• Danza del fuego primordial
    Categoría Acción
    Rol con Ekaterina Smirnova

    Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial.

    Y ahí estás tú.

    Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota.
    Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle.

    Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave.

    —Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos.

    Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos.
    La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa.

    Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma.

    —Ten.
    —Una flor de mi alma.

    Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.
    Rol con [soviet_experiment] Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial. Y ahí estás tú. Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota. Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle. Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave. —Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos. Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos. La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa. Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma. —Ten. —Una flor de mi alma. Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica.

    ​《FLASHBACK》

    ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”.

    ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino:

    ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación."

    ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba.

    ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real.

    ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga.
    ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica. ​《FLASHBACK》 ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”. ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino: ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación." ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba. ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real. ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga. ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
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  • #Seductivesunday *No quería dejar al l último momento los preparativos; ella merece la perfección, y yo disfruto dándosela. Durante mi paseo, el instinto me llevó a un sastre de renombre para concretar mi armadura de gala. Al probarme los diseños, el espejo se convirtió en mi cómplice silencioso. Observé cómo el traje acentuaba mi porte y cómo mi cabello largo caía con una elegancia rebelde sobre mis hombros. Hay algo profundamente embriagador en saberse el hombre más atractivo de la habitación, y hoy, pienso usar ese poder sin piedad. Me miré una última vez, reconociendo mi propia magnificencia con una sonrisa ladeada.*

    —Nada mal... prepárate, porque no vas a poder quitarme los ojos de encima.—
    #Seductivesunday *No quería dejar al l último momento los preparativos; ella merece la perfección, y yo disfruto dándosela. Durante mi paseo, el instinto me llevó a un sastre de renombre para concretar mi armadura de gala. Al probarme los diseños, el espejo se convirtió en mi cómplice silencioso. Observé cómo el traje acentuaba mi porte y cómo mi cabello largo caía con una elegancia rebelde sobre mis hombros. Hay algo profundamente embriagador en saberse el hombre más atractivo de la habitación, y hoy, pienso usar ese poder sin piedad. Me miré una última vez, reconociendo mi propia magnificencia con una sonrisa ladeada.* —Nada mal... prepárate, porque no vas a poder quitarme los ojos de encima.—
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  • El frío de las noches cala en el cuerpo con fuerza, y la necesidad de no pensar en ello hace que la mente comience a trabajar para distraerse con otras cosas. El calor del cigarrillo apenas es suficiente para dejar de temblar, pero es una de esas noches reflexivas en las que no puede simplemente regresar a su departamento y resguardarse. Pensar es necesario, rebuscar explicaciones y plantearse escenarios que pudieron ser es parte de la rutina diaria del fin de semana durante el tiempo destinado a divagar.

    "Tal vez debí hablarle con más calma." Es el primer pensamiento que cruza su mente cuando le da una calada al cigarrillo. Sabía que el trabajo a veces era difícil, que ya de por sí el estrés y los deadlines lo hacían complicado para todavía poner más peso en los hombros de sus subordinados. Pero si no eran ellos, sería él. Una torre siempre cae cuando sus cimientos se sacuden y flaquean; tal vez en ese sismo no caería, pero lo haría en el siguiente, o en el siguiente de ese, o en el siguiente del siguiente. Era un hecho que tarde o temprano alguien terminaría cayendo y ese no podía -ni debía- ser él. "Tal vez debí entenderlo y mirarlo con otros ojos".

    — No, le di demasiadas oportunidades y no las supo aprovechar. —Suspiró, aprovechó de hacerlo en el momento que soltó el humo del cigarrillo, como si con ello estuviese dejando que parte de sus preocupaciones se esfumaran lentamente. La tensión en los hombros era grande, llegaba a ser dolorosa incluso del lado derecho, pero el pesar del corazón le hacía creer que era un precio justo.— Quizá sí sea esta la mejor decisión, un ultimátum hace cambiar a las personas. ¡Argh! Dios.

    Vincent se desesperó. Arrojó la colilla del cigarro al suelo y la pisó para asegurarse de que lo había apagado y, poco después, comenzó a palparse los bolsillos para encontrar la cajetilla. Obtuvo uno más y se lo llevó a la boca pero, al no encontrar el encendedor, sólo lo mantuvo sujeto mientras que refunfuñaba.

