• —POLVORA CALIENTE: 1/3—


    —La guerra se quedó atrás y una nueva Francia nacía de sus escombros, la gente volvia a sus hogares y poco a poco volvía la calma, aunque claro, no todos lo disfrutaban como tal, algunos jamás abandonaron las armas y la violencia que les dejo la guerra, uno de ellos fue Joseph, quien todavía seguía en alerta, esperando a las mínima señal de violencia para responder con aun más violencia, aquí es donde comienza nuestro punto de quiebre que perdurará por generaciones—
    —POLVORA CALIENTE: 1/3— —La guerra se quedó atrás y una nueva Francia nacía de sus escombros, la gente volvia a sus hogares y poco a poco volvía la calma, aunque claro, no todos lo disfrutaban como tal, algunos jamás abandonaron las armas y la violencia que les dejo la guerra, uno de ellos fue Joseph, quien todavía seguía en alerta, esperando a las mínima señal de violencia para responder con aun más violencia, aquí es donde comienza nuestro punto de quiebre que perdurará por generaciones—
    Me gusta
    Me encocora
    Me entristece
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • Hace muchos años, una pequeña aldea ha sido atacada por un numeroso ejército enviado por un tirano aterrador, un tipo que se graduó de genocida. Un pobre aldeano pese a sus súplicas de piedad hacia los fríos soldados, ellos solamente respondieron con el peor nivel de violencia posible, para su suerte, Dohanna intervino de inmediato para salvar la vida de aquél joven, luego de haberla invocado usando las escrituras antiguas a la luz de la Luna, por desgracia, no llegó a tiempo para salvar a los demás, pero sí prometió hacer justicia por él y por los aldeanos inocentes.
    Hace muchos años, una pequeña aldea ha sido atacada por un numeroso ejército enviado por un tirano aterrador, un tipo que se graduó de genocida. Un pobre aldeano pese a sus súplicas de piedad hacia los fríos soldados, ellos solamente respondieron con el peor nivel de violencia posible, para su suerte, Dohanna intervino de inmediato para salvar la vida de aquél joven, luego de haberla invocado usando las escrituras antiguas a la luz de la Luna, por desgracia, no llegó a tiempo para salvar a los demás, pero sí prometió hacer justicia por él y por los aldeanos inocentes.
    Me gusta
    Me shockea
    Me encocora
    6
    9 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    *El nacimiento del Caos.*
    Vharkhul Braknak

    -La tormenta no cambió.

    Pero algo más sí lo hizo.

    No fue un sonido… no fue un movimiento… fue una sensación. Como si el propio aire se hubiera vuelto incorrecto de repente.

    Más pesado.

    Más denso.

    Más vivo.

    Un paso.

    Aparecí.

    No desde un lugar… sino desde todos a la vez. Mi figura se formó entre la lluvia como si siempre hubiera estado ahí, como si la realidad simplemente hubiera decidido recordarme.

    Pasé junto a Fenrir.

    Sin mirarla al principio.

    Sin detenerme.

    Pero mi presencia la atravesó como un golpe seco en el pecho.

    —Aparta, niña.

    Mi voz ya no era un susurro.

    Era materia.

    Era peso.

    —Se acabó el jugar a las enfermeras con tu tía.

    Mis ojos se alzaron hacia el ogro… y entonces sonreí.

    Una sonrisa torcida.

    Hambre.

    —La reina reclama este espécimen…

    Mis huesos crujieron.

    No como algo que se rompe…

    Como algo que se libera.

    Mi espalda se arqueó con violencia, los músculos se tensaron bajo la piel mientras el Caos emergía sin permiso, sin control, sin intención de ocultarse. La carne cambió, se adaptó, se deformó con elegancia brutal.

    La piel se endureció.

    Las venas se marcaron como ríos oscuros latiendo con poder.

    Mis colmillos asomaron lentamente entre mis labios mientras mi respiración se volvía más profunda… más pesada… más animal.

    Mis ojos dejaron de ser humanos.

    Y cuando volví a erguirme…

    Ya no era Lili.

    Era algo mucho más antiguo.

    Más correcto.

