• Eclipse Conjurado

    Fondo Musical:

    https://www.youtube.com/watch?v=H0vMGJXtTLc

    Emblemático, supremo, tan dadivoso que hasta las golondrinas podían sentirlo relucir de entre todos los entramados. Se mueve como una oruga, ondulante y de presteza acérrima; quién sino como en el cómo equilibrar la grandeza de su ensoñación. Eleva la crucialita de la aurora boreal de su rostro. Las gotas de sus cuencas, de vestimenta de bruna osadía, hieden a incienso y candores incorruptos. La rueda del tiempo cabalga sobre su pelvis, corrompida por los laureles que arropan la estructura de su corporeidad.

    Esa tan ajena a lo casual de las bestias y estrellas, sangre y altares que forman los aromas de su cuerpo.

    Se persigna, se persigna, se persigna. Sus treinta y tres extremidades hacen el amor con la anatomía de esa nieve lluvia, garganta, espalda, mano y sien que son sometidas a la tortura de sus ecos nacientes. Cercenadas sus primeras almas decaen en el pozo del purgatorio, como una cascada sobre el embrollo de sus versales, de tan crecientes crisálidas indistintas de parir a la villanía de sus pensamientos: venideros de su imaginación.

    Ondula, rasga, acalla su mudez. Muge, ladra, bala y su voz no perfora la pared de hierro, porque los cordeles del eclipse que lo ha reclamado como suyo, cala por sus huesos. Los clavos de la esclavitud con la que lo han condenado enciende la llamada de a los más santos soñadores.

    Frialdad inevitable, gala presea que degüella la profundidad de sus espejismos.

    Trocean los más inmolados la veintena de sus dedos; quedan otras docenas más por las que repartir entre las crías que escudan sus amainadas promesas. Crecen sus alabeos de desideratas. Decrecen sus solfeos de liras labradas con huesos de sus costillas.

    Dignifican el conjuro sobre el mural del teatro en el que representa la buena obra por la que ha arribado al equilibrio de ese planeta corrompido por sendos exterminios. Es un príncipe o una princesa, no se sabe cuál, a la espera de su propio yo. Corrompida su doblegues de premura acaudala; los primeros ritos, segundos compases, terceros valses provocan el emerger del coseno de su madre en el centro de las entrañas del mismísimo regente amanecido.

    Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne.

    Equilibrio del conjurado que sostiene el machete sobre la bilis que ensucia sus labiales y el tronco de su garganta. Muge, ladra y bala con la espesura de un rosal, al instante en que encalla en las orillas. Le reciben con la locura anunciada a sus abismos de emancipación. Con canela desdobla los puntos de la playa. Crea y ejecuta empinadas obras maestras.

    Chocan y vibran, vibran y chocan en el terrario donde las mariposas son depuestas en frascos que encierran a sus deseos. Su garganta es cercenada y el manantial decae de entre el clamor de la comedia, que se luce en su ser con inevitables capacidades de ser riego de mantos y otros conjuros, que en la aldea se pueden sopesar como una buena nueva para los más propensos a ser nacimiento de esperanza.

    Gracia de lunares, en Fa sostenida. Equilibrio de pastizales sobre el puente de mis mejillas. Tersura de rostros, soy un príncipe de sueños. Un Ángel clandestino en tiempo de obsidianas. Maltrecho de corazón, ruego por nosotros en este orfanatorio de poetas muertos. Quien a la causa ennoblece sus extremidades, las junta con un entramado de prismas.

    Un sollozo de espinas renace de entre sus piernas. Muge, ladra y bala y la música sostiene el terror de su mente, la que te imagina con tu manzana dorada en el contraes del arrullo de tus labios. Arrullas a los gritos de otros prisioneros que se decapitan a sí mismos, con malsana y crudezas agallas.

