• 𝘌𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘮𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘭𝘶𝘻
    Fandom Ninguno
    Categoría Fantasía
    〈 Rol con Svetla Le’ron ♡ 〉

    El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba.

    Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar.

    La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse.

    Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación.

    Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado.

    Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada.

    El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser.

    Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie.

    Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era.

    Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir.

    Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo.

    Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
    〈 Rol con [Svetlaler0n] ♡ 〉 El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba. Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar. La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse. Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación. Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado. Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada. El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser. Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie. Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era. Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir. Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo. Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
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  • Ritual de desamor o canción desesperada
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    Irys caminaba a paso rápido por las calles, sus pensamientos tan desordenados como una mañana de emociones encontradas.

    El aire frío de la tarde se colaba entre sus cabellos, que brillaban con una suavidad casi etérea.

    En su corazón, el peso de la angustia se hacía cada vez más insoportable. Su alma, mitad ángel, mitad demonio, se sentía rota.

    Había creído que lo que sentía por aquel chico era especial, único. Pero al enterarse de la verdad, su mundo se desplomó.

    Aquellas dulces ilusiones que había formado, aquellas esperanzas que habían latido en su pecho, se desmoronaron como castillos de arena. Y lo peor de todo era que, a pesar de su dolor, no podía odiarlo. Había algo en su naturaleza que le impedía rechazarlo por completo. Pero sí, definitivamente lo había perdido.

    —“Shiori tenia razón. Tengo que olvidarlo, voy a hacerlo”, murmuró para sí misma mientras giraba en la esquina que la llevaba directamente a la casa de Yuta. El propósito estaba claro en su mente: ya no podía seguir permitiendo que él gobernara su corazón, ni por más tiempo.

    Cuando llegó a la puerta, dio tres golpes rápidos. Sabía que su amigo la recibiría como siempre, con su sonrisa cómplice, pero esta vez no podía sonreír. No lo lograría. No mientras la tormenta de emociones seguía desgarrando su interior.

    Yuta abrió la puerta en cuanto escuchó los golpecitos. Su expresión cambió al verla, notando en su rostro algo distinto. Irys no estaba tranquila, como solía ser. Estaba rota. Como él.

    Sin más preámbulos, Irys lo miró a los ojos y, con una mezcla de tristeza y determinación, dijo:

    — Quiero olvidarlo. Quiero que hagamos un ritual para perder la memoria o que— Maki nos golpee en la cabeza hasta que ya no recordemos más. Quiero que mi corazón deje de sangrar, Yuta. Y tú, tú también tienes que olvidarte de ese tipo que te hace tanto mal.

    Irys asintió, apretó los puños, como si al hacerlo pudiera cerrar también las puertas de su alma para él.

