• DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD PÚBLICA - DIVISIÓN ESPECIAL 4

    PARA: Dirección General de Seguridad Pública
    DE: Makima, Jefa de la División Especial 4

    ASUNTO: Informe de daños y contención del Demonio Bomba (Reze)

    ​Resumen Operativo:

    Se confirma la neutralización de la amenaza conocida como "Chica Bomba" tras el enfrentamiento a gran escala en el sector metropolitano. A pesar de la magnitud de las explosiones y el colapso de infraestructuras clave, el objetivo principal —asegurar la integridad del Demonio Motosierra (Denji)— se ha cumplido satisfactoriamente.

    ​Evaluación de Daños:

    ​Infraestructura: Pérdida total de tres manzanas comerciales. Se ha procedido a la desinformación mediática habitual (atentado terrorista con explosivos).

    ​Personal: Varias bajas en las divisiones de escolta, pero la División Especial 4 permanece operativa.

    ​Gasto: El coste de reconstrucción es elevado, pero insignificante comparado con la adquisición de la pieza estratégica que representa el objetivo.

    ​Observaciones Personales:

    El caos es una herramienta útil cuando se sabe dirigir. Denji ha demostrado, una vez más, que su voluntad es maleable ante la presión y el afecto. Reze fue una distracción ruidosa, pero necesaria para probar la lealtad de nuestro "perro" y fortalecer su dependencia de esta división.

    ​Conclusión:

    No se requieren medidas disciplinarias. El informe se cierra con el éxito de la misión. El mundo sigue girando bajo nuestro control, aunque los ciudadanos solo escuchen el eco de las explosiones.
    ​Firma:
    Makima
    Líder de la División Especial 4
    DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD PÚBLICA - DIVISIÓN ESPECIAL 4 PARA: Dirección General de Seguridad Pública DE: Makima, Jefa de la División Especial 4 ASUNTO: Informe de daños y contención del Demonio Bomba (Reze) ​Resumen Operativo: Se confirma la neutralización de la amenaza conocida como "Chica Bomba" tras el enfrentamiento a gran escala en el sector metropolitano. A pesar de la magnitud de las explosiones y el colapso de infraestructuras clave, el objetivo principal —asegurar la integridad del Demonio Motosierra (Denji)— se ha cumplido satisfactoriamente. ​Evaluación de Daños: ​Infraestructura: Pérdida total de tres manzanas comerciales. Se ha procedido a la desinformación mediática habitual (atentado terrorista con explosivos). ​Personal: Varias bajas en las divisiones de escolta, pero la División Especial 4 permanece operativa. ​Gasto: El coste de reconstrucción es elevado, pero insignificante comparado con la adquisición de la pieza estratégica que representa el objetivo. ​Observaciones Personales: El caos es una herramienta útil cuando se sabe dirigir. Denji ha demostrado, una vez más, que su voluntad es maleable ante la presión y el afecto. Reze fue una distracción ruidosa, pero necesaria para probar la lealtad de nuestro "perro" y fortalecer su dependencia de esta división. ​Conclusión: No se requieren medidas disciplinarias. El informe se cierra con el éxito de la misión. El mundo sigue girando bajo nuestro control, aunque los ciudadanos solo escuchen el eco de las explosiones. ​Firma: Makima Líder de la División Especial 4
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  • NO termino de entender tu perdida de identidad ( su cuenta XD ) pero ya estas aqui mi verdosa amada sabes que al 100x100 con tigo y en mi corazón Mi amor bienvenida de nuevo Samantha Ishtar Yokin
    NO termino de entender tu perdida de identidad ( su cuenta XD ) pero ya estas aqui mi verdosa amada sabes que al 100x100 con tigo y en mi corazón Mi amor bienvenida de nuevo [frost_pearl_bull_887]
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  • 𝐋𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧.





    El hombre habla con la urgencia de quien teme que el silencio revele demasiado. Sus palabras llegan en ráfagas desordenadas: insomnio, ansiedad, una irritación constante que dice no comprender. Intenta hilar los hechos como si fuesen síntomas de algo externo, algo que pudiera señalarse, nombrarse, tratarse.

    Frente a él, el Dr. Lecter permanece inmóvil.

    Las manos descansan entrelazadas por encima de una de sus rodillas, las cuales están cruzadas una encima de la otra. La postura es impecable, la expresión serena, casi indulgente. A primera vista parece la imagen perfecta de la atención profesional. El paciente interpreta esa quietud como paciencia. Como compasión.