    El eclipse que anuncia la prontitud de la mortandad, es una vez y sólo una vez, de amalgamas de otros tantos afluentes de libertad. De santos aparecidos. De santos cercenados. De otros tantos que se dan las manos en amaestra hambruna y que hacen el amor para romper la maldición de valles de crisantemos y cardenales de plata.
    Eclipse Conjurado Fondo Musical: https://www.youtube.com/watch?v=H0vMGJXtTLc Emblemático, supremo, tan dadivoso que hasta las golondrinas podían sentirlo relucir de entre todos los entramados. Se mueve como una oruga, ondulante y de presteza acérrima; quién sino como en el cómo equilibrar la grandeza de su ensoñación. Eleva la crucialita de la aurora boreal de su rostro. Las gotas de sus cuencas, de vestimenta de bruna osadía, hieden a incienso y candores incorruptos. La rueda del tiempo cabalga sobre su pelvis, corrompida por los laureles que arropan la estructura de su corporeidad. Esa tan ajena a lo casual de las bestias y estrellas, sangre y altares que forman los aromas de su cuerpo. Se persigna, se persigna, se persigna. Sus treinta y tres extremidades hacen el amor con la anatomía de esa nieve lluvia, garganta, espalda, mano y sien que son sometidas a la tortura de sus ecos nacientes. Cercenadas sus primeras almas decaen en el pozo del purgatorio, como una cascada sobre el embrollo de sus versales, de tan crecientes crisálidas indistintas de parir a la villanía de sus pensamientos: venideros de su imaginación. Ondula, rasga, acalla su mudez. Muge, ladra, bala y su voz no perfora la pared de hierro, porque los cordeles del eclipse que lo ha reclamado como suyo, cala por sus huesos. Los clavos de la esclavitud con la que lo han condenado enciende la llamada de a los más santos soñadores. Frialdad inevitable, gala presea que degüella la profundidad de sus espejismos. Trocean los más inmolados la veintena de sus dedos; quedan otras docenas más por las que repartir entre las crías que escudan sus amainadas promesas. Crecen sus alabeos de desideratas. Decrecen sus solfeos de liras labradas con huesos de sus costillas. Dignifican el conjuro sobre el mural del teatro en el que representa la buena obra por la que ha arribado al equilibrio de ese planeta corrompido por sendos exterminios. Es un príncipe o una princesa, no se sabe cuál, a la espera de su propio yo. Corrompida su doblegues de premura acaudala; los primeros ritos, segundos compases, terceros valses provocan el emerger del coseno de su madre en el centro de las entrañas del mismísimo regente amanecido. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Equilibrio del conjurado que sostiene el machete sobre la bilis que ensucia sus labiales y el tronco de su garganta. Muge, ladra y bala con la espesura de un rosal, al instante en que encalla en las orillas. Le reciben con la locura anunciada a sus abismos de emancipación. Con canela desdobla los puntos de la playa. Crea y ejecuta empinadas obras maestras. Chocan y vibran, vibran y chocan en el terrario donde las mariposas son depuestas en frascos que encierran a sus deseos. Su garganta es cercenada y el manantial decae de entre el clamor de la comedia, que se luce en su ser con inevitables capacidades de ser riego de mantos y otros conjuros, que en la aldea se pueden sopesar como una buena nueva para los más propensos a ser nacimiento de esperanza. Gracia de lunares, en Fa sostenida. Equilibrio de pastizales sobre el puente de mis mejillas. Tersura de rostros, soy un príncipe de sueños. Un Ángel clandestino en tiempo de obsidianas. Maltrecho de corazón, ruego por nosotros en este orfanatorio de poetas muertos. Quien a la causa ennoblece sus extremidades, las junta con un entramado de prismas. Un sollozo de espinas renace de entre sus piernas. Muge, ladra y bala y la música sostiene el terror de su mente, la que te imagina con tu manzana dorada en el contraes del arrullo de tus labios. Arrullas a los gritos de otros prisioneros que se decapitan a sí mismos, con malsana y crudezas agallas. El eclipse que anuncia la prontitud de la mortandad, es una vez y sólo una vez, de amalgamas de otros tantos afluentes de libertad. De santos aparecidos. De santos cercenados. De otros tantos que se dan las manos en amaestra hambruna y que hacen el amor para romper la maldición de valles de crisantemos y cardenales de plata.
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  • Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano.

    El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal.

    Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición.

    Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia.

    Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro.

    Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo.

    Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
    Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano. El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal. Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición. Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia. Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro. Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo. Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
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  • El Beso Robado de Artemisa
    Fandom Olimpo
    Categoría Original
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja.

    Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos.

    —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción.

    La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente.

    —No busco armas. Busco una promesa.

    Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo.

    El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse.

    Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos.

    —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí.

