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    Sonriendo Desde la Distancia.

    Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo.

    No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches.

    A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella.

    La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
    Sonriendo Desde la Distancia. Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo. No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches. A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella. La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
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  • El abismo no era simplemente un lugar carente de luz; era una entidad pesada, un vacío insondable que aplastaba cualquier atisbo de vida que no perteneciera a sus profundidades. Allí, donde el calor del sol era apenas un mito y el tiempo perdía todo significado, reinaba el silencio.

    En el corazón de esa negrura, una masa colosal reposaba. Auden no dormía, simplemente existía en un letargo eterno. Su inmenso cuerpo, forjado de tierra negra, obsidiana afilada y raíces ancestrales tan gruesas como árboles, se camuflaba perfectamente con el entorno hostil. No había necesidad de moverse. Arriba, en la superficie bañada por la luz que tanto detestaban los suyos, los dioses hablaban de ella como una aberración destructiva, un monstruo sediento de caos que debía ser purgado.

    Qué poco entendían.

    La criatura exhaló, un suspiro lento y profundo que provocó un temblor sordo en las paredes de roca a su alrededor, desprendiendo pequeñas cascadas de polvo. Abrió lentamente los ojos. Dos esferas de un ámbar líquido y brillante rasgaron la oscuridad, siendo la única fuente de luz en kilómetros. No había furia en esa mirada incandescente, ni deseo de aniquilar el mundo de arriba; solo un vacío silencioso. Una resignación helada.

    Auden permaneció inmóvil, sintiendo las corrientes de la tierra profunda vibrar contra su coraza de fango petrificado. De pronto, un crujido sordo hizo eco a lo lejos, anunciando una ruptura en algún lugar remoto de las profundidades. Por un instante fugaz, una chispa de curiosidad desperezó sus instintos, incitándole a emerger de la roca y explorar aquella anomalía. Sin embargo, el peso de la profunda tristeza en la que vivía envuelto era mucho más denso que cualquier impulso.

    Acostumbrado al rechazo de la creación, dejó que el letargo lo anclara de nuevo al suelo. No se movió de su lugar; simplemente cerró los ojos y se envolvió aún más en sus propias raíces oscuras, aguardando en soledad a que el mundo volviera a olvidarse de su existencia.
    El abismo no era simplemente un lugar carente de luz; era una entidad pesada, un vacío insondable que aplastaba cualquier atisbo de vida que no perteneciera a sus profundidades. Allí, donde el calor del sol era apenas un mito y el tiempo perdía todo significado, reinaba el silencio. En el corazón de esa negrura, una masa colosal reposaba. Auden no dormía, simplemente existía en un letargo eterno. Su inmenso cuerpo, forjado de tierra negra, obsidiana afilada y raíces ancestrales tan gruesas como árboles, se camuflaba perfectamente con el entorno hostil. No había necesidad de moverse. Arriba, en la superficie bañada por la luz que tanto detestaban los suyos, los dioses hablaban de ella como una aberración destructiva, un monstruo sediento de caos que debía ser purgado. Qué poco entendían. La criatura exhaló, un suspiro lento y profundo que provocó un temblor sordo en las paredes de roca a su alrededor, desprendiendo pequeñas cascadas de polvo. Abrió lentamente los ojos. Dos esferas de un ámbar líquido y brillante rasgaron la oscuridad, siendo la única fuente de luz en kilómetros. No había furia en esa mirada incandescente, ni deseo de aniquilar el mundo de arriba; solo un vacío silencioso. Una resignación helada. Auden permaneció inmóvil, sintiendo las corrientes de la tierra profunda vibrar contra su coraza de fango petrificado. De pronto, un crujido sordo hizo eco a lo lejos, anunciando una ruptura en algún lugar remoto de las profundidades. Por un instante fugaz, una chispa de curiosidad desperezó sus instintos, incitándole a emerger de la roca y explorar aquella anomalía. Sin embargo, el peso de la profunda tristeza en la que vivía envuelto era mucho más denso que cualquier impulso. Acostumbrado al rechazo de la creación, dejó que el letargo lo anclara de nuevo al suelo. No se movió de su lugar; simplemente cerró los ojos y se envolvió aún más en sus propias raíces oscuras, aguardando en soledad a que el mundo volviera a olvidarse de su existencia.
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  • Nastya no lo sabe, pero aquella foto se encuentra en el Museo Nacional de la Independencia, allá en el país donde ella nació.