    — ¿Qué debería hacer en este caso? ¿Por qué es tan difícil asumir la responsabilidad sobre los sentimientos de los demás? Odio esta parte del trabajo.
    El frío de las noches cala en el cuerpo con fuerza, y la necesidad de no pensar en ello hace que la mente comience a trabajar para distraerse con otras cosas. El calor del cigarrillo apenas es suficiente para dejar de temblar, pero es una de esas noches reflexivas en las que no puede simplemente regresar a su departamento y resguardarse. Pensar es necesario, rebuscar explicaciones y plantearse escenarios que pudieron ser es parte de la rutina diaria del fin de semana durante el tiempo destinado a divagar. "Tal vez debí hablarle con más calma." Es el primer pensamiento que cruza su mente cuando le da una calada al cigarrillo. Sabía que el trabajo a veces era difícil, que ya de por sí el estrés y los deadlines lo hacían complicado para todavía poner más peso en los hombros de sus subordinados. Pero si no eran ellos, sería él. Una torre siempre cae cuando sus cimientos se sacuden y flaquean; tal vez en ese sismo no caería, pero lo haría en el siguiente, o en el siguiente de ese, o en el siguiente del siguiente. Era un hecho que tarde o temprano alguien terminaría cayendo y ese no podía -ni debía- ser él. "Tal vez debí entenderlo y mirarlo con otros ojos". — No, le di demasiadas oportunidades y no las supo aprovechar. —Suspiró, aprovechó de hacerlo en el momento que soltó el humo del cigarrillo, como si con ello estuviese dejando que parte de sus preocupaciones se esfumaran lentamente. La tensión en los hombros era grande, llegaba a ser dolorosa incluso del lado derecho, pero el pesar del corazón le hacía creer que era un precio justo.— Quizá sí sea esta la mejor decisión, un ultimátum hace cambiar a las personas. ¡Argh! Dios. Vincent se desesperó. Arrojó la colilla del cigarro al suelo y la pisó para asegurarse de que lo había apagado y, poco después, comenzó a palparse los bolsillos para encontrar la cajetilla. Obtuvo uno más y se lo llevó a la boca pero, al no encontrar el encendedor, sólo lo mantuvo sujeto mientras que refunfuñaba. — ¿Qué debería hacer en este caso? ¿Por qué es tan difícil asumir la responsabilidad sobre los sentimientos de los demás? Odio esta parte del trabajo.
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  • TIANSHAN

    Hermoso lugar onírico ubicado en un valle rodeado por las majestuosas montañas de Zhōngguó (Tierra central).

    Una hermosa posada donde viajeros podran descansar y convivir con la naturaleza.

    Sean bienvenidos.

    Daozhang Xiao Xingchen

    PD.- Se encuentra en el menú principal en la seccion Lugares de Rol
    TIANSHAN Hermoso lugar onírico ubicado en un valle rodeado por las majestuosas montañas de Zhōngguó (Tierra central). Una hermosa posada donde viajeros podran descansar y convivir con la naturaleza. Sean bienvenidos. Daozhang Xiao Xingchen PD.- Se encuentra en el menú principal en la seccion Lugares de Rol
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  • Castle of Whispers
    Fandom Original
    Categoría Suspenso
    { Rol privado : Morana }

    El estado solido de un castillo que relatan hace siglos yace abandonado y no parece estarlo, la curiosidad es enemigo clave de la desgracia y está por experimentar esa advertencia.

    No se conocen, aún.
    Caminaban por distintos rumbos.
    Y sin embargo, el castillo reclama con extenuante desprecio la cabeza de aquellos invasores.

    Ingreso por un túnel subterráneo cortando con el filo de su espada las duras raíces, matando pequeñas criaturas en su camino que de juntarse como una horda provocaría problemas severos a futuro. Con su experiencia analizaba el recorrido, dejaba marcas sobre las paredes por si acaso llegase a necesitar esa vía como escape.

    El estaba guiándose por su intuición, con apetito de explorador al escuchar que ahí existe un grimorio capaz de traer las almas de los muertos una única vez, al menos era importante para él.

    ⸻ Si es verdad, quisiera poder comunicarme con mi madre.

    Murmuro, la extrañaba como cualquier hijo lo haría.

    ⸻ Hablar con mis amigos muertos en batalla.

    Su voz cada vez se notaba más entristecida. Tomo aire y exhaló, se golpeo una mejilla con toda la palma.

    ⸻ No es momento de descanso, debes concentrarte.

    Recrimino, continuo caminando varios metros hasta una puerta de piedra. Empujo con todas sus fuerzas apoyando la espalda contra el muro usando las piernas y brazos como ancla, un hueco se abrió. El fuerte olor a muerte entro de lleno provoco que cubriera su nariz con un pañuelo, de entrada esqueletos de animales y exploradores algunos con un gesto de horror, otros mas compasivos y unos pocos aparentemente felices de abrazar la muerte.

