• Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar.

    Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad.

    Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror.

    Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro.

    Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado.

    Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio.

    Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
    Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar. Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad. Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror. Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro. Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado. Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio. Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
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  • ─── Es viernes 13 con el triple V: Violencia, vanidad y Venirme en vez de irme.¿? — Ya se harto de tratar con los brutos de su trabajo.
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  • // OPEN ROL// Ok con respuesta en mensaje privado, nuevo tema o en comentarios.//

    ────────────────────────────────────────

    Todos podemos caer, todos podemos fallar. Pero existe un momento aún más peligroso que la caída misma: ese instante silencioso en el que la mente se abre apenas lo suficiente para que los viejos horrores respiren desde dentro.

    Las pesadillas no siempre nacen afuera; muchas veces viven agazapadas en lo profundo, esperando pacientemente el momento de debilidad que les permita filtrarse. Incluso los monstruos que dominan la noche conocen esa sensación. Incluso los depredadores que han sobrevivido siglos entienden lo que es la vulnerabilidad.


    La noche llegó con su elegancia habitual, como un telón de terciopelo cayendo sobre la ciudad, y con ella la necesidad natural de alimentarse de Zenith.

    Para la mujer aquello no era una urgencia salvaje, sino un ritual casi íntimo: el mismo camino discreto, el mismo bar de luces cálidas donde el humo de cigarro y el olor a alcohol barato se mezclaban con la música suave y las conversaciones sin importancia.


    Un lugar perfecto para que un depredador civilizado pasara desapercibido entre humanos que jamás sospecharían lo que caminaba entre ellos.


    Pero apenas cruzó la puerta supo que algo estaba mal...muuuy mal.


    No fue un ruido. Fue la ausencia de todos ellos.
    En lugar del aroma rancio del tabaco y el whisky, su olfato captó algo distinto: cloro, pero debajo de este, escondido como una firma imposible de ocultar… pólvora.


    Caminó hacia la barra con pasos tranquilos, elegantes, como si nada en el mundo pudiera perturbar su calma. El lugar estaba impecable; las mesas alineadas, el suelo húmedo como si alguien hubiese intentado borrar todo rastro de vida.
    Se sentó lentamente en uno de los taburetes y apoyó los codos sobre la madera pulida mientras su mirada se levantaba hacia el espejo que colgaba detrás de la barra, aquel espejo donde ella no se reflejaba.
    Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una mezcla de diversión y desprecio que apenas curvó la comisura de su boca.


    ─── ¿Todo esto para cazarme solo a mí?

    Preguntó con una calma casi insultante mientras se levantaba apoyando su torso en la barra buscando alguna botella y darles a aquellos tipos la vista de su ropa interior de encaje que se alcanzaba a ver en el bode de su vestido corto.

    Cuando tomó una botella de whisky regreso a sentarse bebiendo directamente de la botella.

    ─── Debe ser triste creer que mi tranquilidad significa debilidad.

    El sonido de varios seguros de armas deslizándose al mismo tiempo rompió el silencio. Un instante después, las luces se apagaron de golpe y la oscuridad se apoderó del lugar.

    El primer disparo llegó acompañado por el estallido de los cristales cuando focos ultravioletas inundaron el bar con una luz brutal, seguida por una lluvia de balas trazadoras que cortaron el aire con precisión militar.

    Pero para cuando los cazadores comenzaron a disparar, la silla en la que ella estaba sentada ya estaba vacía.

    El primer hombre apenas alcanzó a girar la cabeza antes de sentir cómo algo se movía detrás de él con una velocidad imposible. Su garganta se abrió en un instante y su cuerpo cayó al suelo mientras el segundo disparaba una escopeta cargada con estacas comprimidas que atravesaron la barra de madera.

    Ella apareció a su lado como una sombra sólida, torció el arma con una fuerza sobrehumana y lo arrojó contra una mesa que se partió en dos con el impacto.

    Los atacantes descendieron desde las vigas y las escaleras laterales con disciplina perfecta: trajes tácticos, máscaras filtradas, armas modificadas para enfrentar criaturas como ella. Granadas de plata rodaron por el suelo antes de detonar con destellos blancos; redes metálicas electrificadas se dispararon desde dispositivos montados en los brazos; rifles automáticos vomitaron munición especializada diseñada para penetrar carne inmortal.

    Claramente habían estudiado cada mito, cada debilidad, cada historia transmitida entre generaciones de cazadores.

    --Pero cometieron un error.--

    Pensaron que estaban cazando a una simple vampiresa. Y en realidad estaban atacando a una criatura que llevaba siglos perfeccionando la guerra.

    Ella se movió entre los disparos con la fluidez de una danza mortal las balas no rozaban ni su cabello mientras saltaba sobre la barra destruida y arrebataba un arma de las manos de uno de los cazadores para vaciar el cargador a quemarropa contra sus propios compañeros.

    Otro intentó atraparla con una cadena electrificada, pero ella la sujetó en el aire, tiró de ella con violencia y lo arrastró hasta estrellarlo contra el suelo con tal fuerza que el impacto resonó en todo el bar.

    Un flash más reveló aquel rostro de bestia, fauces enormes, colmillos bañados en sangre.

    En menos de cinco muntos, el silencio regresó.