    —Yo te enseñaré… cómo se usa un alma de verdad.

    Me coloqué detrás del ogro.

    Mi mano se cerró sobre el mango de la espada.

    No dudé.

    No medí.

    No calculé.

    Empujé.

    La hoja se hundió aún más en su cuerpo con una estocada seca, brutal, definitiva. La carne cedió, los huesos crujieron, y la sangre brotó en un pulso caliente que se mezcló con la lluvia.

    El ogro apenas reaccionó.

    Solo una mueca.

    Solo un sonido contenido.

    Me incliné sobre él.

    Lento.

    Disfrutándolo.

    Mi lengua recorrió la sangre que escapaba de su boca, limpiándola con calma, saboreando cada matiz como si leyera su historia en ella.

    —Sí…

    Una risa baja escapó de mi garganta.

    —Este servirá…

    —Khkhehe…

    Levanté la mano izquierda.

    Y el cadáver cercano respondió.

    No con vida.

    Con violencia.

    Se elevó en el aire de forma antinatural, su cuerpo temblando como si algo dentro de él se resistiera. Mis dedos se cerraron en el vacío… y tiré.

    El alma salió.

    No como luz.

    Como algo que no quería ser arrancado.

    El cuerpo crujió.

    Los huesos estallaron dentro de la carne, uno tras otro, en una sinfonía grotesca que ahogó incluso el rugido de los truenos. La piel se tensó, se rasgó, colapsó… mientras aquello que era su esencia quedaba atrapado en mi mano.

    Vivo.

    Furioso.

    Inestable.

    Entonces…

    Arranqué la espada.

    De un solo tirón.

    El cuerpo del ogro colapsó al instante, la herida se abrió, la vida abandonándolo en un latido.

    Y ahí…

    Sin transición.

    Sin delicadeza.

    Hundí el alma dentro de la herida.

    No guié.

    No pedí permiso.

    La forcé.

    El impacto fue inmediato.

    La carne se cerró como si nunca hubiera sido abierta, los músculos se tensaron violentamente, la energía recorrió su cuerpo como una tormenta atrapada bajo la piel.

    Sellado.

    Forzado.

    Perfecto.

    Mi mano subió hasta uno de sus cuernos.

    Y tiré.

    Obligándolo a girarse.

    A mirarme.

    A entender.

    Mi rostro quedó frente al suyo, a escasos centímetros, mi sonrisa abierta, peligrosa… absoluta.

    —Mírame bien, Vharkhul Braknak…

    Mis ojos brillaban con una intensidad antinatural.

    —Estás frente a tu reina.

    ....

    No había duda.

    No había opción.

    —No te arrodilles nunca ante mí… ni ante nadie.

    Mi agarre se tensó ligeramente.

    —Porque mi gobierno no se rige desde la servidumbre…

    Mi voz bajó.

    Más grave.

    Más profunda.

    —…sino desde la lealtad a lo que nunca debió existir…

    Una sonrisa más amplia.

    Más oscura.

    —…pero decidió hacerlo.

    Mis ojos se clavaron en los suyos.

    —El Caos te reclama…

    Un susurro final.

