• ˖ ࣪ ꉂ🗯˙⃟.꩜‹— Lily Love Braids

    𐔌՞ ܸ.ˬ.ܸ՞𐦯 — Vaya, vaya, te has portado muy mal, no has hecho caso a las instrucciones que te di, ¡TE IRAS A LA CAJA DE LOS JUGUETES MALOS!.

    𓍯 ִֶָ Dijo Lily con una sonrisa malvada y a la vez enojada, antes de que reaccionarias, Lily te atrapa con su cabello viviente, atrapando te entre ellos con su sonrisa enorme y enojada.
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    ━━「 𝕯᥆ ᥡ᥆ᥙ sᥱᥱ 𝗍һᥱm, 𝗍᥆᥆? 」━━



    ➤ 𝐍ⱺꭑᑲ𝗋𝖾: Alaska Crowley.
    ➤ 𝐄ᑯαᑯ: 25 años.
    ➤ 𝐎𝗋𝗂𝖾𐓣𝗍α𝖼𝗂ó𐓣: Indefinida.
    ➤ 𝐆é𐓣𝖾𝗋ⱺ: Femenino.
    ➤ 𝐀ᥣ𝗍υ𝗋α: 1,68 m.
    ➤ 𝐎𝖼υρα𝖼𝗂ó𐓣: Camarera en club nocturno.
    ➤ 𝐅αꭑ𝗂ᥣ𝗂α𝗋𝖾𝗌 𝖼𝖾𝗋𝖼α𐓣ⱺ𝗌: Owen Crowley, tío.
    ➤ 𝕯іᥲgᥒós𝗍іᥴ᥆: Esquizofrenia.


    ➤ Desde nacimiento Alaska siempre presentó ciertos signos extraños para sus padres. Incluso para una recién nacida no era normal llorar todo el tiempo o estar periodos extensos en silencio, mirando puntos fijos. Al principio no quisieron preocuparse demasiado, pero a medida que ella iba creciendo empezó a ser más evidente.
    A los 4 años ya tenía varios amigos imaginarios o creaba alguno cada día. Lo que asustaba a sus padres era el hecho de describirlos con tanto detalle (tanto como una niña de esa edad podía) o decir cosas como "Los están mirando", "No le gustó eso", "Dice que voy a morir", etc.
    Lo que colmó el vaso fue cuando Alaska comenzó a gritar y llorar por las noches como si estuvieran torturándola, solo para encontrarle heridas o hematomas en el cuerpo.
    La llevaron con profesionales y, ya para los 5 años, tras muchas pruebas y diagnósticos incorrectos, terminó siendo diagnosticada con psicosis. Específicamente, esquizofrenia.
    La medicaron, aunque no quisieron ser demasiado invasivos. Por desgracia, no funcionaba muy bien. Intentaron con distintos tipos de medicación antes de subir las dosis. Ahí funcionaban por un tiempo antes de volver a lo mismo.
    A los 11 años ella advirtió a sus padres que no se fueran a dormir. Estaba demasiado inquieta y a toda costa los quiso mantener ocupados. No le hicieron caso. A la mañana siguiente los descubrió muertos: mandíbulas desencajadas, extremidades rotas, sangre por toda la cama... Nunca supieron qué ocurrió exactamente. No habían huellas y Alaska no tenía indicios de haberlo hecho. "Fueron ellos", mencionaba ella durante los testimonios, "Los monstruos que me dijeron que se los iban a comer". Entre tanto, insistió demasiado en eso y comenzó a tener conductas más agresivas que decidieron internarla en un psiquiátrico.
    Su tío, hermano del padre, tuvo que encargarse de ella desde ese entonces. No fue demasiado bueno. Cuando Alaska salió del psiquiátrico a los 16 años tuvo que valerse por su cuenta la mayor parte del tiempo, buscando diferentes trabajos al mentir con su edad o hasta robando dinero para costear los medicamentos y poder comer.
    A día de hoy sigue medicada y con dosis muy altas. Ayudan a que las alucinaciones no sean demasiado fuertes.

