• —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
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  • El laboratorio de la calle Monreat
    Fandom N/A
    Categoría Suspenso
    El laboratorio de contención vibraba con el zumbido constante de las luces fluorescentes. Filas de monitores parpadeaban mostrando signos vitales imposibles de interpretar; la frecuencia cardíaca del huésped subía y bajaba como si varias personas respiraran dentro del mismo cuerpo. Tras el grueso cristal reforzado de la cámara de aislamiento, el paciente permanecía sujeto a una camilla metálica, cubierto de cables y vendas húmedas. Cada tanto, su espalda se arqueaba con violencia, provocando que las herramientas quirúrgicas tintinearan sobre las bandejas.

    Los científicos discutían desesperados entre sí. Nadie tenía respuestas. Algunos evitaban siquiera mirar directamente al huésped; había algo en él que provocaba una incomodidad instintiva, como si el cuerpo humano estuviera intentando imitar algo que no comprendía del todo.
    El paciente apenas levantó la cabeza. Sus labios se abrieron lentamente, pero de su garganta surgieron varias voces superpuestas al mismo tiempo.

    Entonces las puertas del laboratorio se abrieron de golpe. El sonido seco de unos pasos resonó entre las alarmas y el murmullo nervioso del personal. Un joven cura irrumpió en la escena y bajo un brazo sostenía un viejo maletín de cuero.

    Los guardias intentaron detenerlo, pero el cura ni siquiera les prestó atención. Sus ojos estaban clavados en el huésped.
    El joven dio una lenta calada a su cigarro antes de hablar con voz grave. Dentro de la cámara, el huésped empezó a sonreír de una forma antinatural.
    El laboratorio de contención vibraba con el zumbido constante de las luces fluorescentes. Filas de monitores parpadeaban mostrando signos vitales imposibles de interpretar; la frecuencia cardíaca del huésped subía y bajaba como si varias personas respiraran dentro del mismo cuerpo. Tras el grueso cristal reforzado de la cámara de aislamiento, el paciente permanecía sujeto a una camilla metálica, cubierto de cables y vendas húmedas. Cada tanto, su espalda se arqueaba con violencia, provocando que las herramientas quirúrgicas tintinearan sobre las bandejas. Los científicos discutían desesperados entre sí. Nadie tenía respuestas. Algunos evitaban siquiera mirar directamente al huésped; había algo en él que provocaba una incomodidad instintiva, como si el cuerpo humano estuviera intentando imitar algo que no comprendía del todo. El paciente apenas levantó la cabeza. Sus labios se abrieron lentamente, pero de su garganta surgieron varias voces superpuestas al mismo tiempo. Entonces las puertas del laboratorio se abrieron de golpe. El sonido seco de unos pasos resonó entre las alarmas y el murmullo nervioso del personal. Un joven cura irrumpió en la escena y bajo un brazo sostenía un viejo maletín de cuero. Los guardias intentaron detenerlo, pero el cura ni siquiera les prestó atención. Sus ojos estaban clavados en el huésped. El joven dio una lenta calada a su cigarro antes de hablar con voz grave. Dentro de la cámara, el huésped empezó a sonreír de una forma antinatural.
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  • ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟𝑜𝑠 𝑽𝒂𝒆𝒍𝒕𝒂𝒋𝒂 𝑛𝑜 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑒𝑟𝑜𝑛 𝘩𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠, 𝑠𝑖𝑛𝑜 𝑏𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎𝑠❞

    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎



    ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Nacieron durante el invierno en que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y comenzaron a llevar únicamente hacia las tumbas. Fue una época donde la nieve cubría los cuerpos antes de que las familias pudieran reclamarlos y los lobos aprendieron a seguir el sonido de las campanas funerarias.

    Los viejos relatos cuentan que un rey, desesperado por terminar una guerra imposible, pidió ayuda a algo que dormía debajo del mundo. No un dios, no las raíces de las montañas, ni siquiera el fuego de un demonio del mundo antiguo. Los dioses todavía exigen amor o fe; esto solo tenía hambre. Y el hambre respondió.

    Los Vaeltaja llegaron después de eso. Altos, silenciosos, cubiertos con pieles oscuras y hierro ennegrecido. Nunca marchaban en grupo, pero los campos quedaban vacíos tras su paso al igual que si hubieran atravesado llanuras oscuras o ejércitos enteros. No tomaban prisioneros, no levantaban estandartes; solo aparecían cuando el invierno era especialmente cruel o una tierra había acumulado demasiados muertos sin enterrar. La gente comenzó a dejarles ofrendas fuera de las aldeas. Carne, herramientas, a veces niños enfermos que no sobrevivirían otra nevada, y todo para que les dieran un entierro digno.

