• — No compito con nadie, porque comparar un aura con sombras siempre termina siendo injusto.
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  • Adrián despertó con la luz pálida de la mañana filtrándose entre las cortinas. No saltó de la cama; se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el rumor distante de la ciudad que nunca terminaba de dormir. Tomó el teléfono, apagó la alarma antes de que sonara del todo y respiró hondo, como si ese gesto marcara el inicio oficial del día.

    Se levantó y fue directo al baño. El agua fría en el rostro lo despabiló lo suficiente para despejar la neblina del sueño. Se observó en el espejo sin demasiada atención, se pasó una mano por el cabello desordenado y apartó la mirada. Se vistió con ropa cómoda, la misma combinación sencilla de siempre, y antes de salir del cuarto tomó la cámara, revisando por costumbre que todo estuviera en su lugar.

    En la cocina preparó café. El sonido del agua hirviendo y el aroma amargo llenaron el departamento en silencio. Desayunó algo ligero, de pie, apoyado en la encimera, mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a moverse: gente apurada, autos, el día avanzando sin esperar a nadie. Dio el último sorbo, dejó la taza en el fregadero y colgó la cámara al cuello.

    Salió de casa y caminó sin prisa. Le gustaba recorrer unas cuantas calles antes de comer, como si así ordenara sus pensamientos. Observó escaparates, reflejos en los vidrios, sombras alargadas sobre la acera. Por un momento pensó en tomar una foto, pero decidió guardarlo para después.

    Entró a un pequeño café que frecuentaba. El lugar era tranquilo, con mesas de madera y una música suave de fondo. Se sentó cerca de la ventana y pidió lo de siempre. Mientras esperaba, apoyó la cámara a su lado y se quedó mirando hacia afuera, atento a los detalles: una pareja discutiendo en voz baja, un hombre leyendo el periódico, la luz entrando en ángulo perfecto.

    Cuando la comida llegó, comió despacio, sin distracciones. No era un momento especial, pero tampoco uno vacío. Era parte de su rutina, de esa calma frágil que había aprendido a construir. Al terminar, pagó, tomó su cámara y salió de nuevo a la calle, listo para dejar que el día siguiera su curso.
    Adrián despertó con la luz pálida de la mañana filtrándose entre las cortinas. No saltó de la cama; se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el rumor distante de la ciudad que nunca terminaba de dormir. Tomó el teléfono, apagó la alarma antes de que sonara del todo y respiró hondo, como si ese gesto marcara el inicio oficial del día. Se levantó y fue directo al baño. El agua fría en el rostro lo despabiló lo suficiente para despejar la neblina del sueño. Se observó en el espejo sin demasiada atención, se pasó una mano por el cabello desordenado y apartó la mirada. Se vistió con ropa cómoda, la misma combinación sencilla de siempre, y antes de salir del cuarto tomó la cámara, revisando por costumbre que todo estuviera en su lugar. En la cocina preparó café. El sonido del agua hirviendo y el aroma amargo llenaron el departamento en silencio. Desayunó algo ligero, de pie, apoyado en la encimera, mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a moverse: gente apurada, autos, el día avanzando sin esperar a nadie. Dio el último sorbo, dejó la taza en el fregadero y colgó la cámara al cuello. Salió de casa y caminó sin prisa. Le gustaba recorrer unas cuantas calles antes de comer, como si así ordenara sus pensamientos. Observó escaparates, reflejos en los vidrios, sombras alargadas sobre la acera. Por un momento pensó en tomar una foto, pero decidió guardarlo para después. Entró a un pequeño café que frecuentaba. El lugar era tranquilo, con mesas de madera y una música suave de fondo. Se sentó cerca de la ventana y pidió lo de siempre. Mientras esperaba, apoyó la cámara a su lado y se quedó mirando hacia afuera, atento a los detalles: una pareja discutiendo en voz baja, un hombre leyendo el periódico, la luz entrando en ángulo perfecto. Cuando la comida llegó, comió despacio, sin distracciones. No era un momento especial, pero tampoco uno vacío. Era parte de su rutina, de esa calma frágil que había aprendido a construir. Al terminar, pagó, tomó su cámara y salió de nuevo a la calle, listo para dejar que el día siguiera su curso.
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  • Una primera impresión
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    Joon Bokkel

    — Una ola de crímenes particularmente extraños azotaban la ciudad hace ya varias semanas; extrañas desapariciones y algunos asesinatos sin patrón aparente, pero que, justamente esa falta de patrones y las escenas sospechosamente limpias, habían llevado a la policía a una deducción arriesgada pero posible.

    Algunos rechazaban firmemente la idea de que tales acontecimientos tuvieran alguna clase de relación, otros más arriesgados, afirmaban que se trataba de una sola persona que operaba bajo las sombras, pero la realidad era que la teoría más factible, sugería la existencia de una organización criminal que operaba a nivel internacional.
    ¿Lo extraño? Parecían ejecutar sus movimientos en lugares específicos, todos al mismo tiempo, a veces era una víctima, otras, diversas personas vinculadas a un mismo entorno.
    Está vez, las desapariciones y las muertes, correspondían a personas presuntamente vinculadas a una red de tráfico de armas, entre las que se encontraban ex militares e influencias del entorno político, un escándalo público, esto había encendido las alarmas entre las autoridades rápidamente.

    Uno de los principales obstáculos para dar con los responsables era la falta de pruebas, no había rastros, pistas o movimientos previos que indicaran los ataques, las víctimas solían desparecer como si el viento las llevara de repente o aparecer sin vida, sin más que un solo disparo certero, sin rastro del arma o de algún acercamiento con el atacante.

    Tras la insistencia de algunas influencias de la política —por más motivos turbios que preocupación humana— la agencia a cargo había puesto al mando a uno de sus mejores detectives, sin embargo, había algo que no le dirían hasta el final y era que además de él, requerirían de un servicio adicional, un jóven detective que brillaba en el entorno por sus hazañas y que había sido reclutado especialmente para el caso. —

    Cómo última indicación — Le fue informado al detective — Le queremos presentar al hombre que lo acompañara en la investigación, entendemos que sus métodos serán de utilidad en el proceso.

    — De espaldas a ellos, sentado en la sala con una paciencia silenciosa, aquel jóven de cabellos negros aguardaba a su nuevo compañero. Al oir la puerta se limitó a voltear la cabeza y observar de reojo, pero al instante que reconoció a su colega, el jóven Bekya se puso de pie, caminó hacia él y le extendió la mano con una sonrisa que cualquiera distinguiría a kilómetros por falsa y arrogante. —

    Señor Bokkel, que placer conocerlo, detective Bekya Leavitt, para servirle a usted y a los suyos. Espero que el trabajo juntos sea ameno...

    — Esa voz, suave y serena, ocultaba vagamente una superioridad imperante en su persona, una hipocresía tal, que se palpaba en el aire, en las palabras que salían de sus labios hasta los oídos del otro, pero esa sonrisa, tenía esa sonrisa encantadora que distraía a casi cualquier persona de una segunda intención.
    Una buena primera impresión, eso parecía. —

