• Un nuevo yo. Un futuro... Nosotros.
    Fandom The Last of us
    Categoría Acción
    Joel Miller

    Harper si necesitaba a alguien que la cuidase. Necesitaba sentir amor, protección y seguridad. Necesitaba sentir que pertenecía a algo, o a alguien. Necesitaba sentir que valía la pena, y que ella merecía un poco de amor. Pero poder llegar a entender que era un ser humano válido y con las necesidades de otros, era difícil cuando su amor propio era prácticamente insistente. Cuando muchas veces se veía incapaz de pedir ayuda, e intentaba ocultarse al mundo. Ocultar lo frágil que se sentía por dentro, siempre tan cerca de estar a punto de romperse.

    Vivir en una lucha constante entre las apariencias y la mujer que era de verdad. Y antes de poder empezar a desenmascarar la verdadera Harper, antes de quitarse el disfraz, necesitaba comprobar que realmente Jackson era lo que era, y eso le llevó unas semanas más. Casi dos meses.

    Los dos meses siguientes a su intento de quitarse del medio, Harper se fue asentando lentamente en aquel pueblo. Fue conociendo a su gente, el funcionamiento de la comunidad, y a saber cómo era útil en aquel sitio.

    Ella conocía cómo lo fue anteriormente, por lo que partía de una base bastante buena, y ahora solo tocaba utilizar lo aprendido para poder ser parte de aquel nuevo lugar. Era cierto que seguía siendo la chica reservada, pero se le daba extremadamente bien el comercio con otros pueblos, buscar y recopilar recursos, y además organizarse dentro de la construcción.
    Pronto Tommy y María verían en ella un buen eslabón entre ellos y Joel. Y no solo en la organización de recursos de la comunidad, especialmente en construcción, también en la recaudación y búsqueda. O en guardias.

    Durante esos dos meses la joven se había mantenido bastante centrada en conocer en profundidad Jackson, y asegurar la estancia de su pequeña hermana, y por ello había tenido bastante contacto tanto con Tommy como con Joel. Y aquella actitud nueva, la guió a conocer un poco las personas que vivían allí. Entre ellas, Gail, una terapeuta que se ofreció a ayudar a Harper a cambio de sus habilidades. Al menos en las primeras sesiones, pronto Gail vería que Harper era una joven que necesitaba más ayuda de lo que la joven podía pagar y sería su buena acción, y no solo una simple paciente.

    Sería Gail quien se ocuparía de llenar de valor a Harper para volver a hablar con Joel, más que simples conversaciones necesarias por trabajo, sino que la guiaría a saber dar los pasos que la llevarían por el camino que la propia muchacha quería tomar. A juntar el valor que necesitaba, y a dejar por fin a Kirk donde debía estar, enterrado y muerto, siendo símbolo de ello que se deshizo de su alianza.
    En ese momento la muchacha comprendió que, aún siendo un simple anillo, también era una cadena más. Y se sintió tan liberada, era como otro pequeño paso a su nueva versión. Una versión de sí misma que estaba conociendo, y aunque seguía con ella el miedo, la falta de amor propio y muchos problemas por solucionar, era un pequeño avance.

    Con la finalización del invierno y las nevadas, comenzó lentamente la primavera. La nieve se derritió con el paso de los días y las salidas en busca de recursos dieron su inicio. Harper era una de las encargadas de salir junto a un pequeño grupo formado por Tommy., David y Susi. Los cuatro en busca de herramientas, víveres y demás recursos que necesitarán.
    Un día antes de su salida, mientras los cuatro organizaban esta, escuchó como Joel le pedía a Tommy una nueva herramienta de pico de loro.
    Harper no paró de buscar dicha herramientas hasta que la consiguió, y cuando la tuvo, encontró la excusa perfecta para poder volver a ver a Joel, y a su manera acercarse a él e intentar compensar lo que sucedió aquella noche.

    Lo que Harper no sabía hasta esta misma mañana, cuando reunió la valentía de ir a él, era que la herramienta no era para ayudar en la construcción de uno de los nuevos edificios de Jackson, sino que se trataba de algo más personal como le había dicho Tommy.

    – Si quieres encontrar a mi hermano, lo harás al finalizar la avenida Eras… Joel tiene allí un proyecto… personal – explicó a medias Tommy.