    Es un error garrafal como delicado, cabe mencionar. Hannibal escucha, sí, pero no las palabras.

    Observa.

    El ritmo irregular de la respiración. La forma en que los dedos del hombre se crispan cuando menciona a su hermano. La manera casi imperceptible en que su mirada se aparta cada vez que la conversación se aproxima a algo que preferiría no mirar directamente. Las confesiones humanas rara vez se encuentran en lo que dice.

    𝑆𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑒𝑣𝑎𝑠𝑖𝑜́𝑛.

    Qué criatura más transparente, piensa Hannibal con una calma que roza lo contemplativo.

    El paciente continúa hablando, ahora más rápido, como si el simple acto de hablar pudiera mantener a raya aquello que se agita en su interior. Habla de frustración. De rabia contenida, o de una incomodidad de impulso.

    La palabra no llega siquiera a pronunciarse. No todavía.

    Hannibal inclina apenas la cabeza, observándolo como un conservador de museo examinaría una pintura antigua bajo una luz más cuidadosa. Cada grieta en la superficie revela algo del artista.

    Cada silencio revela algo del alma.

    El paciente finalmente se queda sin palabras. El aire del consultorio se aquieta, cargado con esa tensión suave que aparece cuando alguien espera ser juzgado.

    El Dr. Lecter sostiene su mirada durante un instante. Luego una leve sonrisa, tan educada como inescrutable, aparece en sus labios.

    —Es curioso —dice finalmente, con una voz baja y perfectamente cálida—.

    Una pausa elegante, casi pensativa.

    —Las personas suelen venir aquí creyendo que desean respuestas.

    Sus ojos permanecen tranquilos, atentos.

    —Pero con frecuencia... lo que realmente buscan es permiso para reconocer aquello que ya saben.
    𝐋𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧. El hombre habla con la urgencia de quien teme que el silencio revele demasiado. Sus palabras llegan en ráfagas desordenadas: insomnio, ansiedad, una irritación constante que dice no comprender. Intenta hilar los hechos como si fuesen síntomas de algo externo, algo que pudiera señalarse, nombrarse, tratarse. Frente a él, el Dr. Lecter permanece inmóvil. Las manos descansan entrelazadas por encima de una de sus rodillas, las cuales están cruzadas una encima de la otra. La postura es impecable, la expresión serena, casi indulgente. A primera vista parece la imagen perfecta de la atención profesional. El paciente interpreta esa quietud como paciencia. Como compasión. Es un error garrafal como delicado, cabe mencionar. Hannibal escucha, sí, pero no las palabras. Observa. El ritmo irregular de la respiración. La forma en que los dedos del hombre se crispan cuando menciona a su hermano. La manera casi imperceptible en que su mirada se aparta cada vez que la conversación se aproxima a algo que preferiría no mirar directamente. Las confesiones humanas rara vez se encuentran en lo que dice. 𝑆𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑒𝑣𝑎𝑠𝑖𝑜́𝑛. Qué criatura más transparente, piensa Hannibal con una calma que roza lo contemplativo. El paciente continúa hablando, ahora más rápido, como si el simple acto de hablar pudiera mantener a raya aquello que se agita en su interior. Habla de frustración. De rabia contenida, o de una incomodidad de impulso. La palabra no llega siquiera a pronunciarse. No todavía. Hannibal inclina apenas la cabeza, observándolo como un conservador de museo examinaría una pintura antigua bajo una luz más cuidadosa. Cada grieta en la superficie revela algo del artista. Cada silencio revela algo del alma. El paciente finalmente se queda sin palabras. El aire del consultorio se aquieta, cargado con esa tensión suave que aparece cuando alguien espera ser juzgado. El Dr. Lecter sostiene su mirada durante un instante. Luego una leve sonrisa, tan educada como inescrutable, aparece en sus labios. —Es curioso —dice finalmente, con una voz baja y perfectamente cálida—. Una pausa elegante, casi pensativa. —Las personas suelen venir aquí creyendo que desean respuestas. Sus ojos permanecen tranquilos, atentos. —Pero con frecuencia... lo que realmente buscan es permiso para reconocer aquello que ya saben.
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  • ──── Jamás dije que no fuese vanidosa, no obstante, la belleza de mi apariencia congelada en el tiempo solo es eclipsada por mi conocimiento.
    Y No veo motivo alguno para lucir desalineada solo por estar dias metida en un laboratorio.
    ──── Jamás dije que no fuese vanidosa, no obstante, la belleza de mi apariencia congelada en el tiempo solo es eclipsada por mi conocimiento. Y No veo motivo alguno para lucir desalineada solo por estar dias metida en un laboratorio.
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  • La cabeza le daba vueltas mientras colgaba la llamada de su teléfono... Otra llamada no atendida, otra vez de vuelta en el buzón de voz, de nuevo un mensaje que había dejado con la esperanza de una respuesta que probablemente nunca llegaría.
    Suspiró mientras detenía sus pasos al andar por el pasillo del hotel, sin prestar verdadera atención a su alrededor sino hasta varios minutos después donde, distraídamente, observó la pared de su costado percatándose de un viejo cuadro que allí había colgado. Uno de tantos que ella misma había distribuido por el hotel. Nunca había sido fan o de presumirse a sí misma en cuadros, tal vez fuera la costumbre pero distintos de ellos solían mostrar que no era sólo una fundadora de un hotel de segunda.... Sino la misma princesa del infierno. Cuadros sola, otros con sus padres, otros sólo con su padre y otros como aquel que ahora observaba...