    — Ya no puedo más, Yuta. Quiero hacer ésto por los dos. Por ti, por mí, por todos los que alguna vez creímos en algo que no fue...
    Irys caminaba a paso rápido por las calles, sus pensamientos tan desordenados como una mañana de emociones encontradas. El aire frío de la tarde se colaba entre sus cabellos, que brillaban con una suavidad casi etérea. En su corazón, el peso de la angustia se hacía cada vez más insoportable. Su alma, mitad ángel, mitad demonio, se sentía rota. Había creído que lo que sentía por aquel chico era especial, único. Pero al enterarse de la verdad, su mundo se desplomó. Aquellas dulces ilusiones que había formado, aquellas esperanzas que habían latido en su pecho, se desmoronaron como castillos de arena. Y lo peor de todo era que, a pesar de su dolor, no podía odiarlo. Había algo en su naturaleza que le impedía rechazarlo por completo. Pero sí, definitivamente lo había perdido. —“Shiori tenia razón. Tengo que olvidarlo, voy a hacerlo”, murmuró para sí misma mientras giraba en la esquina que la llevaba directamente a la casa de Yuta. El propósito estaba claro en su mente: ya no podía seguir permitiendo que él gobernara su corazón, ni por más tiempo. Cuando llegó a la puerta, dio tres golpes rápidos. Sabía que su amigo la recibiría como siempre, con su sonrisa cómplice, pero esta vez no podía sonreír. No lo lograría. No mientras la tormenta de emociones seguía desgarrando su interior. Yuta abrió la puerta en cuanto escuchó los golpecitos. Su expresión cambió al verla, notando en su rostro algo distinto. Irys no estaba tranquila, como solía ser. Estaba rota. Como él. Sin más preámbulos, Irys lo miró a los ojos y, con una mezcla de tristeza y determinación, dijo: — Quiero olvidarlo. Quiero que hagamos un ritual para perder la memoria o que— Maki nos golpee en la cabeza hasta que ya no recordemos más. Quiero que mi corazón deje de sangrar, Yuta. Y tú, tú también tienes que olvidarte de ese tipo que te hace tanto mal. Irys asintió, apretó los puños, como si al hacerlo pudiera cerrar también las puertas de su alma para él. — Ya no puedo más, Yuta. Quiero hacer ésto por los dos. Por ti, por mí, por todos los que alguna vez creímos en algo que no fue...
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  • Día de playa, vamos a divertirnos y haremos castillos de arena.
    Día de playa, vamos a divertirnos y haremos castillos de arena.
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  • — He visto estrellas desaparecer. He escuchado el canto de creaturas que ya no existen. He visto Reyes y castillos reducidos a cenizas.
    No malinterpretes mi paciencia como miedo.
    Puedo viajar y volver en 50 lunas. Mientras yo solo modificaré mi cabello o mi atuendo... tu ya estarás bajo tierra.
    Eso, si es que llegas a vivir 50 lunas.
    — He visto estrellas desaparecer. He escuchado el canto de creaturas que ya no existen. He visto Reyes y castillos reducidos a cenizas. No malinterpretes mi paciencia como miedo. Puedo viajar y volver en 50 lunas. Mientras yo solo modificaré mi cabello o mi atuendo... tu ya estarás bajo tierra. Eso, si es que llegas a vivir 50 lunas.
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  • ╔═.✵.══════════╗

    Aɪᴍɪ
    Bᴏᴛɪᴄᴀʀɪᴀ
    Cʟᴀɴ ᴅᴇ ʟᴀ ʟᴜɴᴀ ᴀᴢᴜʟ

    ╚══════════.✵.═╝

    へ ♡ ╱|、
    ૮ - ՛ ) (` - 7
    / ⁻ ៸| |、⁻〵
    乀 (ˍ, ل ل じしˍ,)ノ

    Jejeje, jugando, me caí en el mar... ¿Me ayudas a levantarme?
    Y podremos jugar y hacer castillos de arena.

    ✶ Fandom: #VanitasNoCarte
    ✶ Comunidad: #Comunidad2D #Personaje2D
    ╔═.✵.══════════╗ Aɪᴍɪ Bᴏᴛɪᴄᴀʀɪᴀ Cʟᴀɴ ᴅᴇ ʟᴀ ʟᴜɴᴀ ᴀᴢᴜʟ ╚══════════.✵.═╝ へ ♡ ╱|、 ૮ - ՛ ) (` - 7 / ⁻ ៸| |、⁻〵 乀 (ˍ, ل ل じしˍ,)ノ Jejeje, jugando, me caí en el mar... ¿Me ayudas a levantarme? Y podremos jugar y hacer castillos de arena. ✶ Fandom: #VanitasNoCarte ✶ Comunidad: #Comunidad2D #Personaje2D
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  • Mi mejor consejo , eviten a los clérigos , paladines, bardos calientes , cultos y no roben en castillos .... o si y eviten el aliento y la boca del dragón.... y las garras .... mejor todo el dragón
    Mi mejor consejo , eviten a los clérigos , paladines, bardos calientes , cultos y no roben en castillos .... o si y eviten el aliento y la boca del dragón.... y las garras .... mejor todo el dragón
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — Cómo es verano, decidí ir a la playa un rato... me dieron ganas de construir castillos de arena. —
    — Cómo es verano, decidí ir a la playa un rato... me dieron ganas de construir castillos de arena. —
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  • *Desde lo lejos en la escena se divisaba una isla tropical con sus aguas cristalinas y su colorida vegetación, una vez se acercaba la cámara se pudo ver una cabaña que estaba justo al lado del mar por no decir pegada, allí estaba yo llevando puesto un bañador de surfero junto con unas gafas de sol, iba sin mi apariencia habitual de ser oscuro con ojos blancos, tumbado en un flotador en forma de tumbona con posavasos, estaba tomándome una bebida con pajita estando fresquita gracias al hielo y está también tenía una pequeña sombrilla como decoración, dejaba que las olas me mecieran pero sin alejarme mucho de la cabaña y suspire relajo colocándome bien las gafas de sol*

    - [Esto si que es vida... aquí puedo hacer lo que quiera, darme un chapuzón, pescar, jugar al vóleibol... bueno a eso mejor no que no me gusta, hacer castillos o esculturas de arena, aunque ahora que lo pienso... puede que este sitio se sienta demasiado vacío solamente estando yo]

    // [ ] <- pensamientos
    *Desde lo lejos en la escena se divisaba una isla tropical con sus aguas cristalinas y su colorida vegetación, una vez se acercaba la cámara se pudo ver una cabaña que estaba justo al lado del mar por no decir pegada, allí estaba yo llevando puesto un bañador de surfero junto con unas gafas de sol, iba sin mi apariencia habitual de ser oscuro con ojos blancos, tumbado en un flotador en forma de tumbona con posavasos, estaba tomándome una bebida con pajita estando fresquita gracias al hielo y está también tenía una pequeña sombrilla como decoración, dejaba que las olas me mecieran pero sin alejarme mucho de la cabaña y suspire relajo colocándome bien las gafas de sol* - [Esto si que es vida... aquí puedo hacer lo que quiera, darme un chapuzón, pescar, jugar al vóleibol... bueno a eso mejor no que no me gusta, hacer castillos o esculturas de arena, aunque ahora que lo pienso... puede que este sitio se sienta demasiado vacío solamente estando yo] // [ ] <- pensamientos
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  • El propósito de los Demonios siempre había sido la destrucción de todos los seres vivos, del mundo y finalmente la destrucción de sí mismos. Solo así se cumpliría el propósito de los Demonios: regresar al Mar del Caos, el lugar que les dio vida, el caos absoluto, el hogar perfecto para los Demonios.

    Al menos eso era lo que el Rey Demonio Shabranigdu les prometió a los Demonios y, en virtud de aquella promesa, se iniciaron innumerables guerras contra Dioses, dragones, humanos, elfos y enanos.

    Ahora Xellos sabía que aquella promesa no era cierta. Existía el Mar del Caos sí, pero era un lugar de descanso eterno, no era el hogar perfecto para los Demonios.

    Shabranigdu, el Rey Demonio, había engañado durante milenios a los de su propia raza para justificar las interminables guerras en contra de los Dioses y otros seres. El Rey Demonio les había hecho creer que aquellas guerras eran un acto de justicia para recuperar su hogar.

    ***

    Aquel día, los ojos de Xellos se abrieron en medio de aquel infinito mar en calma de luz dorada: el Mar del Caos.

    Su cuerpo flotaba ingrávido en medio de aquella luz.

    Frente a él se hallaba una figura resplandeciente que se erguía con majestuosa belleza y un aura tan brillante como la de un sol naciente. Aquella figura tenía forma femenina, pero toda ella estaba hecha de la misma luz dorada que bañaba el Mar del Caos.

    La mujer esbozó una sonrisa suave y cálida.

    Xellos se arrodilló ante ella en señal de respeto al reconocerla.

    Aquel ser tenía demasiados nombres, pero pocos la habían visto alguna vez. Era Lord of Nightmares, el Dorado Rey Demonio... o mejor dicho: la Diosa de la Pesadilla Eterna.

    Ella era la creadora de, como mínimo, cuatro mundos, de Dioses y Demonios, y de todos los seres que habitaban los mundos.

    La Diosa de la Pesadilla Eterna extendió una de sus delgadas y delicadas manos y tocó la frente de Xellos.

    Un millar de hilos dorados de pura energía brotaron de la mano de la Diosa e irrumpieron directamente en el interior de la cabeza de Xellos.

    Un profundo alarido de dolor rasgó la garganta del Demonio mientras esos hilos se adentraban dentro de él y, de pronto, el dolor cesó.