    Si el rumor era cierto el ambiente alucinógeno era peor de lo que había especulado, el relicario de obsidium alrededor de su cuello (el último regalo de su viejo amigo enano) espantaba a los espíritus, los anillos anti-veneno y anti-parálisis postrados en los dedos medo y índice por precaución, el pañuelo especial que curaba los estados de confusión estaban ayudando a que su camino fuera menos difícil.

    Por el momento, exploro algunos pasillos, abriendo la puerta de algunas estancias más recuerdos abrazaban el palacio como si esas almas siguieran encerradas ahí. Tesoros de plata y oro, armas y otros objetos que pudo tomar... pero que no lo hizo.

    No ahora que nuevos pasos se escucharon en la lejanía, cuando su cuerpo se tenso y cada bello de su piel se erizo con precaución. Su corazón latió temeroso, sus ojos se clavaron en todas direcciones, más como un susurro no era el único interesado en algo tan peculiar.

    ⸻ Puedo olerte, por favor no estoy buscando conflicto o tesoros; puedes tomarlos si eso quieres.

    Hablando a la espesa niebla que lo rodea (y que desconoce su origen) estaba en alerta máxima.

    { Rol privado : [Undead_Mistress] } El estado solido de un castillo que relatan hace siglos yace abandonado y no parece estarlo, la curiosidad es enemigo clave de la desgracia y está por experimentar esa advertencia. No se conocen, aún. Caminaban por distintos rumbos. Y sin embargo, el castillo reclama con extenuante desprecio la cabeza de aquellos invasores. Ingreso por un túnel subterráneo cortando con el filo de su espada las duras raíces, matando pequeñas criaturas en su camino que de juntarse como una horda provocaría problemas severos a futuro. Con su experiencia analizaba el recorrido, dejaba marcas sobre las paredes por si acaso llegase a necesitar esa vía como escape. El estaba guiándose por su intuición, con apetito de explorador al escuchar que ahí existe un grimorio capaz de traer las almas de los muertos una única vez, al menos era importante para él. ⸻ Si es verdad, quisiera poder comunicarme con mi madre. Murmuro, la extrañaba como cualquier hijo lo haría. ⸻ Hablar con mis amigos muertos en batalla. Su voz cada vez se notaba más entristecida. Tomo aire y exhaló, se golpeo una mejilla con toda la palma. ⸻ No es momento de descanso, debes concentrarte. Recrimino, continuo caminando varios metros hasta una puerta de piedra. Empujo con todas sus fuerzas apoyando la espalda contra el muro usando las piernas y brazos como ancla, un hueco se abrió. El fuerte olor a muerte entro de lleno provoco que cubriera su nariz con un pañuelo, de entrada esqueletos de animales y exploradores algunos con un gesto de horror, otros mas compasivos y unos pocos aparentemente felices de abrazar la muerte. Si el rumor era cierto el ambiente alucinógeno era peor de lo que había especulado, el relicario de obsidium alrededor de su cuello (el último regalo de su viejo amigo enano) espantaba a los espíritus, los anillos anti-veneno y anti-parálisis postrados en los dedos medo y índice por precaución, el pañuelo especial que curaba los estados de confusión estaban ayudando a que su camino fuera menos difícil. Por el momento, exploro algunos pasillos, abriendo la puerta de algunas estancias más recuerdos abrazaban el palacio como si esas almas siguieran encerradas ahí. Tesoros de plata y oro, armas y otros objetos que pudo tomar... pero que no lo hizo. No ahora que nuevos pasos se escucharon en la lejanía, cuando su cuerpo se tenso y cada bello de su piel se erizo con precaución. Su corazón latió temeroso, sus ojos se clavaron en todas direcciones, más como un susurro no era el único interesado en algo tan peculiar. ⸻ Puedo olerte, por favor no estoy buscando conflicto o tesoros; puedes tomarlos si eso quieres. Hablando a la espesa niebla que lo rodea (y que desconoce su origen) estaba en alerta máxima.
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    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈
    𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬

    Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo.

    Así fue como comenzó todo.

    Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo.

    ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia.

    Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez.

    ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño.

    Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle.

    Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros.

    ────¿Qué… estás haciendo?

    No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly».

    Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo:

    ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue.

    Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles.

    Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé.

    ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta.

    Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina.

    ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación.

    Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida.

    ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres.

    Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios.

    Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo.

    Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma.

    ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo?

    Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo.

    ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro.

    ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos.

    Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia.

    ────Hola, hola…

    La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día.

    Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre.

    Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella.

    A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación.

    Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo.

    ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste.

    ────Por supuesto.

    La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro.

    Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado?

    Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra.

    Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros.

    Pero ante ella, había una certeza clara.

    Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas.