    Solo con su madre.

    Ella siempre se había visto espléndida en los cuadros tan cuidadosa y rigurosamente pintados a mano. Incluso en simples pinturas se podía notar la magnificencia de su madre como reina, el poder y la seguridad que ella irradiaba sólo con su sonrisa y su mirada. Siempre perfecta, siempre.... Ella.
    Mientras que, por otro lado, estaba ella a su lado tan sólo intentándolo. Ni siquiera siendo la sombra de lo que su madre era, de lo que su madre también había esperado que fuera. Aquello le había removido recuerdos del día en que ese cuadro había sido pintado....


    Sólo era otro día como cualquier otro, viviendo junto a su madre. Los sirvientes iban y venían mientras su madre sencillamente tarareaba en lo que se observaba en un espejo inspeccionando hasta el más mínimo de los detalles en su apariencia; que cada mechón de su cabello estuviese en su lugar, que ni una arruga se mostrara en sus prendas, que su corona estuviera perfecta sobre su cabeza e, incluso, que la sombra de sus ojos o el tinte de sus labios no se hubiera corrido ni siquiera un milímetro.

    — ¿Mamá? —

    Se había asomado por la puerta de la habitación, en realidad hacía varios minutos pero no se había atrevido a interrumpir a su madre. No cuando se la veía tan ocupada con ella misma por lo que había aguardado hasta que creyó había terminado.
    Recordaba a su madre voltear a su llamado, verla con el atuendo que había elegido para ella aunque portaba una postura más bien cohibida.

    — Ah, ah, Charlie. Cariño. ¿Qué dijimos de tu postura? No querrás verte tan.... Tú ¿No es cierto?

    Recordaba su sonrisa, tan cálida, tan segura, mientras se acercaba con elegante andar hasta ella para modificar su postura. Alzando su cabeza desde el mentón, la espalda recta.
    Al acabar la había observado con aquella mirada tan crítica, tan pensativa, tan solo un momento antes de negar con la cabeza e ir a su tocador donde revolvió entre sus cosas acercándose con un labial en manos.

    — Quédate quieta, sólo un poco más...

    Había tomado su rostro desde el mentón, pintando sus labios mientras ella se dejaba dócilmente ni siquiera atreviéndose a hablar para no arruinar el arduo trabajo que hacía en ella.

    — Y listo. Ahora sí te pareces un poco más a mi

    Su risa, tan melodiosa, elegante. Su propio corazón hinchándose de alegría cuando decía se le parecía pues nada anhelaba más que ser como su madre, tener su misma seguridad, su aura, su destreza... Ella era la reina que aspiraba a hacer.
    Siempre servicial pensando en el bienestar de los pecadores, de su pueblo, pero sin olvidarse de ella misma.
    Habiéndola tomado de los hombros la había animado a acercarse a un espejo donde ambas se posaron delante mientras los imps comenzaban a preparar los materiales para el cuadro de ambas que se pintaría.

    — Y no lo olvides, Charlie. Mantén la cabeza en alto, muéstrate segura y recuerda que un día el trono será tuyo... Entonces tal vez puedas ser como yo un día.
    Ow, pero no te preocupes. Yo sí creo en ti ¿Quién lo haría sino tu madre?