    𝑆𝑖𝑛 𝑒𝑚𝑏𝑎𝑟𝑔𝑜, 𝑒𝑙𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑠𝑖 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑎𝑐𝑒𝑝𝑡𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑒𝑙 𝑜𝑟𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑠𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑎𝑙𝑔𝑜.

    Con el tiempo dejaron de ser vistos como hombres y comenzaron a convertirse en mal augurio, en advertencia. Las madres decían a sus hijos que no siguieran las voces en medio de la tormenta, porque los Vaeltaja imitaban los tonos de quienes uno extrañaba. Otros aseguraban que bajo sus cascos no había rostro, solo dientes pálidos y un vacío que respiraba. Nadie logró comprobarlo nunca.

    Los pocos que sobrevivían a encontrarlos hablaban de algo peor: 𝑙𝑎 𝑐𝑎𝑙𝑚𝑎.

    Porque un Vaeltaja jamás parecía furioso a simple vista. Ni siquiera durante la matanza. Caminaban entre cuerpos con la misma quietud con la que un alto sacerdote recorre una catedral vacía. Como si matar no fuese violencia para ellos, sino un oficio. Como si cada hueso roto obedeciera una ley antigua que el resto del mundo había olvidado.

    Pero hay otro relato. Uno menos... "𝑟𝑒𝑝𝑒𝑡𝑖𝑑𝑜".

    Dicen que un Vaeltaja, hace mucho tiempo, permaneció demasiado tiempo cerca de una aldea. No cazó, no habló. Solo regresaba una y otra vez al mismo lugar, observando desde el bosque como un animal incapaz de abandonar algo que no entiende. Y cuando finalmente volvió a marcharse, el invierno lo siguió detrás. La aldea desapareció antes de la primavera, pues no encontraron cuerpos, solo huellas alrededor de las casas. Él no llevaba estandarte ni juramento visible. El hierro negro de su armadura estaba tan gastado que parecía haber sido arrastrado por el fondo de algún lugar. Atravesó pueblos enfermos, fosas abiertas y bosques donde incluso los lobos evitaban entrar.

    Un pueblo pequeño enterrado entre montañas negras, demasiado lejos de todo para importar realmente. El hambre ya había llegado antes que las bestias; las chimeneas dejaron de encenderse una por una, y la nieve cubría los techos como una mortaja blanca. Él permaneció ahí; quizá el deber, quizá un juramento. Pero se quedó porque todavía había alguien respirando.

    Las historias dicen que las criaturas del bosque comenzaron a rodear el valle la última nevada. Miles de ojos moviéndose entre los árboles al caer la noche y nadie sabe cuánto duró realmente esa nevada. Algunos hablan de días. Otros de semanas enteras donde el sonido del hierro y los gritos jamás se detuvieron.

    Cuando llegó la primavera, el pueblo seguía en pie. No estaba vacío, y encontraron que la aldea estaba llena y prosperando. Ni bestias, ni rastro de batalla. Ni sangre, ni vísceras.

    𝑆𝑜𝑙𝑜 𝑙𝑎 𝑛𝑖𝑒𝑣𝑒 𝑑𝑒𝑟𝑟𝑒𝑡𝑖𝑑𝑎, 𝑎𝑢𝑔𝑢𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑎𝑛̃𝑎𝑛𝑎.


    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛁᚴᛁ ᚢᛅᚱᚦᛘᛅᚦᛦ ᛋᚾᚢᛦ ᚼᚱᛅᛁᚾ ᚼᛅᛁᛘ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❝𝘕𝘰 𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘪𝘢𝘯 𝘳𝘦𝘵𝘶𝘳𝘯𝘴 𝘩𝘰𝘮𝘦 𝘤𝘭𝘦𝘢𝘯❞



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ


    ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/8B-oncQtgAM‎
    ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬 ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟𝑜𝑠 𝑽𝒂𝒆𝒍𝒕𝒂𝒋𝒂 𝑛𝑜 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑒𝑟𝑜𝑛 𝘩𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠, 𝑠𝑖𝑛𝑜 𝑏𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎𝑠❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Nacieron durante el invierno en que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y comenzaron a llevar únicamente hacia las tumbas. Fue una época donde la nieve cubría los cuerpos antes de que las familias pudieran reclamarlos y los lobos aprendieron a seguir el sonido de las campanas funerarias. Los viejos relatos cuentan que un rey, desesperado por terminar una guerra imposible, pidió ayuda a algo que dormía debajo del mundo. No un dios, no las raíces de las montañas, ni siquiera el fuego de un demonio del mundo antiguo. Los dioses todavía exigen amor o fe; esto solo tenía hambre. Y el hambre respondió. Los Vaeltaja llegaron después de eso. Altos, silenciosos, cubiertos con pieles oscuras y hierro ennegrecido. Nunca marchaban en grupo, pero los campos quedaban vacíos tras su paso al igual que si hubieran atravesado llanuras oscuras o ejércitos enteros. No tomaban prisioneros, no levantaban estandartes; solo aparecían cuando el invierno era especialmente cruel o una tierra había acumulado demasiados muertos sin enterrar. La gente comenzó a dejarles ofrendas fuera de las aldeas. Carne, herramientas, a veces niños enfermos que no sobrevivirían otra nevada, y todo para que les dieran un entierro digno. 𝑆𝑖𝑛 𝑒𝑚𝑏𝑎𝑟𝑔𝑜, 𝑒𝑙𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑠𝑖 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑎𝑐𝑒𝑝𝑡𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑒𝑙 𝑜𝑟𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑠𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑎𝑙𝑔𝑜. Con el tiempo dejaron de ser vistos como hombres y comenzaron a convertirse en mal augurio, en advertencia. Las madres decían a sus hijos que no siguieran las voces en medio de la tormenta, porque los Vaeltaja imitaban los tonos de quienes uno extrañaba. Otros aseguraban que bajo sus cascos no había rostro, solo dientes pálidos y un vacío que respiraba. Nadie logró comprobarlo nunca. Los pocos que sobrevivían a encontrarlos hablaban de algo peor: 𝑙𝑎 𝑐𝑎𝑙𝑚𝑎. Porque un Vaeltaja jamás parecía furioso a simple vista. Ni siquiera durante la matanza. Caminaban entre cuerpos con la misma quietud con la que un alto sacerdote recorre una catedral vacía. Como si matar no fuese violencia para ellos, sino un oficio. Como si cada hueso roto obedeciera una ley antigua que el resto del mundo había olvidado. Pero hay otro relato. Uno menos... "𝑟𝑒𝑝𝑒𝑡𝑖𝑑𝑜". Dicen que un Vaeltaja, hace mucho tiempo, permaneció demasiado tiempo cerca de una aldea. No cazó, no habló. Solo regresaba una y otra vez al mismo lugar, observando desde el bosque como un animal incapaz de abandonar algo que no entiende. Y cuando finalmente volvió a marcharse, el invierno lo siguió detrás. La aldea desapareció antes de la primavera, pues no encontraron cuerpos, solo huellas alrededor de las casas. Él no llevaba estandarte ni juramento visible. El hierro negro de su armadura estaba tan gastado que parecía haber sido arrastrado por el fondo de algún lugar. Atravesó pueblos enfermos, fosas abiertas y bosques donde incluso los lobos evitaban entrar. Un pueblo pequeño enterrado entre montañas negras, demasiado lejos de todo para importar realmente. El hambre ya había llegado antes que las bestias; las chimeneas dejaron de encenderse una por una, y la nieve cubría los techos como una mortaja blanca. Él permaneció ahí; quizá el deber, quizá un juramento. Pero se quedó porque todavía había alguien respirando. Las historias dicen que las criaturas del bosque comenzaron a rodear el valle la última nevada. Miles de ojos moviéndose entre los árboles al caer la noche y nadie sabe cuánto duró realmente esa nevada. Algunos hablan de días. Otros de semanas enteras donde el sonido del hierro y los gritos jamás se detuvieron. Cuando llegó la primavera, el pueblo seguía en pie. No estaba vacío, y encontraron que la aldea estaba llena y prosperando. Ni bestias, ni rastro de batalla. Ni sangre, ni vísceras. 𝑆𝑜𝑙𝑜 𝑙𝑎 𝑛𝑖𝑒𝑣𝑒 𝑑𝑒𝑟𝑟𝑒𝑡𝑖𝑑𝑎, 𝑎𝑢𝑔𝑢𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑎𝑛̃𝑎𝑛𝑎. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛁᚴᛁ ᚢᛅᚱᚦᛘᛅᚦᛦ ᛋᚾᚢᛦ ᚼᚱᛅᛁᚾ ᚼᛅᛁᛘ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❝𝘕𝘰 𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘪𝘢𝘯 𝘳𝘦𝘵𝘶𝘳𝘯𝘴 𝘩𝘰𝘮𝘦 𝘤𝘭𝘦𝘢𝘯❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/8B-oncQtgAM‎ ❜
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    ****Edad del Caos.****
    "Las Alas del Engaño"

    La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá.

    Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos.

    No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población.

    Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez.

    Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma.

    Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas.

    -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande?
    -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos?
    -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera?

    Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador.

    Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda.
    Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal.

    Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto.

    Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas.

    Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos.

    Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando.

    El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción.

    Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato.

    Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
    ****Edad del Caos.**** "Las Alas del Engaño" La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá. Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos. No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población. Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez. Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma. Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas. -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande? -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos? -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera? Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador. Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda. Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal. Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto. Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas. Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos. Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando. El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción. Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato. Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
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  • El aroma a jazmin, combiando con el tinteo de las cucharas de plata contra la porclena dentro del gran jardin harían olvidar a cualquiera que se encuentran en el reino mas lujoso y custodiado, Aurelia.

    -El té no está mal, de hecho me gusta bastante, solo que hay un pequeño tema...

    *La seda del traje rozaba con una suavidad incomoda mi piel, tanto que mi mano no paraba de acomodar esa parte del traje una y otra vez. Un contraste evidente comparado a las herramientas de cerrajeria fina que llevaba bajo el forro de la manga izquierda*

    -Te dije que queria una armadura de caballero, o de escolta real, no un traje real...¿de que te ries?
    El aroma a jazmin, combiando con el tinteo de las cucharas de plata contra la porclena dentro del gran jardin harían olvidar a cualquiera que se encuentran en el reino mas lujoso y custodiado, Aurelia. -El té no está mal, de hecho me gusta bastante, solo que hay un pequeño tema... *La seda del traje rozaba con una suavidad incomoda mi piel, tanto que mi mano no paraba de acomodar esa parte del traje una y otra vez. Un contraste evidente comparado a las herramientas de cerrajeria fina que llevaba bajo el forro de la manga izquierda* -Te dije que queria una armadura de caballero, o de escolta real, no un traje real...¿de que te ries?
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  • 。 𝗗𝗶𝗳𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁 𝗷𝗼𝗯, 𝘀𝗮𝗺𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁...
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    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo.

    Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar.

    Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas.

    Y ahora también escondían a una "bruja".

    La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar.

    El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho.

    — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña.

    Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo.

    Abrió el portón de una patada.

    El metal chirrió igual que un animal herido.

    El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían.

    El cazador los observó por un segundo.

    — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original.

    Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso.

    Demasiado rápido para ser una sombra.

    Demasiado humano para ser un truco de luz.

    El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello.

    La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla.

    Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro.

    El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire.

    Entonces la escuchó.

    Una respiración.

    Lenta.

    Arrastrándose entre las paredes.

    El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno.

    — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo. Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar. Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas. Y ahora también escondían a una "bruja". La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar. El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho. — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña. Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo. Abrió el portón de una patada. El metal chirrió igual que un animal herido. El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían. El cazador los observó por un segundo. — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original. Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso. Demasiado rápido para ser una sombra. Demasiado humano para ser un truco de luz. El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello. La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla. Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro. El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire. Entonces la escuchó. Una respiración. Lenta. Arrastrándose entre las paredes. El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno. — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
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  • ➹ 𝗕𝗶𝘁𝗮́𝗰𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘀𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮; 𝗠𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗱𝗼𝘀.
    #𝖲𝗁𝗈𝗋𝗍𝖲𝗍𝗈𝗋𝗒 .

    Los motores encienden, pero no hay forma de mover el resto de las turbinas. El sistema está dañado, sin posibilidad de enviar señales pero ya no suena como la última vez que el tablero se encendió. La tecnología de la tierra es tan anticuada que no se puede ayudar de nada, menos cuando se está en lo que ellos llaman ''el campo''.

    Algunos días se sentía esperanzado, otros simplemente impotente. El calor en aquella zona rural requería descansos continuos, no tenía muchos suministros disponibles además del agua que encontraba de los ríos o algunos estanques, el sabor a tierra no era su favorito.
    Quejarse lo hacía sentir estúpido pues era lo que mantenía su energía, algo de cordura y la paciencia para seguir haciendo anotaciones en una libreta vieja de hojas quemadas.

    '' Revisión continua, al día de hoy no se han encontrado avances. El mismo mantenimiento se realizó ayer cuando aún había luz solar, no hay mejoría.''