    En la foto se puede apreciar a una joven Nastya sosteniendo su emblemático rifle de cerrojo posando frente a las cámaras luego de estar meses resistiendo en el frente. En sus ojos aún había esperanza, a pesar del cansancio y la tristeza que le llegaba a atormentar el frío de la noche.

    En el instante en que se tomó la fotografía, Nastya ya era bastante popular por su excelente puntería y su gran fama de haber eliminado a bastantes altos cargos del enemigo.

    Realmente hay muy pocas fotografías del pasado de Nastya, ella misma se encargó de desaparecer muchas de ellas en un intento de borrar su pasado.
    Nastya no lo sabe, pero aquella foto se encuentra en el Museo Nacional de la Independencia, allá en el país donde ella nació. En la foto se puede apreciar a una joven Nastya sosteniendo su emblemático rifle de cerrojo posando frente a las cámaras luego de estar meses resistiendo en el frente. En sus ojos aún había esperanza, a pesar del cansancio y la tristeza que le llegaba a atormentar el frío de la noche. En el instante en que se tomó la fotografía, Nastya ya era bastante popular por su excelente puntería y su gran fama de haber eliminado a bastantes altos cargos del enemigo. Realmente hay muy pocas fotografías del pasado de Nastya, ella misma se encargó de desaparecer muchas de ellas en un intento de borrar su pasado.
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    Segunda parte: La Reina Perdida.

    Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros.

    La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio.

    La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía.

    Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él.

    Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada.

    Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro.

    Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado.

    Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma.

    Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también.

    Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora.

    Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba.

    Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.

    Segunda parte: La Reina Perdida. Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros. La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio. La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía. Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él. Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada. Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro. Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado. Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma. Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también. Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora. Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba. Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.
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  • Todo comenzó con una mirada perdida.

    La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida.


    Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible.

    Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro.


    Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía.

    Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese.

    Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió.

    Un cruce de caminos. Un cruce de miradas.

    “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro

    Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino.

    Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa.

    En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse.

    Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real.

    Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña.

    Todo comenzó con una mirada perdida. La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida. Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible. Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro. Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía. Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese. Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió. Un cruce de caminos. Un cruce de miradas. “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino. Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa. En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse. Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real. Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña. 🦋💖
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  • En cada día nuevo, sonrisa nueva ♥ nunca dejarse vencer por la tristeza ♥
    En cada día nuevo, sonrisa nueva ♥ nunca dejarse vencer por la tristeza ♥
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  • Que extraño Mía me ha enviado un vídeo, procedo a reproducirlo en la televisión antes de sentarme en el sofá a verlo.

    No puedo creer ninguna de las palabras que salen de los labios de mi novia, antes de que el vídeo llegara a su fin tuve que apagar la televisión y lanzó el mando sin mirar ni siquiera donde cayó.
    El ruido provocó que nuestro segundo bebé peludo se asustara y se marchara del salón.
    No voy detrás para intentar calmarlo, ya que no yo mismo puedo calmar la furia y sobre todo la tristeza que siento en este momento.

    Tapo mi rostro no por vergüenza de estar llorando, sigo sin creerme que ya no la volveré a tener en mis, reírnos juntos por cualquier tontería.
    Incluso extrañaré cuando discutíamos , Mía me mostró que podía confiar de nuevo en las mujeres.
    Y ahora ya no voy a volver a saborear sus labios, entrenar con Grayson…
    Pobre Elisabeth, debe estar igual de destrozada y la pobre Lucinda… había vuelto a reunirse con sus hijos después de tanto tiempo y sufrimiento.