    Su madre creía, como siempre lo había hecho. Volvió a bajar la mirada del cuadro a su celular... Ni un mensaje. Ni una llamada devuelta. Frunció el ceño con cierta tristeza por ello pero enseguida sacudió la cabeza; debía recordar lo que su madre le había enseñado. Debía enorgullecerla aún si ahora no podía verla.
    Su madre creía en ella y eso era todo lo que necesitaba. Debía seguir sus pasos
    La cabeza le daba vueltas mientras colgaba la llamada de su teléfono... Otra llamada no atendida, otra vez de vuelta en el buzón de voz, de nuevo un mensaje que había dejado con la esperanza de una respuesta que probablemente nunca llegaría. Suspiró mientras detenía sus pasos al andar por el pasillo del hotel, sin prestar verdadera atención a su alrededor sino hasta varios minutos después donde, distraídamente, observó la pared de su costado percatándose de un viejo cuadro que allí había colgado. Uno de tantos que ella misma había distribuido por el hotel. Nunca había sido fan o de presumirse a sí misma en cuadros, tal vez fuera la costumbre pero distintos de ellos solían mostrar que no era sólo una fundadora de un hotel de segunda.... Sino la misma princesa del infierno. Cuadros sola, otros con sus padres, otros sólo con su padre y otros como aquel que ahora observaba... Solo con su madre. Ella siempre se había visto espléndida en los cuadros tan cuidadosa y rigurosamente pintados a mano. Incluso en simples pinturas se podía notar la magnificencia de su madre como reina, el poder y la seguridad que ella irradiaba sólo con su sonrisa y su mirada. Siempre perfecta, siempre.... Ella. Mientras que, por otro lado, estaba ella a su lado tan sólo intentándolo. Ni siquiera siendo la sombra de lo que su madre era, de lo que su madre también había esperado que fuera. Aquello le había removido recuerdos del día en que ese cuadro había sido pintado.... Sólo era otro día como cualquier otro, viviendo junto a su madre. Los sirvientes iban y venían mientras su madre sencillamente tarareaba en lo que se observaba en un espejo inspeccionando hasta el más mínimo de los detalles en su apariencia; que cada mechón de su cabello estuviese en su lugar, que ni una arruga se mostrara en sus prendas, que su corona estuviera perfecta sobre su cabeza e, incluso, que la sombra de sus ojos o el tinte de sus labios no se hubiera corrido ni siquiera un milímetro. — ¿Mamá? — Se había asomado por la puerta de la habitación, en realidad hacía varios minutos pero no se había atrevido a interrumpir a su madre. No cuando se la veía tan ocupada con ella misma por lo que había aguardado hasta que creyó había terminado. Recordaba a su madre voltear a su llamado, verla con el atuendo que había elegido para ella aunque portaba una postura más bien cohibida. — Ah, ah, Charlie. Cariño. ¿Qué dijimos de tu postura? No querrás verte tan.... Tú ¿No es cierto? Recordaba su sonrisa, tan cálida, tan segura, mientras se acercaba con elegante andar hasta ella para modificar su postura. Alzando su cabeza desde el mentón, la espalda recta. Al acabar la había observado con aquella mirada tan crítica, tan pensativa, tan solo un momento antes de negar con la cabeza e ir a su tocador donde revolvió entre sus cosas acercándose con un labial en manos. — Quédate quieta, sólo un poco más... Había tomado su rostro desde el mentón, pintando sus labios mientras ella se dejaba dócilmente ni siquiera atreviéndose a hablar para no arruinar el arduo trabajo que hacía en ella. — Y listo. Ahora sí te pareces un poco más a mi Su risa, tan melodiosa, elegante. Su propio corazón hinchándose de alegría cuando decía se le parecía pues nada anhelaba más que ser como su madre, tener su misma seguridad, su aura, su destreza... Ella era la reina que aspiraba a hacer. Siempre servicial pensando en el bienestar de los pecadores, de su pueblo, pero sin olvidarse de ella misma. Habiéndola tomado de los hombros la había animado a acercarse a un espejo donde ambas se posaron delante mientras los imps comenzaban a preparar los materiales para el cuadro de ambas que se pintaría. — Y no lo olvides, Charlie. Mantén la cabeza en alto, muéstrate segura y recuerda que un día el trono será tuyo... Entonces tal vez puedas ser como yo un día. Ow, pero no te preocupes. Yo sí creo en ti ¿Quién lo haría sino tu madre? Su madre creía, como siempre lo había hecho. Volvió a bajar la mirada del cuadro a su celular... Ni un mensaje. Ni una llamada devuelta. Frunció el ceño con cierta tristeza por ello pero enseguida sacudió la cabeza; debía recordar lo que su madre le había enseñado. Debía enorgullecerla aún si ahora no podía verla. Su madre creía en ella y eso era todo lo que necesitaba. Debía seguir sus pasos
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  • 《 Mi familia no tenía mucho, pero la comida, el cobijo y la chimenea caliente no faltaban. No tenía juguetes como los demás, así que me distraía con lo que encontraba en la casa de mi abuela.