    No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa.

    @Hefesto
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja. Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos. —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción. La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente. —No busco armas. Busco una promesa. Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo. El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse. Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos. —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí. No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa. @Hefesto
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    30
    Estado
    Disponible
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  • La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
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  • 〈 𝘈𝘷𝘪𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘴𝘦𝘯𝘴𝘪𝘣𝘭𝘦: 𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘵𝘦𝘹𝘵𝘰 𝘪𝘯𝘤𝘭𝘶𝘺𝘦 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘢𝘯𝘴𝘪𝘦𝘥𝘢𝘥, 𝘤𝘳𝘪𝘴𝘪𝘴 𝘥𝘦 𝘱𝘢́𝘯𝘪𝘤𝘰 𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘰𝘤𝘪𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯. 𝘗𝘰𝘥𝘳𝘪́𝘢 𝘱𝘳𝘰𝘷𝘰𝘤𝘢𝘳 𝘦𝘮𝘰𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘯𝘨𝘶𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘰 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘮𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘥. 𝘚𝘦 𝘴𝘶𝘨𝘪𝘦𝘳𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘢𝘶𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘢𝘭 𝘭𝘦𝘦𝘳. 〉

    Silencio.

    Al principio, fue solo un murmullo distante, una grieta apenas perceptible en la realidad, una punzada en los márgenes de su conciencia. Algo fuera de lugar, algo que no debía estar allí, pero que, sin embargo, se aferraba a su piel como una sombra adherida al alma. El aire se tornó denso. No había razón para que su respiración se agitara, no había peligro, no había amenaza… Y aun así, su pecho se contrajo bajo un peso invisible, como si el propio mundo tratara de hundirla en sus profundidades. Su entorno pareció inclinarse en ángulos imposibles, un laberinto de recuerdos superpuestos que luchaban por arrastrarla fuera del presente. Sus pulmones se aferraron al aire, pero cada bocanada se volvió un acto de resistencia: algo en su interior temblaba, una fisura que amenazaba con partirla en dos.

    Parpadeó y vio sus manos, pálidas, temblorosas… Ajenas. Las observó con la perplejidad de quien contempla una verdad imposible. No deberían estar manchadas, y sin embargo allí estaban, las líneas de sus palmas cubiertas por un resplandor carmesí que parecía palpitar con vida propia. Tibio líquido deslizándose entre sus dedos como la última plegaria de un condenado. Intentó sacudirlas, pero la sangre no desaparecía: las frotó contra su propia piel, contra la piedra bajo sus pies, pero solo se extendía, tiñendo su mundo de carmesí. No era real. Parpadeó otra vez, y las encontró vacías, pero la sensación permaneció. Un vestigio en su piel, en su mente, en las profundidades de algo más antiguo que el propio recuerdo. Su respiración se tornó errática, entrecortada, cada inhalación se hizo más difícil que la anterior, un frágil hilo de cordura que la mantenía atada a la realidad. Pero la grieta se expandía, y con ella, su percepción.

    Alzó la mirada y el suelo ya no era suelo. Ante sus pies se extendía un mar de sombras, un océano de figuras caídas en el filo de la eternidad. Cuerpos desplomados, amontonados, cuyos nombres se habían desvanecido con el tiempo, cuya esencia se había disuelto en la nada... El eco de sus gritos atrapados entre las ruinas que alguna vez fueron un campo de batalla. Ojos sin vida, bocas abiertas en un grito que nunca cesó del todo. No los recordaba, y sin embargo, recordaba su peso, la calidez efímera antes de que el frío se apoderara de ellos… La resistencia quebrándose en sus manos. El aire olía a algo metálico, imborrable, pero aun así la visión parpadeó. Y en su lugar, apareció otro paisaje.

    Risas. Voces. Los rostros de sus hermanos y hermanas, iluminados por la calidez de una gloria que a ella ya no le pertenecía. No era la risa de antaño, no era el fulgor de los días dorados ni la solemnidad de la devoción. Era un eco distorsionado, la sombra de algo quebrado. Ella los observó como a través de un cristal empañado, consciente de que ya no formaba parte de ello… Y comprendió, como lo había comprendido tantas veces antes. La fe que alguna vez la sostuvo se había convertido en un relicario vacío, en un recuerdo sin dueño.