    [nightfall_b0y] — Una ola de crímenes particularmente extraños azotaban la ciudad hace ya varias semanas; extrañas desapariciones y algunos asesinatos sin patrón aparente, pero que, justamente esa falta de patrones y las escenas sospechosamente limpias, habían llevado a la policía a una deducción arriesgada pero posible. Algunos rechazaban firmemente la idea de que tales acontecimientos tuvieran alguna clase de relación, otros más arriesgados, afirmaban que se trataba de una sola persona que operaba bajo las sombras, pero la realidad era que la teoría más factible, sugería la existencia de una organización criminal que operaba a nivel internacional. ¿Lo extraño? Parecían ejecutar sus movimientos en lugares específicos, todos al mismo tiempo, a veces era una víctima, otras, diversas personas vinculadas a un mismo entorno. Está vez, las desapariciones y las muertes, correspondían a personas presuntamente vinculadas a una red de tráfico de armas, entre las que se encontraban ex militares e influencias del entorno político, un escándalo público, esto había encendido las alarmas entre las autoridades rápidamente. Uno de los principales obstáculos para dar con los responsables era la falta de pruebas, no había rastros, pistas o movimientos previos que indicaran los ataques, las víctimas solían desparecer como si el viento las llevara de repente o aparecer sin vida, sin más que un solo disparo certero, sin rastro del arma o de algún acercamiento con el atacante. Tras la insistencia de algunas influencias de la política —por más motivos turbios que preocupación humana— la agencia a cargo había puesto al mando a uno de sus mejores detectives, sin embargo, había algo que no le dirían hasta el final y era que además de él, requerirían de un servicio adicional, un jóven detective que brillaba en el entorno por sus hazañas y que había sido reclutado especialmente para el caso. — Cómo última indicación — Le fue informado al detective — Le queremos presentar al hombre que lo acompañara en la investigación, entendemos que sus métodos serán de utilidad en el proceso. — De espaldas a ellos, sentado en la sala con una paciencia silenciosa, aquel jóven de cabellos negros aguardaba a su nuevo compañero. Al oir la puerta se limitó a voltear la cabeza y observar de reojo, pero al instante que reconoció a su colega, el jóven Bekya se puso de pie, caminó hacia él y le extendió la mano con una sonrisa que cualquiera distinguiría a kilómetros por falsa y arrogante. — Señor Bokkel, que placer conocerlo, detective Bekya Leavitt, para servirle a usted y a los suyos. Espero que el trabajo juntos sea ameno... — Esa voz, suave y serena, ocultaba vagamente una superioridad imperante en su persona, una hipocresía tal, que se palpaba en el aire, en las palabras que salían de sus labios hasta los oídos del otro, pero esa sonrisa, tenía esa sonrisa encantadora que distraía a casi cualquier persona de una segunda intención. Una buena primera impresión, eso parecía. —
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  • Yo soy el mas guapo de los dos ~
    Pero bueno aun asi , siempre sere las sombras de ellos ~
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  • Mantén tu rostro hacia el sol y nunca verás las sombras.
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  • -Había pasado un tiempo desde que la Nephilim estaba en un viaje por el mundo. Y ahora estaba frente a un bosque. Irys se adentró en el claro con cautela. El bosque a su alrededor era espeso y antiguo; las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz, y la humedad se aferraba al aire como un susurro frío. El pasto estaba alto, inclinado como si algo hubiese pasado antes que ella. En el centro, la silla blanca parecía fuera de lugar, casi antinatural.
    Al acercarse, el silencio se volvió más pesado… y entonces lo sintió. Entre las sombras, justo detrás de la silla, se dibujó una silueta alta, oscura e inmóvil, observándola.
    Irys se detuvo en seco. Su instinto gritó alerta.
    —…sabía que no estaba sola —susurró, tensando el cuerpo.
    La silueta seguía ahí, observando en silencio.
    -Había pasado un tiempo desde que la Nephilim estaba en un viaje por el mundo. Y ahora estaba frente a un bosque. Irys se adentró en el claro con cautela. El bosque a su alrededor era espeso y antiguo; las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz, y la humedad se aferraba al aire como un susurro frío. El pasto estaba alto, inclinado como si algo hubiese pasado antes que ella. En el centro, la silla blanca parecía fuera de lugar, casi antinatural. Al acercarse, el silencio se volvió más pesado… y entonces lo sintió. Entre las sombras, justo detrás de la silla, se dibujó una silueta alta, oscura e inmóvil, observándola. Irys se detuvo en seco. Su instinto gritó alerta. —…sabía que no estaba sola —susurró, tensando el cuerpo. La silueta seguía ahí, observando en silencio.
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  • La claridad es mejor , cuando las sombras aparescen
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  • Tal y como había advertido, pues no bromeaba con lo que salía de su boca, había tenido entrenando a sus compañeras hasta altas horas sin dejarlas partir a descansar hasta que la luna casi llegó a lo alto... Casi, a agradecer que había sido lo suficientemente benévola para dejarlas partir entonces y no cuando la luna estuviera en su punto más alto como había dicho que haría.
    Estaba cansada, pues resultaba agotador tener que tratar con todo un ejército se inútiles... Aunque siempre le habían resultado medio patéticas, ahora se pasaban de inútiles. Aunque no estuvo del todo segura si era el intenso entrenamiento lo que la había dejado agotada o era más bien un cansancio mental pues tampoco había dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto de la reunión de Adán en el infierno.