    La boca de Shep se torció al plasmar esa última oración con el viejo bolígrafo en mano. Exhaló pesadamente por la nariz encorvándose un poco al bajar la mirada a sus pies. La libreta en sus manos seguía abierta, volviendo las pupilas a revisar lo pendiente.

    — Al menos tengo tiempo de sobra para comer.

    Se murmuró a sí mismo mientras recuperaba la postura, la puerta de la nave subía y bajaba por el viento si no se le colocaba un soporte mientras encontraba como reparar el circuito que la conectaba a la nave. Eso daba oportunidad a ciertos animales para curiosear su morada, entre ellos un conocido peludo de cuatro patas que, a ese punto exigía al menos una cena digna a lado del alienígena.

    El sonido agudo del animal propició a que este se alzara de su desgastado asiento, revisando una caja debajo de herramientas arrumbadas en las que almacenó maíz que encontró (robó) tras explorar algunos metros por el campo. Donde algunas pequeñas chozas se alzaban, corrales con especies animales se alertaban por su paso y las cosechas estaban libres a merced del viento y las criaturas salvajes, como él.

    — Supongo que hoy será mesa para dos.
    ➹ 𝗕𝗶𝘁𝗮́𝗰𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘀𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮; 𝗠𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗱𝗼𝘀. #𝖲𝗁𝗈𝗋𝗍𝖲𝗍𝗈𝗋𝗒 . Los motores encienden, pero no hay forma de mover el resto de las turbinas. El sistema está dañado, sin posibilidad de enviar señales pero ya no suena como la última vez que el tablero se encendió. La tecnología de la tierra es tan anticuada que no se puede ayudar de nada, menos cuando se está en lo que ellos llaman ''el campo''. Algunos días se sentía esperanzado, otros simplemente impotente. El calor en aquella zona rural requería descansos continuos, no tenía muchos suministros disponibles además del agua que encontraba de los ríos o algunos estanques, el sabor a tierra no era su favorito. Quejarse lo hacía sentir estúpido pues era lo que mantenía su energía, algo de cordura y la paciencia para seguir haciendo anotaciones en una libreta vieja de hojas quemadas. '' Revisión continua, al día de hoy no se han encontrado avances. El mismo mantenimiento se realizó ayer cuando aún había luz solar, no hay mejoría.'' La boca de Shep se torció al plasmar esa última oración con el viejo bolígrafo en mano. Exhaló pesadamente por la nariz encorvándose un poco al bajar la mirada a sus pies. La libreta en sus manos seguía abierta, volviendo las pupilas a revisar lo pendiente. — Al menos tengo tiempo de sobra para comer. Se murmuró a sí mismo mientras recuperaba la postura, la puerta de la nave subía y bajaba por el viento si no se le colocaba un soporte mientras encontraba como reparar el circuito que la conectaba a la nave. Eso daba oportunidad a ciertos animales para curiosear su morada, entre ellos un conocido peludo de cuatro patas que, a ese punto exigía al menos una cena digna a lado del alienígena. El sonido agudo del animal propició a que este se alzara de su desgastado asiento, revisando una caja debajo de herramientas arrumbadas en las que almacenó maíz que encontró (robó) tras explorar algunos metros por el campo. Donde algunas pequeñas chozas se alzaban, corrales con especies animales se alertaban por su paso y las cosechas estaban libres a merced del viento y las criaturas salvajes, como él. — Supongo que hoy será mesa para dos.
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  • "Ara ara, parece que un alma valiente ha encontrado mi rincón del pecado y el metal.

    Acércate, no muerdo... al menos no todavía. En ''Infernal Arsenal'', no solo vendo herramientas de destrucción, vendo poder. Vendo esa deliciosa sensación de superioridad que sientes al sostener una de mis creaciones... grabadas con runas que susurran deseos prohibidos.

    ¿Buscas algo sutil para reclamar lo que es tuyo? ¿O algo ruidoso para anunciar tu dominio? Tengo ambos, y más... Dime, dulzura, ¿Qué tentación te ha traído hoy ante mí? No seas tímido... me encanta cuando mis clientes saben exactamente lo que quieren, o cuando yo tengo que ayudarlos a descubrirlo. El placer será todo tuyo... y la ganancia, por supuesto, mía."

    -Aisha te guiña un ojo, mientras sus dedos acarician el receptor de su rifle personalizado.-
    "Ara ara, parece que un alma valiente ha encontrado mi rincón del pecado y el metal. Acércate, no muerdo... al menos no todavía. En ''Infernal Arsenal'', no solo vendo herramientas de destrucción, vendo poder. Vendo esa deliciosa sensación de superioridad que sientes al sostener una de mis creaciones... grabadas con runas que susurran deseos prohibidos. ¿Buscas algo sutil para reclamar lo que es tuyo? ¿O algo ruidoso para anunciar tu dominio? Tengo ambos, y más... Dime, dulzura, ¿Qué tentación te ha traído hoy ante mí? No seas tímido... me encanta cuando mis clientes saben exactamente lo que quieren, o cuando yo tengo que ayudarlos a descubrirlo. El placer será todo tuyo... y la ganancia, por supuesto, mía." -Aisha te guiña un ojo, mientras sus dedos acarician el receptor de su rifle personalizado.-
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  • —Finalmente, el asfixiante yugo de las responsabilidades se ha disuelto, otorgándome al fin la venia para sumergirme en ese reposo profundo y legítimo que tanto había anhelado. Resulta fascinante detenerse a contemplar la agudeza del intelecto humano; es digno de admiración cómo han volcado toda su inventiva de artefactos diseñados exclusivamente para rendir culto al sosiego. No se puede sino reconocer el mérito de una especie que, entre tanto caos, ha logrado perfeccionar con tal maestría las herramientas destinadas al sublime placer de la distensión y el abandono de las preocupaciones."
    —Finalmente, el asfixiante yugo de las responsabilidades se ha disuelto, otorgándome al fin la venia para sumergirme en ese reposo profundo y legítimo que tanto había anhelado. Resulta fascinante detenerse a contemplar la agudeza del intelecto humano; es digno de admiración cómo han volcado toda su inventiva de artefactos diseñados exclusivamente para rendir culto al sosiego. No se puede sino reconocer el mérito de una especie que, entre tanto caos, ha logrado perfeccionar con tal maestría las herramientas destinadas al sublime placer de la distensión y el abandono de las preocupaciones."
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    ***Edad del Caos***
    - Los Guerreros del Caos.

    La aldea nómada había conocido años de una calma frágil, una paz sostenida por costumbre más que por seguridad. Bajo ese cielo abierto, Yen creció sin ser rechazada, sin ser señalada, aprendiendo a vivir como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, reía, y por momentos parecía que el mundo había olvidado su existencia.

    Cada mes, sin excepción, una criatura aparecía en los límites de la aldea. Un cuervo, un lobo, alguna bestia común. Nadie le daba importancia salvo Yen. Ella sabía que no era un animal. Era su padre un fragmento de su poder, un vigilante silencioso que observaba, protegía y, si era necesario, la sacaría de allí sin mirar atrás.

    Porque para Oz, todo podía perderse menos ella pero ese mes, sin embargo, el vigilante nunca llegó y el mundo respondió.

    Los Elunai descendieron sobre la aldea sin aviso. No buscaban a Yen, no sabían que estaba ahí. Solo venían por más sujetos, más cuerpos, más niños que convertir en herramientas. Su ataque fue frío, calculado y despiadado.

    Los nómadas resistieron como siempre lo habían hecho, con fuerza y con rabia pero también con un miedo arraigado durante generaciones. Los Elunai eran, para muchos, los elegidos de los dioses.

    Yen no compartía ese miedo, cuando el caos estalló, ella luchó. Recibió heridas, muchas y profundas pero su cuerpo no obedecía las reglas de los demás. La sangre apenas tocaba el suelo antes de que la piel volviera a cerrarse. El dolor no desaparecía, pero su cuerpo lo ignoraba.

    Entonces todo cambió, Onix estuvo a punto de morir. Un soldado Elunai la superó, la acorraló, y en ese instante Yen dejó de ser una niña.

    No hubo duda ni pensamientos, solo una reacción absoluta. Yen apareció entre ambos y acabó con el soldado sin titubear. La violencia fue directa, brutal, definitiva y con ello, su poder despertó.

    Su cuerpo cambió en cuestión de instantes. Su figura creció, sus rasgos se definieron, su presencia se volvió más pesada, más imponente. Donde antes había una niña ahora había una joven poderosa, hermosa.

    El campo de batalla se detuvo por un instante y luego, los nómadas entendieron. Si ella podía enfrentarlos ellos también.