    𝗣𝗼𝗿 𝗱𝗲𝘀𝗴𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮❟ 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝗻 𝗮𝗹𝘂𝗰𝗶𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘆 𝗲𝗹𝗹𝗮 𝗻𝗼 𝗲𝘀𝘁á 𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗻𝗳𝗲𝗿𝗺𝗮。 𝗣𝗲𝗿𝗼❟ ¿𝗾𝘂𝗶é𝗻 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿í𝗮 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗮𝘀í?
    ━━「 𝕯᥆ ᥡ᥆ᥙ sᥱᥱ 𝗍һᥱm, 𝗍᥆᥆? 」━━ ➤ 𝐍ⱺꭑᑲ𝗋𝖾: Alaska Crowley. ➤ 𝐄ᑯαᑯ: 25 años. ➤ 𝐎𝗋𝗂𝖾𐓣𝗍α𝖼𝗂ó𐓣: Indefinida. ➤ 𝐆é𐓣𝖾𝗋ⱺ: Femenino. ➤ 𝐀ᥣ𝗍υ𝗋α: 1,68 m. ➤ 𝐎𝖼υρα𝖼𝗂ó𐓣: Camarera en club nocturno. ➤ 𝐅αꭑ𝗂ᥣ𝗂α𝗋𝖾𝗌 𝖼𝖾𝗋𝖼α𐓣ⱺ𝗌: Owen Crowley, tío. ➤ 𝕯іᥲgᥒós𝗍іᥴ᥆: Esquizofrenia. ➤ Desde nacimiento Alaska siempre presentó ciertos signos extraños para sus padres. Incluso para una recién nacida no era normal llorar todo el tiempo o estar periodos extensos en silencio, mirando puntos fijos. Al principio no quisieron preocuparse demasiado, pero a medida que ella iba creciendo empezó a ser más evidente. A los 4 años ya tenía varios amigos imaginarios o creaba alguno cada día. Lo que asustaba a sus padres era el hecho de describirlos con tanto detalle (tanto como una niña de esa edad podía) o decir cosas como "Los están mirando", "No le gustó eso", "Dice que voy a morir", etc. Lo que colmó el vaso fue cuando Alaska comenzó a gritar y llorar por las noches como si estuvieran torturándola, solo para encontrarle heridas o hematomas en el cuerpo. La llevaron con profesionales y, ya para los 5 años, tras muchas pruebas y diagnósticos incorrectos, terminó siendo diagnosticada con psicosis. Específicamente, esquizofrenia. La medicaron, aunque no quisieron ser demasiado invasivos. Por desgracia, no funcionaba muy bien. Intentaron con distintos tipos de medicación antes de subir las dosis. Ahí funcionaban por un tiempo antes de volver a lo mismo. A los 11 años ella advirtió a sus padres que no se fueran a dormir. Estaba demasiado inquieta y a toda costa los quiso mantener ocupados. No le hicieron caso. A la mañana siguiente los descubrió muertos: mandíbulas desencajadas, extremidades rotas, sangre por toda la cama... Nunca supieron qué ocurrió exactamente. No habían huellas y Alaska no tenía indicios de haberlo hecho. "Fueron ellos", mencionaba ella durante los testimonios, "Los monstruos que me dijeron que se los iban a comer". Entre tanto, insistió demasiado en eso y comenzó a tener conductas más agresivas que decidieron internarla en un psiquiátrico. Su tío, hermano del padre, tuvo que encargarse de ella desde ese entonces. No fue demasiado bueno. Cuando Alaska salió del psiquiátrico a los 16 años tuvo que valerse por su cuenta la mayor parte del tiempo, buscando diferentes trabajos al mentir con su edad o hasta robando dinero para costear los medicamentos y poder comer. A día de hoy sigue medicada y con dosis muy altas. Ayudan a que las alucinaciones no sean demasiado fuertes. 𝗣𝗼𝗿 𝗱𝗲𝘀𝗴𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮❟ 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝗻 𝗮𝗹𝘂𝗰𝗶𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘆 𝗲𝗹𝗹𝗮 𝗻𝗼 𝗲𝘀𝘁á 𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗻𝗳𝗲𝗿𝗺𝗮。 𝗣𝗲𝗿𝗼❟ ¿𝗾𝘂𝗶é𝗻 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿í𝗮 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗮𝘀í?
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  • — Es irónico. Venir hasta aquí suplicando piedad, arrastrándote en busca de ayuda. Has dejado que la desesperación te carcoma.