    —…y a la vez te entrega.
    *El nacimiento del Caos.* [lunar_turquoise_elephant_284] -La tormenta no cambió. Pero algo más sí lo hizo. No fue un sonido… no fue un movimiento… fue una sensación. Como si el propio aire se hubiera vuelto incorrecto de repente. Más pesado. Más denso. Más vivo. Un paso. Aparecí. No desde un lugar… sino desde todos a la vez. Mi figura se formó entre la lluvia como si siempre hubiera estado ahí, como si la realidad simplemente hubiera decidido recordarme. Pasé junto a Fenrir. Sin mirarla al principio. Sin detenerme. Pero mi presencia la atravesó como un golpe seco en el pecho. —Aparta, niña. Mi voz ya no era un susurro. Era materia. Era peso. —Se acabó el jugar a las enfermeras con tu tía. Mis ojos se alzaron hacia el ogro… y entonces sonreí. Una sonrisa torcida. Hambre. —La reina reclama este espécimen… Mis huesos crujieron. No como algo que se rompe… Como algo que se libera. Mi espalda se arqueó con violencia, los músculos se tensaron bajo la piel mientras el Caos emergía sin permiso, sin control, sin intención de ocultarse. La carne cambió, se adaptó, se deformó con elegancia brutal. La piel se endureció. Las venas se marcaron como ríos oscuros latiendo con poder. Mis colmillos asomaron lentamente entre mis labios mientras mi respiración se volvía más profunda… más pesada… más animal. Mis ojos dejaron de ser humanos. Y cuando volví a erguirme… Ya no era Lili. Era algo mucho más antiguo. Más correcto. —Yo te enseñaré… cómo se usa un alma de verdad. Me coloqué detrás del ogro. Mi mano se cerró sobre el mango de la espada. No dudé. No medí. No calculé. Empujé. La hoja se hundió aún más en su cuerpo con una estocada seca, brutal, definitiva. La carne cedió, los huesos crujieron, y la sangre brotó en un pulso caliente que se mezcló con la lluvia. El ogro apenas reaccionó. Solo una mueca. Solo un sonido contenido. Me incliné sobre él. Lento. Disfrutándolo. Mi lengua recorrió la sangre que escapaba de su boca, limpiándola con calma, saboreando cada matiz como si leyera su historia en ella. —Sí… Una risa baja escapó de mi garganta. —Este servirá… —Khkhehe… Levanté la mano izquierda. Y el cadáver cercano respondió. No con vida. Con violencia. Se elevó en el aire de forma antinatural, su cuerpo temblando como si algo dentro de él se resistiera. Mis dedos se cerraron en el vacío… y tiré. El alma salió. No como luz. Como algo que no quería ser arrancado. El cuerpo crujió. Los huesos estallaron dentro de la carne, uno tras otro, en una sinfonía grotesca que ahogó incluso el rugido de los truenos. La piel se tensó, se rasgó, colapsó… mientras aquello que era su esencia quedaba atrapado en mi mano. Vivo. Furioso. Inestable. Entonces… Arranqué la espada. De un solo tirón. El cuerpo del ogro colapsó al instante, la herida se abrió, la vida abandonándolo en un latido. Y ahí… Sin transición. Sin delicadeza. Hundí el alma dentro de la herida. No guié. No pedí permiso. La forcé. El impacto fue inmediato. La carne se cerró como si nunca hubiera sido abierta, los músculos se tensaron violentamente, la energía recorrió su cuerpo como una tormenta atrapada bajo la piel. Sellado. Forzado. Perfecto. Mi mano subió hasta uno de sus cuernos. Y tiré. Obligándolo a girarse. A mirarme. A entender. Mi rostro quedó frente al suyo, a escasos centímetros, mi sonrisa abierta, peligrosa… absoluta. —Mírame bien, Vharkhul Braknak… Mis ojos brillaban con una intensidad antinatural. —Estás frente a tu reina. .... No había duda. No había opción. —No te arrodilles nunca ante mí… ni ante nadie. Mi agarre se tensó ligeramente. —Porque mi gobierno no se rige desde la servidumbre… Mi voz bajó. Más grave. Más profunda. —…sino desde la lealtad a lo que nunca debió existir… Una sonrisa más amplia. Más oscura. —…pero decidió hacerlo. Mis ojos se clavaron en los suyos. —El Caos te reclama… Un susurro final. —…y a la vez te entrega.
    Me endiabla
    1
    1 comentario 0 compartidos
  • Una vez que puse un pie en el Barrio Caníbal, me dirigí a mi antigua residencia con un único propósito: recuperar aquellas pertenencias que los hermanos mayores habían dejado atrás y que ahora servirían para mis crías más pequeñas. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, esa extraña pesadez volvió a invadirme. Un adormecimiento progresivo nubló mis sentidos; sacudí la cabeza con violencia, luchando por enfocar una visión que se volvía borrosa y errática.
    Incluso mi propia sombra, actuando con esa autonomía inquietante, se alteró al notar mi estado y me dedicó una mirada cargada de una preocupación casi humana.