    Entonces un torrente de imágenes invadió la mente del demonio, mostrándole un futuro devastado por la guerra.

    Vio ciudades envueltas en un infierno de llamas, castillos reducidos a escombros humeantes, ejércitos enteros engullidos por un mar de fauces y garras, hombres híbridos de humanos y demonios arrebatando la vida a todos los seres vivos.

    El cielo, otrora un lienzo azul infinito, ahora se teñía de un rojo carmesí, como si la sangre de mil batallas impregnara la bóveda celeste.

    En medio del caos, Reena, se enfrentaba a un enemigo colosal: un descomunal dragón negro de ojos llameantes y escamas tan oscuras como la noche. Un gigantesco Dragón del Abismo.

    La batalla era desigual. Una danza macabra donde la habilidad y la ferocidad se enfrentaban en un duelo a muerte. Reena luchaba con bravura, blandiendo su espada y recurriendo a su magia con desesperación, pero era en vano.

    El Dragón del Abismo, con un rugido que rasgó el cielo, rechazó su magia, la derribó contra el suelo e hincó sus dientes en el cuerpo de la hechicera matándola instantáneamente.

    Xellos abrió sus ojos violeta de pupilas verticales bruscamente y elevó la mirada hacia ella: la Diosa de la Pesadilla Eterna. Ahora entendía el por qué de ese nombre.

    La Diosa bajó la mano y todos los hilos dorados que habían estado en la cabeza de Xellos, volvieron a su ser.

    —¿Por qué me muestras esto? —preguntó el demonio.

    —Esto es lo que sucederá si fracasas, Xellos —respondió la Diosa en una voz que no podría definirse ni masculina, ni femenina, ni aguda, ni grave, ni real, ni etérea.

    Xellos entornó los ojos tratando de entender las palabras de la Diosa.

    —Abismo, el Monarca de los Antiguos, el devorador de luz y oscuridad, ha despertado —prosiguió la Diosa. —Abismo y sus secuaces, los Antiguos, son seres primigenios nacidos para la destrucción de los mundos y del mismísimo Mar del Caos. Ese caos que has visto es solo un esbozo de la obra que Abismo quiere llevar a cabo. Abismo atacará y lo devorará todo. No quedará nada.

    Xellos se quedó en silencio. Si Abismo destruía hasta el Mar del Caos, estaría destruyendo incluso a la Diosa de la Pesadilla Eterna. Toda existencia pasada, presente y futura desaparecería. La vida sería engullida por el vacío.

    La Diosa comenzó a andar alrededor de Xellos al mismo tiempo que hablaba:

    —Hoy en día los Dioses, Demonios y Dragones están diezmados, y jamás cooperarían juntos para derrotar a un ser de tal magnitud. ¿A quién le corresponde la lucha? ¿Humanos, elfos, enanos...? ¿Cuánto tiempo soportarían luchar contra ese poder? Muchos son guerreros fuertes y determinados, pero necesitan una ayuda mayor. Sin el poder del Dios Flare Dragon Ceiphied y sin el del Rey Demonio Shabranigdu todo estará perdido. Esa es la razón por la que te he elegido.

    —¿Por qué yo?

    Una vez más ella sonrió, como si estuviera esperando a que le formulara aquella pregunta.

    —Eres exactamente lo que esperaba de los Dioses y los Demonios cuando creé a Shabranigdu y Ceiphied. Los Dioses y los Demonios no fueron creados para la guerra eterna. Dioses y Demonios simplemente olvidaron su propósito original, el cual era aprender unos de otros, evolucionar y mejorar. Sin embargo, Dioses y Demonios, sin excepciones, mintieron para llevar a cabo sus propósitos más egoístas: derrotar al rival y ser los más poderosos. Los primeros en mentir fueron los Dioses viendo en los Demonios una amenaza; después los Demonios se dejaron llevar por el odio y no pararon de luchar contra los Dioses. Pero tú has hecho justo lo que yo esperaba de un Demonio, Xellos. Por eso te he elegido para que envíes a las huestes de Abismo de vuelta al vacío del que salieron.

