería vacía, mirando con nostalgia, regreso a su vieja casa, saco las cosas importantes entre ella las flores de su primera cita con Lorenzo, regreso al altar mirando con atención, se dio la vuelta pars ver todos sus destrozos, uno de sus collares que era un relicario saco un cabello que era el hombre que amo, lo enterro en el suelo y con sus poderes empezó a absorber todo lo que hizo, estuvo así unos minutos hasta que la ciudad quedó como nueva, se alejo de ahí sin decir más, traslado todas sus cosas y con ayuda de un criminal realizó papeleo nuevo, cambiando su residencia a Argentina, algunas cosas de ahí le recordaban a italia, que aún que nunca conoció, le recordaba a quien fue el primer amor de su vida-
    - Por varias semanas la ciudad estuvo totalmente vacía, las autoridades intentaban deshacerse de aquella sustancia pero parecía imposible de limpiar, en el centro de la ciudad un edificio había sido " Reescrito" y convertido en una estatua, parecia un chico, con una capa y un aura magico, realmente parecía más un altar que cualquier otra cosa- Policía 1: capitan...que es eso...? - en una comuna de esa sustancia había una mano sobresaliente, al jalar de ella salió un chico de cabello rizado, complexión delgada, tras varios análisis el chico coincidía con los registros de un menor desaparecido hace unos años, actualmente ya no era menor de edad, con los días el chico regreso a la ciudad la cual sería vacía, mirando con nostalgia, regreso a su vieja casa, saco las cosas importantes entre ella las flores de su primera cita con Lorenzo, regreso al altar mirando con atención, se dio la vuelta pars ver todos sus destrozos, uno de sus collares que era un relicario saco un cabello que era el hombre que amo, lo enterro en el suelo y con sus poderes empezó a absorber todo lo que hizo, estuvo así unos minutos hasta que la ciudad quedó como nueva, se alejo de ahí sin decir más, traslado todas sus cosas y con ayuda de un criminal realizó papeleo nuevo, cambiando su residencia a Argentina, algunas cosas de ahí le recordaban a italia, que aún que nunca conoció, le recordaba a quien fue el primer amor de su vida-
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  • • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
    Categoría Original


    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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    ¡Bienvenid@ a FicRol!
    Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D:

    ㅤㅤ¡Elisabeth Cavani!
    Raza: Humana
    Fandom: Harry Potter, The Last of Us, Game of Thrones
    Escritora

    Es un placer tenerte por aquí . Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol.

    Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma.

    Recursos útiles para empezar:

    Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines

    Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711

    GUIA 0.1 – Empezar en FicRol: Encontrar rol y amistades: https://ficrol.com/blogs/366170/GUIA-0-1-Empezar-en-FicRol-Encontrar-rol-y-amistades

    Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D

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    Tienes toda esta información y más en el apartado "Ficha" de mi perfil: https://ficrol.com/blogs/353277/ENLACES-DE-INTER%C3%89S-PARA-FICROLERS

    ¡Nos vemos en el Inicio!

    #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
    ✨ ¡Bienvenid@ a FicRol! ✨ Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D: ㅤㅤ¡[nova_pearl_horse_749]! 🧬Raza: Humana 👾Fandom: Harry Potter, The Last of Us, Game of Thrones 💼 Escritora Es un placer tenerte por aquí 🍂. Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol. 🧙‍♀️ Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma. 🔎 Recursos útiles para empezar: ✨ Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines ✨ Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711 ✨ GUIA 0.1 – Empezar en FicRol: Encontrar rol y amistades: https://ficrol.com/blogs/366170/GUIA-0-1-Empezar-en-FicRol-Encontrar-rol-y-amistades ✨ Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D ✨ Directorio 3D: https://ficrol.com/posts/181793 ✨ Tienes toda esta información y más en el apartado "Ficha" de mi perfil: https://ficrol.com/blogs/353277/ENLACES-DE-INTER%C3%89S-PARA-FICROLERS ¡Nos vemos en el Inicio! 🍁 #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
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  • La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos.

    "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto.
    No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... "

    La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café.

    – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. –

    El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
    La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos. "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto. No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... " La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café. – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. – El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
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    Reglitas de la Libreta Mágica Concede Deseos :⁠-⁠P

    1. Los deseos deberán ser escritos de forma concreta, o la libreta los interpretará a su manera, acertando o no con el deseo del escritor. (a no ser que se deseé que no haga falta especificarlos)

    2. Todos los deseos deberán empezar por la frase: "Deseo que..." Sino, todo lo escrito se considerarán meras anotaciones. (a no ser que se deseé que no haga falta esa frase inicial)

    3. Los deseos que afecten al uso de la libreta más allá de las reglas establecidas, a todo lo relativo con la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, o alteraciones significativas del mundo o de otros seres vivos o inanimados quedan terminantemente prohibidos (a no ser que... No, aquí no hay de eso, están prohibidos :D)

    4. Las páginas de la libreta son infinitas.

    5. Una página suelta tiene el mismo efecto que la libreta en sí.

    6. Si dos personas escriben a la vez su deseo en la libreta, la libreta no concederá ninguno, se deberá escribir primero uno y luego otro.

    7. Se pueden escribir deseos que contradigan deseos anteriores.
    Reglitas de la Libreta Mágica Concede Deseos :⁠-⁠P 1. Los deseos deberán ser escritos de forma concreta, o la libreta los interpretará a su manera, acertando o no con el deseo del escritor. (a no ser que se deseé que no haga falta especificarlos) 2. Todos los deseos deberán empezar por la frase: "Deseo que..." Sino, todo lo escrito se considerarán meras anotaciones. (a no ser que se deseé que no haga falta esa frase inicial) 3. Los deseos que afecten al uso de la libreta más allá de las reglas establecidas, a todo lo relativo con la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, o alteraciones significativas del mundo o de otros seres vivos o inanimados quedan terminantemente prohibidos (a no ser que... No, aquí no hay de eso, están prohibidos :D) 4. Las páginas de la libreta son infinitas. 5. Una página suelta tiene el mismo efecto que la libreta en sí. 6. Si dos personas escriben a la vez su deseo en la libreta, la libreta no concederá ninguno, se deberá escribir primero uno y luego otro. 7. Se pueden escribir deseos que contradigan deseos anteriores.
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