    —Jajaja, tranquilo... no es para tanto —murmuré, intentando restarle importancia al asunto—. Deja de poner esa cara. Es lógico que los sucesos recientes me tengan con la mente dispersa, pero te aseguro que estoy bien.


    Al entrar en la habitación de mi primogénito, una sonrisa teñida de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro. Todo permanecía intacto, tal cual él lo había dejado la última vez. No se trataba de que mi amor por él fuera superior al que siento por mis otras crías; simplemente, él representó el inicio de todo. Fue un hijo tan anhelado y amado que el recuerdo de la primera vez que lo sostuve en mis brazos vivirá en mí eternamente.
    Con delicadeza, devolví a su sitio un pequeño portarretratos que había tomado entre mis manos y me senté al borde de la cama. En ese rincón, donde mi pequeño Damián solía dormir cuando apenas era un niño, el aire parecía vibrar con energía antigua. Era como si las paredes cobraran vida propia, proyectando escenas de tiempos más felices:
    Ecos de su voz: Casi podía escucharlo cantar de nuevo.
    Visiones del ayer: Lo veía jugar y moverse por el cuarto mientras yo, a su lado, lo acompañaba en cada una de sus ocurrencias.
    Me quedé allí un momento, atrapado en esa proyección del pasado, sintiendo cómo los recuerdos de Damián llenaban el vacío del presente.



    https://youtu.be/gFsMo-_n4_w?si=Y32GUBuYK908PkLC
    Una vez que puse un pie en el Barrio Caníbal, me dirigí a mi antigua residencia con un único propósito: recuperar aquellas pertenencias que los hermanos mayores habían dejado atrás y que ahora servirían para mis crías más pequeñas. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, esa extraña pesadez volvió a invadirme. Un adormecimiento progresivo nubló mis sentidos; sacudí la cabeza con violencia, luchando por enfocar una visión que se volvía borrosa y errática. Incluso mi propia sombra, actuando con esa autonomía inquietante, se alteró al notar mi estado y me dedicó una mirada cargada de una preocupación casi humana. —Jajaja, tranquilo... no es para tanto —murmuré, intentando restarle importancia al asunto—. Deja de poner esa cara. Es lógico que los sucesos recientes me tengan con la mente dispersa, pero te aseguro que estoy bien. Al entrar en la habitación de mi primogénito, una sonrisa teñida de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro. Todo permanecía intacto, tal cual él lo había dejado la última vez. No se trataba de que mi amor por él fuera superior al que siento por mis otras crías; simplemente, él representó el inicio de todo. Fue un hijo tan anhelado y amado que el recuerdo de la primera vez que lo sostuve en mis brazos vivirá en mí eternamente. Con delicadeza, devolví a su sitio un pequeño portarretratos que había tomado entre mis manos y me senté al borde de la cama. En ese rincón, donde mi pequeño Damián solía dormir cuando apenas era un niño, el aire parecía vibrar con energía antigua. Era como si las paredes cobraran vida propia, proyectando escenas de tiempos más felices: Ecos de su voz: Casi podía escucharlo cantar de nuevo. Visiones del ayer: Lo veía jugar y moverse por el cuarto mientras yo, a su lado, lo acompañaba en cada una de sus ocurrencias. Me quedé allí un momento, atrapado en esa proyección del pasado, sintiendo cómo los recuerdos de Damián llenaban el vacío del presente. https://youtu.be/gFsMo-_n4_w?si=Y32GUBuYK908PkLC
    Me encocora
    Me entristece
    Me gusta
    11
    6 turnos 0 maullidos
  • EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO
    Escenario: La Cámara del Espejo Negro.

    En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra.

    ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies.

    "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy."

    Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado.

    Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos.

    Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda.

    El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque.
    Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto.

    Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba.
    En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad.

    La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies

    ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa.

    "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana."

    De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
    EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO Escenario: La Cámara del Espejo Negro. En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra. ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies. "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy." Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado. Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos. Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda. El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque. Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto. Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba. En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad. La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa. "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana." De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
    Me gusta
    Me encocora
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • 10 a 100 líneas por Semana
    Fandom
    The Boys
    Búsqueda de
    Personaje
    Estado
    Disponible
    EN FICROL FALTAN PERSONAJES DE THE BOYS

    Ahora mismo somos solo un par de personajes activos, literalmente, y… se nota. (actualmente solo estamos Soldier Boy y un OC Fem)

    Es un fandom con muchísimo potencial: supers, caos, política, Vought, violencia, humor negro… y da para tramas muy buenas. Pero sin más personajes, esto no tiene gracia.