    El miedo se rompió y lo que siguió fue una respuesta feroz. Los Elunai cayeron uno tras otro. La aldea sangró, perdió a muchos de los suyos pero no se doblegó. Cuando el silencio regresó, no era paz, era el eco de lo que habían sobrevivido.

    Otra vez, Oz llegó tarde, había enviado a su vigilante cuando ya era demasiado tarde. Cuando apareció, no lo hizo solo. Un ejército marchaba con él, criaturas de distintas razas que lo seguían en su guerra.

    Pero nada de eso importó al ver la aldea, la destrucción, la sangre y entre todo ello… su hija.

    Yen lo vio, por un segundo, el mundo desapareció, no importó su nueva forma, no importó lo que había hecho ni lo que se había convertido.

    Corrió hacia él y al alcanzarlo, se quebró y lloró, no como una guerrera, no como alguien que había sobrevivido a una masacre sino como lo que realmente era, una niña que había pasado más de un mes sin saber si su padre seguía con vida.

    Se aferró a él con todas sus fuerzas, como si al soltarlo fuera a desaparecer. Su cuerpo había cambiado, su presencia era distinta pero su llanto revelaba la verdad que nada podía ocultar. Oz la abrazó con fuerza perocon cuidado, con algo que había estado enterrado bajo capas de ira: Amor.

    Pero dentro de él ardía algo más, rabia contra los Elunai, contra los dioses pero sobre todo... Contra sí mismo porque había fallado, habían estado a punto de arrebatárle lo único que le quedaba.

    Onix observó la escena en silencio, reconoció a Oz de inmediato, incluso con su nueva forma. Para ella, no era un monstruo. Era el Nómada que se había alzado contra los dioses. El que no se había arrodillado, el que había demostrado que podían resistir.

    Cuando Oz se separó de Yen y habló a los supervivientes, su voz no fue una orden sino una advertencia. Aceptaría a los nómadas en sus filas pero solo bajo una condición, debían aceptar su poder y ese poder los cambiaría como lo había cambiado a él.

    Hubo silencio, un instante de duda y entonces, Onix dio un paso al frente sin titubear, sin miedo. Se inclinó ante Oz, ese gesto rompió la incertidumbre, los demás la siguieron.

    Oz la observó por un momento y en lugar de otorgarle un poder salvaje e inestable, eligió algo distinto, algo más contenido, más refinado.

    El cambio en Onix fue inmediato, su cuerpo creció, maduró, su presencia se volvió más fuerte pero no perdió su forma. Se transformó en una ogra joven, poderosa, con una belleza imponente que contrastaba con la brutalidad del poder que ahora habitaba en ella.

    Era fuerza pero también control, Oz se acercó a ella y, con una voz más baja, le encomendó algo que no era una orden militar, era una petición, que permaneciera al lado de Yen, que la protegiera, Onix aceptó sin dudar.

    Yen, al verla sonrió porque su mejor amiga seguía ahí y ahora, eran más fuertes.

    Así, en medio de la destrucción, nació algo nuevo, los Nómadas dejaron de ser solo sobrevivientes, se convirtieron en algo más.

    Con el tiempo, el mundo les daría nombres; Orcs, Ogros y aquellos que siguieran creciendo: Onis.

    Pero en ese momento no eran monstruos, eran los que habían decidido no volver a arrodillarse y en el centro de todo una niña que ya no podía volver a serlo y un padre que había decidido que el mundo entero ardería antes de volver a perderla.