    Libros.
    Mi abuela tenía muchos libros.
    Entre ellos, uno captó mi atención, se llamaba "Notes on Hospitals"

    Todos los días, llegando de la escuela, me apresuraba a hacer mis tareas para poder leer todo lo que pudiera de aquel libro, asi fuera a escondidas junto a la chimenea.

    No entendía todo, había palabras que tenía que buscar varias veces, preguntarle a mi abuela o un profesor, habia párrafos que me tomaba mucho comprender.

    Pero entendía lo importante; alguien había decidido mirar el sufrimiento humano y no apartar la mirada.

    Florence Nightingale escribió sobre hospitales, higiene, organización, trataba de persona, de los que estaban heridos, de los que no podían levantarse y de los que nadie quería tocar...

    Recuerdo que pensaba "es una mujer muy valiente, en la escuela un profesor se desmayó viendo sangre"

    Pero Florence, tenia una valentia especial, no una valentía ruidosa, como la que aparece en las historias de guerra o las películas estadounidenses.

    Una valentía poderosa y silenciosa. La valentía de entrar en habitaciones llenas de dolor y permanecer allí con fuerza, temple y dedicación.


    La historia que nos enseñan en la escuela es tan aburrida y los nombres que se repiten suelen ser los de hombres: generales, estrategas, conquistadores...¿y las mujeres?

    Siempre hay mujeres sosteniendo el mundo desde lugares donde nadie las ve.

    Curando.
    Enseñando.
    Organizando el caos y manteniendo con vida a personas que otros ya habían dado por perdidas.

    Florence Nightingale no empuñó una pistola o un rifle, no fue una conquistadora, no cortó cabezas, no lidero personas en el campode batalla..

    Pero cambió la manera en que el mundo entiende el cuidado, la medicina y la dignidad de los pacientes. Eso… requiere un tipo de fuerza que rara vez se reconoce.

    No la conocí. Pero su trabajo llegó hasta mi, un niño que leía en silencio junto a una chimenea.

    Por eso, cuando escucho a alguien decir que el trabajo de las mujeres es pequeño o que su impacto es secundario… sé que están muy equivocados.

    La historia está llena de mujeres que cambiaron el mundo.
    Muchas de ellas sin pedir reconocimiento.

    Florence Nightingale fue una de ellas.