    En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno.

    Esa era su promesa. Y la cumpliría.

    Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría.

    Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈 𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬 Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo. Así fue como comenzó todo. Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo. ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia. Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez. ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle. Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros. ────¿Qué… estás haciendo? No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly». Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo: ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue. Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles. Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé. ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta. Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina. ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación. Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida. ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres. Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios. Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo. Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma. ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo? Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo. ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro. ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos. Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia. ────Hola, hola… La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día. Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre. Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella. A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación. Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo. ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste. ────Por supuesto. La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro. Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado? Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra. Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros. Pero ante ella, había una certeza clara. Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas. En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno. Esa era su promesa. Y la cumpliría. Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría. Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
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  • Siempre rodeada de los mismos inútiles...y cada día ese número va creciendo.
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  • El sonido de la ducha había cesado hacía tan siquiera unos segundos. El baño todavía seguía lleno de vapor y el espejo estaba empañado cuando Damon cruzó el umbral, con el cabello aún húmedo y pequeñas gotas deslizándose por su piel. No se había molestado en vestirse; la camiseta podía esperar. Esa mañana tampoco tenía prisa.

    Se pasó una mano por el pelo, como si estuviera ordenando esos pensamientos que nunca dormían, por despreocupado que él pudiera parecer, y dejó escapar un suspiro lento. El día apenas habia empezado, pero ya tenía ese aire de peligro velado que siempre lo acompañaba. Una sonrisa ladeada, casi distraída, se dibujó en su rostro al mirar hacia la habitación.
    El sonido de la ducha había cesado hacía tan siquiera unos segundos. El baño todavía seguía lleno de vapor y el espejo estaba empañado cuando Damon cruzó el umbral, con el cabello aún húmedo y pequeñas gotas deslizándose por su piel. No se había molestado en vestirse; la camiseta podía esperar. Esa mañana tampoco tenía prisa. Se pasó una mano por el pelo, como si estuviera ordenando esos pensamientos que nunca dormían, por despreocupado que él pudiera parecer, y dejó escapar un suspiro lento. El día apenas habia empezado, pero ya tenía ese aire de peligro velado que siempre lo acompañaba. Una sonrisa ladeada, casi distraída, se dibujó en su rostro al mirar hacia la habitación.
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  • La noche envolvía el parque en un silencio casi sagrado. Las farolas iluminaban apenas los senderos vacíos, y el suave murmullo del viento movía las hojas de los árboles. Dante estaba sentada en una banca de madera, con las manos entrelazadas sobre su regazo y la mirada perdida en el cielo. Desde ahí, las estrellas parecían lejanas… inalcanzables, tal como se sentía ella.
    A su alrededor todo seguía su curso, pero Dante no lograba sentirse parte de nada. Siempre había sido así: caminando entre otros, pero sintiéndose desplazada, como si ocupara un espacio que no le correspondía del todo. El peso de esa soledad le oprimía el pecho.

    —Mamá…

    susurró, rompiendo el silencio de la noche

    —.¿Por qué me siento así? Aunque esté rodeada de personas, siempre termino sola.

    Alzó un poco más el rostro, dejando que la luz tenue de la luna acariciara sus facciones.

    —Quisiera que estuvieras aquí… que me dijeras que todo va a estar bien, que no estoy fallando en algo. Hay días en los que ser fuerte cansa demasiado.

    Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras seguía observando las estrellas, esperando, aunque fuera en silencio, que desde algún lugar su madre pudiera escucharla.
    La noche envolvía el parque en un silencio casi sagrado. Las farolas iluminaban apenas los senderos vacíos, y el suave murmullo del viento movía las hojas de los árboles. Dante estaba sentada en una banca de madera, con las manos entrelazadas sobre su regazo y la mirada perdida en el cielo. Desde ahí, las estrellas parecían lejanas… inalcanzables, tal como se sentía ella. A su alrededor todo seguía su curso, pero Dante no lograba sentirse parte de nada. Siempre había sido así: caminando entre otros, pero sintiéndose desplazada, como si ocupara un espacio que no le correspondía del todo. El peso de esa soledad le oprimía el pecho. —Mamá… susurró, rompiendo el silencio de la noche —.¿Por qué me siento así? Aunque esté rodeada de personas, siempre termino sola. Alzó un poco más el rostro, dejando que la luz tenue de la luna acariciara sus facciones. —Quisiera que estuvieras aquí… que me dijeras que todo va a estar bien, que no estoy fallando en algo. Hay días en los que ser fuerte cansa demasiado. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras seguía observando las estrellas, esperando, aunque fuera en silencio, que desde algún lugar su madre pudiera escucharla.
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