• • Las Crónicas De Fenrir Queen •

    ~El día que ella se marchó..~

    Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente.

    Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez.

    Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir.

    Aquella mañana el sonido regresó.

    Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre.

    Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez.

    El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente.

    No.

    No podía ser.

    Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio.

    Fenrir.

    Estaba allí.

    De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo.

    Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos.

    Las banderas negras.

    Los emblemas grabados sobre el metal.

    Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció.

    Todo encajó de golpe.

    Fenrir no era una superviviente.
    No era una chica perdida.
    No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra.

    Ella pertenecía a ellos.

    Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas.
    Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos.

    Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía.

    Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas.

    El contraste era demasiado.

    Su respiración empezó a fallar.

    —…no…—

    La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella.

    —…tú…?—

    Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta.

    Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas.

    Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida.

    Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo.

    Quería odiarla.

    Quería gritarle.

    Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella.

    Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio.

    Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente.

    El aire empezó a vibrar.

    Primero levemente.

    Después violentamente.

    La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante.

    Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia.

    La Resonancia Sísmica del Vacío.

    Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío.

    El cielo mismo parecía partirse.

    Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente.

    Varios soldados perdieron el equilibrio.

    Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas.

    Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor.

    Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella.

    Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
    • Las Crónicas De Fenrir Queen • ~El día que ella se marchó..~ Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente. Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez. Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir. Aquella mañana el sonido regresó. Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre. Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez. El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente. No. No podía ser. Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio. Fenrir. Estaba allí. De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo. Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos. Las banderas negras. Los emblemas grabados sobre el metal. Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció. Todo encajó de golpe. Fenrir no era una superviviente. No era una chica perdida. No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra. Ella pertenecía a ellos. Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas. Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos. Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía. Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas. El contraste era demasiado. Su respiración empezó a fallar. —…no…— La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella. —…tú…?— Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta. Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas. Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida. Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo. Quería odiarla. Quería gritarle. Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella. Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio. Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente. El aire empezó a vibrar. Primero levemente. Después violentamente. La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante. Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia. La Resonancia Sísmica del Vacío. Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío. El cielo mismo parecía partirse. Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente. Varios soldados perdieron el equilibrio. Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas. Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor. Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella. Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Sus sombras se adaptaron a la idea ofrecida y en cuanto se vio al espejo comprendió que era ridícula. ¿Qué hacía ella escuchando consejos?

    —Si no consigo energía suficiente usando esto te juro...
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  • • Las crónicas de fenrir queen•

    ~ El día de kael vireon prt1 ~

    La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.

    Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.

    Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.

    Entonces una voz rompió el silencio.

    —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—

    El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.

    —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—

    Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.

    La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.

    —Llegas tarde otra vez—

    La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.

    Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.

    —Estaba viendo el río—

    —El río seguirá ahí mañana—

    Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.

    Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.

    —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—

    —Eso es exactamente lo preocupante—

    Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.

    Kael los miró en silencio.
    Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.

    Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.

    El sonido de la madera ardiendo.
    La nieve golpeando las ventanas.
    La voz tranquila de su madre.
    La paz.

    Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.

    El amanecer llegó acompañado de algo extraño.

    No fueron gritos al principio.
    Ni explosiones.

    Fue el cielo.

    El cielo había cambiado.

    Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.

    Todo el pueblo quedó inmóvil.

    Confusión.
    Miedo.
    Silencio.

    Y entonces ocurrió.

    Un estruendo.

    El suelo tembló violentamente.

    Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.

    —¡CORRAN!—

    —¡NOS ENCONTRARON!—

    —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—

    Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.

    Su madre.

    —¡Dentro! ¡Ahora!—

    Pero él seguía mirando el cielo.

    Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.

    Venían a conquistar.

    Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.

    Una enorme bandera ondeando entre el humo.

    El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
    • Las crónicas de fenrir queen• ~ El día de kael vireon prt1 ~ La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo. Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos. Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio. Entonces una voz rompió el silencio. —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!— El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta. —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría— Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar. La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos. —Llegas tarde otra vez— La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él. Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo. —Estaba viendo el río— —El río seguirá ahí mañana— Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar. Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro. —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú— —Eso es exactamente lo preocupante— Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa. Kael los miró en silencio. Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera. Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez. El sonido de la madera ardiendo. La nieve golpeando las ventanas. La voz tranquila de su madre. La paz. Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro. El amanecer llegó acompañado de algo extraño. No fueron gritos al principio. Ni explosiones. Fue el cielo. El cielo había cambiado. Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir. Todo el pueblo quedó inmóvil. Confusión. Miedo. Silencio. Y entonces ocurrió. Un estruendo. El suelo tembló violentamente. Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después. —¡CORRAN!— —¡NOS ENCONTRARON!— —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!— Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza. Su madre. —¡Dentro! ¡Ahora!— Pero él seguía mirando el cielo. Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir. Venían a conquistar. Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría. Una enorme bandera ondeando entre el humo. El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
    Me entristece
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  • เผ’ ๐•ป๐–”๐–‘๐–‘๐–Š๐–“ ๐•พ๐–Š๐–•๐–š๐–‘๐–ˆ๐–—๐–Š๐–™๐–š๐–’.

    Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar.
    Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas.

    Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio.
    Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia.

    La tormenta rugió afuera.

    Ella no levantó la vista.

    Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal.

    Alta.

    Cubierta por un velo oscuro.

    Observándola.

    Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata.

    La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque.

    Silencio otra vez.

    Sólo el crepitar de las velas.

    Sólo la lluvia.

    Sólo ella.

    O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda.

    No fueron rápidas.

    No fueron agresivas.

    Odette cerró el herbario con suavidad.

    —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio.

    Las pisadas se detuvieron.

    Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir.

    Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando.

    Aquella risa seguía ahí.

    Suave.

    Siniestra.

    Burlona.

    Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo.

    La herborista tomó una vela de la mesa.

    La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos.

    Un paso.

    Luego otro.

    Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba.
    Burlona. Incitando a Odette a buscarla.

    Primero junto al estante de frascos.

    Luego detrás de las cortinas.

    Después cerca de la puerta.

    Pero siempre fuera de su alcance.

    Odette entrecerró apenas los ojos.

    —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado.

    No obtuvo respuesta.

    Sólo aquel sonido.

    Más cerca ahora.

    Demasiado cerca.

    La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando.

    La risa venía de ahí.

    Podía jurarlo.

    Con lentitud apartó las ramas.

    El rincón estaba vacío.

    No había nadie.

    Ni huellas húmedas sobre el suelo.

    Ni barro.

    Ni ropa empapada.

    Nada.

    Esa risa cesó por completo.

    Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel.

    Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo.

    Un pequeño charco oscuro.

    Espeso.

    No era agua.

    Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

    El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos.

    Retrocedió apenas un paso.

    Confundida.

    Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez.

    Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra...

    La suave risa volvió a burlarse de ella.
    เผ’ ๐•ป๐–”๐–‘๐–‘๐–Š๐–“ ๐•พ๐–Š๐–•๐–š๐–‘๐–ˆ๐–—๐–Š๐–™๐–š๐–’. Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar. Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas. Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio. Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia. La tormenta rugió afuera. Ella no levantó la vista. Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal. Alta. Cubierta por un velo oscuro. Observándola. Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata. La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque. Silencio otra vez. Sólo el crepitar de las velas. Sólo la lluvia. Sólo ella. O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda. No fueron rápidas. No fueron agresivas. Odette cerró el herbario con suavidad. —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio. Las pisadas se detuvieron. Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir. Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando. Aquella risa seguía ahí. Suave. Siniestra. Burlona. Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo. La herborista tomó una vela de la mesa. La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos. Un paso. Luego otro. Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba. Burlona. Incitando a Odette a buscarla. Primero junto al estante de frascos. Luego detrás de las cortinas. Después cerca de la puerta. Pero siempre fuera de su alcance. Odette entrecerró apenas los ojos. —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado. No obtuvo respuesta. Sólo aquel sonido. Más cerca ahora. Demasiado cerca. La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando. La risa venía de ahí. Podía jurarlo. Con lentitud apartó las ramas. El rincón estaba vacío. No había nadie. Ni huellas húmedas sobre el suelo. Ni barro. Ni ropa empapada. Nada. Esa risa cesó por completo. Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel. Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo. Un pequeño charco oscuro. Espeso. No era agua. Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos. Retrocedió apenas un paso. Confundida. Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez. Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra... La suave risa volvió a burlarse de ella.
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  • ( ๐๐„๐“๐“๐„๐‘ ๐ƒ๐€๐˜๐’. )
    โธบ ๐–ฟ๐–พ๐–บ๐—. ๐“จ๐ฏ๐จ๐ง๐ง๐ž

    Los negocios seguían abiertos, las puertas de algunos locales expulsaban música hacia las aceras y el tráfico convertía las avenidas principales en ríos interminables de luces y claxonazos impacientes. La gente volvía a casa arrastrando cansancio en los hombros, cargando bolsas, hablando por teléfono o caminando deprisa sin molestarse en mirar demasiado alrededor... Y eso le convenía, Entre menos rostros hubiese, más fácil era pasar desapercibido.

    El calor atrapado entre las calles todavía persistía y la luz restante le permitía orientarse mejor sin necesidad de esconderse por completo. Aun así, mantenía las manos ocultas en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada, evitando cualquier contacto innecesario.

    No podía dejar de pensar en lo extraño que resultaba estar haciendo aquello, el ir a recoger a alguien. La idea seguía sintiéndose ajena dentro de su cabeza, casi absurda. Durante meses sólo había caminado por necesidad, buscar piezas o sobrevivir un día más. Nunca porque alguien lo estuviera esperando al otro lado del trayecto.

    Pero ahora Yvonne sí lo estaba esperando, ese pensamiento le producía una incomodidad justo debajo de las costillas.
    Cruzó un par de avenidas aprovechando los cambios de semáforo y se internó por calles más tranquilas, donde los árboles comenzaban a proyectar sombras largas sobre el pavimento. Allí el ruido de la ciudad disminuía apenas un poco; ya no había tantos motores rugiendo cerca, sólo el murmullo lejano del tráfico mezclado con aves cantando entre jardines descuidados.

    Había memorizado cada esquina desde la primera vez, las casas con cercas altas, el tramo del pavimiento donde debía tener cuidado al pisar. Le resultaba bastante cómico, pero ahí estaba.
    Cuando finalmente llegó a la calle de Yvonne, redujo apenas el paso.

    El vecindario se sentía distinto a las zonas que solía atravesar. Más silencioso. Más limpio. Las casas parecían demasiado grandes vistas desde fuera, con jardines modestos y ventanas iluminadas que dejaban escapar destellos cálidos hacia el exterior.

    Por un momento permaneció quieto observando la vivienda desde la distancia, como si necesitara convencerse de acercarse otra vez.
    Tomó un respiro, una silenciosa inhalación que le infló el pecho y regresó vitalidad a sus piernas.

    ¿Cómo se supone que debía avisarle que había llegado?, sintió comezón en la nuca por la sola idea. No podía tocar la puerta porque, no sabía si los padres de Yvonne aún estaban en casa.
    Asomaba la cabeza de vez en cuando, porque quizá ella estaría esperándolo en el jardín pero nada.

    Un sonido provocó un respingo involuntario, girándose de golpe hacia el origen de donde provenía. Cerca de unos contenedores de basura había un perro pequeño, ridículamente pequeño observándolo con desconfianza absoluta. El animal apenas le llegaba a media pantorrilla, pero aún así ladraba como si no tuviese a salir volando de una patada. El susto le había tensado todos los músculos durante un instante, suspirando al ver que no era gran amenaza.

    Frunció apenas el ceño mirando al diminuto animal.

    — ... Cállate.

    Murmuró en voz baja, más confundido que molesto.
    Y aún no había señal alguna de la mujer tras esa puerta.
    ( ๐๐„๐“๐“๐„๐‘ ๐ƒ๐€๐˜๐’. ) โธบ ๐–ฟ๐–พ๐–บ๐—. [doucevi3] Los negocios seguían abiertos, las puertas de algunos locales expulsaban música hacia las aceras y el tráfico convertía las avenidas principales en ríos interminables de luces y claxonazos impacientes. La gente volvía a casa arrastrando cansancio en los hombros, cargando bolsas, hablando por teléfono o caminando deprisa sin molestarse en mirar demasiado alrededor... Y eso le convenía, Entre menos rostros hubiese, más fácil era pasar desapercibido. El calor atrapado entre las calles todavía persistía y la luz restante le permitía orientarse mejor sin necesidad de esconderse por completo. Aun así, mantenía las manos ocultas en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada, evitando cualquier contacto innecesario. No podía dejar de pensar en lo extraño que resultaba estar haciendo aquello, el ir a recoger a alguien. La idea seguía sintiéndose ajena dentro de su cabeza, casi absurda. Durante meses sólo había caminado por necesidad, buscar piezas o sobrevivir un día más. Nunca porque alguien lo estuviera esperando al otro lado del trayecto. Pero ahora Yvonne sí lo estaba esperando, ese pensamiento le producía una incomodidad justo debajo de las costillas. Cruzó un par de avenidas aprovechando los cambios de semáforo y se internó por calles más tranquilas, donde los árboles comenzaban a proyectar sombras largas sobre el pavimento. Allí el ruido de la ciudad disminuía apenas un poco; ya no había tantos motores rugiendo cerca, sólo el murmullo lejano del tráfico mezclado con aves cantando entre jardines descuidados. Había memorizado cada esquina desde la primera vez, las casas con cercas altas, el tramo del pavimiento donde debía tener cuidado al pisar. Le resultaba bastante cómico, pero ahí estaba. Cuando finalmente llegó a la calle de Yvonne, redujo apenas el paso. El vecindario se sentía distinto a las zonas que solía atravesar. Más silencioso. Más limpio. Las casas parecían demasiado grandes vistas desde fuera, con jardines modestos y ventanas iluminadas que dejaban escapar destellos cálidos hacia el exterior. Por un momento permaneció quieto observando la vivienda desde la distancia, como si necesitara convencerse de acercarse otra vez. Tomó un respiro, una silenciosa inhalación que le infló el pecho y regresó vitalidad a sus piernas. ¿Cómo se supone que debía avisarle que había llegado?, sintió comezón en la nuca por la sola idea. No podía tocar la puerta porque, no sabía si los padres de Yvonne aún estaban en casa. Asomaba la cabeza de vez en cuando, porque quizá ella estaría esperándolo en el jardín pero nada. Un sonido provocó un respingo involuntario, girándose de golpe hacia el origen de donde provenía. Cerca de unos contenedores de basura había un perro pequeño, ridículamente pequeño observándolo con desconfianza absoluta. El animal apenas le llegaba a media pantorrilla, pero aún así ladraba como si no tuviese a salir volando de una patada. El susto le había tensado todos los músculos durante un instante, suspirando al ver que no era gran amenaza. Frunció apenas el ceño mirando al diminuto animal. — ... Cállate. Murmuró en voz baja, más confundido que molesto. Y aún no había señal alguna de la mujer tras esa puerta.
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  • ใ€Š ARCHIVE 002 - A CRIME WITHOUT A CULPRIT ใ€‹
    La luz tenue del candelabro de cristal apenas conseguía disipar las sombras que se alargaban por el salón. Joon Bokkel permanecía de pie en medio de aquella opulenta habitación, con la cabeza ligeramente inclinada y una mano enguantada presionando su sien, como si intentara contener el torrente de pensamientos que lo invadían.

    El nuevo expediente descansaba sobre el piano de cola, abierto como una herida fría y silenciosa. Otro caso. Otro escenario impecable.

    No había huellas que no pertenecieran a la víctima. No había señales de forcejeo. Ningún rastro de ADN extraño, ni una sola cámara en los alrededores que hubiera captado algo más que oscuridad. El crimen había sido ejecutado con una precisión quirúrgica, casi artística, dejando solo un vacío absoluto donde debería haber estado el culpable.

    Era uno de esos casos que parecían burlarse de la razón misma: un rompecabezas sin piezas. Un asesino que se había desvanecido como humo entre las cortinas de terciopelo y los muebles antiguos.

    Joon exhaló lentamente, su mirada cansada recorriendo los detalles del salón. La chaqueta oscura le pesaba sobre los hombros. A sus 28 años, había aprendido que los peores monstruos no siempre dejaban sangre en las manos; a veces dejaban solo silencio, elegancia y una ausencia tan perfecta que rayaba en lo insultante.

    Se acercó al piano con pasos lentos. Sus dedos rozaron el borde del expediente, deteniéndose sobre una fotografía de la escena.

    Familias destrozadas esperaban respuestas. La prensa empezaba a murmurar sobre “el crimen imposible”. Y él… él solo sentía ese fuego familiar ardiendo en el pecho: la obstinada negativa a aceptar que existiera un caso sin culpable.
    ใ€Š ARCHIVE 002 - A CRIME WITHOUT A CULPRIT ใ€‹ La luz tenue del candelabro de cristal apenas conseguía disipar las sombras que se alargaban por el salón. Joon Bokkel permanecía de pie en medio de aquella opulenta habitación, con la cabeza ligeramente inclinada y una mano enguantada presionando su sien, como si intentara contener el torrente de pensamientos que lo invadían. El nuevo expediente descansaba sobre el piano de cola, abierto como una herida fría y silenciosa. Otro caso. Otro escenario impecable. No había huellas que no pertenecieran a la víctima. No había señales de forcejeo. Ningún rastro de ADN extraño, ni una sola cámara en los alrededores que hubiera captado algo más que oscuridad. El crimen había sido ejecutado con una precisión quirúrgica, casi artística, dejando solo un vacío absoluto donde debería haber estado el culpable. Era uno de esos casos que parecían burlarse de la razón misma: un rompecabezas sin piezas. Un asesino que se había desvanecido como humo entre las cortinas de terciopelo y los muebles antiguos. Joon exhaló lentamente, su mirada cansada recorriendo los detalles del salón. La chaqueta oscura le pesaba sobre los hombros. A sus 28 años, había aprendido que los peores monstruos no siempre dejaban sangre en las manos; a veces dejaban solo silencio, elegancia y una ausencia tan perfecta que rayaba en lo insultante. Se acercó al piano con pasos lentos. Sus dedos rozaron el borde del expediente, deteniéndose sobre una fotografía de la escena. Familias destrozadas esperaban respuestas. La prensa empezaba a murmurar sobre “el crimen imposible”. Y él… él solo sentía ese fuego familiar ardiendo en el pecho: la obstinada negativa a aceptar que existiera un caso sin culpable.
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  • † ๐•ฏ๐–Š๐–’๐–”๐–“ ๐–•๐–†๐–—๐–™๐–“๐–Š๐–— †
    Categorรญa Terror
    El silencio sepulcral inundaba las salas, como si se tratase de una maldición, pero la bruja disfrutaba la soledad de su hogar, el gran caserón que parecía eterno, pasillos largos, amplios y llenos de habitaciones que tal vez nunca habían tenido dueño, pero existían; habitaciones con el propósito de llenarlas de vida. La reina anterior del aquelarre, la madre de Catherine, siempre quiso tener muchos hijos. Pero un parto como el que ella tuvo le secó la matriz. Ni un hijo más podría nacer de ella, pues la parte demoníaca de Cath le arrancó cada vestigio de nueva vida, su egoísmo existía desde que ella era del tamaño de un haba.

    No había manera entonces de que esa casa tuviera tantas brujas como en su momento deseó ella. Cuando se hizo del aquelarre, todas las brujas incluyéndola, llegaron a un acuerdo, cada luna llena iban a reunirse, el árbol gigantesco en el bosque de la Luna era el lugar de reunión, a la vista el trono de madera de la Reina bruja. Así que... El silencio siempre era el acompañante de Catherine, pero a veces... Ciertas veces... Necesitaba sentir que alguien le escuchaba. No necesitaba consejo, una bruja como ella no.

    En una de esas tantas noches de insomnio, donde las sombras de los que se ha llevado danzaban alrededor de su cama, la vela revelaba sus formas sobre la pared, ansiosos de ser notados por su ama. ¿Debería hacer que una sombra sea su acompañante? No, una sombra no... Las sombras son sus esclavos. Las sombras aprenden a torturar, a guiar a los demás a la locura. No hablan, no gritan, solo danzan hasta que la persona no puede resistir y su esencia viene a Cath, su nueva dueña.

    Necesitaba a alguien inteligente, que pudiera hacer todo tipo de cosas... Alguien con voz. Un humano adulador no iba a servir. Sabía ahora lo que tenía que hacer, una hija de la unión de la noche tenía que poseer a alguien que pudiera con todo lo que Catherine representaba.

    — ๐–€๐–“ ๐–‰๐–Š๐–’๐–”๐–“๐–Ž๐–”... ๐•น๐–”. ๐–€๐–“๐–† ๐–‰๐–Š๐–’๐–”๐–“๐–Ž๐–”. —

    En el infierno las clasificaciones eran estúpidas y la mayoría no tenía género, pero ella no podía confiarle su espalda a algo que pudiera mínimamente ser hombre, masculino, agh.

    Movió la diestra para hacer que las sombras se fueran, el espectáculo terminó. Se levantó en su perfecta desnudez a su área de trabajo. Dibujó un círculo en el suelo con pintura roja, conocía el ritual de invocación muy bien, alguna vez trajo algo horrores Elritch, usó su propia sangre para invocar eso que ella tanto deseaba, aunque al principio quisiera ocultarlo. El sacrificio era la sangre demoníaca con humana, su deseo de una compañía apta para ella, para la bruja más fuerte.

    — ๐–๐–Š๐–“ ๐–† ๐–’í, ๐–•๐–Š๐––๐–š๐–Šñ๐–†. ๐–๐–Š๐–“ ๐–† ๐–™๐–”๐–’๐–†๐–— ๐–™๐–š ๐–‘๐–š๐–Œ๐–†๐–— ๐–ˆ๐–”๐–’๐–” ๐–’๐–Ž ๐–†๐–ˆ๐–”๐–’๐–•๐–†ñ๐–†๐–“๐–™๐–Š. —
    El silencio sepulcral inundaba las salas, como si se tratase de una maldición, pero la bruja disfrutaba la soledad de su hogar, el gran caserón que parecía eterno, pasillos largos, amplios y llenos de habitaciones que tal vez nunca habían tenido dueño, pero existían; habitaciones con el propósito de llenarlas de vida. La reina anterior del aquelarre, la madre de Catherine, siempre quiso tener muchos hijos. Pero un parto como el que ella tuvo le secó la matriz. Ni un hijo más podría nacer de ella, pues la parte demoníaca de Cath le arrancó cada vestigio de nueva vida, su egoísmo existía desde que ella era del tamaño de un haba. No había manera entonces de que esa casa tuviera tantas brujas como en su momento deseó ella. Cuando se hizo del aquelarre, todas las brujas incluyéndola, llegaron a un acuerdo, cada luna llena iban a reunirse, el árbol gigantesco en el bosque de la Luna era el lugar de reunión, a la vista el trono de madera de la Reina bruja. Así que... El silencio siempre era el acompañante de Catherine, pero a veces... Ciertas veces... Necesitaba sentir que alguien le escuchaba. No necesitaba consejo, una bruja como ella no. En una de esas tantas noches de insomnio, donde las sombras de los que se ha llevado danzaban alrededor de su cama, la vela revelaba sus formas sobre la pared, ansiosos de ser notados por su ama. ¿Debería hacer que una sombra sea su acompañante? No, una sombra no... Las sombras son sus esclavos. Las sombras aprenden a torturar, a guiar a los demás a la locura. No hablan, no gritan, solo danzan hasta que la persona no puede resistir y su esencia viene a Cath, su nueva dueña. Necesitaba a alguien inteligente, que pudiera hacer todo tipo de cosas... Alguien con voz. Un humano adulador no iba a servir. Sabía ahora lo que tenía que hacer, una hija de la unión de la noche tenía que poseer a alguien que pudiera con todo lo que Catherine representaba. — ๐–€๐–“ ๐–‰๐–Š๐–’๐–”๐–“๐–Ž๐–”... ๐•น๐–”. ๐–€๐–“๐–† ๐–‰๐–Š๐–’๐–”๐–“๐–Ž๐–”. — En el infierno las clasificaciones eran estúpidas y la mayoría no tenía género, pero ella no podía confiarle su espalda a algo que pudiera mínimamente ser hombre, masculino, agh. Movió la diestra para hacer que las sombras se fueran, el espectáculo terminó. Se levantó en su perfecta desnudez a su área de trabajo. Dibujó un círculo en el suelo con pintura roja, conocía el ritual de invocación muy bien, alguna vez trajo algo horrores Elritch, usó su propia sangre para invocar eso que ella tanto deseaba, aunque al principio quisiera ocultarlo. El sacrificio era la sangre demoníaca con humana, su deseo de una compañía apta para ella, para la bruja más fuerte. — ๐–๐–Š๐–“ ๐–† ๐–’í, ๐–•๐–Š๐––๐–š๐–Šñ๐–†. ๐–๐–Š๐–“ ๐–† ๐–™๐–”๐–’๐–†๐–— ๐–™๐–š ๐–‘๐–š๐–Œ๐–†๐–— ๐–ˆ๐–”๐–’๐–” ๐–’๐–Ž ๐–†๐–ˆ๐–”๐–’๐–•๐–†ñ๐–†๐–“๐–™๐–Š. —
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  • โธป "๐ป๐‘’'๐‘  ๐‘—๐‘ข๐‘ ๐‘ก ๐‘Ž ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘๐‘–๐‘ ๐‘ก. ๐ด ๐‘Ÿ๐‘’๐‘š๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘˜๐‘Ž๐‘๐‘™๐‘’ ๐‘š๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘˜๐‘ ๐‘š๐‘Ž๐‘›, ๐‘›๐‘œ๐‘ค ๐‘—๐‘ข๐‘ ๐‘ก ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘›. ๐ด ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘ค๐˜ฉ๐‘œ'๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘–๐‘“๐‘’ ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘–๐‘™๐‘™ ๐‘ก๐‘œ ๐‘™๐‘–๐‘ฃ๐‘’. ๐‘๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘™๐‘’๐‘“๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘–๐‘ฃ๐‘’. ๐ต๐‘Ÿ๐‘œ๐‘˜๐‘’๐‘› ๐‘ก๐‘œ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘๐‘œ๐‘Ÿ๐‘’. ๐ป๐‘œ๐‘ค ๐‘‘๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ข๐‘  ๐‘๐‘œ๐‘ข๐‘™๐‘‘ ๐˜ฉ๐‘’ ๐‘๐‘’.แฃ"

    Bronson cuestionó de forma retórica a su compañero, Goodlove, escarneciendo al hombre que tenía enfrente sin apartar su mirada de él; una llena de repudio y desprecio por ver en lo que se había convertido tras “abandonar” a sus camaradas. O al menos, así lo veía él—como una traición imperdonable de lo que se suponía era una familia.

    El excapitán Goodlove no replicó, manteniéndose cruzado de brazos entre las sombras.

    El sudor frío se mezclaba con la sangre tibia que corría por la sien de James. Le faltaba el aire, pero eso no le impidió dar una calada al cigarrillo que su antiguo capitán le había ofrecido durante el improvisado interrogatorio. Tenía años sin fumar, desde que había conocido a su esposa. Cuando exhaló el humo, no pudo evitar toser, frunciendo el ceño y apretando los dientes por la sensación de punzante dolor, gracias a las costillas rotas en su costado derecho.

    Y aún así, tuvo la fuerza para soltar una dolorosa carcajada, llena de sorna. Decidió él responder a la interrogante que había quedado en el aire, volteando hacía Bronson con una mirada de lastimosa simpatía; una provocación imbuida en su propia expresión.

    โธป "๐‘ƒ๐‘’๐‘œ๐‘๐‘™๐‘’ ๐‘ก๐‘’๐‘›๐‘‘ ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘’๐‘ก ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘Ÿ๐‘œ๐‘›๐‘”, ๐‘ ๐‘’๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘”๐‘’๐‘›๐‘ก. ๐ผ ๐‘‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘Ž๐‘ ๐‘˜ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘›; ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘›'๐‘  ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘“๐‘Ÿ๐‘’๐‘’.แฃ ๐‘Š๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐˜ฉ๐‘’'๐‘  ๐‘”๐‘œ๐‘ก ๐‘›๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘™๐‘’๐‘“๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘™๐‘œ๐‘ ๐‘’, ๐‘ ๐‘ข๐‘Ÿ๐‘’๐‘™๐‘ฆ. ๐ต๐‘ข๐‘ก ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐‘–๐‘  ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘™๐‘ฆ ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘Ž๐‘ก ๐‘–๐‘ก’๐‘  ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘‘๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ข๐‘ .แฃ ๐‘‡๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก, ๐‘–๐‘› ๐‘Ÿ๐‘’๐‘Ž๐‘™๐‘–๐‘ก๐‘ฆ, ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐˜ฉ๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘š๐‘Ž๐‘ก๐‘ก๐‘’๐‘Ÿ๐‘  ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐˜ฉ๐‘–๐‘š ๐‘ก๐‘Ž๐‘˜๐‘’๐‘› ๐‘Ž๐‘ค๐‘Ž๐‘ฆ.”

    Bronson arqueó una ceja, escéptico acerca de la narrativa de Lautrec. Goodlove sonrió de forma retorcida para sí mismo. Una pausa prosiguió; una calada, otro acceso de tos. Otra mirada, esta vez, llena de rencor.