    El humo flotaba en el aire mezclado con el olor metálico de la sangre. Cuerpos yacían esparcidos entre las mesas rotas, las luces de emergencia parpadeaban en rojo.

    Ella permanecía de pie en el centro del bar, completamente inmóvil, observando la escena como si simplemente evaluara una obra mal ejecutada.


    Uno de los hombres aún respiraba.
    Se arrastraba hacia la puerta dejando un rastro oscuro detrás de él.

    Zenith caminó hacia él con pasos tranquilos, el sonido de sus tacones resonando sobre el suelo húmedo mientras se agachaba frente a su rostro. Sus ojos brillaban en la penumbra con un fulgor antiguo, algo que no pertenecía del todo a este mundo.
    ─── La próxima vez…
    Murmuró mientras su brazo cambia a una ala de murciélago.
    ─── entiendan que cantidad no es igual a calidad.

    Detrás de ella, el espejo del bar volvió a temblar con el parpadeo de las luces de emergencia, y por un instante su reflejo de bestia hibrida apareció brevemente en el cristal como si algo en la oscuridad hubiera decidido reconocer su presencia.

    Ella lo notó, aunque no dijo nada, porque en ese preciso momento comprendió que aquella emboscada no fue casualidad, alguien ya estaba detrás de ella....otra vez.

    Era hora de irse, no solo del bar, si no de esa zona por completo.
    // OPEN ROL// Ok con respuesta en mensaje privado, nuevo tema o en comentarios.// ──────────────────────────────────────── Todos podemos caer, todos podemos fallar. Pero existe un momento aún más peligroso que la caída misma: ese instante silencioso en el que la mente se abre apenas lo suficiente para que los viejos horrores respiren desde dentro. Las pesadillas no siempre nacen afuera; muchas veces viven agazapadas en lo profundo, esperando pacientemente el momento de debilidad que les permita filtrarse. Incluso los monstruos que dominan la noche conocen esa sensación. Incluso los depredadores que han sobrevivido siglos entienden lo que es la vulnerabilidad. La noche llegó con su elegancia habitual, como un telón de terciopelo cayendo sobre la ciudad, y con ella la necesidad natural de alimentarse de Zenith. Para la mujer aquello no era una urgencia salvaje, sino un ritual casi íntimo: el mismo camino discreto, el mismo bar de luces cálidas donde el humo de cigarro y el olor a alcohol barato se mezclaban con la música suave y las conversaciones sin importancia. Un lugar perfecto para que un depredador civilizado pasara desapercibido entre humanos que jamás sospecharían lo que caminaba entre ellos. Pero apenas cruzó la puerta supo que algo estaba mal...muuuy mal. No fue un ruido. Fue la ausencia de todos ellos. En lugar del aroma rancio del tabaco y el whisky, su olfato captó algo distinto: cloro, pero debajo de este, escondido como una firma imposible de ocultar… pólvora. Caminó hacia la barra con pasos tranquilos, elegantes, como si nada en el mundo pudiera perturbar su calma. El lugar estaba impecable; las mesas alineadas, el suelo húmedo como si alguien hubiese intentado borrar todo rastro de vida. Se sentó lentamente en uno de los taburetes y apoyó los codos sobre la madera pulida mientras su mirada se levantaba hacia el espejo que colgaba detrás de la barra, aquel espejo donde ella no se reflejaba. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una mezcla de diversión y desprecio que apenas curvó la comisura de su boca. ─── ¿Todo esto para cazarme solo a mí? Preguntó con una calma casi insultante mientras se levantaba apoyando su torso en la barra buscando alguna botella y darles a aquellos tipos la vista de su ropa interior de encaje que se alcanzaba a ver en el bode de su vestido corto. Cuando tomó una botella de whisky regreso a sentarse bebiendo directamente de la botella. ─── Debe ser triste creer que mi tranquilidad significa debilidad. El sonido de varios seguros de armas deslizándose al mismo tiempo rompió el silencio. Un instante después, las luces se apagaron de golpe y la oscuridad se apoderó del lugar. El primer disparo llegó acompañado por el estallido de los cristales cuando focos ultravioletas inundaron el bar con una luz brutal, seguida por una lluvia de balas trazadoras que cortaron el aire con precisión militar. Pero para cuando los cazadores comenzaron a disparar, la silla en la que ella estaba sentada ya estaba vacía. El primer hombre apenas alcanzó a girar la cabeza antes de sentir cómo algo se movía detrás de él con una velocidad imposible. Su garganta se abrió en un instante y su cuerpo cayó al suelo mientras el segundo disparaba una escopeta cargada con estacas comprimidas que atravesaron la barra de madera. Ella apareció a su lado como una sombra sólida, torció el arma con una fuerza sobrehumana y lo arrojó contra una mesa que se partió en dos con el impacto. Los atacantes descendieron desde las vigas y las escaleras laterales con disciplina perfecta: trajes tácticos, máscaras filtradas, armas modificadas para enfrentar criaturas como ella. Granadas de plata rodaron por el suelo antes de detonar con destellos blancos; redes metálicas electrificadas se dispararon desde dispositivos montados en los brazos; rifles automáticos vomitaron munición especializada diseñada para penetrar carne inmortal. Claramente habían estudiado cada mito, cada debilidad, cada historia transmitida entre generaciones de cazadores. --Pero cometieron un error.-- Pensaron que estaban cazando a una simple vampiresa. Y en realidad estaban atacando a una criatura que llevaba siglos perfeccionando la guerra. Ella se movió entre los disparos con la fluidez de una danza mortal las balas no rozaban ni su cabello mientras saltaba sobre la barra destruida y arrebataba un arma de las manos de uno de los cazadores para vaciar el cargador a quemarropa contra sus propios compañeros. Otro intentó atraparla con una cadena electrificada, pero ella la sujetó en el aire, tiró de ella con violencia y lo arrastró hasta estrellarlo contra el suelo con tal fuerza que el impacto resonó en todo el bar. Un flash más reveló aquel rostro de bestia, fauces enormes, colmillos bañados en sangre. En menos de cinco muntos, el silencio regresó. El humo flotaba en el aire mezclado con el olor metálico de la sangre. Cuerpos yacían esparcidos entre las mesas rotas, las luces de emergencia parpadeaban en rojo. Ella permanecía de pie en el centro del bar, completamente inmóvil, observando la escena como si simplemente evaluara una obra mal ejecutada. Uno de los hombres aún respiraba. Se arrastraba hacia la puerta dejando un rastro oscuro detrás de él. Zenith caminó hacia él con pasos tranquilos, el sonido de sus tacones resonando sobre el suelo húmedo mientras se agachaba frente a su rostro. Sus ojos brillaban en la penumbra con un fulgor antiguo, algo que no pertenecía del todo a este mundo. ─── La próxima vez… Murmuró mientras su brazo cambia a una ala de murciélago. ─── entiendan que cantidad no es igual a calidad. Detrás de ella, el espejo del bar volvió a temblar con el parpadeo de las luces de emergencia, y por un instante su reflejo de bestia hibrida apareció brevemente en el cristal como si algo en la oscuridad hubiera decidido reconocer su presencia. Ella lo notó, aunque no dijo nada, porque en ese preciso momento comprendió que aquella emboscada no fue casualidad, alguien ya estaba detrás de ella....otra vez. Era hora de irse, no solo del bar, si no de esa zona por completo.
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    Off Rol:
    Espero mi escrito no moleste a alguien.
    Es solo mi forma de demostrar apreciación a la conmemoración del dia de la mujer.
    Si no les agrada, pueden borrarme o bloquearme, pero por favor comprendan que no tolero el machismo, estoy en contra de la violencia a la mujer en todos sus niveles y formas y que no tolero comentarios del tipo "Hoy es el dia de Toriyama" o cosas asi.

