El último timbre había sonado hacía varios minutos. Los pasillos de la facultad estaban casi vacíos y el único sonido que rompía el silencio era la lluvia golpeando los ventanales.
Anne permanecía sentada en su lugar, fingiendo revisar sus apuntes. En realidad, esperaba que todos salieran antes de acercarse al escritorio.
Con una sonrisa tranquila, caminó hasta quedar frente al profesor.
—¿Tiene un momento?
El profesor levantó la vista de los exámenes que estaba calificando.
—Claro, Anne. ¿En qué puedo ayudarte?
Ella apoyó suavemente una mano sobre el escritorio.
—Quería preguntarle sobre el trabajo de investigación... aunque, si soy sincera, creo que solo quería hablar con usted un rato.
La confesión hizo que el profesor arqueara ligeramente una ceja.
—Eso no parece una duda relacionada con la materia.
Anne soltó una pequeña risa.
—Lo sé... pero tenía que intentarlo.
Por un instante, ambos guardaron silencio. El profesor cerró la carpeta con calma.
—Eres una estudiante brillante. No necesitas inventar pretextos para hacer preguntas.
—¿Y si la pregunta no es académica?
La mirada de Anne era curiosa, casi desafiante, pero sin perder la dulzura.
El profesor respiró hondo antes de responder.
—Entonces probablemente no sea una pregunta que pueda responder.
Ella bajó la vista unos segundos antes de sonreír de nuevo.
—Siempre encuentra la manera de esquivarme.
—Siempre encuentro la manera de mantener los límites.
Anne asintió lentamente.
—Lo entiendo... y, precisamente por eso, lo admiro.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El profesor la observó con una mezcla de sorpresa y serenidad.
—Agradezco tu sinceridad. Pero mientras seas mi alumna, mi responsabilidad es cuidar de esa línea.
Anne tomó su mochila y dio un paso hacia la puerta.
—Entonces tendré que graduarme primero.
Por primera vez en toda la conversación, el profesor dejó escapar una leve risa.
—Primero preocúpate por terminar el semestre con las mismas buenas calificaciones.
Ella sonrió con complicidad.
—Eso está hecho.
Antes de salir del aula, giró apenas el rostro.
—Buenas noches, profesor.
—Buenas noches, Anne.
La puerta se cerró lentamente. Mientras caminaba por el pasillo, Anne no pudo evitar sonreír. Sabía que algunas historias no empiezan con una confesión, sino con la paciencia suficiente para esperar el momento adecuado.
Anne permanecía sentada en su lugar, fingiendo revisar sus apuntes. En realidad, esperaba que todos salieran antes de acercarse al escritorio.
Con una sonrisa tranquila, caminó hasta quedar frente al profesor.
—¿Tiene un momento?
El profesor levantó la vista de los exámenes que estaba calificando.
—Claro, Anne. ¿En qué puedo ayudarte?
Ella apoyó suavemente una mano sobre el escritorio.
—Quería preguntarle sobre el trabajo de investigación... aunque, si soy sincera, creo que solo quería hablar con usted un rato.
La confesión hizo que el profesor arqueara ligeramente una ceja.
—Eso no parece una duda relacionada con la materia.
Anne soltó una pequeña risa.
—Lo sé... pero tenía que intentarlo.
Por un instante, ambos guardaron silencio. El profesor cerró la carpeta con calma.
—Eres una estudiante brillante. No necesitas inventar pretextos para hacer preguntas.
—¿Y si la pregunta no es académica?
La mirada de Anne era curiosa, casi desafiante, pero sin perder la dulzura.
El profesor respiró hondo antes de responder.
—Entonces probablemente no sea una pregunta que pueda responder.
Ella bajó la vista unos segundos antes de sonreír de nuevo.
—Siempre encuentra la manera de esquivarme.
—Siempre encuentro la manera de mantener los límites.
Anne asintió lentamente.
—Lo entiendo... y, precisamente por eso, lo admiro.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El profesor la observó con una mezcla de sorpresa y serenidad.
—Agradezco tu sinceridad. Pero mientras seas mi alumna, mi responsabilidad es cuidar de esa línea.
Anne tomó su mochila y dio un paso hacia la puerta.
—Entonces tendré que graduarme primero.
Por primera vez en toda la conversación, el profesor dejó escapar una leve risa.
—Primero preocúpate por terminar el semestre con las mismas buenas calificaciones.
Ella sonrió con complicidad.
—Eso está hecho.
Antes de salir del aula, giró apenas el rostro.
—Buenas noches, profesor.
—Buenas noches, Anne.
La puerta se cerró lentamente. Mientras caminaba por el pasillo, Anne no pudo evitar sonreír. Sabía que algunas historias no empiezan con una confesión, sino con la paciencia suficiente para esperar el momento adecuado.
El último timbre había sonado hacía varios minutos. Los pasillos de la facultad estaban casi vacíos y el único sonido que rompía el silencio era la lluvia golpeando los ventanales.
Anne permanecía sentada en su lugar, fingiendo revisar sus apuntes. En realidad, esperaba que todos salieran antes de acercarse al escritorio.
Con una sonrisa tranquila, caminó hasta quedar frente al profesor.
—¿Tiene un momento?
El profesor levantó la vista de los exámenes que estaba calificando.
—Claro, Anne. ¿En qué puedo ayudarte?
Ella apoyó suavemente una mano sobre el escritorio.
—Quería preguntarle sobre el trabajo de investigación... aunque, si soy sincera, creo que solo quería hablar con usted un rato.
La confesión hizo que el profesor arqueara ligeramente una ceja.
—Eso no parece una duda relacionada con la materia.
Anne soltó una pequeña risa.
—Lo sé... pero tenía que intentarlo.
Por un instante, ambos guardaron silencio. El profesor cerró la carpeta con calma.
—Eres una estudiante brillante. No necesitas inventar pretextos para hacer preguntas.
—¿Y si la pregunta no es académica?
La mirada de Anne era curiosa, casi desafiante, pero sin perder la dulzura.
El profesor respiró hondo antes de responder.
—Entonces probablemente no sea una pregunta que pueda responder.
Ella bajó la vista unos segundos antes de sonreír de nuevo.
—Siempre encuentra la manera de esquivarme.
—Siempre encuentro la manera de mantener los límites.
Anne asintió lentamente.
—Lo entiendo... y, precisamente por eso, lo admiro.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El profesor la observó con una mezcla de sorpresa y serenidad.
—Agradezco tu sinceridad. Pero mientras seas mi alumna, mi responsabilidad es cuidar de esa línea.
Anne tomó su mochila y dio un paso hacia la puerta.
—Entonces tendré que graduarme primero.
Por primera vez en toda la conversación, el profesor dejó escapar una leve risa.
—Primero preocúpate por terminar el semestre con las mismas buenas calificaciones.
Ella sonrió con complicidad.
—Eso está hecho.
Antes de salir del aula, giró apenas el rostro.
—Buenas noches, profesor.
—Buenas noches, Anne.
La puerta se cerró lentamente. Mientras caminaba por el pasillo, Anne no pudo evitar sonreír. Sabía que algunas historias no empiezan con una confesión, sino con la paciencia suficiente para esperar el momento adecuado.
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