    Y aunque perseveraba en innato estoicismo, sin inmutarse por lo más mínimo, realmente tan solo era una máscara idónea para un comisario de ese calibre. Sin duda alguna el júbilo incrementaba hasta desbordarse, anhelando manifestar la sonrisa y sobre todo la carcajada de un gozo inigualable, no obstante, contenerse como mantener esa compostura es de gran primordialidad.
    — Es irónico. Venir hasta aquí suplicando piedad, arrastrándote en busca de ayuda. Has dejado que la desesperación te carcoma. Y aunque perseveraba en innato estoicismo, sin inmutarse por lo más mínimo, realmente tan solo era una máscara idónea para un comisario de ese calibre. Sin duda alguna el júbilo incrementaba hasta desbordarse, anhelando manifestar la sonrisa y sobre todo la carcajada de un gozo inigualable, no obstante, contenerse como mantener esa compostura es de gran primordialidad.
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  • - Me enviaron a china en una caja, los perdono los perdono 祟 𝑯𝒊𝒎𝒂𝒓𝒊 - 𝐋𝐨𝐮 solo porque son mis amigos del alma
    - Me enviaron a china en una caja, los perdono los perdono [black.cat] - [lou_cat] solo porque son mis amigos del alma
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  • Anyel Martnes, lo prometido es deuda... do patito -dice tendiéndole una caja envuelta que contiene los dos patitos de goma— Me ha costado un montón encontrarlos... Sé que los cuidarás.
    —[Anyel01], lo prometido es deuda... do patito -dice tendiéndole una caja envuelta que contiene los dos patitos de goma— Me ha costado un montón encontrarlos... Sé que los cuidarás.
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  • El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio.
    Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme.
    Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar.

    —Otra noche más…

    murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
    Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo.
    Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía.
    Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote.
    Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar.
    Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver.
    Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió.

    —Aquí Kennedy. Estoy en camino.

    Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado.
    Apagó la luz.
    Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
    El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio. Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme. Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar. —Otra noche más… murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie. Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo. Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía. Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote. Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar. Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver. Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió. —Aquí Kennedy. Estoy en camino. Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado. Apagó la luz. Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
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    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre.

    Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista.

    Funcional.

    Siempre fue funcional.

    Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos.

    Umbrella era un sistema.

    Un sistema sucio, pero coherente.

    Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática.

    Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática.

    Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades.

    Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad.

    Se quitó el casco esa noche.

    El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable.

    Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden.

    La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible.

    Un civil.
    Un protocolo.
    Una instrucción clara.

    Sabía lo que era correcto.

    También sabía cuál era su contrato.

    El profesional ganó.

    El dinero llegó puntual.

    Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo.

    No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil.
    Era un hombre que seguía funcionando.

    Aceptaba misiones.
    Optimizaba rutas de extracción.
    Reducía variables humanas a probabilidades de fallo.

    Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no.

    No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse.

    Él no se detenía.

    Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente.

    No era que su corazón bombease hielo.

    Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara.

    Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar.

    No estaba seguro de si algún día saldría.
    Tampoco estaba seguro de que quisiera.

    Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente:

    Si deja de ser útil…
    ¿qué queda de él?
    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre. Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista. Funcional. Siempre fue funcional. Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos. Umbrella era un sistema. Un sistema sucio, pero coherente. Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática. Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática. Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades. Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad. Se quitó el casco esa noche. El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable. Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden. La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible. Un civil. Un protocolo. Una instrucción clara. Sabía lo que era correcto. También sabía cuál era su contrato. El profesional ganó. El dinero llegó puntual. Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo. No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil. Era un hombre que seguía funcionando. Aceptaba misiones. Optimizaba rutas de extracción. Reducía variables humanas a probabilidades de fallo. Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no. No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse. Él no se detenía. Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente. No era que su corazón bombease hielo. Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara. Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar. No estaba seguro de si algún día saldría. Tampoco estaba seguro de que quisiera. Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente: Si deja de ser útil… ¿qué queda de él?
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    Sigo buscando una sonrisa de repente en un bar
    Una calada de algo que me pueda colocar
    Una película que consiga hacerme llorar, ahá
    Cambiar un "no me creo nada" por "te quiero, chaval"
    Cualquier excusa, una chorrada, es buena para brindar
    Soltar en una carcajada todo el aire y después respirar
    Me siento como una colilla entre unos labios al fumar
    Me cuelgo de cualquiera que le guste trasnochar
    Qué inoportuno fue decirte "me tengo que largar"
    Pero qué bien estoy ahora, no quiero volver a hablar
    De princesas que buscan
    Tipos que coleccionar
    A los pies de su cama
    Eres algo, no quiero volver a hablar
    Sigo buscando una sonrisa de repente en un bar Una calada de algo que me pueda colocar Una película que consiga hacerme llorar, ahá Cambiar un "no me creo nada" por "te quiero, chaval" Cualquier excusa, una chorrada, es buena para brindar Soltar en una carcajada todo el aire y después respirar Me siento como una colilla entre unos labios al fumar Me cuelgo de cualquiera que le guste trasnochar Qué inoportuno fue decirte "me tengo que largar" Pero qué bien estoy ahora, no quiero volver a hablar De princesas que buscan Tipos que coleccionar A los pies de su cama Eres algo, no quiero volver a hablar
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  • ¿Sabes? Cada vez que pienso en ti, no es tu rostro lo primero que vuelve a mí… es tu esencia. Tu personalidad tan tuya, la forma en que tratabas a los demás, la suavidad escondida en tu manera de hablarme, esos pequeños gestos que parecían insignificantes pero que lo eran todo.

    Te recuerdo en actitudes, en silencios, en esa energía que llenaba el espacio cuando estabas cerca.

    Y, sin embargo… hay algo que me duele admitir.

    Cada día olvido un poco más cómo era tu cara. Los rasgos que antes podía dibujar con los ojos cerrados ahora se me escapan, como si el tiempo los hubiera ido borrando con cuidado. Intento reconstruirte en mi mente, ponerle una forma a tu cuerpo, una expresión a tu mirada… pero nada encaja. Las piezas no coinciden. La imagen se deshace antes de completarse.

    Y me quedo ahí, con todo lo que fuiste… pero sin el mapa de tu rostro.

    //Seh, no prometí dibujos bonitos y detallados todo el tiempo, así que… verán dibujos muy fofos muy seguido. Si me quiero mantener activa y no morir es mi mejor opción-
    ¿Sabes? Cada vez que pienso en ti, no es tu rostro lo primero que vuelve a mí… es tu esencia. Tu personalidad tan tuya, la forma en que tratabas a los demás, la suavidad escondida en tu manera de hablarme, esos pequeños gestos que parecían insignificantes pero que lo eran todo. Te recuerdo en actitudes, en silencios, en esa energía que llenaba el espacio cuando estabas cerca. Y, sin embargo… hay algo que me duele admitir. Cada día olvido un poco más cómo era tu cara. Los rasgos que antes podía dibujar con los ojos cerrados ahora se me escapan, como si el tiempo los hubiera ido borrando con cuidado. Intento reconstruirte en mi mente, ponerle una forma a tu cuerpo, una expresión a tu mirada… pero nada encaja. Las piezas no coinciden. La imagen se deshace antes de completarse. Y me quedo ahí, con todo lo que fuiste… pero sin el mapa de tu rostro. //Seh, no prometí dibujos bonitos y detallados todo el tiempo, así que… verán dibujos muy fofos muy seguido. Si me quiero mantener activa y no morir es mi mejor opción-
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  • Alguien va a perder su micrófono dónde se siga negando, pobre pobre Vincent sin microfono no eres nada ni nadie

    -rie a carcajadas deslizándose encima del demonio televisión mientras con una mano jalaba del cuello el rey del infierno arrastrándolo encima de ellos -

    Y tú, en dónde está tu micrófono? El ciervo ya te lo quito?

    -vuelve a reír desorbitando los ojos mirando de lado a lado, tal vez ahora sí está ebrio que ya anda sin pudor haciendo tonterías -

    Vox Shaitan S𝖆𝖒𝖆𝖊𝖑 𝕸𝖔𝖗𝖓𝖎𝖓𝖌𝖘𝖙𝖆𝖗
    Alguien va a perder su micrófono dónde se siga negando, pobre pobre Vincent sin microfono no eres nada ni nadie -rie a carcajadas deslizándose encima del demonio televisión mientras con una mano jalaba del cuello el rey del infierno arrastrándolo encima de ellos - Y tú, en dónde está tu micrófono? El ciervo ya te lo quito? -vuelve a reír desorbitando los ojos mirando de lado a lado, tal vez ahora sí está ebrio que ya anda sin pudor haciendo tonterías - [tidal_peach_crow_394] [LuciHe11]
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