    — ¿Bajar para una reunión? Tsk... —

    Había murmurado entre dientes en su retorno a su habitación. No recordaba el primer hombre accediera a una cosa como esa tan fácil, incluso recordaba que si utilizaba hologramas era para no tener que llevar su pura presencia a un lugar tan desagradable a excepción de los exterminios pues era divertido.
    Suponía que era otro truco de los demonios ¿Cómo no? Era beneficioso para ellos, además de que el arcángel había mencionado su tendencia a ir solo ¿Qué mejor ocasión para ellos que no podían ascender que aprovechar la soledad en la reunión para seguirle lavandole el cerebro? Por fortuna ahora había le había concedido el permiso de acompañarle y pese a que tendría que mantenerse en su lugar y no abrir la boca, al menos podría asegurarse, estando siempre a su lado, de que nadie podría seguir hechizandolo.

    Suspiró, desviando su mirada al cielo estrellado. Tan solo un manto nocturno despejado con pequeños puntos brillantes adornando... Luego observó el camino que la llevaba a su cuarto. Frunció el ceño, de todas formas no tenía sueño y necesitaba despejar la mente por lo que, desplegando sus alas y alzando el vuelo, desvió su camino en otra dirección. Una que ocasionalmente tomaba de forma solitaria y en su mayoría a altas horas de la noche.
    Sobrevolando la ciudad celestial, traspasó la vivaz animosidad de la ciudad dejando las luces y la civilización detrás, yendo incluso más lejos que las área de las exterminadoras. Las luces comenzaron a apagarse y los ruidos desaparecer tan solo quedándole como compañía el sonido de algún grillo distante o la luz de la luna como su única guía en lo que la oscuridad la rodeaba, más no la asustaba. Pues la oscuridad que bañaba el cielo no era más peligrosa que un mar calmado, tan sólo silencioso y solitario pero sin verdaderas amenazas que se escondieran entre sus sombras. Aún así no estaría a oscuras tanto tiempo pues pronto una luz brillante le llegaría, casi tan cegador como un faro para quien no lo conociera, una luz que al acercarse tomaría la forma de un árbol. Una planta que deslumbraba elegancia y delicadeza pero que también se veía antiguo.