    La avenida Eras era una zona desierta que todavía no tenían manera de poder aprovechar. Había proyectos más importantes y de urgencia.
    Harper siguió las indicaciones de Tommy y caminó con ciertos recelos, y algo de desconfianza, al no saber qué se encontraría hasta que, tras seguir caminando pasando una de las zonas arboladas, dio con un prado inmenso. Entonces encontró lo que eran los cimientos de una nueva casa, y comprendió a qué se refería Tommy con lo de un proyecto personal.
    Vio a Joel apoyado, seguramente descansando, contra una viga. Harper se paró un instante observándole desde lejos. Por un momento pensó en lo guapo que estaba con su camiseta de manga corta y el pelo revuelto, mientras se calentaba bajo los rayos de sol de aquel día de primavera.
    Sus miradas se cruzaron, y Harper dio un paso hacia atrás. Sentía que se estaba metiendo en algo que no debía. Dudo, y entonces elevó la herramienta para mostrársela. Caminó hacia él con cierto temor de que la rechazase.

    – Te oí hablar con Tommy… y el otro día… bueno, la encontré y… aquí tienes ¿Era lo que necesitabas? –
    [TheLastSurviv0r] Harper si necesitaba a alguien que la cuidase. Necesitaba sentir amor, protección y seguridad. Necesitaba sentir que pertenecía a algo, o a alguien. Necesitaba sentir que valía la pena, y que ella merecía un poco de amor. Pero poder llegar a entender que era un ser humano válido y con las necesidades de otros, era difícil cuando su amor propio era prácticamente insistente. Cuando muchas veces se veía incapaz de pedir ayuda, e intentaba ocultarse al mundo. Ocultar lo frágil que se sentía por dentro, siempre tan cerca de estar a punto de romperse. Vivir en una lucha constante entre las apariencias y la mujer que era de verdad. Y antes de poder empezar a desenmascarar la verdadera Harper, antes de quitarse el disfraz, necesitaba comprobar que realmente Jackson era lo que era, y eso le llevó unas semanas más. Casi dos meses. Los dos meses siguientes a su intento de quitarse del medio, Harper se fue asentando lentamente en aquel pueblo. Fue conociendo a su gente, el funcionamiento de la comunidad, y a saber cómo era útil en aquel sitio. Ella conocía cómo lo fue anteriormente, por lo que partía de una base bastante buena, y ahora solo tocaba utilizar lo aprendido para poder ser parte de aquel nuevo lugar. Era cierto que seguía siendo la chica reservada, pero se le daba extremadamente bien el comercio con otros pueblos, buscar y recopilar recursos, y además organizarse dentro de la construcción. Pronto Tommy y María verían en ella un buen eslabón entre ellos y Joel. Y no solo en la organización de recursos de la comunidad, especialmente en construcción, también en la recaudación y búsqueda. O en guardias. Durante esos dos meses la joven se había mantenido bastante centrada en conocer en profundidad Jackson, y asegurar la estancia de su pequeña hermana, y por ello había tenido bastante contacto tanto con Tommy como con Joel. Y aquella actitud nueva, la guió a conocer un poco las personas que vivían allí. Entre ellas, Gail, una terapeuta que se ofreció a ayudar a Harper a cambio de sus habilidades. Al menos en las primeras sesiones, pronto Gail vería que Harper era una joven que necesitaba más ayuda de lo que la joven podía pagar y sería su buena acción, y no solo una simple paciente. Sería Gail quien se ocuparía de llenar de valor a Harper para volver a hablar con Joel, más que simples conversaciones necesarias por trabajo, sino que la guiaría a saber dar los pasos que la llevarían por el camino que la propia muchacha quería tomar. A juntar el valor que necesitaba, y a dejar por fin a Kirk donde debía estar, enterrado y muerto, siendo símbolo de ello que se deshizo de su alianza. En ese momento la muchacha comprendió que, aún siendo un simple anillo, también era una cadena más. Y se sintió tan liberada, era como otro pequeño paso a su nueva versión. Una versión de sí misma que estaba conociendo, y aunque seguía con ella el miedo, la falta de amor propio y muchos problemas por solucionar, era un pequeño avance. Con la finalización del invierno y las nevadas, comenzó lentamente la primavera. La nieve se derritió con el paso de los días y las salidas en busca de recursos dieron su inicio. Harper era una de las encargadas de salir junto a un pequeño grupo formado por Tommy., David y Susi. Los cuatro en busca de herramientas, víveres y demás recursos que necesitarán. Un día antes de su salida, mientras los cuatro organizaban esta, escuchó como Joel le pedía a Tommy una nueva herramienta de pico de loro. Harper no paró de buscar dicha herramientas hasta que la consiguió, y cuando la tuvo, encontró la excusa perfecta para poder volver a ver a Joel, y a su manera acercarse a él e intentar compensar lo que sucedió aquella noche. Lo que Harper no sabía hasta esta misma mañana, cuando reunió la valentía de ir a él, era que la herramienta no era para ayudar en la construcción de uno de los nuevos edificios de Jackson, sino que se trataba de algo más personal como le había dicho Tommy. – Si quieres encontrar a mi hermano, lo harás al finalizar la avenida Eras… Joel tiene allí un proyecto… personal – explicó a medias Tommy. La avenida Eras era una zona desierta que todavía no tenían manera de poder aprovechar. Había proyectos más importantes y de urgencia. Harper siguió las indicaciones de Tommy y caminó con ciertos recelos, y algo de desconfianza, al no saber qué se encontraría hasta que, tras seguir caminando pasando una de las zonas arboladas, dio con un prado inmenso. Entonces encontró lo que eran los cimientos de una nueva casa, y comprendió a qué se refería Tommy con lo de un proyecto personal. Vio a Joel apoyado, seguramente descansando, contra una viga. Harper se paró un instante observándole desde lejos. Por un momento pensó en lo guapo que estaba con su camiseta de manga corta y el pelo revuelto, mientras se calentaba bajo los rayos de sol de aquel día de primavera. Sus miradas se cruzaron, y Harper dio un paso hacia atrás. Sentía que se estaba metiendo en algo que no debía. Dudo, y entonces elevó la herramienta para mostrársela. Caminó hacia él con cierto temor de que la rechazase. – Te oí hablar con Tommy… y el otro día… bueno, la encontré y… aquí tienes ¿Era lo que necesitabas? –
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  • ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus.

    Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso.

    ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar.

    ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando.

    ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa?

    Abrí los ojos, exageradamente ofendida.

    ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada.

    Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca.

    ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando.

    ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible.

    Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo.

    ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad?

    ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así.

    ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar.

    Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja.

    ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco.

    Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente.

    ────Porque eres aburrida hasta la muerte.

    ────Idiota.

    ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento.

    Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba.

    Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó.

    Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas.

    Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego.

    Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo.

    Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo.

    Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible.

    Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
    ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus. Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso. ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar. ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando. ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa? Abrí los ojos, exageradamente ofendida. ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada. Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca. ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando. ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible. Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo. ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad? ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así. ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar. Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja. ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco. Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente. ────Porque eres aburrida hasta la muerte. ────Idiota. ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento. Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba. Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó. Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas. Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego. Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo. Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo. Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible. Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
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  • Deseo, placer, necesidad... 3 cosas que pueden controlar tus pensamientos. Mis herramientas jaja
    Deseo, placer, necesidad... 3 cosas que pueden controlar tus pensamientos. Mis herramientas jaja
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  • 𝙑𝘼𝘾𝘼𝙏𝙄𝙊𝙉 𝙊𝙉 𝙎𝙋𝘼𝙍𝙏𝘼𝙓
    Fandom 𝗠𝗔𝗥𝗩𝗘𝗟
    Categoría Acción
    Lo único que sabia respecto al viaje era que irían a un lugar llamado Spartax. El nombre no le era ajeno, sabía que era un lugar al que Quentin iba con frecuencia a ver a su pareja, el mitad celestial con excelente gusto musical y al que solo conocía de vista.

    Pensó en que Peter Quill iría a buscarlos o enviarles una nave, pero en su lugar, Quentin le mostró unas coordenadas en un holograma y le dio una referencia visual de ese planeta. Entendía lo que le estaba pidiendo pero no podía evitar sentirse un poco asustado, no por ir a un lugar nuevo sino por el hecho de expandir el alcance de la teletransportación.

    ──Uhm, Quentin...── Buscó la atención del ilusionista y este volteó a verlo con una expresión impaciente en el rostro, prácticamente rozando la molestia.

    ──¿Qué? ¿Vas a darme alguna excusa?── El tono de voz de Beck era tranquilo, pero sus palabras estaban lejos de serlo. ──No quiero problemas, quiero soluciones. Si no puedes hacerlo largate de mi vista.

    Dicho eso, le dio la espalda y continuó ajustando algunos tornillos en el brazalete computarizado que llevaba oculto en el brazo. Francis estaba acostumbrado a ese tipo de respuestas y aunque se esforzara por fingir que le eran indiferentes, en realidad le dolían y mucho.

    ──No es eso, solo quería saber cuando quieres que nos transporte hacia allá── Rodeó la mesa que los separaba y acerco la mano al hombro de su mentor, pero sin apoyarla todavía.

    ──Ahora, terminaré de reparar esto cuando estemos allá── Guardo la pantalla junto con las herramientas en un estuche y le hizo una señal de que podía apoyar la mano en su hombro. Quizás para Quentin eso no significa nada, pero para Francis era lo más cercano que había tenido a un abrazo.