    Ellos ya no están, ahora Eli y yo debemos cuidar mutuamente de su madre y entre nosotros.
    Que extraño Mía me ha enviado un vídeo, procedo a reproducirlo en la televisión antes de sentarme en el sofá a verlo. No puedo creer ninguna de las palabras que salen de los labios de mi novia, antes de que el vídeo llegara a su fin tuve que apagar la televisión y lanzó el mando sin mirar ni siquiera donde cayó. El ruido provocó que nuestro segundo bebé peludo se asustara y se marchara del salón. No voy detrás para intentar calmarlo, ya que no yo mismo puedo calmar la furia y sobre todo la tristeza que siento en este momento. Tapo mi rostro no por vergüenza de estar llorando, sigo sin creerme que ya no la volveré a tener en mis, reírnos juntos por cualquier tontería. Incluso extrañaré cuando discutíamos , Mía me mostró que podía confiar de nuevo en las mujeres. Y ahora ya no voy a volver a saborear sus labios, entrenar con Grayson… Pobre Elisabeth, debe estar igual de destrozada y la pobre Lucinda… había vuelto a reunirse con sus hijos después de tanto tiempo y sufrimiento. Ellos ya no están, ahora Eli y yo debemos cuidar mutuamente de su madre y entre nosotros.
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  • Zagreo the Dark Demon Greek Mitology

    *Despierta feliz, con una sonrisa en el rostro y camino a darme un baño mientras canto, había olvidado q mi amigo estaba ahí dormido también*

    "Hoy voy a verte de nuevo
    Voy a envolverme en tu ropa
    Susúrrame en tu silencio
    Cuando me veas llegar.

    Hoy voy a verte de nuevo
    Voy a alegrar tu tristeza
    Vamos a hacer una fiesta
    Pa' que este amor crezca más"
    [Dark_Demon] *Despierta feliz, con una sonrisa en el rostro y camino a darme un baño mientras canto, había olvidado q mi amigo estaba ahí dormido también* "Hoy voy a verte de nuevo Voy a envolverme en tu ropa Susúrrame en tu silencio Cuando me veas llegar. Hoy voy a verte de nuevo Voy a alegrar tu tristeza Vamos a hacer una fiesta Pa' que este amor crezca más"
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    ***Edad del Caos***
    - El Eco de la Luna

    El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado.

    Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella.

    Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba.

    Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño.
    Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera.

    La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin.

    Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre.

    Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo.

    Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba.

    Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen.

    No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer.

    Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada.

    Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo.

    El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre.

    Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó.

    Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai.

    Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando.

    Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento.

    Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
    ***Edad del Caos*** - El Eco de la Luna El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado. Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella. Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba. Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño. Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera. La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin. Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre. Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo. Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba. Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen. No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer. Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada. Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo. El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre. Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó. Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai. Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando. Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento. Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
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  • . "¿A qué sabe un alma, padre?" Cuando era pequeño fue una de las primeras cosas que preguntó. Se dice que en el mundo humano la salud mental es algo enorme aún cuando todavía es un tabú. Si pensaba en que los demonios consideraban a un alma digna y de buen sabor solo si la persona ha caído en la total desesperación... ¿Qué significa? ¿A qué sabe la tristeza? ¿Son las lágrimas de alguien como caramelos para la boca de esas bestias? La única respuesta que obtuvo no fue satisfactoria. Le había dicho que él lo experimentaría por su cuenta.
    🥀. "¿A qué sabe un alma, padre?" Cuando era pequeño fue una de las primeras cosas que preguntó. Se dice que en el mundo humano la salud mental es algo enorme aún cuando todavía es un tabú. Si pensaba en que los demonios consideraban a un alma digna y de buen sabor solo si la persona ha caído en la total desesperación... ¿Qué significa? ¿A qué sabe la tristeza? ¿Son las lágrimas de alguien como caramelos para la boca de esas bestias? La única respuesta que obtuvo no fue satisfactoria. Le había dicho que él lo experimentaría por su cuenta.
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