    Y allí, en la penumbra de su conciencia, una figura. Un reflejo, una sombra vestida de su propio rostro, ojos que no eran los suyos, pero que los conocía a su vez como propios. Una presencia que aguardaba, paciente, en la orilla de su cordura. Extendió una mano, y la sombra hizo lo mismo. Pero no se tocaban, no aún, porque entre ambas yacía la herida abierta de un destino aún por decidirse.

    Entonces, el silencio absoluto. No era la ausencia de sonido, sino de significado, el abismo entre lo que fue y lo que era. Lo único que rompió la quietud fue su propio aliento, acelerado, entrecortado. Estaba ahí, estaba ahora. Pero la grieta seguía allí y difícilmente se iría.
    〈 𝘈𝘷𝘪𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘴𝘦𝘯𝘴𝘪𝘣𝘭𝘦: 𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘵𝘦𝘹𝘵𝘰 𝘪𝘯𝘤𝘭𝘶𝘺𝘦 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘢𝘯𝘴𝘪𝘦𝘥𝘢𝘥, 𝘤𝘳𝘪𝘴𝘪𝘴 𝘥𝘦 𝘱𝘢́𝘯𝘪𝘤𝘰 𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘰𝘤𝘪𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯. 𝘗𝘰𝘥𝘳𝘪́𝘢 𝘱𝘳𝘰𝘷𝘰𝘤𝘢𝘳 𝘦𝘮𝘰𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘯𝘨𝘶𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘰 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘮𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘥. 𝘚𝘦 𝘴𝘶𝘨𝘪𝘦𝘳𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘢𝘶𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘢𝘭 𝘭𝘦𝘦𝘳. 〉 Silencio. Al principio, fue solo un murmullo distante, una grieta apenas perceptible en la realidad, una punzada en los márgenes de su conciencia. Algo fuera de lugar, algo que no debía estar allí, pero que, sin embargo, se aferraba a su piel como una sombra adherida al alma. El aire se tornó denso. No había razón para que su respiración se agitara, no había peligro, no había amenaza… Y aun así, su pecho se contrajo bajo un peso invisible, como si el propio mundo tratara de hundirla en sus profundidades. Su entorno pareció inclinarse en ángulos imposibles, un laberinto de recuerdos superpuestos que luchaban por arrastrarla fuera del presente. Sus pulmones se aferraron al aire, pero cada bocanada se volvió un acto de resistencia: algo en su interior temblaba, una fisura que amenazaba con partirla en dos. Parpadeó y vio sus manos, pálidas, temblorosas… Ajenas. Las observó con la perplejidad de quien contempla una verdad imposible. No deberían estar manchadas, y sin embargo allí estaban, las líneas de sus palmas cubiertas por un resplandor carmesí que parecía palpitar con vida propia. Tibio líquido deslizándose entre sus dedos como la última plegaria de un condenado. Intentó sacudirlas, pero la sangre no desaparecía: las frotó contra su propia piel, contra la piedra bajo sus pies, pero solo se extendía, tiñendo su mundo de carmesí. No era real. Parpadeó otra vez, y las encontró vacías, pero la sensación permaneció. Un vestigio en su piel, en su mente, en las profundidades de algo más antiguo que el propio recuerdo. Su respiración se tornó errática, entrecortada, cada inhalación se hizo más difícil que la anterior, un frágil hilo de cordura que la mantenía atada a la realidad. Pero la grieta se expandía, y con ella, su percepción. Alzó la mirada y el suelo ya no era suelo. Ante sus pies se extendía un mar de sombras, un océano de figuras caídas en el filo de la eternidad. Cuerpos desplomados, amontonados, cuyos nombres se habían desvanecido con el tiempo, cuya esencia se había disuelto en la nada... El eco de sus gritos atrapados entre las ruinas que alguna vez fueron un campo de batalla. Ojos sin vida, bocas abiertas en un grito que nunca cesó del todo. No los recordaba, y sin embargo, recordaba su peso, la calidez efímera antes de que el frío se apoderara de ellos… La resistencia quebrándose en sus manos. El aire olía a algo metálico, imborrable, pero aun así la visión parpadeó. Y en su lugar, apareció otro paisaje. Risas. Voces. Los rostros de sus hermanos y hermanas, iluminados por la calidez de una gloria que a ella ya no le pertenecía. No era la risa de antaño, no era el fulgor de los días dorados ni la solemnidad de la devoción. Era un eco distorsionado, la sombra de algo quebrado. Ella los observó como a través de un cristal empañado, consciente de que ya no formaba parte de ello… Y comprendió, como lo había comprendido tantas veces antes. La fe que alguna vez la sostuvo se había convertido en un relicario vacío, en un recuerdo sin dueño. Y allí, en la penumbra de su conciencia, una figura. Un reflejo, una sombra vestida de su propio rostro, ojos que no eran los suyos, pero que los conocía a su vez como propios. Una presencia que aguardaba, paciente, en la orilla de su cordura. Extendió una mano, y la sombra hizo lo mismo. Pero no se tocaban, no aún, porque entre ambas yacía la herida abierta de un destino aún por decidirse. Entonces, el silencio absoluto. No era la ausencia de sonido, sino de significado, el abismo entre lo que fue y lo que era. Lo único que rompió la quietud fue su propio aliento, acelerado, entrecortado. Estaba ahí, estaba ahora. Pero la grieta seguía allí y difícilmente se iría.
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  • Pero A VECES... Tienes que cavar en la profundidad, a veces las órdenes no son más que basura. Sólo TIENES que hacer lo CORRECTO
    Pero A VECES... Tienes que cavar en la profundidad, a veces las órdenes no son más que basura. Sólo TIENES que hacer lo CORRECTO
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  • El bosque se alzaba en sombras vivientes, sus troncos retorcidos como figuras esculpidas por el tiempo, sus ramas desnudas entrelazándose contra la bóveda oscura del cielo. El aire era denso con el aroma de la tierra húmeda, impregnado por el aliento musgoso de los árboles centenarios que se erguían como guardianes de un reino olvidado. Entre sus raíces nudosas, el silencio se enroscaba como un animal dormido, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento filtrándose a través de las copas.