    โธป “๐ด๐‘›๐‘‘ ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข’๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘Ž๐‘๐‘œ๐‘ข๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘“๐‘–๐‘›๐‘‘ ๐‘œ๐‘ข๐‘ก ๐‘ค๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘๐‘’๐‘›๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข ๐‘š๐‘–๐‘ฅ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘š ๐‘๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ. ๐‘‡๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก, ๐ผ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ฃ๐‘’ ๐‘๐‘™๐‘’๐‘›๐‘ก๐‘ฆ ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘–๐‘ฃ๐‘’ ๐‘ ๐‘ก๐‘–๐‘™๐‘™.”
    โธป "๐ป๐‘’'๐‘  ๐‘—๐‘ข๐‘ ๐‘ก ๐‘Ž ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘๐‘–๐‘ ๐‘ก. ๐ด ๐‘Ÿ๐‘’๐‘š๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘˜๐‘Ž๐‘๐‘™๐‘’ ๐‘š๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘˜๐‘ ๐‘š๐‘Ž๐‘›, ๐‘›๐‘œ๐‘ค ๐‘—๐‘ข๐‘ ๐‘ก ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘›. ๐ด ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘ค๐˜ฉ๐‘œ'๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘–๐‘“๐‘’ ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘–๐‘™๐‘™ ๐‘ก๐‘œ ๐‘™๐‘–๐‘ฃ๐‘’. ๐‘๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘™๐‘’๐‘“๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘–๐‘ฃ๐‘’. ๐ต๐‘Ÿ๐‘œ๐‘˜๐‘’๐‘› ๐‘ก๐‘œ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘๐‘œ๐‘Ÿ๐‘’. ๐ป๐‘œ๐‘ค ๐‘‘๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ข๐‘  ๐‘๐‘œ๐‘ข๐‘™๐‘‘ ๐˜ฉ๐‘’ ๐‘๐‘’.แฃ" Bronson cuestionó de forma retórica a su compañero, Goodlove, escarneciendo al hombre que tenía enfrente sin apartar su mirada de él; una llena de repudio y desprecio por ver en lo que se había convertido tras “abandonar” a sus camaradas. O al menos, así lo veía él—como una traición imperdonable de lo que se suponía era una familia. El excapitán Goodlove no replicó, manteniéndose cruzado de brazos entre las sombras. El sudor frío se mezclaba con la sangre tibia que corría por la sien de James. Le faltaba el aire, pero eso no le impidió dar una calada al cigarrillo que su antiguo capitán le había ofrecido durante el improvisado interrogatorio. Tenía años sin fumar, desde que había conocido a su esposa. Cuando exhaló el humo, no pudo evitar toser, frunciendo el ceño y apretando los dientes por la sensación de punzante dolor, gracias a las costillas rotas en su costado derecho. Y aún así, tuvo la fuerza para soltar una dolorosa carcajada, llena de sorna. Decidió él responder a la interrogante que había quedado en el aire, volteando hacía Bronson con una mirada de lastimosa simpatía; una provocación imbuida en su propia expresión. โธป "๐‘ƒ๐‘’๐‘œ๐‘๐‘™๐‘’ ๐‘ก๐‘’๐‘›๐‘‘ ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘’๐‘ก ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐‘Ÿ๐‘œ๐‘›๐‘”, ๐‘ ๐‘’๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘”๐‘’๐‘›๐‘ก. ๐ผ ๐‘‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘Ž๐‘ ๐‘˜ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘›; ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘›'๐‘  ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘“๐‘Ÿ๐‘’๐‘’.แฃ ๐‘Š๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐˜ฉ๐‘’'๐‘  ๐‘”๐‘œ๐‘ก ๐‘›๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘™๐‘’๐‘“๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘™๐‘œ๐‘ ๐‘’, ๐‘ ๐‘ข๐‘Ÿ๐‘’๐‘™๐‘ฆ. ๐ต๐‘ข๐‘ก ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐‘–๐‘  ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘™๐‘ฆ ๐‘Ž ๐‘š๐‘Ž๐‘› ๐‘Ž๐‘ก ๐‘–๐‘ก’๐‘  ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘‘๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ข๐‘ .แฃ ๐‘‡๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก, ๐‘–๐‘› ๐‘Ÿ๐‘’๐‘Ž๐‘™๐‘–๐‘ก๐‘ฆ, ๐‘–๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐˜ฉ๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘š๐‘Ž๐‘ก๐‘ก๐‘’๐‘Ÿ๐‘  ๐‘š๐‘œ๐‘ ๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐˜ฉ๐‘–๐‘š ๐‘ก๐‘Ž๐‘˜๐‘’๐‘› ๐‘Ž๐‘ค๐‘Ž๐‘ฆ.” Bronson arqueó una ceja, escéptico acerca de la narrativa de Lautrec. Goodlove sonrió de forma retorcida para sí mismo. Una pausa prosiguió; una calada, otro acceso de tos. Otra mirada, esta vez, llena de rencor. โธป “๐ด๐‘›๐‘‘ ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข’๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘Ž๐‘๐‘œ๐‘ข๐‘ก ๐‘ก๐‘œ ๐‘“๐‘–๐‘›๐‘‘ ๐‘œ๐‘ข๐‘ก ๐‘ค๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘๐‘’๐‘›๐‘  ๐‘ค๐˜ฉ๐‘’๐‘› ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข ๐‘š๐‘–๐‘ฅ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’๐‘š ๐‘๐‘œ๐‘ก๐˜ฉ. ๐‘‡๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก, ๐ผ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ฃ๐‘’ ๐‘๐‘™๐‘’๐‘›๐‘ก๐‘ฆ ๐‘ก๐‘œ ๐‘”๐‘–๐‘ฃ๐‘’ ๐‘ ๐‘ก๐‘–๐‘™๐‘™.”
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  • เผ’ ๐•ป๐–†๐–•๐–†๐–›๐–Š๐–— ๐•พ๐–”๐–’๐–“๐–Ž๐–‹๐–Š๐–—๐–š๐–’.

    En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual.
    La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla.

    Y aun así, alguien caminaba.

    El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora.
    Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre.

    Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera.
    La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar.
    Entonces la ventana se cerró de golpe.

    Odette continuó caminando.
    Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla.

    La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal.

    Odette se detuvo esta vez.

    Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola.
    El aire olía extraño.
    No a cadáver. No a enfermedad.
    A flores.
    Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd.

    La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle.

    Odette bajó la mirada.

    Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino.

    La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón.
    Allí no había puertas ni ventanas.
    Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas.

    Y en medio de la pared… Una silla.
    Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra.

    Odette observó el lugar en silencio.

    Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara.
    Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras.
    Como si algo hubiese florecido detrás del muro.

    Entonces escuchó el golpe.
    Suave. Del otro lado.

    …toc.

    Otro más.

    …toc.

    Lento... Paciente...
    Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie.

    Odette siguió su camino.

    Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
    เผ’ ๐•ป๐–†๐–•๐–†๐–›๐–Š๐–— ๐•พ๐–”๐–’๐–“๐–Ž๐–‹๐–Š๐–—๐–š๐–’. En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual. La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla. Y aun así, alguien caminaba. El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora. Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre. Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera. La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar. Entonces la ventana se cerró de golpe. Odette continuó caminando. Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla. La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal. Odette se detuvo esta vez. Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola. El aire olía extraño. No a cadáver. No a enfermedad. A flores. Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd. La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle. Odette bajó la mirada. Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino. La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón. Allí no había puertas ni ventanas. Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas. Y en medio de la pared… Una silla. Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra. Odette observó el lugar en silencio. Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara. Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras. Como si algo hubiese florecido detrás del muro. Entonces escuchó el golpe. Suave. Del otro lado. …toc. Otro más. …toc. Lento... Paciente... Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie. Odette siguió su camino. Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
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  • † ๐•น๐–Ž๐–Œ๐–๐–™๐–’๐–†๐–—๐–Š †

    [Canción si quieren que el rol sea más inmersivo, es la que usé como inspiración: https://www.youtube.com/watch?v=xMraIqfl1ro ]

    Un sonido apenas reconocible. Venido en aumento mientras podía encontrarle sentido a ese ruido, pero dentro de todo era muy familiar, lo había escuchado antes, varias veces, sí, muchas veces. Pero algo extraño parecía apoderarse de lo que normalmente era una alegre canción circense... Como si un toque oscuro estuviera dominando el ritmo. Abrió los párpados de inmediato, la oscuridad de la habitación parecía consumirlo todo, apenas un atisbo de luz lunar se colaba entre las cortinas.

    Se puso en pie, ni siquiera se detuvo a ponerse nada en los pies, pues la música extraña parecía cada vez estar más fuerte, como si el volumen fuera de menos a mucho más, el ruido debía despertar a todos los vecinos si seguía así. Abrió la puerta y salió, en cuanto puso ambos pies afuera un azote lo dejó ahí. Cuando se giró a intentar abrir de nuevo, la puerta había desaparecido. El panorama de lo que una vez fue el exterior de su habitación, ahora parecía un enorme circo con la luna brillando en todo su esplendor. Una imagen que le hizo estremecer. La música se mantuvo en todo momento, repitiéndose la misma canción macabra, capaz de provocarle miedo. Habría querido huir, pero no había a dónde, todo a su alrededor parecía un paisaje espejo, lo que había de un lado estaba del otro, pero lo más difícil no era eso, no, no... Era soportar las miradas, en esa oscuridad de colores acromáticos, blanco y negro por todo lado... y después solo gris, y más negro... Y más negro... Y miradas que podían atravesarle hasta el espíritu, música que le hacía sentir incómodo, pero no podía moverse. Cualquier paso parecía guiarlo dentro de una carpa, como si estuviesen muy cerca, aunque se veían lejos.

    La música cambió, una melodía mucho más oscura, mucho más tétrica, que marcó la entrada de un pequeño coche rojo, tan pequeño que apenas cabrían niños, pero cuando éste se detuvo a unos metros de él, la puertecita del conductor se abrió de golpe. Una muy larga pierna salió de ahí, después un cuerpo delgado, largo, mucho más largo que cualquier persona, vestido de rayas acromáticas también. Un mimo, un mimo horrendo, gigante, el rostro sin gesto, pero una de sus manos le hizo un saludo, moviendo intercaladamente sus dedos largos y con uñas igualmente enormes. No lo soportó, echó a correr hacía el otro lado. El otro circo, el que estaba a su espalda, no parecía haber carrito ahí, pero en cuanto dio un par de pasos hacía él entró a un cuarto lleno de máscaras, unas tristes, otras felices, pero cada una tenía un aspecto más traumática que la anterior, intentando encontrar una salida mientras su mirada evitaba a las máscaras, de repente, entre ellas, un mimo como el de antes, pero con unos cinco pares extra de brazos, empezó a seguirlo, primero lento, ocultándose entre las sombras, pero una vez que él le vio por el rabillo del ojo, no había nada que ocultar, el corazón parecía que iba a salirse de su pecho, porque corría tan rápido como le permitían sus piernas.

    Pero, en un mundo sin reglas, el monstruo se adueñó de él. Soltó unas máscaras para tomarlo entre cuatro manos, lo alzó, su rostro sin expresión era el peor, mientras empezaba a jalarlo con tanta fuerza que parecía que lo iba a romper, hasta que la tela crujió. Y después su piel. Pues lo había tomado por las extremidades hasta que lo partió en cuatro.

    ๐•ฝ๐–Ž๐–Ž๐–Ž๐–Ž๐–Ž๐–Ž๐–Ž๐–“๐–Œ

    La alarma sonó, fuerte. Tanto que lo hizo saltar de la cama, retomó el aire, estuvo llorando... Incluso... Sus sábanas estaban mojadas. Era de día porque el sol le permitió ver como se orinó por un simple sueño, un dulce sueño... Una pequeñez. Sobre la otra almohada encontró un encantador detalle, un antifaz. Acromático.

    ๐•ฎ๐–†๐–™๐–๐–Š๐–—๐–Ž๐–“๐–Š ๐–‰๐–Š ๐–›๐–Š๐–—๐–‰๐–†๐–‰ ๐–‰๐–Š๐–˜๐–Š๐–†๐–‡๐–† ๐––๐–š๐–Š ๐–Š๐–˜๐–Š ๐–”๐–‡๐–˜๐–Š๐––๐–š๐–Ž๐–” ๐–‘๐–Š ๐–Œ๐–š๐–˜๐–™๐–†๐–—๐–† ๐–’๐–š๐–ˆ๐–๐–”, ๐–Ž๐–‡๐–† ๐–† ๐–“๐–Š๐–ˆ๐–Š๐–˜๐–Ž๐–™๐–†๐–—๐–‘๐–” ๐–Š๐–“ ๐–˜๐–š๐–˜ ๐–“๐–”๐–ˆ๐–๐–Š๐–˜ ๐–‰๐–Š ๐–ˆ๐–Ž๐–—๐–ˆ๐–”.
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