    Gracias.
    Off Rol: Espero mi escrito no moleste a alguien. Es solo mi forma de demostrar apreciación a la conmemoración del dia de la mujer. Si no les agrada, pueden borrarme o bloquearme, pero por favor comprendan que no tolero el machismo, estoy en contra de la violencia a la mujer en todos sus niveles y formas y que no tolero comentarios del tipo "Hoy es el dia de Toriyama" o cosas asi. Gracias.
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  • Un lugar desconocido
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    | Rol abierto. Si gustas, puedes responder. |



    La noche del viernes había llegado a su fin. Comenzaba un nuevo día. Pero para Elias era el comienzo de otro infierno. Ya no sabía qué podría ser mejor, si no recordar y saber que igual cometía cosas horribles o todas las consecuencias posteriores.

    Todavía no recordaba nada, tenía una bruma mental que no le permitía siquiera acordarse cómo es que su cuerpo se transformó la noche anterior. Sin embargo, lo que tenía era dolor. Desde muscular y óseo hasta una jaqueca que no lo dejaba mover demasiado los ojos. También sentía un horrible dolor estomacal, parecía estar revolviéndose con violencia.

    Sintió algo de frío y húmedo. Pero no tuvo tiempo de registrar nada. Tuvo que darse la vuelta (pues estaba de espaldas) para apoyarse en el suelo con ambas manos antes de comenzar a vomitar. El contenido que salía de su boca era espeso, con algún que otro resto sólido que... no sabía lo que era exactamente y tampoco quiso averiguarlo. Tenía un hedor nauseabundo que provocaba que vomitara más. Además el color era completamente negro. Para ese punto sus ojos estaban acumulando un poco de lágrimas al no poder detenerse y por el olor horrible.

    Cuando finalmente cesó, pasó el dorso de su mano izquierda por su boca para limpiarse un poco. Luego levantó la vista con lentitud.

    "Entonces el hedor no era sólo del vómito" pensó mientras se dio cuenta que estaba en un vertedero. Lo malo es que no lo conocía (ya había estado en otro antes). Lo iba a pensar mejor después. Primero lo primero: conseguir ropa. Estaba desnudo y no quería llegar a casa en ese estado.

    Como pudo se puso de pie, el dolor haciéndose más presente aún en lo que se estabilizaba. Cerró los ojos un momento, dolía el tenerlos abiertos. "No hay de otra".