    Cerró los ojos por un par de segundos y cuando la imagen de Spartax apareció en su mente, uso su habilidad para llevarlos allá. La única referencia que tenia era de un palacio y afortunadamente para ambos, por alguna razón aparecieron dentro del edificio.

    Inmediatamente fueron recibidos por un par alienígenas que hablaban perfectamente su idioma. Saludaron a Quentin como si fuese miembro de la realeza y cuando llego su turno de presentarse, Beck lo hizo por él, presentandolo como solía hacer desde que tenía uso de razón. "Él es Francis, mi sucesor" y sin más prosiguió "Peter le asigno una habitación cerca de la nuestra".

    Uno de los alienigenas le entrego una tarjeta y Francis supuso que sería la llave de su habitación. El ilusionista seguía conversando con esa gente, contandoles como habían estado sus días en la tierra y antes de comenzar a caminar con ellos, se giró hacia él.

    ──Puedes explorar el lugar, no te alejes ni toques nada. Te veo en la cena── Sin esperar una respuesta se marchó con los aliens dejándolo sólo en ese enorme salón vacío.

    De nuevo, no lo tomo personal, estaba acostumbrado a ese trato. Además, no le parecía mala idea explorar el lugar, no se parecía a nada que hubiese visto antes y estaba fascinado con el parecido que le encontraba a cualquier escenario de alguna película o videojuego futurista.

    Paso media hora recorriendo los pasillos hasta que encontró la salida a un enorme jardin, y a unos cuantos metros diviso un edificio pero lo que lo empujó a avanzar en esa dirección fue la nave estacionada, aparentemente sin supervision.

    Al llegar encontro la compuerta abierta, asomo la cabeza para corrobar que no había nadie dentro y entró. De pronto se sentía como en una película de Star wars, solo le faltaba el sable luminoso y un compañero robot. Inspeccióno todo el interior sin abrir ningún compartimiento, y cuando se acerco a la cabina de la nave encontro un casco en el asiento del copiloto.

    ──Espero que mi teléfono funcione aquí. Solo me tomaré una foto y me iré── Dijo en voz alta mientras se ponía el casco y se tomaba algunas selfies con su teléfono. Luego, se sentó en la silla del piloto y se inclino lo suficiente para leer lo que decía debajo de cada uno de los botones en el tablero de mando. ──Debe estar en asgardeano... No, el novio de Quentin no es eso, es un...

    Se quedo pensando en eso por un momento, tratando de recordar su raza. Si lo había oído alguna vez pero en ese momento solo podía recordar a Quentin refiriendose a Peter como un neandertal galáctico (cuando estaba enojado con él) o simplemente, llamándolo híbrido (cuando no).

    𝐃𝚄𝚂𝚃𝙸𝙽 𝚝𝚑𝚎 𝐏𝚒𝚕𝚘𝚝
    Lo único que sabia respecto al viaje era que irían a un lugar llamado Spartax. El nombre no le era ajeno, sabía que era un lugar al que Quentin iba con frecuencia a ver a su pareja, el mitad celestial con excelente gusto musical y al que solo conocía de vista. Pensó en que Peter Quill iría a buscarlos o enviarles una nave, pero en su lugar, Quentin le mostró unas coordenadas en un holograma y le dio una referencia visual de ese planeta. Entendía lo que le estaba pidiendo pero no podía evitar sentirse un poco asustado, no por ir a un lugar nuevo sino por el hecho de expandir el alcance de la teletransportación. ──Uhm, Quentin...── Buscó la atención del ilusionista y este volteó a verlo con una expresión impaciente en el rostro, prácticamente rozando la molestia. ──¿Qué? ¿Vas a darme alguna excusa?── El tono de voz de Beck era tranquilo, pero sus palabras estaban lejos de serlo. ──No quiero problemas, quiero soluciones. Si no puedes hacerlo largate de mi vista. Dicho eso, le dio la espalda y continuó ajustando algunos tornillos en el brazalete computarizado que llevaba oculto en el brazo. Francis estaba acostumbrado a ese tipo de respuestas y aunque se esforzara por fingir que le eran indiferentes, en realidad le dolían y mucho. ──No es eso, solo quería saber cuando quieres que nos transporte hacia allá── Rodeó la mesa que los separaba y acerco la mano al hombro de su mentor, pero sin apoyarla todavía. ──Ahora, terminaré de reparar esto cuando estemos allá── Guardo la pantalla junto con las herramientas en un estuche y le hizo una señal de que podía apoyar la mano en su hombro. Quizás para Quentin eso no significa nada, pero para Francis era lo más cercano que había tenido a un abrazo. Cerró los ojos por un par de segundos y cuando la imagen de Spartax apareció en su mente, uso su habilidad para llevarlos allá. La única referencia que tenia era de un palacio y afortunadamente para ambos, por alguna razón aparecieron dentro del edificio. Inmediatamente fueron recibidos por un par alienígenas que hablaban perfectamente su idioma. Saludaron a Quentin como si fuese miembro de la realeza y cuando llego su turno de presentarse, Beck lo hizo por él, presentandolo como solía hacer desde que tenía uso de razón. "Él es Francis, mi sucesor" y sin más prosiguió "Peter le asigno una habitación cerca de la nuestra". Uno de los alienigenas le entrego una tarjeta y Francis supuso que sería la llave de su habitación. El ilusionista seguía conversando con esa gente, contandoles como habían estado sus días en la tierra y antes de comenzar a caminar con ellos, se giró hacia él. ──Puedes explorar el lugar, no te alejes ni toques nada. Te veo en la cena── Sin esperar una respuesta se marchó con los aliens dejándolo sólo en ese enorme salón vacío. De nuevo, no lo tomo personal, estaba acostumbrado a ese trato. Además, no le parecía mala idea explorar el lugar, no se parecía a nada que hubiese visto antes y estaba fascinado con el parecido que le encontraba a cualquier escenario de alguna película o videojuego futurista. Paso media hora recorriendo los pasillos hasta que encontró la salida a un enorme jardin, y a unos cuantos metros diviso un edificio pero lo que lo empujó a avanzar en esa dirección fue la nave estacionada, aparentemente sin supervision. Al llegar encontro la compuerta abierta, asomo la cabeza para corrobar que no había nadie dentro y entró. De pronto se sentía como en una película de Star wars, solo le faltaba el sable luminoso y un compañero robot. Inspeccióno todo el interior sin abrir ningún compartimiento, y cuando se acerco a la cabina de la nave encontro un casco en el asiento del copiloto. ──Espero que mi teléfono funcione aquí. Solo me tomaré una foto y me iré── Dijo en voz alta mientras se ponía el casco y se tomaba algunas selfies con su teléfono. Luego, se sentó en la silla del piloto y se inclino lo suficiente para leer lo que decía debajo de cada uno de los botones en el tablero de mando. ──Debe estar en asgardeano... No, el novio de Quentin no es eso, es un... Se quedo pensando en eso por un momento, tratando de recordar su raza. Si lo había oído alguna vez pero en ese momento solo podía recordar a Quentin refiriendose a Peter como un neandertal galáctico (cuando estaba enojado con él) o simplemente, llamándolo híbrido (cuando no). [PANDEM0NIO]
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  • Fue una noche larga. Demasiado. Pero ahora más que nunca le constaba que debía ser el pilar y el soporte, más no solo de Angel, sino también de sus hijos.
    Como no podía ser de otra forma, ambos se despertaron demasiadas ocasiones en la noche, asustados, miedosos, inseguros... No le extrañaba que aquella noche y las posteriores ambos tuvieran pesadillas. Había sido demasiado para dos niños tan pequeños... Pero también se sabía culpable de esos acontecimientos.

    Los amaba, demasiado, igual que Angel. Y, al igual que su prometido, había criado a esos dos pequeños en una esfera de cristal demasiado frágil para el infernal mundo en el que ahora vivían. Creer que podrían mantener aquella inocencia por mucho tiempo fue, no solo egoísta, sino estúpido.
    ¿Las consecuencias? Allí estaba. Dos niños cuya ilusión se había desmoronado y ahora, desamparados, deberían enfrentarse a la crueldad del infierno sin haber tenido las herramientas necesarias para hacerlo. Y, para empeorar aún más la situación, Angel no se había sentido precisamente bien.

    La falta de sueño le estaba pasando factura ahora, pero se negaba a rendirse ante el sueño. Tras revisar los vendajes que mantenían en su sitio las alas de su pequeña, se quedó recostado a su lado en la cama. Ambos pequeños volviendo a dormir y no los culpaba.
    Los observó con cansancio angustioso. Casi pensativo... Entonces extendió una mano, tomando su celular que rara vez usaba y ni hablar de tenerlo encima. También debió de ponerse sus lentes para poder ver apropiadamente una letra tan pequeña... ¿Quién demonios había inventado ese sistema de mierda? También se había tomado el atrevimiento de tomar el móvil de Angel, rebuscando entre sus contactos hasta que encontró a quien buscaba.
    Tomando una foto de los niños, descansando, procedió a enviar la foto a Arackniss con un único texto que acompañaba la imagen con un "Estarán bien". No era idiota, a pesar de su actuada diferencia el día anterior, se había dado cuenta del aprecio por sus hijos.
    Fue una noche larga. Demasiado. Pero ahora más que nunca le constaba que debía ser el pilar y el soporte, más no solo de Angel, sino también de sus hijos. Como no podía ser de otra forma, ambos se despertaron demasiadas ocasiones en la noche, asustados, miedosos, inseguros... No le extrañaba que aquella noche y las posteriores ambos tuvieran pesadillas. Había sido demasiado para dos niños tan pequeños... Pero también se sabía culpable de esos acontecimientos. Los amaba, demasiado, igual que Angel. Y, al igual que su prometido, había criado a esos dos pequeños en una esfera de cristal demasiado frágil para el infernal mundo en el que ahora vivían. Creer que podrían mantener aquella inocencia por mucho tiempo fue, no solo egoísta, sino estúpido. ¿Las consecuencias? Allí estaba. Dos niños cuya ilusión se había desmoronado y ahora, desamparados, deberían enfrentarse a la crueldad del infierno sin haber tenido las herramientas necesarias para hacerlo. Y, para empeorar aún más la situación, Angel no se había sentido precisamente bien. La falta de sueño le estaba pasando factura ahora, pero se negaba a rendirse ante el sueño. Tras revisar los vendajes que mantenían en su sitio las alas de su pequeña, se quedó recostado a su lado en la cama. Ambos pequeños volviendo a dormir y no los culpaba. Los observó con cansancio angustioso. Casi pensativo... Entonces extendió una mano, tomando su celular que rara vez usaba y ni hablar de tenerlo encima. También debió de ponerse sus lentes para poder ver apropiadamente una letra tan pequeña... ¿Quién demonios había inventado ese sistema de mierda? También se había tomado el atrevimiento de tomar el móvil de Angel, rebuscando entre sus contactos hasta que encontró a quien buscaba. Tomando una foto de los niños, descansando, procedió a enviar la foto a [Grumpyspid3r] con un único texto que acompañaba la imagen con un "Estarán bien". No era idiota, a pesar de su actuada diferencia el día anterior, se había dado cuenta del aprecio por sus hijos.
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  • Kael subió el último escalón con la respiración un poco acelerada y la caja de herramientas golpeándole el muslo. La llamada había sido hacía menos de veinte minutos: *“Che, hermano, te tiro un laburito rápido. Estoy tapado. Es en tal dirección. Andá ya si podés.”*
    Y acá estaba.

    Frunció el ceño para leer bien el número del departamento y, cuando lo encontró, golpeó dos veces con los nudillos, directo y sin rodeos.

    —Buenas —saludó cuando la puerta se abrió, pasándose una mano por el cabello, todavía húmedo por la lluvia de camino—. Soy Kael… un amigo tuyo o de tu contratista—hizo un gesto con la mano—…me pidió que lo cubra con este trabajo.

    Levantó un poco la caja de herramientas, como si fuera una explicación suficiente.

    —No me dieron muchos detalles, solo que había algo que arreglar o instalar, y que era urgente.

    Se le notaba algo nervioso e incómodo, llamar a una persona y que otra totalmente distinta llegue a tu puerta es por decir poco, extraño, una parte de él estaba preparado para ser rechazado y retirarse.

    —Si querés, paso y lo veo. Ya estoy acá, así que…

    La media sonrisa apareció apenas, cansada pero genuina.

