• ★¡BUENOS DÍAAAAAS, DORMILÓN!! ¡ES HORA DE LEVANTARSE,
    ¿CINCO MINUTOS MÁS?! ¡MIRA, EL SOL YA ESTÁ ARRIBA, EL MUNDO ESTÁ ESPERANDO, ¡Ahora muévete, el desayuno no se va a comer solo!★
    ★¡BUENOS DÍAAAAAS, DORMILÓN!! ¡ES HORA DE LEVANTARSE, ¿CINCO MINUTOS MÁS?! ¡MIRA, EL SOL YA ESTÁ ARRIBA, EL MUNDO ESTÁ ESPERANDO, ¡Ahora muévete, el desayuno no se va a comer solo!★
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  • Tenía la espalda encorvada y la mirada agotada siendo rodeada por pequeñas manchitas de colores, producto de pasar demasiado tiempo pegada a la máquina de peluches. Tiró una última vez de la palanca sin mucho ánimo y la garra se zambulló en el mar de peluches. Allí iba su último dracma, en ese lamentable intento de miles que le precedieron por conseguir alguno de esos peluches. Justo cuando había perdido las esperanzas, la garra pareció haber pescado algo y jaló hacia arriba de una larga orejita de conejo.

    ──────¡Ah! ¡No me... !

    Allí frente a sus ojos como si la máquina se hubiera apiadado de aquella alma en desgracia, había no uno sino cinco peluches agarrados de las orejitas, sacados de un solo movimiento. Ella solo contempló boquiabierta como estos pasaron del otro lado y salieron por la puertita al exterior, hacia ella. La suerte le había sonreído.

    ──────¡¿Y ahora qué haré con todos ellos?!
    Tenía la espalda encorvada y la mirada agotada siendo rodeada por pequeñas manchitas de colores, producto de pasar demasiado tiempo pegada a la máquina de peluches. Tiró una última vez de la palanca sin mucho ánimo y la garra se zambulló en el mar de peluches. Allí iba su último dracma, en ese lamentable intento de miles que le precedieron por conseguir alguno de esos peluches. Justo cuando había perdido las esperanzas, la garra pareció haber pescado algo y jaló hacia arriba de una larga orejita de conejo. ──────¡Ah! ¡No me... ! Allí frente a sus ojos como si la máquina se hubiera apiadado de aquella alma en desgracia, había no uno sino cinco peluches agarrados de las orejitas, sacados de un solo movimiento. Ella solo contempló boquiabierta como estos pasaron del otro lado y salieron por la puertita al exterior, hacia ella. La suerte le había sonreído. ──────¡¿Y ahora qué haré con todos ellos?!
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  • —¡MÍO, MÍO, MÍO AL FIN! ¡AHAHAHAHA!

    El Segundo Sinful Spoil que obtenía, "Subversión". A Dia sólo le faltaban cinco. Debieron esconder este un poco mejor.
    —¡MÍO, MÍO, MÍO AL FIN! ¡AHAHAHAHA! El Segundo Sinful Spoil que obtenía, "Subversión". A Dia sólo le faltaban cinco. Debieron esconder este un poco mejor.
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  • Ya eran las 6am cuando su jornada laboral finalizó, algo que ocurría todos los días puesto que era host en un club. Pero el problema en realidad no radicaba en las horas a las que acabara (aunque eso le hiciera llevar una vida un poco desajustada), era más bien la forma en la que llegaba a su casa.

    Durante las horas de trabajo debía beber mucho, pues consumía alcohol junto a los clientes (hombres y mujeres), después de todo cuantas más botellas pidiera cada cliente más dinero ganaban y más subía el en el ranking. A demás no bastaba solo con eso pues, comúnmente, al salir del trabajo iba a algún antro que aún se mantuviera abierto para beber un poco más allí, quizá consumir alguna sustancia ilícita y, si tenía suerte, tener un rapidín en el baño con algún hombre atractivo tan colocado como él.
    Algunas veces, si podía y tenía el tiempo, también se llevaba a su casa a hombres que conocía en bares o apps de citas, siempre intentando encontrar a ese perfecto dom de sus sueños. Cosa que sabía era imposible y por eso comúnmente los acababa largando a patadas de su casa al terminar (otras veces incluso a mitad del acto si se aburría demasiado)

    Estaba por regresar a su apartamento a las 8am, completamente ebrio aunque no drogado, pues no había encontrado ningún vendedor en el antro al que fue. Se había acostado con un desconocido en el baño del mencionado sitio y se tambaleaba un poco por la calle, con la ropa algo descolocada pues llevaba la chaqueta en la mano, la camisa con varios botones abiertos tanto en la parte superior como inferior y el cinturón del pantalón muy mal puesto. A través de esos botones abiertos se podían apreciar un par de chupetones en su blanca piel y, por dios, apestaba a alcohol y estaba empapado, cualquiera diría que se lo echó por el encima en lugar de beberlo (tampoco sería un pensamiento muy alejado de la realidad).

    Aún le costaba acordarse de donde vivía ya que no hacía demasiado tiempo que se mudó a ese nuevo lugar, tuvo que dejar el anterior porque los vecinos se quejaban del ruido cuando traía compañía.