    Y gracias a mujeres como ella, algunos de nosotros aprendimos que salvar una vida también es una forma de valentía. 》
    《 Mi familia no tenía mucho, pero la comida, el cobijo y la chimenea caliente no faltaban. No tenía juguetes como los demás, así que me distraía con lo que encontraba en la casa de mi abuela. Libros. Mi abuela tenía muchos libros. Entre ellos, uno captó mi atención, se llamaba "Notes on Hospitals" Todos los días, llegando de la escuela, me apresuraba a hacer mis tareas para poder leer todo lo que pudiera de aquel libro, asi fuera a escondidas junto a la chimenea. No entendía todo, había palabras que tenía que buscar varias veces, preguntarle a mi abuela o un profesor, habia párrafos que me tomaba mucho comprender. Pero entendía lo importante; alguien había decidido mirar el sufrimiento humano y no apartar la mirada. Florence Nightingale escribió sobre hospitales, higiene, organización, trataba de persona, de los que estaban heridos, de los que no podían levantarse y de los que nadie quería tocar... Recuerdo que pensaba "es una mujer muy valiente, en la escuela un profesor se desmayó viendo sangre" Pero Florence, tenia una valentia especial, no una valentía ruidosa, como la que aparece en las historias de guerra o las películas estadounidenses. Una valentía poderosa y silenciosa. La valentía de entrar en habitaciones llenas de dolor y permanecer allí con fuerza, temple y dedicación. La historia que nos enseñan en la escuela es tan aburrida y los nombres que se repiten suelen ser los de hombres: generales, estrategas, conquistadores...¿y las mujeres? Siempre hay mujeres sosteniendo el mundo desde lugares donde nadie las ve. Curando. Enseñando. Organizando el caos y manteniendo con vida a personas que otros ya habían dado por perdidas. Florence Nightingale no empuñó una pistola o un rifle, no fue una conquistadora, no cortó cabezas, no lidero personas en el campode batalla.. Pero cambió la manera en que el mundo entiende el cuidado, la medicina y la dignidad de los pacientes. Eso… requiere un tipo de fuerza que rara vez se reconoce. No la conocí. Pero su trabajo llegó hasta mi, un niño que leía en silencio junto a una chimenea. Por eso, cuando escucho a alguien decir que el trabajo de las mujeres es pequeño o que su impacto es secundario… sé que están muy equivocados. La historia está llena de mujeres que cambiaron el mundo. Muchas de ellas sin pedir reconocimiento. Florence Nightingale fue una de ellas. Y gracias a mujeres como ella, algunos de nosotros aprendimos que salvar una vida también es una forma de valentía. 》
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  • El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio.
    Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme.
    Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar.

    —Otra noche más…

    murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
    Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo.
    Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía.
    Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote.
    Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar.
    Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver.
    Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió.

    —Aquí Kennedy. Estoy en camino.

    Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado.
    Apagó la luz.
    Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
    El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio. Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme. Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar. —Otra noche más… murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie. Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo. Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía. Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote. Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar. Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver. Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió. —Aquí Kennedy. Estoy en camino. Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado. Apagó la luz. Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Me hacía ilusión subir la llegada de los dos cachorros y he intentado ser cuidadosa con las imágenes. En fin, no lo hice tampoco con mala intención de incomodar.
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  • La noticia le había llegado. Incompleta, entre muchos rumores. De fuentes dudosas.
    "Lo vas a perder"
    "No te encariñes con él"
    "Ella te ganó"

    ¿Le iba a decir a él los rumores que ahora conocía?
    No.
    Solo iba a disfrutar los pocos dias que le quedaran de paz. Solo iba a saber la abuela y su amigo.
    Nadie más tenía por qué saber.
    Encontrarían una solución,
    La noticia le había llegado. Incompleta, entre muchos rumores. De fuentes dudosas. "Lo vas a perder" "No te encariñes con él" "Ella te ganó" ¿Le iba a decir a él los rumores que ahora conocía? No. Solo iba a disfrutar los pocos dias que le quedaran de paz. Solo iba a saber la abuela y su amigo. Nadie más tenía por qué saber. Encontrarían una solución,
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  • El timbre del receso había sonado como una muy fuerte y ruidosa alarma de despertador... Taladrando en la cien de todos los allí presentes que, como zombis salieron afuera en busca de estirar las piernas y sus cuellos; era esperable después de una pesada mañana de clase de letras.
    Pero, de entre todos los escamosos y reptilianos dinosaurios que poblaban el aula, había una que no se había movido en lo absoluto... quizás absorta en su propio mundo, quizás dormida; por sus ojos muertos que miraban hacía el libro de texto que estudiaban en clase, no se sabía bien que era lo que pasaba por la mente de esa Utharaptor de escamas blancas, pero si algo era seguro, eso era que ella no tenía la mente allí. Quizás sea buena idea preguntarle ¿Qué dices?

    El timbre del receso había sonado como una muy fuerte y ruidosa alarma de despertador... Taladrando en la cien de todos los allí presentes que, como zombis salieron afuera en busca de estirar las piernas y sus cuellos; era esperable después de una pesada mañana de clase de letras. Pero, de entre todos los escamosos y reptilianos dinosaurios que poblaban el aula, había una que no se había movido en lo absoluto... quizás absorta en su propio mundo, quizás dormida; por sus ojos muertos que miraban hacía el libro de texto que estudiaban en clase, no se sabía bien que era lo que pasaba por la mente de esa Utharaptor de escamas blancas, pero si algo era seguro, eso era que ella no tenía la mente allí. Quizás sea buena idea preguntarle ¿Qué dices?
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