    Nos encantaría ver llegar a personajes (3D) como Billy Butcher, Homelander, Starlight, Hughie , Queen Maeve… o cualquier otro. También seria genial ver OC’s, por supuesto.

    Gente que quiera montarse su propio grupo de supers, formar parte del grupo de Butcher, trabajar para Vought o simplemente sobrevivir en medio del desastre. Y que tengan ganas de interactuar, rolear... Y, abiertos a los headcanon de OCs

    No es una búsqueda para grupo cerrado ni nada por el estilo.

    Solo son ganas de que el fandom crezca, de ver movimiento del fandom, tener con quién interactuar y de que pasen cosas.



    No hace falta que postules, crea tu personaje y ya ^^
    EN FICROL FALTAN PERSONAJES DE THE BOYS Ahora mismo somos solo un par de personajes activos, literalmente, y… se nota. (actualmente solo estamos Soldier Boy y un OC Fem) Es un fandom con muchísimo potencial: supers, caos, política, Vought, violencia, humor negro… y da para tramas muy buenas. Pero sin más personajes, esto no tiene gracia. Nos encantaría ver llegar a personajes (3D) como Billy Butcher, Homelander, Starlight, Hughie , Queen Maeve… o cualquier otro. También seria genial ver OC’s, por supuesto. Gente que quiera montarse su propio grupo de supers, formar parte del grupo de Butcher, trabajar para Vought o simplemente sobrevivir en medio del desastre. Y que tengan ganas de interactuar, rolear... Y, abiertos a los headcanon de OCs No es una búsqueda para grupo cerrado ni nada por el estilo. Solo son ganas de que el fandom crezca, de ver movimiento del fandom, tener con quién interactuar y de que pasen cosas. No hace falta que postules, crea tu personaje y ya ^^
    0 comentarios 4 compartidos
  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    100
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    Me gusta
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • Miralos sois unos monstruos... Mírate en el espejo
    Fandom Freerol
    Categoría Acción
    #Ro en primer lugar quiero dedicar este starter a , mi Karen personal y Dublín va por vosotras..

    En el siguiente starter contiene violencia, lenguaje fuerte, tortura y un reencuentro por fin dulce.
    Si eres sensible no lo leas .

    Lo hice, he enviado el vídeo no sé si hago bien pidiendo esas cosas a Eli pero no sé si saldré de esta con vida.

    Años han pasado desde la última vez que he pisado el Kinderheim 511. Según las coordenadas aquí se esconde el cabron de mi tío y hoy mismo será su maldito final.

    Tanto a Mia y a mí nos ha hecho ser lo que somos pero luego sin duda iríamos a por el mayor cabronazo, si muero al menos se que habría intentado parar un nuevo yo. Pero seamos francos entre tú y yo nadie puede superar a Johan y Nina Liebert.

    Empiezo a caminar a una posible muerte, pero al menos moriré sabiendo que es el amor verdadero. El cielo está oscuro... Hoy en Praga daba nieve, que irónico es como aquella noche que Johan quedó mal herido a ver qué casi hago y está noche lo quiero matar.