    Empezó a caminar para buscar si por ahí habría algo que le sirviera para cubrirse. Apenas dio tres pasos cuando el ruido de un trueno irrumpió el silencio, poco después siendo seguido por una fuerte lluvia. Ya lo imaginó por cómo el cielo estaba tan gris. Lo bueno es que iba a poder quitarse el barro y sangre que tuviera en la piel.

    Tras unos diez minutos de estar buscando encontró un overall que más o menos le quedaba. No se podía permitir lujos en ese momento y, de todos modos, tampoco estaba tan roto. Solo algo descocido en ciertas zonas, pero daba igual. Se lo colocó con más dificultad de la que le gustó. Después se puso en marcha para buscar la salida. Por suerte no le costó demasiado, viendo la ciudad a lo lejos.

    Suspiró. Estaba cansado, el dolor era constante y no creía poder llegar. Tuvo que esforzarse en cambiar esa mentalidad. Así, a pura fuerza de voluntad caminó en dirección a todos los edificios a la distancia.

    Pasó el tiempo, no supo cuánto, hasta que pudo pisar concreto, tratando de dirigirse hacia el centro. Sin embargo, algo estaba mal.

    No conocía en absoluto la ciudad.

    Eso nunca ocurrió antes. Siempre se despertaba en SU ciudad o alrededores o lugares donde podía ubicarse fácilmente. Ahora era distinto y eso hizo que las ganas de desplomarse aumentaran. ¿Dónde diablos estaba?
    | Rol abierto. Si gustas, puedes responder. | La noche del viernes había llegado a su fin. Comenzaba un nuevo día. Pero para Elias era el comienzo de otro infierno. Ya no sabía qué podría ser mejor, si no recordar y saber que igual cometía cosas horribles o todas las consecuencias posteriores. Todavía no recordaba nada, tenía una bruma mental que no le permitía siquiera acordarse cómo es que su cuerpo se transformó la noche anterior. Sin embargo, lo que tenía era dolor. Desde muscular y óseo hasta una jaqueca que no lo dejaba mover demasiado los ojos. También sentía un horrible dolor estomacal, parecía estar revolviéndose con violencia. Sintió algo de frío y húmedo. Pero no tuvo tiempo de registrar nada. Tuvo que darse la vuelta (pues estaba de espaldas) para apoyarse en el suelo con ambas manos antes de comenzar a vomitar. El contenido que salía de su boca era espeso, con algún que otro resto sólido que... no sabía lo que era exactamente y tampoco quiso averiguarlo. Tenía un hedor nauseabundo que provocaba que vomitara más. Además el color era completamente negro. Para ese punto sus ojos estaban acumulando un poco de lágrimas al no poder detenerse y por el olor horrible. Cuando finalmente cesó, pasó el dorso de su mano izquierda por su boca para limpiarse un poco. Luego levantó la vista con lentitud. "Entonces el hedor no era sólo del vómito" pensó mientras se dio cuenta que estaba en un vertedero. Lo malo es que no lo conocía (ya había estado en otro antes). Lo iba a pensar mejor después. Primero lo primero: conseguir ropa. Estaba desnudo y no quería llegar a casa en ese estado. Como pudo se puso de pie, el dolor haciéndose más presente aún en lo que se estabilizaba. Cerró los ojos un momento, dolía el tenerlos abiertos. "No hay de otra". Empezó a caminar para buscar si por ahí habría algo que le sirviera para cubrirse. Apenas dio tres pasos cuando el ruido de un trueno irrumpió el silencio, poco después siendo seguido por una fuerte lluvia. Ya lo imaginó por cómo el cielo estaba tan gris. Lo bueno es que iba a poder quitarse el barro y sangre que tuviera en la piel. Tras unos diez minutos de estar buscando encontró un overall que más o menos le quedaba. No se podía permitir lujos en ese momento y, de todos modos, tampoco estaba tan roto. Solo algo descocido en ciertas zonas, pero daba igual. Se lo colocó con más dificultad de la que le gustó. Después se puso en marcha para buscar la salida. Por suerte no le costó demasiado, viendo la ciudad a lo lejos. Suspiró. Estaba cansado, el dolor era constante y no creía poder llegar. Tuvo que esforzarse en cambiar esa mentalidad. Así, a pura fuerza de voluntad caminó en dirección a todos los edificios a la distancia. Pasó el tiempo, no supo cuánto, hasta que pudo pisar concreto, tratando de dirigirse hacia el centro. Sin embargo, algo estaba mal. No conocía en absoluto la ciudad. Eso nunca ocurrió antes. Siempre se despertaba en SU ciudad o alrededores o lugares donde podía ubicarse fácilmente. Ahora era distinto y eso hizo que las ganas de desplomarse aumentaran. ¿Dónde diablos estaba?
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  • "Segunda Ley de Newton. La Fuerza es Proporcional a la masa y la aceleración. Usando la fuerza centrífuga se puede crear un mayor impacto".

    El Hormiguero con un brillo firme en los ojos, cierra su mano en un puño dándo un puñetazo al líder de los bravucones, luego toma uno de sus bolígrafos de su bolsillo y cuál cuchillo lo entierra brutalmente en el dorso de la mano del adolescente líder del grupo. Su expresión no era molesta sino fría, seria y carente de emoción.