    Sus alas se batieron para detenerse y luego sus pies tocaron la tierra reseca bajo ella. Un páramo, un desierto cuya una fuente de vida parecía ser aquella planta frente a ella pues no era otro sino el árbol de la vida.
    En silencio y con cuidado se acercó hasta su grueso tronco, apenas con cauteloso cuidado tocando su corteza un momento en lo que tomaba aire y suspiraba. Tal vez una forma de rendirle respeto antes de volver a volar, esta vez con más calma, hasta poder ascender a una de las tantas ramas y sentarse en ella. Desde allí observó el cielo estrellado cuyas estrellas parecían incluso estar más cerca que antes, más brillantes. Suspirando esbozó una sonrisa aprovechando la calma silenciosa que la rodeaba para aclarar su mente y eliminar sus preocupaciones
    Tal y como había advertido, pues no bromeaba con lo que salía de su boca, había tenido entrenando a sus compañeras hasta altas horas sin dejarlas partir a descansar hasta que la luna casi llegó a lo alto... Casi, a agradecer que había sido lo suficientemente benévola para dejarlas partir entonces y no cuando la luna estuviera en su punto más alto como había dicho que haría. Estaba cansada, pues resultaba agotador tener que tratar con todo un ejército se inútiles... Aunque siempre le habían resultado medio patéticas, ahora se pasaban de inútiles. Aunque no estuvo del todo segura si era el intenso entrenamiento lo que la había dejado agotada o era más bien un cansancio mental pues tampoco había dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto de la reunión de Adán en el infierno. — ¿Bajar para una reunión? Tsk... — Había murmurado entre dientes en su retorno a su habitación. No recordaba el primer hombre accediera a una cosa como esa tan fácil, incluso recordaba que si utilizaba hologramas era para no tener que llevar su pura presencia a un lugar tan desagradable a excepción de los exterminios pues era divertido. Suponía que era otro truco de los demonios ¿Cómo no? Era beneficioso para ellos, además de que el arcángel había mencionado su tendencia a ir solo ¿Qué mejor ocasión para ellos que no podían ascender que aprovechar la soledad en la reunión para seguirle lavandole el cerebro? Por fortuna ahora había le había concedido el permiso de acompañarle y pese a que tendría que mantenerse en su lugar y no abrir la boca, al menos podría asegurarse, estando siempre a su lado, de que nadie podría seguir hechizandolo. Suspiró, desviando su mirada al cielo estrellado. Tan solo un manto nocturno despejado con pequeños puntos brillantes adornando... Luego observó el camino que la llevaba a su cuarto. Frunció el ceño, de todas formas no tenía sueño y necesitaba despejar la mente por lo que, desplegando sus alas y alzando el vuelo, desvió su camino en otra dirección. Una que ocasionalmente tomaba de forma solitaria y en su mayoría a altas horas de la noche. Sobrevolando la ciudad celestial, traspasó la vivaz animosidad de la ciudad dejando las luces y la civilización detrás, yendo incluso más lejos que las área de las exterminadoras. Las luces comenzaron a apagarse y los ruidos desaparecer tan solo quedándole como compañía el sonido de algún grillo distante o la luz de la luna como su única guía en lo que la oscuridad la rodeaba, más no la asustaba. Pues la oscuridad que bañaba el cielo no era más peligrosa que un mar calmado, tan sólo silencioso y solitario pero sin verdaderas amenazas que se escondieran entre sus sombras. Aún así no estaría a oscuras tanto tiempo pues pronto una luz brillante le llegaría, casi tan cegador como un faro para quien no lo conociera, una luz que al acercarse tomaría la forma de un árbol. Una planta que deslumbraba elegancia y delicadeza pero que también se veía antiguo. Sus alas se batieron para detenerse y luego sus pies tocaron la tierra reseca bajo ella. Un páramo, un desierto cuya una fuente de vida parecía ser aquella planta frente a ella pues no era otro sino el árbol de la vida. En silencio y con cuidado se acercó hasta su grueso tronco, apenas con cauteloso cuidado tocando su corteza un momento en lo que tomaba aire y suspiraba. Tal vez una forma de rendirle respeto antes de volver a volar, esta vez con más calma, hasta poder ascender a una de las tantas ramas y sentarse en ella. Desde allí observó el cielo estrellado cuyas estrellas parecían incluso estar más cerca que antes, más brillantes. Suspirando esbozó una sonrisa aprovechando la calma silenciosa que la rodeaba para aclarar su mente y eliminar sus preocupaciones