    La luna, alta y distante, vertía su luz pálida a través del dosel, con la frialdad de un ojo que observa sin intervenir. Su resplandor deslavado caía en delgadas franjas entre las hojas, bañando el suelo con manchas de plata líquida que se desvanecían en la penumbra circundante, allí donde las sombras se volvían tan densas que parecían absorber la propia luz. El claro donde ella se encontraba no era una excepción: en su centro, el lago yacía inmóvil, su superficie un espejo turbio que reflejaba el cielo estrellado y el contorno de los árboles inclinándose sobre él como figuras expectantes.

    Ella estaba allí, en el corazón de aquel rincón olvidado por el tiempo, de rodillas junto al borde del agua. La hierba húmeda se adhería a la tela de su manto negro, esparcido a su alrededor como una extensión de la misma sombra en la que se hallaba envuelta. Se fundía con la penumbra, indistinguible.

    Su cabello, suelto por primera vez en incontables noches, flotaba en el aire con la lentitud de la niebla atrapada en la brisa. Se deslizaba sobre sus hombros, algunas hebras rozando la superficie del agua con movimientos casi imperceptibles, perturbando apenas su reflejo. En el espejo líquido, su imagen se veía alterada, desdibujada por ondas minúsculas que hacían que su silueta pareciera fluctuar entre lo real y lo ilusorio.

    Sus alas, plegadas con una rigidez inusual contra su espalda, parecían más pesadas que nunca. No solo en el sentido físico, sino en algo más profundo, más insidioso. Como si aquella quietud que la rodeaba las mantuviera ancladas, encadenadas a algo que no podía verse ni tocarse.

    El aire a su alrededor era frío, pero no de la manera en que lo es el invierno, con su mordedura nítida y certera. Era un frío más sutil, un escalofrío que se deslizaba bajo la piel, que se filtraba en los huesos como un eco de memorias atrapadas en la bruma. Un frío que parecía emanar de la propia tierra, de la piedra sumergida en la profundidad del lago, de los árboles que habían estado allí por siglos, testigos silenciosos de incontables noches como esta.

    El aire estaba cargado de matices sutiles, esencias que se entrelazaban en la penumbra como hilos invisibles de un tapiz antiguo. La humedad de la noche impregnaba cada aliento con el perfume de la tierra negra, aún tibia de la luz extinguida del día. Había un dejo de musgo fresco y corteza húmeda, el aroma denso y profundo de los árboles viejos cuyas raíces se hundían en lo desconocido. En algún rincón, una flor oculta exhalaba una fragancia tenue, casi imperceptible, un susurro efímero de dulzura que se perdía antes de poder aferrarse del todo.