    —No hay en nuestro mundo poder suficiente para destruirles.

    —Si lo hay, solo tienes que buscarlo... y si tú no descubres el modo de encontrarlo, nadie lo hará.

    La Diosa se detuvo frente a Xellos y, sobre sus manos, apareció una corona de oro. Después colocó aquella corona sobre la cabeza de Xellos.

    —Mi poder es mi voluntad. Mi voluntad es mi poder. Soy puro poder y voluntad al mismo tiempo. Xellos, acepta el destino que he forjado para ti. Ocupa el lugar que Shabranigdu dejó al dejarse corromper por el odio y el rencor, y álzate como el Rey Demonio Xellos.

    Le invitó a ponerse en pie y le observó con una sonrisa llena de orgullo.

    —Solo tú puedes decidir si permanecerás aquí dando la derrota por escrita; o si regresarás allí, ocuparás tu lugar como Señor de la Oscuridad y liderarás a las razas para llevarlas a la guerra y la victoria contra Abismo.







    © Créditos de las imágenes a [REENA]
    El propósito de los Demonios siempre había sido la destrucción de todos los seres vivos, del mundo y finalmente la destrucción de sí mismos. Solo así se cumpliría el propósito de los Demonios: regresar al Mar del Caos, el lugar que les dio vida, el caos absoluto, el hogar perfecto para los Demonios. Al menos eso era lo que el Rey Demonio Shabranigdu les prometió a los Demonios y, en virtud de aquella promesa, se iniciaron innumerables guerras contra Dioses, dragones, humanos, elfos y enanos. Ahora Xellos sabía que aquella promesa no era cierta. Existía el Mar del Caos sí, pero era un lugar de descanso eterno, no era el hogar perfecto para los Demonios. Shabranigdu, el Rey Demonio, había engañado durante milenios a los de su propia raza para justificar las interminables guerras en contra de los Dioses y otros seres. El Rey Demonio les había hecho creer que aquellas guerras eran un acto de justicia para recuperar su hogar. *** Aquel día, los ojos de Xellos se abrieron en medio de aquel infinito mar en calma de luz dorada: el Mar del Caos. Su cuerpo flotaba ingrávido en medio de aquella luz. Frente a él se hallaba una figura resplandeciente que se erguía con majestuosa belleza y un aura tan brillante como la de un sol naciente. Aquella figura tenía forma femenina, pero toda ella estaba hecha de la misma luz dorada que bañaba el Mar del Caos. La mujer esbozó una sonrisa suave y cálida. Xellos se arrodilló ante ella en señal de respeto al reconocerla. Aquel ser tenía demasiados nombres, pero pocos la habían visto alguna vez. Era Lord of Nightmares, el Dorado Rey Demonio... o mejor dicho: la Diosa de la Pesadilla Eterna. Ella era la creadora de, como mínimo, cuatro mundos, de Dioses y Demonios, y de todos los seres que habitaban los mundos. La Diosa de la Pesadilla Eterna extendió una de sus delgadas y delicadas manos y tocó la frente de Xellos. Un millar de hilos dorados de pura energía brotaron de la mano de la Diosa e irrumpieron directamente en el interior de la cabeza de Xellos. Un profundo alarido de dolor rasgó la garganta del Demonio mientras esos hilos se adentraban dentro de él y, de pronto, el dolor cesó. Entonces un torrente de imágenes invadió la mente del demonio, mostrándole un futuro devastado por la guerra. Vio ciudades envueltas en un infierno de llamas, castillos reducidos a escombros humeantes, ejércitos enteros engullidos por un mar de fauces y garras, hombres híbridos de humanos y demonios arrebatando la vida a todos los seres vivos. El cielo, otrora un lienzo azul infinito, ahora se teñía de un rojo carmesí, como si la sangre de mil batallas impregnara la bóveda celeste. En medio del caos, Reena, se enfrentaba a un enemigo colosal: un descomunal dragón negro de ojos llameantes y escamas tan oscuras como la noche. Un gigantesco Dragón del Abismo. La batalla era desigual. Una danza macabra donde la habilidad y la ferocidad se enfrentaban