    ***Edad del Caos*** - Los Guerreros del Caos. La aldea nómada había conocido años de una calma frágil, una paz sostenida por costumbre más que por seguridad. Bajo ese cielo abierto, Yen creció sin ser rechazada, sin ser señalada, aprendiendo a vivir como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, reía, y por momentos parecía que el mundo había olvidado su existencia. Cada mes, sin excepción, una criatura aparecía en los límites de la aldea. Un cuervo, un lobo, alguna bestia común. Nadie le daba importancia salvo Yen. Ella sabía que no era un animal. Era su padre un fragmento de su poder, un vigilante silencioso que observaba, protegía y, si era necesario, la sacaría de allí sin mirar atrás. Porque para Oz, todo podía perderse menos ella pero ese mes, sin embargo, el vigilante nunca llegó y el mundo respondió. Los Elunai descendieron sobre la aldea sin aviso. No buscaban a Yen, no sabían que estaba ahí. Solo venían por más sujetos, más cuerpos, más niños que convertir en herramientas. Su ataque fue frío, calculado y despiadado. Los nómadas resistieron como siempre lo habían hecho, con fuerza y con rabia pero también con un miedo arraigado durante generaciones. Los Elunai eran, para muchos, los elegidos de los dioses. Yen no compartía ese miedo, cuando el caos estalló, ella luchó. Recibió heridas, muchas y profundas pero su cuerpo no obedecía las reglas de los demás. La sangre apenas tocaba el suelo antes de que la piel volviera a cerrarse. El dolor no desaparecía, pero su cuerpo lo ignoraba. Entonces todo cambió, Onix estuvo a punto de morir. Un soldado Elunai la superó, la acorraló, y en ese instante Yen dejó de ser una niña. No hubo duda ni pensamientos, solo una reacción absoluta. Yen apareció entre ambos y acabó con el soldado sin titubear. La violencia fue directa, brutal, definitiva y con ello, su poder despertó. Su cuerpo cambió en cuestión de instantes. Su figura creció, sus rasgos se definieron, su presencia se volvió más pesada, más imponente. Donde antes había una niña ahora había una joven poderosa, hermosa. El campo de batalla se detuvo por un instante y luego, los nómadas entendieron. Si ella podía enfrentarlos ellos también. El miedo se rompió y lo que siguió fue una respuesta feroz. Los Elunai cayeron uno tras otro. La aldea sangró, perdió a muchos de los suyos pero no se doblegó. Cuando el silencio regresó, no era paz, era el eco de lo que habían sobrevivido. Otra vez, Oz llegó tarde, había enviado a su vigilante cuando ya era demasiado tarde. Cuando apareció, no lo hizo solo. Un ejército marchaba con él, criaturas de distintas razas que lo seguían en su guerra. Pero nada de eso importó al ver la aldea, la destrucción, la sangre y entre todo ello… su hija. Yen lo vio, por un segundo, el mundo desapareció, no importó su nueva forma, no importó lo que había hecho ni lo que se había convertido. Corrió hacia él y al alcanzarlo, se quebró y lloró, no como una guerrera, no como alguien que había sobrevivido a una masacre sino como lo que realmente era, una niña que había pasado más de un mes sin saber si su padre seguía con vida. Se aferró a él con todas sus fuerzas, como si al soltarlo fuera a desaparecer. Su cuerpo había cambiado, su presencia era distinta pero su llanto revelaba la verdad que nada podía ocultar. Oz la abrazó con fuerza perocon cuidado, con algo que había estado enterrado bajo capas de ira: Amor. Pero dentro de él ardía algo más, rabia contra los Elunai, contra los dioses pero sobre todo... Contra sí mismo porque había fallado, habían estado a punto de arrebatárle lo único que le quedaba. Onix observó la escena en silencio, reconoció a Oz de inmediato, incluso con su nueva forma. Para ella, no era un monstruo. Era el Nómada que se había alzado contra los dioses. El que no se había arrodillado, el que había demostrado que podían resistir. Cuando Oz se separó de Yen y habló a los supervivientes, su voz no fue una orden sino una advertencia. Aceptaría a los nómadas en sus filas pero solo bajo una condición, debían aceptar su poder y ese poder los cambiaría como lo había cambiado a él. Hubo silencio, un instante de duda y entonces, Onix dio un paso al frente sin titubear, sin miedo. Se inclinó ante Oz, ese gesto rompió la incertidumbre, los demás la siguieron. Oz la observó por un momento y en lugar de otorgarle un poder salvaje e inestable, eligió algo distinto, algo más contenido, más refinado. El cambio en Onix fue inmediato, su cuerpo creció, maduró, su presencia se volvió más fuerte pero no perdió su forma. Se transformó en una ogra joven, poderosa, con una belleza imponente que contrastaba con la brutalidad del poder que ahora habitaba en ella. Era fuerza pero también control, Oz se acercó a ella y, con una voz más baja, le encomendó algo que no era una orden militar, era una petición, que permaneciera al lado de Yen, que la protegiera, Onix aceptó sin dudar. Yen, al verla sonrió porque su mejor amiga seguía ahí y ahora, eran más fuertes. Así, en medio de la destrucción, nació algo nuevo, los Nómadas dejaron de ser solo sobrevivientes, se convirtieron en algo más. Con el tiempo, el mundo les daría nombres; Orcs, Ogros y aquellos que siguieran creciendo: Onis. Pero en ese momento no eran monstruos, eran los que habían decidido no volver a arrodillarse y en el centro de todo una niña que ya no podía volver a serlo y un padre que había decidido que el mundo entero ardería antes de volver a perderla.
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