    Era un aroma cargado de vida, y sin embargo, había en él algo melancólico, como si el bosque respirara con la calma de un sueño olvidado. La brisa llevaba consigo rastros de agua estancada, un eco de humedad y quietud ancestral proveniente del lago, donde la superficie inmóvil conservaba el olor de las piedras sumergidas, del fango frío que yacía en sus profundidades. No era desagradable.

    El ambiente estaba impregnado de silencio. Era una mudez viva, tejida con los sonidos más pequeños y casi imperceptibles: el roce lejano de hojas al moverse con la brisa apenas perceptible, el crujido esporádico de una rama, el tenue zumbido de una criatura nocturna oculta entre las sombras. Cada sonido era un susurro contenido, un murmullo dentro de la inmensidad, como si el bosque entero escuchara, como si aguardara algo sin romper nunca su propia vigilia.

    Pero ella no se movió. Sus dedos descansaban sobre la hierba empapada, apenas rozando la humedad fría que se acumulaba en las hojas. Sus ojos, brasas encendidas en la penumbra, no miraban el reflejo, ni el lago, ni el bosque a su alrededor. Se perdían más allá, en un punto imposible de alcanzar.

    Pero algo la arrastró sutilmente fuera de su ensoñación.

    No fue un sonido evidente ni una alteración brusca. Fue la ausencia de algo que, hasta ese momento, había formado parte de aquel equilibrio silencioso. Un murmullo que cesó antes de tiempo. Una brizna de hierba que no volvió a oscilar con el viento. Un reflejo en el agua que pareció tensarse por una fracción de segundo antes de volver a la calma.

    No levantó la cabeza. Sus alas no se tensaron, sus manos no se apartaron del agua. Apenas si parpadeó. Pero en la inmovilidad de su postura había un matiz distinto ahora, un detenimiento apenas perceptible en la cadencia de su respiración.