    Uno de los estudiantes dio un paso atrás sin pensarlo. Otro tragó saliva. El líder de grupo pide a gritos que se detenga que el Hormiguero retira el bolígrafo con violencia y con un movimiento adrede para que se produzca hemorragía debido a sus conocimientos médicos. Y al otro sujeto le da varios golpes usando el lomo de un, aprovechando que este estaba asustado... El Vermilinguo ya no soportaba de tanto Bullying.

    Sniffles: Te lo pedí... Te dí que pararás.
    "Segunda Ley de Newton. La Fuerza es Proporcional a la masa y la aceleración. Usando la fuerza centrífuga se puede crear un mayor impacto". El Hormiguero con un brillo firme en los ojos, cierra su mano en un puño dándo un puñetazo al líder de los bravucones, luego toma uno de sus bolígrafos de su bolsillo y cuál cuchillo lo entierra brutalmente en el dorso de la mano del adolescente líder del grupo. Su expresión no era molesta sino fría, seria y carente de emoción. Uno de los estudiantes dio un paso atrás sin pensarlo. Otro tragó saliva. El líder de grupo pide a gritos que se detenga que el Hormiguero retira el bolígrafo con violencia y con un movimiento adrede para que se produzca hemorragía debido a sus conocimientos médicos. Y al otro sujeto le da varios golpes usando el lomo de un, aprovechando que este estaba asustado... El Vermilinguo ya no soportaba de tanto Bullying. Sniffles: Te lo pedí... Te dí que pararás.
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    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre.

    Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista.

    Funcional.

    Siempre fue funcional.

    Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos.

    Umbrella era un sistema.

    Un sistema sucio, pero coherente.

    Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática.

    Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática.

    Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades.

    Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad.

    Se quitó el casco esa noche.

    El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable.

    Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden.

    La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible.

    Un civil.
    Un protocolo.
    Una instrucción clara.

    Sabía lo que era correcto.

    También sabía cuál era su contrato.

    El profesional ganó.

    El dinero llegó puntual.

    Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo.

    No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil.
    Era un hombre que seguía funcionando.

    Aceptaba misiones.
    Optimizaba rutas de extracción.
    Reducía variables humanas a probabilidades de fallo.

    Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no.

    No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse.

    Él no se detenía.

    Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente.

    No era que su corazón bombease hielo.

    Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara.

    Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar.

    No estaba seguro de si algún día saldría.
    Tampoco estaba seguro de que quisiera.

    Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente:

    Si deja de ser útil…
    ¿qué queda de él?
    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre. Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista. Funcional. Siempre fue funcional. Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos. Umbrella era un sistema. Un sistema sucio, pero coherente. Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática. Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática. Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades. Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad. Se quitó el casco esa noche. El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable. Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden. La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible. Un civil. Un protocolo. Una instrucción clara. Sabía lo que era correcto. También sabía cuál era su contrato. El profesional ganó. El dinero llegó puntual. Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo. No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil. Era un hombre que seguía funcionando. Aceptaba misiones. Optimizaba rutas de extracción. Reducía variables humanas a probabilidades de fallo. Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no. No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse. Él no se detenía. Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente. No era que su corazón bombease hielo. Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara. Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar. No estaba seguro de si algún día saldría. Tampoco estaba seguro de que quisiera. Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente: Si deja de ser útil… ¿qué queda de él?
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  • Llevaba horas golpeando a un individuo, en una habitación solitaria, en alguna ubicación secreta y muy difícil de encontrar. Se suponía que debía sacarle información, pero era como si estuviese en un trance, ya no veía el objetivo en sus acciones, tampoco había algún gusto o disgusto, el motivo de sus actos no existía, era solo violencia sin más, porque sí.

    Tal vez era sadismo, simple crueldad.

    A veces, para ese tipo de situaciones no sé necesita alguna explicación, razonamiento o un “porque”, eran simples acciones sin significado alguno, solo actos que se llevaban a cabo y ya.

    O solo era un paso más a la locura, o incluso algo peor.

    Los puñetazos que tenían desfigurados el rostro de aquel hombre, ya irreconocible, terminarían cambiando en simples y sonoras bofetadas. Su palma azotando las mejillas de esa deforme e hinchada cara, la sangre salpicaba, incluso algunos dientes del pobre desdichado se caían ante lo que parecía un festival de golpes sin fin.

    Mientras ese castigo sin razón continuaba, él emitía un tipo de tarareo poco sonoro, casi como un murmuro.

    ──"No remorse, no repent, we don't care what it meant, another day, another death, another sorrow, another breath…"

    Entonces dio una última y fuerte bofetada, finalizando esa tortura y castigo. Se quedo en silencio, incluso observó su propia mano impregnada de líquido vital, sangre que no le pertenecía. Estaba manchado, pero aún así recordaba esas palabras que le habían dicho: “… Eres libre de todo karma”.

    Ya no prestaba atención al pobre individuo a quién llevaba horas agrediendo, le había dejado de importar desde hace bastante. El cuerpo de ese hombre había dejado de respirar, su chispa de vida se había extinguido para siempre.

    Fue entonces que algo se le cruzó en su mente, un pensamiento particular, una frase que tenía grabada en su cabeza y no se la podía sacar.