    —Prometo no dejarte la casa peor de lo que la encontré. Sólo decime por dónde empiezo.
    Kael subió el último escalón con la respiración un poco acelerada y la caja de herramientas golpeándole el muslo. La llamada había sido hacía menos de veinte minutos: *“Che, hermano, te tiro un laburito rápido. Estoy tapado. Es en tal dirección. Andá ya si podés.”* Y acá estaba. Frunció el ceño para leer bien el número del departamento y, cuando lo encontró, golpeó dos veces con los nudillos, directo y sin rodeos. —Buenas —saludó cuando la puerta se abrió, pasándose una mano por el cabello, todavía húmedo por la lluvia de camino—. Soy Kael… un amigo tuyo o de tu contratista—hizo un gesto con la mano—…me pidió que lo cubra con este trabajo. Levantó un poco la caja de herramientas, como si fuera una explicación suficiente. —No me dieron muchos detalles, solo que había algo que arreglar o instalar, y que era urgente. Se le notaba algo nervioso e incómodo, llamar a una persona y que otra totalmente distinta llegue a tu puerta es por decir poco, extraño, una parte de él estaba preparado para ser rechazado y retirarse. —Si querés, paso y lo veo. Ya estoy acá, así que… La media sonrisa apareció apenas, cansada pero genuina. —Prometo no dejarte la casa peor de lo que la encontré. Sólo decime por dónde empiezo.
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  • Cazadores… Siempre había sentido esa mezcla rara de rabia y tristeza cuando los veía, no por ellos mismos, sino por la forma en que los dioses los usaban como si fueran herramientas sin valor. ¿Cómo iba a matar a un humano, por más fuerza que tuviera o por más que sus habilidades despertaran cuando estaba en peligro? Al final del día seguían siendo personas, solo que ahora sus cuerpos ya no les pertenecían. La lluvia caía tan fuerte que lograba borrar los pasos en el barro, pero aun así no los perdía de vista; esos ojos rojos brillando como si algo dentro de ellos estuviera vivo y retorciéndose. No era natural. Esa deidad que los controlaba les había dado más velocidad, más fuerza, más resistencia… todo para que pudieran hacer el trabajo sucio que él quería cumplir con sus propias manos. Su cabello rojizo se le pegaba al rostro mientras esquivaba golpes que cada vez se volvían más violentos, tratando de no lastimarlos más de lo necesario. Le dolía tener que enfrentarlos, saber que no eran ellos quienes la estaban atacando, sino algo que tiraba de sus hilos desde lejos. Y aun así, no podía dejarse vencer. No podía caer allí.

    Pero en medio de todo ese caos y de los ataques cargados de ese brillo rojo enfermizo, sintió algo que no venía de esos cuerpos poseídos. Era diferente, mucho más frío, más pesado… como si la oscuridad hubiera cobrado vida por un segundo. No tenía pasos, no tenía respiración. Solo estaba ahí, escondido entre los árboles, mirándola de una manera que hizo que el aire se le quedara atrapado en el pecho. No era la deidad que controlaba a los cazadores, eso estaba claro. Esto era otra cosa, algo que no parecía querer matarla, sino… observarla. La tormenta pareció hacerse más silenciosa por un instante, como si todo se detuviera alrededor. Giró ligeramente, sin bajar la guardia, sintiendo ese cosquilleo incómodo en la nuca. Sabía que no estaba sola. Que entre esa cacería forzada y la furia de los dioses había algo más moviéndose, algo que la seguía en silencio.

    [ryo.izanagi]
    Cazadores… Siempre había sentido esa mezcla rara de rabia y tristeza cuando los veía, no por ellos mismos, sino por la forma en que los dioses los usaban como si fueran herramientas sin valor. ¿Cómo iba a matar a un humano, por más fuerza que tuviera o por más que sus habilidades despertaran cuando estaba en peligro? Al final del día seguían siendo personas, solo que ahora sus cuerpos ya no les pertenecían. La lluvia caía tan fuerte que lograba borrar los pasos en el barro, pero aun así no los perdía de vista; esos ojos rojos brillando como si algo dentro de ellos estuviera vivo y retorciéndose. No era natural. Esa deidad que los controlaba les había dado más velocidad, más fuerza, más resistencia… todo para que pudieran hacer el trabajo sucio que él quería cumplir con sus propias manos. Su cabello rojizo se le pegaba al rostro mientras esquivaba golpes que cada vez se volvían más violentos, tratando de no lastimarlos más de lo necesario. Le dolía tener que enfrentarlos, saber que no eran ellos quienes la estaban atacando, sino algo que tiraba de sus hilos desde lejos. Y aun así, no podía dejarse vencer. No podía caer allí. Pero en medio de todo ese caos y de los ataques cargados de ese brillo rojo enfermizo, sintió algo que no venía de esos cuerpos poseídos. Era diferente, mucho más frío, más pesado… como si la oscuridad hubiera cobrado vida por un segundo. No tenía pasos, no tenía respiración. Solo estaba ahí, escondido entre los árboles, mirándola de una manera que hizo que el aire se le quedara atrapado en el pecho. No era la deidad que controlaba a los cazadores, eso estaba claro. Esto era otra cosa, algo que no parecía querer matarla, sino… observarla. La tormenta pareció hacerse más silenciosa por un instante, como si todo se detuviera alrededor. Giró ligeramente, sin bajar la guardia, sintiendo ese cosquilleo incómodo en la nuca. Sabía que no estaba sola. Que entre esa cacería forzada y la furia de los dioses había algo más moviéndose, algo que la seguía en silencio. [ryo.izanagi]
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  • ¿QUÉ DESEA?
    Fandom Cualquiera.
    Categoría Slice of Life
    Los pasos de gente acercándose llamaron la atención de la chica que lustraba una espada de acero con sumo cuidado, girando su vista hacia el nuevo cliente que llegaron a su humilde herrería.

    ❝ Oh, mucho gusto señor/a. ¿Qué está buscando?. ❞ Mi voz notaba predisposición a aceptar el pedido que aquella persona estaba buscando, todo mientras acomodaba sus herramientas sobre una mesa.
    Los pasos de gente acercándose llamaron la atención de la chica que lustraba una espada de acero con sumo cuidado, girando su vista hacia el nuevo cliente que llegaron a su humilde herrería. ❝ Oh, mucho gusto señor/a. ¿Qué está buscando?. ❞ Mi voz notaba predisposición a aceptar el pedido que aquella persona estaba buscando, todo mientras acomodaba sus herramientas sobre una mesa.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
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  • —¡QUIERO ESTA CASA TERMINADA DENTRO DE 4 MESES O ME COMERÉ A SUS HIJOS ENFRENTE DE USTEDES!

    —Mark secuestro a un grupo de obreros,llevo recuersos y herramientas para ellos y los puso a trabajar bajo amenazas,les daba comida y agua cada 4 horas para mantener el ritmo junto a unos colchones para dormir afuera de la obra—
    —¡QUIERO ESTA CASA TERMINADA DENTRO DE 4 MESES O ME COMERÉ A SUS HIJOS ENFRENTE DE USTEDES! —Mark secuestro a un grupo de obreros,llevo recuersos y herramientas para ellos y los puso a trabajar bajo amenazas,les daba comida y agua cada 4 horas para mantener el ritmo junto a unos colchones para dormir afuera de la obra—
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  • Alessia llevó al tipo que se coló en la casa de su prometida hasta el garaje, un lugar frío, con olor a aceite y metal. Lo ató a una silla con bridas y cuerda, asegurándose de que no hubiera forma de que se soltara cuando despertara. Encendió una lámpara portátil y la apuntó directo al rostro del tipo, esperando a que recobrara la conciencia. El silencio sólo se rompía por el goteo lejano de algún tubo y el zumbido del neón.

    Cuando el traidor abrió los ojos, se encontró con Alessia sentada frente a él, afilando con calma un cuchillo de caza.
    —Bienvenido de vuelta —dijo con voz suave, peligrosa—. Ya sabemos lo de Luca Ferraro. Pero sabemos que hay más… y vas a decirme quiénes son.

    El hombre escupió sangre, intentando aparentar valentía.
    —No sabes con quién te metes…

    Alessia sonrió, inclinando apenas la cabeza.
    —Oh, claro que lo sé. Lo que no sabes tú… es con quién te metiste tú.

    Clavó la hoja en el brazo de la silla, a un centímetro de su mano, lo suficientemente cerca para que sintiera el calor del metal. Luego sacó una aguja de acero y un alicate de la mesa de herramientas.
    —Te daré una oportunidad de ahorrar tiempo… y dedos. ¿Quién te envió? ¿Luca solo? ¿O hay otro nombre que valga la pena?

    La tensión en la habitación era espesa como humo; cada palabra de Alessia caía como un martillazo, cada segundo un recordatorio de que estaba dispuesta a todo.
    Alessia llevó al tipo que se coló en la casa de su prometida hasta el garaje, un lugar frío, con olor a aceite y metal. Lo ató a una silla con bridas y cuerda, asegurándose de que no hubiera forma de que se soltara cuando despertara. Encendió una lámpara portátil y la apuntó directo al rostro del tipo, esperando a que recobrara la conciencia. El silencio sólo se rompía por el goteo lejano de algún tubo y el zumbido del neón. Cuando el traidor abrió los ojos, se encontró con Alessia sentada frente a él, afilando con calma un cuchillo de caza. —Bienvenido de vuelta —dijo con voz suave, peligrosa—. Ya sabemos lo de Luca Ferraro. Pero sabemos que hay más… y vas a decirme quiénes son. El hombre escupió sangre, intentando aparentar valentía. —No sabes con quién te metes… Alessia sonrió, inclinando apenas la cabeza. —Oh, claro que lo sé. Lo que no sabes tú… es con quién te metiste tú. Clavó la hoja en el brazo de la silla, a un centímetro de su mano, lo suficientemente cerca para que sintiera el calor del metal. Luego sacó una aguja de acero y un alicate de la mesa de herramientas. —Te daré una oportunidad de ahorrar tiempo… y dedos. ¿Quién te envió? ¿Luca solo? ¿O hay otro nombre que valga la pena? La tensión en la habitación era espesa como humo; cada palabra de Alessia caía como un martillazo, cada segundo un recordatorio de que estaba dispuesta a todo.
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