• Estaba molesto, incómodo, frustrado y ansioso. Salió de la casa y fue a un bar, tal vez el alcohol le ayudara a sentirse mejor.
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    //Como saber que tengo el corazón hecho mierda, bueno normalmente escucho ésto ni idea porque me ayuda

    https://youtu.be/thJgU9jkdU4?si=ZKTsZOBX0KtIYpYP
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  • *Disfrutando de un día de playa bien merecido, el calor era insoportable y lo único que podría ayudar en ese momento era zambullirse en agua fresquita, después de unos largos en el agua me puse encima de mi flotador de rosco dejando que el agua me llevase, aunque no muy lejos de la orilla*

    - No hay nada como ir a la playa en un día tan caluroso… -
    *Disfrutando de un día de playa bien merecido, el calor era insoportable y lo único que podría ayudar en ese momento era zambullirse en agua fresquita, después de unos largos en el agua me puse encima de mi flotador de rosco dejando que el agua me llevase, aunque no muy lejos de la orilla* - No hay nada como ir a la playa en un día tan caluroso… -
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  • Nova parecia estar entrenando sus habilidades, aquella plataforma reflejante que habia creado tenia propiedades que aun trataba de comprender, grande fue su sorpresa al darse cuenta de lo que era capaz -si mi naturaleza es lo desconocido y mi especialidad el reflejo me pregunto si....- respiro ondo por un momento concentrandose en la plataforma bajo sus pies, el cristal se empezaba a resquebrajar y elevarse creando una copia exacta de la bruja frente a el.

    -reflejar lo desconocido, asi que tu eres el concepto en si mismo- asi como un reflejo se movia igual que Nova pudiendo intercambiar lugares el unico con el otro -esto me parece bastante util, aunque eso me genera otra duda importante...- Nuevamente Nova se concentro en el cristal el cual resonaba agrietandose y rompiendose sin embargo parecia no lograr formar aquello que deseaba -parece que aun estoy algo limitado... quizas Huesos El Mercader o el señor 𝐀𝐫𝐜𝐡𝐞𝐫 ᴱᵐⁱʸᵃ puedan ayudarme, si puedo hacer lo que deseo puedo ayudar mas a mamá y recuperar a mi familia sin problema, pero por ahora- solto unas risitas y decidio divertirse un poco con su nueva habilidadd descubierta

    https://music.youtube.com/watch?v=x_a8AHxoPHE&si=TNfUFBCNCR8PgAy9
    Nova parecia estar entrenando sus habilidades, aquella plataforma reflejante que habia creado tenia propiedades que aun trataba de comprender, grande fue su sorpresa al darse cuenta de lo que era capaz -si mi naturaleza es lo desconocido y mi especialidad el reflejo me pregunto si....- respiro ondo por un momento concentrandose en la plataforma bajo sus pies, el cristal se empezaba a resquebrajar y elevarse creando una copia exacta de la bruja frente a el. -reflejar lo desconocido, asi que tu eres el concepto en si mismo- asi como un reflejo se movia igual que Nova pudiendo intercambiar lugares el unico con el otro -esto me parece bastante util, aunque eso me genera otra duda importante...- Nuevamente Nova se concentro en el cristal el cual resonaba agrietandose y rompiendose sin embargo parecia no lograr formar aquello que deseaba -parece que aun estoy algo limitado... quizas [Huesos_27666] o el señor [Archer01] puedan ayudarme, si puedo hacer lo que deseo puedo ayudar mas a mamá y recuperar a mi familia sin problema, pero por ahora- solto unas risitas y decidio divertirse un poco con su nueva habilidadd descubierta https://music.youtube.com/watch?v=x_a8AHxoPHE&si=TNfUFBCNCR8PgAy9
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  • La joven miraba al horizonte mientras le pedía a Kami-sama que le diese las respuestas que esperaba y aquella ayuda que añoraba.
    La joven miraba al horizonte mientras le pedía a Kami-sama que le diese las respuestas que esperaba y aquella ayuda que añoraba.
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  • No lo cuestionaba, mucho menos lo peleaba.
    Para él, era obvio que su hermano era el digno heredero y el mayor, así fuese por minutos.
    Pero en donde todos creerían que existiría el rencor, la rivalidad o intento de un asesinato; solo reinó la paz.

    Valerius no buscaba reconocimiento, mucho menos un trono, sus manos ya estaban bastante llenas de sangre, sus ojos habían visto tanto sufrimiento que se tiñeron de ese rojo escarlata por toda la eternidad.