    ──"El amor es violencia, el odio es paz".
    Llevaba horas golpeando a un individuo, en una habitación solitaria, en alguna ubicación secreta y muy difícil de encontrar. Se suponía que debía sacarle información, pero era como si estuviese en un trance, ya no veía el objetivo en sus acciones, tampoco había algún gusto o disgusto, el motivo de sus actos no existía, era solo violencia sin más, porque sí. Tal vez era sadismo, simple crueldad. A veces, para ese tipo de situaciones no sé necesita alguna explicación, razonamiento o un “porque”, eran simples acciones sin significado alguno, solo actos que se llevaban a cabo y ya. O solo era un paso más a la locura, o incluso algo peor. Los puñetazos que tenían desfigurados el rostro de aquel hombre, ya irreconocible, terminarían cambiando en simples y sonoras bofetadas. Su palma azotando las mejillas de esa deforme e hinchada cara, la sangre salpicaba, incluso algunos dientes del pobre desdichado se caían ante lo que parecía un festival de golpes sin fin. Mientras ese castigo sin razón continuaba, él emitía un tipo de tarareo poco sonoro, casi como un murmuro. ──"No remorse, no repent, we don't care what it meant, another day, another death, another sorrow, another breath…" Entonces dio una última y fuerte bofetada, finalizando esa tortura y castigo. Se quedo en silencio, incluso observó su propia mano impregnada de líquido vital, sangre que no le pertenecía. Estaba manchado, pero aún así recordaba esas palabras que le habían dicho: “… Eres libre de todo karma”. Ya no prestaba atención al pobre individuo a quién llevaba horas agrediendo, le había dejado de importar desde hace bastante. El cuerpo de ese hombre había dejado de respirar, su chispa de vida se había extinguido para siempre. Fue entonces que algo se le cruzó en su mente, un pensamiento particular, una frase que tenía grabada en su cabeza y no se la podía sacar. ──"El amor es violencia, el odio es paz".
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  • ──── 𝑈𝑛 𝑎𝑟𝑔𝑒𝑛𝑡𝑖𝑛𝑜, 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑢𝑗𝑒𝑟, 𝑦 𝑢𝑛𝑎 𝑟𝑎𝑡𝑎 𝑚𝑢𝑒𝑟𝑡𝑎. ────

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟶𝟷 : 𝟶𝟶 𝙰.𝙼.

    La noche en la Ciudad de México se extiende como un manto húmedo y pesado. Las luces de neón parpadean sobre el pavimento mojado por una lluvia reciente, y el rumor de los autos lejanos se mezcla con el eco de pasos solitarios.

    Él camina sin prisa, con una mano metida en el bolsillo de su saco y la otra mano sosteniendo un cigarro. El cuello levantado contra el frío que baja desde las montañas. Sus botas resuenan con un ritmo constante en la banqueta de la colonia Roma, donde las calles angostas aún guardan algo de vida a esas horas.

    De pronto, un grito corto y ahogado rompe la calma. Viene de un callejón a media cuadra, apenas iluminado por el resplandor mortecino de un farol.

    Se detiene. Entre las sombras distingue dos figuras: una mujer joven intenta zafarse mientras un hombre la empuja contra la pared, le arrebata el bolso con violencia y le cruza un golpe en la cara que la hace tambalearse.

    El tipo gruñe algo entre dientes, furioso, y levanta la mano otra vez.

    No lo piensa demasiado. Sus ojos recorren el suelo y encuentran, a unos pasos, un tramo de tubo de hierro oxidado, abandonado junto a una bolsa de basura rota. Lo recoge con una mano; el metal frío le muerde las palmas.

    Camina hacia ellos con pasos firmes, sin gritar, sin anunciar nada hasta que la mujer solo nota su figura, alta, imponente y ojos carmesí que hacían denotar que no era alguien completamente de este plano.

    El asaltante apenas tiene tiempo de girar la cabeza cuando siente el primer movimiento en el aire.

    El tubo describe un arco corto y contundente. El impacto resuena seco contra el cráneo del hombre, un golpe limpio que lo hace soltar a la mujer de inmediato.

    El cuerpo cae de lado como un saco, golpea el pavimento y queda inmóvil, con un hilo de sangre empezando a dibujarse bajo la luz amarilla.

    Suelta el tubo. El metal choca contra el suelo con un tintineo metálico que parece durar más de lo normal. La mujer, aún temblando, se apoya en la pared y lo mira con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la incredulidad.