    Si alguien estaba allí, su presencia era tolerada, aunque envuelta en el velo cauteloso del ángel.
    El bosque se alzaba en sombras vivientes, sus troncos retorcidos como figuras esculpidas por el tiempo, sus ramas desnudas entrelazándose contra la bóveda oscura del cielo. El aire era denso con el aroma de la tierra húmeda, impregnado por el aliento musgoso de los árboles centenarios que se erguían como guardianes de un reino olvidado. Entre sus raíces nudosas, el silencio se enroscaba como un animal dormido, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento filtrándose a través de las copas. La luna, alta y distante, vertía su luz pálida a través del dosel, con la frialdad de un ojo que observa sin intervenir. Su resplandor deslavado caía en delgadas franjas entre las hojas, bañando el suelo con manchas de plata líquida que se desvanecían en la penumbra circundante, allí donde las sombras se volvían tan densas que parecían absorber la propia luz. El claro donde ella se encontraba no era una excepción: en su centro, el lago yacía inmóvil, su superficie un espejo turbio que reflejaba el cielo estrellado y el contorno de los árboles inclinándose sobre él como figuras expectantes. Ella estaba allí, en el corazón de aquel rincón olvidado por el tiempo, de rodillas junto al borde del agua. La hierba húmeda se adhería a la tela de su manto negro, esparcido a su alrededor como una extensión de la misma sombra en la que se hallaba envuelta. Se fundía con la penumbra, indistinguible. Su cabello, suelto por primera vez en incontables noches, flotaba en el aire con la lentitud de la niebla atrapada en la brisa. Se deslizaba sobre sus hombros, algunas hebras rozando la superficie del agua con movimientos casi imperceptibles, perturbando apenas su reflejo. En el espejo líquido, su imagen se veía alterada, desdibujada por ondas minúsculas que hacían que su silueta pareciera fluctuar entre lo real y lo ilusorio. Sus alas, plegadas con una rigidez inusual contra su espalda, parecían más pesadas que nunca. No solo en el sentido físico, sino en algo más profundo, más insidioso. Como si aquella quietud que la rodeaba las mantuviera ancladas, encadenadas a algo que no podía verse ni tocarse. El aire a su alrededor era frío, pero no de la manera en que lo es el invierno, con su mordedura nítida y certera. Era un frío más sutil, un escalofrío que se deslizaba bajo la piel, que se filtraba en los huesos como un eco de memorias atrapadas en la bruma. Un frío que parecía emanar de la propia tierra, de la piedra sumergida en la profundidad del lago, de los árboles que habían estado allí por siglos, testigos silenciosos de incontables noches como esta. El aire estaba cargado de matices sutiles, esencias que se entrelazaban en la penumbra como hilos invisibles de un tapiz antiguo. La humedad de la noche impregnaba cada aliento con el perfume de la tierra negra, aún tibia de la luz extinguida del día. Había un dejo de musgo fresco y corteza húmeda, el aroma denso y profundo de los árboles viejos cuyas raíces se hundían en lo desconocido. En algún rincón, una flor oculta exhalaba una fragancia tenue, casi imperceptible, un susurro efímero de dulzura que se perdía antes de poder aferrarse del todo. Era un aroma cargado de vida, y sin embargo, había en él algo melancólico, como si el bosque respirara con la calma de un sueño olvidado. La brisa llevaba consigo rastros de agua estancada, un eco de humedad y quietud ancestral proveniente del lago, donde la superficie inmóvil conservaba el olor de las piedras sumergidas, del fango frío que yacía en sus profundidades. No era desagradable. El ambiente estaba impregnado de silencio. Era una mudez viva, tejida con los sonidos más pequeños y casi imperceptibles: el roce lejano de hojas al moverse con la brisa apenas perceptible, el crujido esporádico de una rama, el tenue zumbido de una criatura nocturna oculta entre las sombras. Cada sonido era un susurro contenido, un murmullo dentro de la inmensidad, como si el bosque entero escuchara, como si aguardara algo sin romper nunca su propia vigilia. Pero ella no se movió. Sus dedos descansaban sobre la hierba empapada, apenas rozando la humedad fría que se acumulaba en las hojas. Sus ojos, brasas encendidas en la penumbra, no miraban el reflejo, ni el lago, ni el bosque a su alrededor. Se perdían más allá, en un punto imposible de alcanzar. Pero algo la arrastró sutilmente fuera de su ensoñación. No fue un sonido evidente ni una alteración brusca. Fue la ausencia de algo que, hasta ese momento, había formado parte de aquel equilibrio silencioso. Un murmullo que cesó antes de tiempo. Una brizna de hierba que no volvió a oscilar con el viento. Un reflejo en el agua que pareció tensarse por una fracción de segundo antes de volver a la calma. No levantó la cabeza. Sus alas no se tensaron, sus manos no se apartaron del agua. Apenas si parpadeó. Pero en la inmovilidad de su postura había un matiz distinto ahora, un detenimiento apenas perceptible en la cadencia de su respiración. Si alguien estaba allí, su presencia era tolerada, aunque envuelta en el velo cauteloso del ángel.
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  • Tras aquellos días que ha estado de mujer y, sobre todo, sola, ya estaba más que aburrida, haciendo algunas creaciones, pequeños patitos en la arena mientras se ponía a cantar suavemente, pensando a profundidad.

    —Miedo de sentirme sola... teniéndote.
    Miedo a no sentir tus manos sobre mi piel.
    Miedo a no saber que piensas... ¿Si te hago falta?
    Ganas de tirar mi ego por la ventana...
    Y me pregunto ¿Qué hago aquí, sin ti?

    https://www.youtube.com/watch?v=vlP14pLt47E&ab_channel=RoxanaPuenteOficial
    Tras aquellos días que ha estado de mujer y, sobre todo, sola, ya estaba más que aburrida, haciendo algunas creaciones, pequeños patitos en la arena mientras se ponía a cantar suavemente, pensando a profundidad. —Miedo de sentirme sola... teniéndote. Miedo a no sentir tus manos sobre mi piel. Miedo a no saber que piensas... ¿Si te hago falta? Ganas de tirar mi ego por la ventana... Y me pregunto ¿Qué hago aquí, sin ti? https://www.youtube.com/watch?v=vlP14pLt47E&ab_channel=RoxanaPuenteOficial
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  • ♧ Sueños de Maomao #2 ♧

    Darío Neoto

    Maomao extendió la mano y, tras traspasar la barrera de agua cálida que envolvía al chico, logró hacer contacto con sus dedos, entrelazandolos con los suyos.

    Con las afirmaciones de Neo, aquel mundo perdió todo atisbo de racionalidad para ella.

    Cuando sus pies se sumergieron en el agua un estado de aturdimiento subió hasta su cabeza.

    Su propia consciencia se deslizó por su cuerpo y se diluyó en la corriente.

    Ahora ella era parte del rio.

    En las profundidades, una luz brillaba. Seguía sintiendo el contacto de la mano de Neo, pero al girarse él ya no estaba allí. Se sumergió, deseando atrapar aquel destello con desesperación.
    Lo anhelaba más que nada.
    Pero solo encontró la fría oscuridad en los latidos de su corazón.

    Por más que lo intentara, no lograba abrir los ojos bajo el agua, como si el mismo líquido se negara a ser acechado, sellando su secreto en sus profundidades.
    ♧ Sueños de Maomao #2 ♧ [dario11] Maomao extendió la mano y, tras traspasar la barrera de agua cálida que envolvía al chico, logró hacer contacto con sus dedos, entrelazandolos con los suyos. Con las afirmaciones de Neo, aquel mundo perdió todo atisbo de racionalidad para ella. Cuando sus pies se sumergieron en el agua un estado de aturdimiento subió hasta su cabeza. Su propia consciencia se deslizó por su cuerpo y se diluyó en la corriente. Ahora ella era parte del rio. En las profundidades, una luz brillaba. Seguía sintiendo el contacto de la mano de Neo, pero al girarse él ya no estaba allí. Se sumergió, deseando atrapar aquel destello con desesperación. Lo anhelaba más que nada. Pero solo encontró la fría oscuridad en los latidos de su corazón. Por más que lo intentara, no lograba abrir los ojos bajo el agua, como si el mismo líquido se negara a ser acechado, sellando su secreto en sus profundidades.
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  • Tener un poco de tiempo para si mismo no es un problema, solo unos minutos, solo unas horas y cada amigo cercano desaparece de la vista, como la neblina junto al río al amanecer, como la espuma luego de un tiempo, muy lentamente, su vitalidad desciende hasta solo quedar un tenue recuerdo de su vida, bien o mal vivida, es un suspiro de lo que nunca se puede experimentar en la carne de un inmortal. Aceptarlo fue fácil, una o dos décadas bastan para entender que los rasgos distintivos y habilidades misteriosas son sinónimo de larga vida  '¡Que gran regalo! Uno que brindan los cielos' pero la realidad es mas cruel y dolorosa de la que los celestiales quisieran siquiera proveer '¡Demonio de las profundidades!' Las palabras correctas para describir a un brujo, mitad de algo, mitad del demonio, mayor o menor no quita ser descendencia de un ser de entre las dimensiones. Vaya soledad, es pesada, triste, sin fin, ojalá termine pronto, ojalá no termine nunca... que perdido puede encontrarse uno con tantas personas vivas alrededor para aferrarse y perderse, fijarse a la tierra, observando el tiempo pasar.
    Tener un poco de tiempo para si mismo no es un problema, solo unos minutos, solo unas horas y cada amigo cercano desaparece de la vista, como la neblina junto al río al amanecer, como la espuma luego de un tiempo, muy lentamente, su vitalidad desciende hasta solo quedar un tenue recuerdo de su vida, bien o mal vivida, es un suspiro de lo que nunca se puede experimentar en la carne de un inmortal. Aceptarlo fue fácil, una o dos décadas bastan para entender que los rasgos distintivos y habilidades misteriosas son sinónimo de larga vida  '¡Que gran regalo! Uno que brindan los cielos' pero la realidad es mas cruel y dolorosa de la que los celestiales quisieran siquiera proveer '¡Demonio de las profundidades!' Las palabras correctas para describir a un brujo, mitad de algo, mitad del demonio, mayor o menor no quita ser descendencia de un ser de entre las dimensiones. Vaya soledad, es pesada, triste, sin fin, ojalá termine pronto, ojalá no termine nunca... que perdido puede encontrarse uno con tantas personas vivas alrededor para aferrarse y perderse, fijarse a la tierra, observando el tiempo pasar.
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