    ¿Qué deseaba ahora?
    Paz.
    Ayudar a otros.
    No volver a pensar en guerras, en sufrimiento, en días de oscuridad.
    No lo cuestionaba, mucho menos lo peleaba. Para él, era obvio que su hermano era el digno heredero y el mayor, así fuese por minutos. Pero en donde todos creerían que existiría el rencor, la rivalidad o intento de un asesinato; solo reinó la paz. Valerius no buscaba reconocimiento, mucho menos un trono, sus manos ya estaban bastante llenas de sangre, sus ojos habían visto tanto sufrimiento que se tiñeron de ese rojo escarlata por toda la eternidad. ¿Qué deseaba ahora? Paz. Ayudar a otros. No volver a pensar en guerras, en sufrimiento, en días de oscuridad.
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  • Elythra
    El cabello oscuro se le agitaba salvajemente a sus espaldas mientras la moto gravitatoria atravesaba a toda velocidad los senderos solitarios de aquel planeta. Los dedos de una mano buscaron de forma instintiva la empuñadura de la dao del Tigre Blanco y se cerraron a su alrededor con firmeza. La Gran Khan frunció el ceño y apuró la marcha. La intranquilidad se asentó como un nudo de nervios en su estómago. De todos los hijos del Emperador, la Khan era la más solitaria; siempre se había mantenido al margen de las circunstancias y, normalmente, no habría pedido la ayuda de nadie para enfrentar sus propias batallas. Incluso cortaba las comunicaciones con el Imperio a propósito para poder cazar libremente, a sus anchas. Sin embargo, esta vez la situación era diferente.

    Los oradores de las estrellas le habían indicado que en aquellos alrededores podría encontrar a su hermana. Cuando divisó una figura a la distancia, la Khan aminoró la velocidad de su vehículo.

    — Ángel. Te estaba buscando.
    [shadow_jade_tiger_895] El cabello oscuro se le agitaba salvajemente a sus espaldas mientras la moto gravitatoria atravesaba a toda velocidad los senderos solitarios de aquel planeta. Los dedos de una mano buscaron de forma instintiva la empuñadura de la dao del Tigre Blanco y se cerraron a su alrededor con firmeza. La Gran Khan frunció el ceño y apuró la marcha. La intranquilidad se asentó como un nudo de nervios en su estómago. De todos los hijos del Emperador, la Khan era la más solitaria; siempre se había mantenido al margen de las circunstancias y, normalmente, no habría pedido la ayuda de nadie para enfrentar sus propias batallas. Incluso cortaba las comunicaciones con el Imperio a propósito para poder cazar libremente, a sus anchas. Sin embargo, esta vez la situación era diferente. Los oradores de las estrellas le habían indicado que en aquellos alrededores podría encontrar a su hermana. Cuando divisó una figura a la distancia, la Khan aminoró la velocidad de su vehículo. — Ángel. Te estaba buscando.
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  • Un joven rubio de cabello corto permanecía de pie frente al hombre. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente y su voz sonaba quebradiza, como si cada palabra le costara un esfuerzo descomunal.

    °¿De verdad tengo que hacerlo?... ¿Es la única manera?

    El otro lo observó con aquella expresión vacía que parecía incapaz de transmitir emoción alguna.

    ○Tú mismo te metiste en este embrollo. Viniste a pedirme ayuda sabiendo perfectamente que te advertí de las consecuencias.

    El muchacho chasqueó la lengua con frustración.

    °Tch...

    Con movimientos lentos se remangó la chaqueta, dejando al descubierto el brazo.

    °Al menos... les dirás que la amo. Que jamás quise hacerle daño.

    Por primera vez el hombre desvió la mirada hacia la extremidad descubierta. Extrajo una jeringa de un pequeño estuche metálico y examinó el líquido oscuro que reposaba en su interior.

    ○Es tu destino formar parte del Drive.

    Su tono era tan indiferente que resultaba inquietante.

    ○Todo por andar husmeando donde no debías. Vaya hombre se enamoro mi estúpida hija.

    El joven apretó la mandíbula con fuerza. Intentó contener las lágrimas, pero sus ojos ya brillaban por la angustia. Sabía lo que ocurriría después. Sabía que aquella inyección marcaría el final de su vida tal como la conocía.

    Todos sus planes, sus sueños y las promesas que había compartido con ella se desvanecerían en cuestión de minutos.

    Frente a él, el hombre introdujo la aguja con la misma naturalidad con la que otros firmaban un documento. No había compasión en su mirada. No había odio tampoco. Solo una fría aceptación.

    Y mientras el contenido de la jeringa desaparecía lentamente de su interior, el muchacho comprendió que estaba cruzando un umbral del que nadie regresaba siendo la misma persona. Quizá sobreviviría. Quizá despertaría algún poder extraordinario. O quizá terminaría convertido en una aberración.

    Pero, en cualquier caso, el hombre que había amado a aquella muchacha acababa de comenzar a desaparecer.
    Un joven rubio de cabello corto permanecía de pie frente al hombre. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente y su voz sonaba quebradiza, como si cada palabra le costara un esfuerzo descomunal. °¿De verdad tengo que hacerlo?... ¿Es la única manera? El otro lo observó con aquella expresión vacía que parecía incapaz de transmitir emoción alguna. ○Tú mismo te metiste en este embrollo. Viniste a pedirme ayuda sabiendo perfectamente que te advertí de las consecuencias. El muchacho chasqueó la lengua con frustración. °Tch... Con movimientos lentos se remangó la chaqueta, dejando al descubierto el brazo. °Al menos... les dirás que la amo. Que jamás quise hacerle daño. Por primera vez el hombre desvió la mirada hacia la extremidad descubierta. Extrajo una jeringa de un pequeño estuche metálico y examinó el líquido oscuro que reposaba en su interior. ○Es tu destino formar parte del Drive. Su tono era tan indiferente que resultaba inquietante. ○Todo por andar husmeando donde no debías. Vaya hombre se enamoro mi estúpida hija. El joven apretó la mandíbula con fuerza. Intentó contener las lágrimas, pero sus ojos ya brillaban por la angustia. Sabía lo que ocurriría después. Sabía que aquella inyección marcaría el final de su vida tal como la conocía. Todos sus planes, sus sueños y las promesas que había compartido con ella se desvanecerían en cuestión de minutos. Frente a él, el hombre introdujo la aguja con la misma naturalidad con la que otros firmaban un documento. No había compasión en su mirada. No había odio tampoco. Solo una fría aceptación. Y mientras el contenido de la jeringa desaparecía lentamente de su interior, el muchacho comprendió que estaba cruzando un umbral del que nadie regresaba siendo la misma persona. Quizá sobreviviría. Quizá despertaría algún poder extraordinario. O quizá terminaría convertido en una aberración. Pero, en cualquier caso, el hombre que había amado a aquella muchacha acababa de comenzar a desaparecer.
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  • [Luna asiste a una reunión corporativa en dónde se presentan los directores de cada una de las 27 divisiones de Umbra Corp. Normalmente las divisiones ilegales como la "W" o la "Q" jamás se presentan. Sin embargo el día de hoy aparece en persona el director general de la infame división Q: El Dr. Edgar Markov]

    *Tan sólo ver su rostro me hace perder totalmente mis estribos. Empuño una pistola y le apunto sin dudar en frente de todos los asistentes*
    Dra Luna: -Miserable... Te presentas ante nosotros como si nada. Luego del desastre que protagonizó tu división. Pero por sobretodo... Luego de que tus unidades de combate acabaran con la vida de mi padre... ¡CREISTE QUE NO ME ENTERARÍA! *acerco aún más mi arma*

    Dr Edgar Markov: -Por favor Lunita. Corta de una vez el drama. Sé perfectamente que no te atreverás a apretar el gatillo. *se acerca el mismo más hacia el arma* -No podrías. Demasiado entrampada en tus protocolos de conducta. En la reglas. En las leyes. Sabes perfectamente lo que pasaría si me matas aquí y ahora. Estarías traicionando a Umbra Corp. ¿Eres capaz de hacer eso?. ¿Al igual como lo hizo tu padre cuando decidió a ayudar a una bestia sin nombre?. [dice refiriédose a Unknown ] Vámos. Aprieta el gatillo. *menciona con voz desafiante*

    Dra Luna: *Frunzo el ceño. Presiono aun más el arma contra su pecho. Sin embargo... Termino cediendo. Dejo de apuntarle y dejo la sala de reuniones completamente indignada*

    Dr Edgar Markov: *Como si nada hubiera pasado se dirige a los presentes* -Bien. Ya que la Dra Lunita ya terminó con su rabieta Hora de mostrarles que la división Q esta lejos de estar muerta. *Sonríe maquiavelicamente un humanoide con armadura entra en la habitación*
    [Luna asiste a una reunión corporativa en dónde se presentan los directores de cada una de las 27 divisiones de Umbra Corp. Normalmente las divisiones ilegales como la "W" o la "Q" jamás se presentan. Sin embargo el día de hoy aparece en persona el director general de la infame división Q: El Dr. Edgar Markov] *Tan sólo ver su rostro me hace perder totalmente mis estribos. Empuño una pistola y le apunto sin dudar en frente de todos los asistentes* Dra Luna: -Miserable... Te presentas ante nosotros como si nada. Luego del desastre que protagonizó tu división. Pero por sobretodo... Luego de que tus unidades de combate acabaran con la vida de mi padre... ¡CREISTE QUE NO ME ENTERARÍA! *acerco aún más mi arma* Dr Edgar Markov: -Por favor Lunita. Corta de una vez el drama. Sé perfectamente que no te atreverás a apretar el gatillo. *se acerca el mismo más hacia el arma* -No podrías. Demasiado entrampada en tus protocolos de conducta. En la reglas. En las leyes. Sabes perfectamente lo que pasaría si me matas aquí y ahora. Estarías traicionando a Umbra Corp. ¿Eres capaz de hacer eso?. ¿Al igual como lo hizo tu padre cuando decidió a ayudar a una bestia sin nombre?. [dice refiriédose a [Uni_Darkness_Softspot] ] Vámos. Aprieta el gatillo. *menciona con voz desafiante* Dra Luna: *Frunzo el ceño. Presiono aun más el arma contra su pecho. Sin embargo... Termino cediendo. Dejo de apuntarle y dejo la sala de reuniones completamente indignada* Dr Edgar Markov: *Como si nada hubiera pasado se dirige a los presentes* -Bien. Ya que la Dra Lunita ya terminó con su rabieta Hora de mostrarles que la división Q esta lejos de estar muerta. *Sonríe maquiavelicamente un humanoide con armadura entra en la habitación*
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