    Él no dice nada y observa el cuerpo tendido a sus pies mientras la adrenalina empieza a retirarse lentamente de sus venas.
    ──── 𝑈𝑛 𝑎𝑟𝑔𝑒𝑛𝑡𝑖𝑛𝑜, 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑢𝑗𝑒𝑟, 𝑦 𝑢𝑛𝑎 𝑟𝑎𝑡𝑎 𝑚𝑢𝑒𝑟𝑡𝑎. ──── [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟶𝟷 : 𝟶𝟶 𝙰.𝙼. La noche en la Ciudad de México se extiende como un manto húmedo y pesado. Las luces de neón parpadean sobre el pavimento mojado por una lluvia reciente, y el rumor de los autos lejanos se mezcla con el eco de pasos solitarios. Él camina sin prisa, con una mano metida en el bolsillo de su saco y la otra mano sosteniendo un cigarro. El cuello levantado contra el frío que baja desde las montañas. Sus botas resuenan con un ritmo constante en la banqueta de la colonia Roma, donde las calles angostas aún guardan algo de vida a esas horas. De pronto, un grito corto y ahogado rompe la calma. Viene de un callejón a media cuadra, apenas iluminado por el resplandor mortecino de un farol. Se detiene. Entre las sombras distingue dos figuras: una mujer joven intenta zafarse mientras un hombre la empuja contra la pared, le arrebata el bolso con violencia y le cruza un golpe en la cara que la hace tambalearse. El tipo gruñe algo entre dientes, furioso, y levanta la mano otra vez. No lo piensa demasiado. Sus ojos recorren el suelo y encuentran, a unos pasos, un tramo de tubo de hierro oxidado, abandonado junto a una bolsa de basura rota. Lo recoge con una mano; el metal frío le muerde las palmas. Camina hacia ellos con pasos firmes, sin gritar, sin anunciar nada hasta que la mujer solo nota su figura, alta, imponente y ojos carmesí que hacían denotar que no era alguien completamente de este plano. El asaltante apenas tiene tiempo de girar la cabeza cuando siente el primer movimiento en el aire. El tubo describe un arco corto y contundente. El impacto resuena seco contra el cráneo del hombre, un golpe limpio que lo hace soltar a la mujer de inmediato. El cuerpo cae de lado como un saco, golpea el pavimento y queda inmóvil, con un hilo de sangre empezando a dibujarse bajo la luz amarilla. Suelta el tubo. El metal choca contra el suelo con un tintineo metálico que parece durar más de lo normal. La mujer, aún temblando, se apoya en la pared y lo mira con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la incredulidad. Él no dice nada y observa el cuerpo tendido a sus pies mientras la adrenalina empieza a retirarse lentamente de sus venas.
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  • « ¿No has sentido alguna vez esa necesidad de estar con alguien? »

    Una pregunta habitual. Entre confidencias, entre risas y anécdotas; siempre terminaba asomándose esa pregunta silenciosa e incómoda. La conversación parecía girar, una y otra vez, sobre la misma respuesta ambigua que daba cada vez.

    "No realmente."

    No. Realmente no necesitaba a alguien como decía. Realmente no sentía la necesidad de compartir, o más bien abrir, tanto su vida a otra persona. Los años desde su última relación le habían hecho desarrollar un gusto por la soledad o, quizá, por esa falta de rutina que se atiene a los horarios y gustos de alguien más. No debía levantarse temprano en los días de descanso para prepararse ante las visitas, no debía quebrarse la cabeza pensando qué almorzarian ese día ni tenía que complicarse con planes elaborados de actividades para hacer a lo largo del día. Cosas habituales que se habían vuelto una rutina cansada, agotadora, que odiaba volver a repetir.

    Cuando ya estaba tan metido en sí mismo, en su vida y su espacio, acostumbrado a sus horarios y opciones; ¿cómo iba a acoplarse nuevamente a alguien que intempestivamente cambiara sus esquemas? ¿Cómo iba decirle que, por ese día o unas horas, prefería no verle y pasar el tiempo encerrado en casa jugando video juegos o mirando televisión? ¿Cómo hacerlo sin que se malinterpretara o los sentimientos mermaran? Una relación, a esas alturas de su vida, era una ruptura en su rutina, en su esencia. En su comodidad.

    "No es algo que necesite".

    No ahora. No pronto. No hasta quién sabe cuando. A Vincent siempre le había costado visualizarse en todo; era el último en responder esa pregunta cliché que hacía recursos humanos para motivar a los trabajadores: "¿cómo te ves de aquí a cinco años?" Su respuesta siempre era la misma, pero no tenía sentido ni lograba hacerse a la idea. Desde la universidad no se había imaginado en una relación, mucho menos casado y ni hablar de los hijos. En alguna ocasión la idea le cruzó por la cabeza, fugaz y de ensueño, pero con el tiempo se evaporó hasta ser olvidada.

    El amor, últimamente, se le hacía complicado y más complejo le resultaba conocer personas. Siempre estaba trabajando y, cuando no lo hacía, estaba en casa con sus gatos. Vincent nunca había sido una persona de salir ni de verse extrovertido, siempre era reservado, tímido y callado. Con esos factores en contra, ¿cómo es que iba a conocer a alguien? En el trabajo no había nadie que ocasionara esa chispa, esa curiosidad, ese gusto. Para él solo era una rutina donde sus compañeros eran eso y nada más, amigos y compañeros con los que mantenía una estabilidad social mas no una compatibilidad emocional. Si en el único lugar que frecuentaba no sentía nada, ¿cómo iba a poder desarrollar una relación?

    ¿Presentarle a alguien? Ni hablar. ¿Una cita a ciegas? Ni de broma. ¿Siquiera por curiosidad? No, podía morir perfectamente sin saber cómo se sentía amar o, más bien, cómo volver a amar.