    Markus De Lioncourt au de Richard
    Mia Argent
    Alexander Skorobogatov au de Gerard
    #Ro en primer lugar quiero dedicar este starter a 🅰️, mi Karen personal y Dublín va por vosotras.. ⚠️ En el siguiente starter contiene violencia, lenguaje fuerte, tortura y un reencuentro por fin dulce. Si eres sensible no lo leas . Lo hice, he enviado el vídeo no sé si hago bien pidiendo esas cosas a Eli pero no sé si saldré de esta con vida. Años han pasado desde la última vez que he pisado el Kinderheim 511. Según las coordenadas aquí se esconde el cabron de mi tío y hoy mismo será su maldito final. Tanto a Mia y a mí nos ha hecho ser lo que somos pero luego sin duda iríamos a por el mayor cabronazo, si muero al menos se que habría intentado parar un nuevo yo. Pero seamos francos entre tú y yo nadie puede superar a Johan y Nina Liebert. Empiezo a caminar a una posible muerte, pero al menos moriré sabiendo que es el amor verdadero. El cielo está oscuro... Hoy en Praga daba nieve, que irónico es como aquella noche que Johan quedó mal herido a ver qué casi hago y está noche lo quiero matar. [Thxpocionboy] au de Richard [Thxhacker13] [Thxrussianman95] au de Gerard
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
    Me shockea
    1
    85 turnos 0 maullidos
  • |= LORE #1 =|

    • Aproximadamente en el año 4007 del nuevo mundo ahora conocido como el año 3 después de la aparición del último profeta legítimo de la raza dominante actual existió una tribu muy temida por todas las especies del continente donde habitaban, los conocían como los seguidores de Arioch. El peso del clan se sostenía en creencias, actitudes y habilidades poco vistas en batalla aparte de su estrecha conexión con el demonio Arioch, su jerarquía duró más de dos siglos siendo la cúspide de la violencia y fuerza teniendo rituales de iniciación para los jóvenes cachorros que ya cumplían cierta edad mudando sus colmillos. Cada año llevaban a los nuevos candidatos a cazadores vestidos de forma ceremonial para que entregarán sus colmillos mientras eran marcados con la sangre de Arioch quedando atados a él para la eternidad •
    |= LORE #1 =| • Aproximadamente en el año 4007 del nuevo mundo ahora conocido como el año 3 después de la aparición del último profeta legítimo de la raza dominante actual existió una tribu muy temida por todas las especies del continente donde habitaban, los conocían como los seguidores de Arioch. El peso del clan se sostenía en creencias, actitudes y habilidades poco vistas en batalla aparte de su estrecha conexión con el demonio Arioch, su jerarquía duró más de dos siglos siendo la cúspide de la violencia y fuerza teniendo rituales de iniciación para los jóvenes cachorros que ya cumplían cierta edad mudando sus colmillos. Cada año llevaban a los nuevos candidatos a cazadores vestidos de forma ceremonial para que entregarán sus colmillos mientras eran marcados con la sangre de Arioch quedando atados a él para la eternidad •
    Me gusta
    Me encocora
    Me enjaja
    6
    0 turnos 0 maullidos
  • Second hunt
    Fandom Freerol
    Categoría Acción
    En el siguiente starter contiene los siguientes avisos : violencia gráfica, lenguaje fuerte y tortura. Además de que hay una escena que tiene que ver con un pequeño roedor. Si eres una persona sensible no lo leas.


    Había pasado varios días de que hicimos nuestra primera caza, hemos tardado en volver a tomar las riendas a por nuestro siguiente objetivo. Debido a que Unrich me confesó algo que me dejó impactada, pero el tiempo corre y con ello no nos debemos parar.

    Estamos en Boston según el diario de Unrich aquí Jonás sigue haciendo cosas por y para el proyecto... Va siendo hora de hacerle una visita, mientras en el coche voy mirando el GPS en silencio.

    𝐆𝐑𝐀𝐘𝐒𝐎𝐍 𝐀𝐑𝐆𝐄𝐍𝐓
    Markus De Lioncourt au de Jonás
    ⚠️ En el siguiente starter contiene los siguientes avisos : violencia gráfica, lenguaje fuerte y tortura. Además de que hay una escena que tiene que ver con un pequeño roedor. Si eres una persona sensible no lo leas. Había pasado varios días de que hicimos nuestra primera caza, hemos tardado en volver a tomar las riendas a por nuestro siguiente objetivo. Debido a que Unrich me confesó algo que me dejó impactada, pero el tiempo corre y con ello no nos debemos parar. Estamos en Boston según el diario de Unrich aquí Jonás sigue haciendo cosas por y para el proyecto... Va siendo hora de hacerle una visita, mientras en el coche voy mirando el GPS en silencio. [ThxArgent] [Thxpocionboy] au de Jonás
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
    48 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados