El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio.
Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme.
Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar.
—Otra noche más…
murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo.
Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía.
Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote.
Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar.
Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver.
Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió.
—Aquí Kennedy. Estoy en camino.
Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado.
Apagó la luz.
Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme.
Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar.
—Otra noche más…
murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo.
Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía.
Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote.
Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar.
Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver.
Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió.
—Aquí Kennedy. Estoy en camino.
Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado.
Apagó la luz.
Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.
El silencio del apartamento era denso, apenas interrumpido por el sonido metálico de un cargador encajando en su sitio.
Leon estaba de pie frente a la mesa, las luces apagadas salvo por la lámpara que iluminaba el arsenal cuidadosamente dispuesto. Su reflejo se dibujaba en el cristal de la ventana: más cansado que años atrás, pero igual de firme.
Tomó la camisa táctica negra y se la colocó con movimientos precisos, casi mecánicos. Cada gesto estaba ensayado por la experiencia. Ajustó las hombreras, probó la movilidad de los brazos. Nada podía fallar.
—Otra noche más…
murmuró en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
Se inclinó ligeramente para asegurar la funda del muslo, apretando las correas hasta que quedaron firmes contra el pantalón táctico. Sacó su pistola, revisó el seguro, giró el arma en su mano con familiaridad y la cargó. Click. El sonido fue limpio, definitivo.
Luego se quedó unos segundos mirando el arma, como si pesara más que el metal que la componía.
Había leído el informe tres veces. Pueblo aislado. Señales biológicas desconocidas. Posible brote.
Demasiado parecido a viejos recuerdos que prefería no desempolvar.
Se colocó la chaqueta, subiendo el cierre con calma, ocultando bajo la tela las cicatrices que no todos podían ver.
Antes de salir, tomó el comunicador y lo encendió.
—Aquí Kennedy. Estoy en camino.
Su tono era profesional, pero en su mirada había algo más: determinación mezclada con esa fatiga que solo conocen quienes han sobrevivido demasiado.
Apagó la luz.
Y esta vez, no sabía si volvería a encenderla.