en un duelo a muerte. Reena luchaba con bravura, blandiendo su espada y recurriendo a su magia con desesperación, pero era en vano. El Dragón del Abismo, con un rugido que rasgó el cielo, rechazó su magia, la derribó contra el suelo e hincó sus dientes en el cuerpo de la hechicera matándola instantáneamente. Xellos abrió sus ojos violeta de pupilas verticales bruscamente y elevó la mirada hacia ella: la Diosa de la Pesadilla Eterna. Ahora entendía el por qué de ese nombre. La Diosa bajó la mano y todos los hilos dorados que habían estado en la cabeza de Xellos, volvieron a su ser. —¿Por qué me muestras esto? —preguntó el demonio. —Esto es lo que sucederá si fracasas, Xellos —respondió la Diosa en una voz que no podría definirse ni masculina, ni femenina, ni aguda, ni grave, ni real, ni etérea. Xellos entornó los ojos tratando de entender las palabras de la Diosa. —Abismo, el Monarca de los Antiguos, el devorador de luz y oscuridad, ha despertado —prosiguió la Diosa. —Abismo y sus secuaces, los Antiguos, son seres primigenios nacidos para la destrucción de los mundos y del mismísimo Mar del Caos. Ese caos que has visto es solo un esbozo de la obra que Abismo quiere llevar a cabo. Abismo atacará y lo devorará todo. No quedará nada. Xellos se quedó en silencio. Si Abismo destruía hasta el Mar del Caos, estaría destruyendo incluso a la Diosa de la Pesadilla Eterna. Toda existencia pasada, presente y futura desaparecería. La vida sería engullida por el vacío. La Diosa comenzó a andar alrededor de Xellos al mismo tiempo que hablaba: —Hoy en día los Dioses, Demonios y Dragones están diezmados, y jamás cooperarían juntos para derrotar a un ser de tal magnitud. ¿A quién le corresponde la lucha? ¿Humanos, elfos, enanos...? ¿Cuánto tiempo soportarían luchar contra ese poder? Muchos son guerreros fuertes y determinados, pero necesitan una ayuda mayor. Sin el poder del Dios Flare Dragon Ceiphied y sin el del Rey Demonio Shabranigdu todo estará perdido. Esa es la razón por la que te he elegido. —¿Por qué yo? Una vez más ella sonrió, como si estuviera esperando a que le formulara aquella pregunta. —Eres exactamente lo que esperaba de los Dioses y los Demonios cuando creé a Shabranigdu y Ceiphied. Los Dioses y los Demonios no fueron creados para la guerra eterna. Dioses y Demonios simplemente olvidaron su propósito original, el cual era aprender unos de otros, evolucionar y mejorar. Sin embargo, Dioses y Demonios, sin excepciones, mintieron para llevar a cabo sus propósitos más egoístas: derrotar al rival y ser los más poderosos. Los primeros en mentir fueron los Dioses viendo en los Demonios una amenaza; después los Demonios se dejaron llevar por el odio y no pararon de luchar contra los Dioses. Pero tú has hecho justo lo que yo esperaba de un Demonio, Xellos. Por eso te he elegido para que envíes a las huestes de Abismo de vuelta al vacío del que salieron. —No hay en nuestro mundo poder suficiente para destruirles. —Si lo hay, solo tienes que buscarlo... y si tú no descubres el modo de encontrarlo, nadie lo hará. La Diosa se detuvo frente a Xellos y, sobre sus manos, apareció una corona de oro. Después colocó aquella corona sobre la cabeza de Xellos. —Mi poder es mi voluntad. Mi voluntad es mi poder. Soy puro poder y voluntad al mismo tiempo. Xellos, acepta el destino que he forjado para ti. Ocupa el lugar que Shabranigdu dejó al dejarse corromper por el odio y el rencor, y álzate como el Rey Demonio Xellos. Le invitó a ponerse en pie y le observó con una sonrisa llena de orgullo. —Solo tú puedes decidir si permanecerás aquí dando la derrota por escrita; o si regresarás allí, ocuparás tu lugar como Señor de la Oscuridad y liderarás a las razas para llevarlas a la guerra y la victoria contra Abismo. © Créditos de las imágenes a [REENA]
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