    Vincent sabía lo que quería y lo que no quería. Mantener su libertad sin perder sus gustos, respetar sus límites sin arriesgar su seguridad, tener la cabez fría y no dejar que su corazón tomara nuevamente decisiones equivocadas. Y, al final, siempre terminaba negándose a experimentar porque sus conocidos no eran los casos de éxito ideales: Infidelidades, divorcios apresurados por engaños, demandas de atención excesivas, posesión desmedida y ciclos repetitivos de violencia difíciles de romper. ¿Con qué ánimos se podía aventurar a volver a experimentar cuando nada le motivaba a intentar?

    Y, aún así, siempre existía la espinita que lo hacía reflexionar. ¿Alguna vez se iba a poder enamorar? ¿Alguna vez iba a poder sentir otra vez ese calor en el pecho por la emoción? ¿Sentiria de nuevo las mariposas en el estómago? ¿Alguna vez hallaría paz y seguridad en otra persona? Quizá sí, quizá no. El tiempo le daría algún día la respuesta, tendría la razón o la vida lo golpearía por su error.

    El amor es complicado. Más para los asustados a salir lastimados otra vez, y para los que temen perder nuevamente sus sentimientos valiosos por error.
    « ¿No has sentido alguna vez esa necesidad de estar con alguien? » Una pregunta habitual. Entre confidencias, entre risas y anécdotas; siempre terminaba asomándose esa pregunta silenciosa e incómoda. La conversación parecía girar, una y otra vez, sobre la misma respuesta ambigua que daba cada vez. "No realmente." No. Realmente no necesitaba a alguien como decía. Realmente no sentía la necesidad de compartir, o más bien abrir, tanto su vida a otra persona. Los años desde su última relación le habían hecho desarrollar un gusto por la soledad o, quizá, por esa falta de rutina que se atiene a los horarios y gustos de alguien más. No debía levantarse temprano en los días de descanso para prepararse ante las visitas, no debía quebrarse la cabeza pensando qué almorzarian ese día ni tenía que complicarse con planes elaborados de actividades para hacer a lo largo del día. Cosas habituales que se habían vuelto una rutina cansada, agotadora, que odiaba volver a repetir. Cuando ya estaba tan metido en sí mismo, en su vida y su espacio, acostumbrado a sus horarios y opciones; ¿cómo iba a acoplarse nuevamente a alguien que intempestivamente cambiara sus esquemas? ¿Cómo iba decirle que, por ese día o unas horas, prefería no verle y pasar el tiempo encerrado en casa jugando video juegos o mirando televisión? ¿Cómo hacerlo sin que se malinterpretara o los sentimientos mermaran? Una relación, a esas alturas de su vida, era una ruptura en su rutina, en su esencia. En su comodidad. "No es algo que necesite". No ahora. No pronto. No hasta quién sabe cuando. A Vincent siempre le había costado visualizarse en todo; era el último en responder esa pregunta cliché que hacía recursos humanos para motivar a los trabajadores: "¿cómo te ves de aquí a cinco años?" Su respuesta siempre era la misma, pero no tenía sentido ni lograba hacerse a la idea. Desde la universidad no se había imaginado en una relación, mucho menos casado y ni hablar de los hijos. En alguna ocasión la idea le cruzó por la cabeza, fugaz y de ensueño, pero con el tiempo se evaporó hasta ser olvidada. El amor, últimamente, se le hacía complicado y más complejo le resultaba conocer personas. Siempre estaba trabajando y, cuando no lo hacía, estaba en casa con sus gatos. Vincent nunca había sido una persona de salir ni de verse extrovertido, siempre era reservado, tímido y callado. Con esos factores en contra, ¿cómo es que iba a conocer a alguien? En el trabajo no había nadie que ocasionara esa chispa, esa curiosidad, ese gusto. Para él solo era una rutina donde sus compañeros eran eso y nada más, amigos y compañeros con los que mantenía una estabilidad social mas no una compatibilidad emocional. Si en el único lugar que frecuentaba no sentía nada, ¿cómo iba a poder desarrollar una relación? ¿Presentarle a alguien? Ni hablar. ¿Una cita a ciegas? Ni de broma. ¿Siquiera por curiosidad? No, podía morir perfectamente sin saber cómo se sentía amar o, más bien, cómo volver a amar. Vincent sabía lo que quería y lo que no quería. Mantener su libertad sin perder sus gustos, respetar sus límites sin arriesgar su seguridad, tener la cabez fría y no dejar que su corazón tomara nuevamente decisiones equivocadas. Y, al final, siempre terminaba negándose a experimentar porque sus conocidos no eran los casos de éxito ideales: Infidelidades, divorcios apresurados por engaños, demandas de atención excesivas, posesión desmedida y ciclos repetitivos de violencia difíciles de romper. ¿Con qué ánimos se podía aventurar a volver a experimentar cuando nada le motivaba a intentar? Y, aún así, siempre existía la espinita que lo hacía reflexionar. ¿Alguna vez se iba a poder enamorar? ¿Alguna vez iba a poder sentir otra vez ese calor en el pecho por la emoción? ¿Sentiria de nuevo las mariposas en el estómago? ¿Alguna vez hallaría paz y seguridad en otra persona? Quizá sí, quizá no. El tiempo le daría algún día la respuesta, tendría la razón o la vida lo golpearía por su error. El amor es complicado. Más para los asustados a salir lastimados otra vez, y para los que temen perder nuevamente sus sentimientos valiosos por error.
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