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  • asique... ultimamente te has vuelto fanatico de las peliculas, de terror, no? es admirable, conocer que aun tienes ese nervio, esa sensacion al voltear, no? significa que sigues vivo, lo raro con joshua, es que, a pesar de sentirlo, pareciera que busca algo mas, un knock knock que le hara daño, pero que tambien busca, me pregunto si algun dia encontrara, eso que tanto anhela.. esa salvacion, de poder ver algo en las sombras, y volver a sentir miedo, como si no fuera normal, no la rutina de su vida, pero.. eso es realmente bueno para el? es bueno vivir, sabiendo que, esa sombra que vio pasar por la esquina era mera ficcion? que en realidad, lo que vio, era nada mas que su imaginacion? solo el tiempo lo dira, solo la sombra, ese maldito ser que lo atormenta, le dira a joshua, si talvez, solo talvez, esa sombra que vio por la esquina de su ojo, no era solo su imaginacion.
    asique... ultimamente te has vuelto fanatico de las peliculas, de terror, no? es admirable, conocer que aun tienes ese nervio, esa sensacion al voltear, no? significa que sigues vivo, lo raro con joshua, es que, a pesar de sentirlo, pareciera que busca algo mas, un knock knock que le hara daño, pero que tambien busca, me pregunto si algun dia encontrara, eso que tanto anhela.. esa salvacion, de poder ver algo en las sombras, y volver a sentir miedo, como si no fuera normal, no la rutina de su vida, pero.. eso es realmente bueno para el? es bueno vivir, sabiendo que, esa sombra que vio pasar por la esquina era mera ficcion? que en realidad, lo que vio, era nada mas que su imaginacion? solo el tiempo lo dira, solo la sombra, ese maldito ser que lo atormenta, le dira a joshua, si talvez, solo talvez, esa sombra que vio por la esquina de su ojo, no era solo su imaginacion.
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  • El cielo estallaba en colores imposibles.
    Desde lo alto del techo, él observaba en silencio cómo las flores de fuego nacían y morían en cuestión de segundos, iluminando la ciudad dormida. Cada explosión arrancaba murmullos lejanos de alegría, risas que no llegaban hasta allí arriba. Para los demás, era una noche de celebración. Para él… solo era ruido y luz recordándole una ausencia.
    Se abrazó las rodillas, la tela negra de su ropa mezclándose con las sombras. La brisa nocturna agitó suavemente su cabello y sus orejas se inclinaron apenas, como si también escucharan aquello que su corazón no podía callar. Antes, ella estaría a su lado. Le habría señalado el cielo con una sonrisa, diciendo cuál fuego artificial era su favorito, riéndose cuando alguno explotaba de forma torpe.
    Ahora no había nadie que dijera su nombre.
    Detrás de la máscara, su mirada se volvió opaca. Cada destello en el cielo era un recuerdo: su risa, su voz, la calidez de su presencia apoyada en su hombro. El brillo duraba solo un instante… igual que ella se había ido. Demasiado rápido. Demasiado injusto.
    Uno de los fuegos artificiales explotó con más fuerza que los demás, bañando su figura en luz blanca. Por un segundo, creyó verla reflejada en el cielo. Pero cuando la luz se desvaneció, solo quedó la noche.
    Apretó los puños.
    —Si estuvieras aquí… —pensó, sin atreverse a terminar la frase.
    El cielo seguía celebrando, indiferente a su dolor. Y él, sentado sobre aquel techo, comprendió que no dolía ver los fuegos artificiales…
    Dolía verlos sin ella.
    El cielo estallaba en colores imposibles. Desde lo alto del techo, él observaba en silencio cómo las flores de fuego nacían y morían en cuestión de segundos, iluminando la ciudad dormida. Cada explosión arrancaba murmullos lejanos de alegría, risas que no llegaban hasta allí arriba. Para los demás, era una noche de celebración. Para él… solo era ruido y luz recordándole una ausencia. Se abrazó las rodillas, la tela negra de su ropa mezclándose con las sombras. La brisa nocturna agitó suavemente su cabello y sus orejas se inclinaron apenas, como si también escucharan aquello que su corazón no podía callar. Antes, ella estaría a su lado. Le habría señalado el cielo con una sonrisa, diciendo cuál fuego artificial era su favorito, riéndose cuando alguno explotaba de forma torpe. Ahora no había nadie que dijera su nombre. Detrás de la máscara, su mirada se volvió opaca. Cada destello en el cielo era un recuerdo: su risa, su voz, la calidez de su presencia apoyada en su hombro. El brillo duraba solo un instante… igual que ella se había ido. Demasiado rápido. Demasiado injusto. Uno de los fuegos artificiales explotó con más fuerza que los demás, bañando su figura en luz blanca. Por un segundo, creyó verla reflejada en el cielo. Pero cuando la luz se desvaneció, solo quedó la noche. Apretó los puños. —Si estuvieras aquí… —pensó, sin atreverse a terminar la frase. El cielo seguía celebrando, indiferente a su dolor. Y él, sentado sobre aquel techo, comprendió que no dolía ver los fuegos artificiales… Dolía verlos sin ella.
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