    -Puta mierda todo... Hip!... Desgraciado que no aguanta ni Hip!... Ni cinco... Minutos...- Sí, iba caminando por la calle quejándose del tipo con el que tuvo relaciones en aquel baño.
    Ya eran las 6am cuando su jornada laboral finalizó, algo que ocurría todos los días puesto que era host en un club. Pero el problema en realidad no radicaba en las horas a las que acabara (aunque eso le hiciera llevar una vida un poco desajustada), era más bien la forma en la que llegaba a su casa. Durante las horas de trabajo debía beber mucho, pues consumía alcohol junto a los clientes (hombres y mujeres), después de todo cuantas más botellas pidiera cada cliente más dinero ganaban y más subía el en el ranking. A demás no bastaba solo con eso pues, comúnmente, al salir del trabajo iba a algún antro que aún se mantuviera abierto para beber un poco más allí, quizá consumir alguna sustancia ilícita y, si tenía suerte, tener un rapidín en el baño con algún hombre atractivo tan colocado como él. Algunas veces, si podía y tenía el tiempo, también se llevaba a su casa a hombres que conocía en bares o apps de citas, siempre intentando encontrar a ese perfecto dom de sus sueños. Cosa que sabía era imposible y por eso comúnmente los acababa largando a patadas de su casa al terminar (otras veces incluso a mitad del acto si se aburría demasiado) Estaba por regresar a su apartamento a las 8am, completamente ebrio aunque no drogado, pues no había encontrado ningún vendedor en el antro al que fue. Se había acostado con un desconocido en el baño del mencionado sitio y se tambaleaba un poco por la calle, con la ropa algo descolocada pues llevaba la chaqueta en la mano, la camisa con varios botones abiertos tanto en la parte superior como inferior y el cinturón del pantalón muy mal puesto. A través de esos botones abiertos se podían apreciar un par de chupetones en su blanca piel y, por dios, apestaba a alcohol y estaba empapado, cualquiera diría que se lo echó por el encima en lugar de beberlo (tampoco sería un pensamiento muy alejado de la realidad). Aún le costaba acordarse de donde vivía ya que no hacía demasiado tiempo que se mudó a ese nuevo lugar, tuvo que dejar el anterior porque los vecinos se quejaban del ruido cuando traía compañía. -Puta mierda todo... Hip!... Desgraciado que no aguanta ni Hip!... Ni cinco... Minutos...- Sí, iba caminando por la calle quejándose del tipo con el que tuvo relaciones en aquel baño.
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  • 0100

    La alarma sonó en su cuarto, sus ojos se abrieron enseguida, pero el cansancio que tenía era demasiado obvio. Juró que acababa de cerrar los ojos, tal vez logró dormir cinco minutos, y ya comenzaron con las alertas.

    Sintió los párpados pesados, los músculos algo entumecidos, pero se pbligó a levantarse de un buen impulso. Eso era el tener que estar activo en su trabajo. Los Kaijus no tenían horario, así que ni él ni ninguno de sus colegas tampoco.

    Enseguida se preparó y espabiló, colocándose el traje para ir directo hacia el Jaeger que la esperaba a él y el segundo piloto para ser llevado a la acción.

    "Será rápido y a descansar", se dijo en su mente, sabiendo muy bien que eso probablemente era una mentira.
    🕐 0100 La alarma sonó en su cuarto, sus ojos se abrieron enseguida, pero el cansancio que tenía era demasiado obvio. Juró que acababa de cerrar los ojos, tal vez logró dormir cinco minutos, y ya comenzaron con las alertas. Sintió los párpados pesados, los músculos algo entumecidos, pero se pbligó a levantarse de un buen impulso. Eso era el tener que estar activo en su trabajo. Los Kaijus no tenían horario, así que ni él ni ninguno de sus colegas tampoco. Enseguida se preparó y espabiló, colocándose el traje para ir directo hacia el Jaeger que la esperaba a él y el segundo piloto para ser llevado a la acción. "Será rápido y a descansar", se dijo en su mente, sabiendo muy bien que eso probablemente era una mentira.
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  • La bolsa, vaciándose progresivamente. El sepulturero, cambiándola por otra, el proceso, repitiéndose por tercera vez en la hora.

    La sangre, fluyendo por su brazo. Invadiendo cada rincón de sus tejidos, nutriendo.

    Un sinfín de imágenes inconexas parpadeando.

    Ciel comenzaba a darles un sentido, sus pensamientos aclarándose.

    —Hermano —musitó. —Jean.

    Fue abriendo los párpados lánguidamente, encontrándose con la luz del sol iluminando su rostro cálidamente.

    —¿Qué hora es? —preguntó.

    La luz que entraba por la ventana era tanta que lo cegaba y no podía ver más que blanco.

    —Las cinco —le contestó Undertaker.

    —La hora del té —murmuró. Luego divagó. —Él debe estar esperándome.

    —Sí —sonrió el Dios de la muerte, viendo hacia la luz. —Lo hace.

    Ciel volvió a cerrar los ojos, el agotamiento le impidió estar más tiempo despierto.

    —Todavía necesita comer más de su alimento —añadió en voz baja, como si hablar alto lo pudiera molestar. —Ahora, solo descanse.
    La bolsa, vaciándose progresivamente. El sepulturero, cambiándola por otra, el proceso, repitiéndose por tercera vez en la hora. La sangre, fluyendo por su brazo. Invadiendo cada rincón de sus tejidos, nutriendo. Un sinfín de imágenes inconexas parpadeando. Ciel comenzaba a darles un sentido, sus pensamientos aclarándose. —Hermano —musitó. —Jean. Fue abriendo los párpados lánguidamente, encontrándose con la luz del sol iluminando su rostro cálidamente. —¿Qué hora es? —preguntó. La luz que entraba por la ventana era tanta que lo cegaba y no podía ver más que blanco. —Las cinco —le contestó Undertaker. —La hora del té —murmuró. Luego divagó. —Él debe estar esperándome. —Sí —sonrió el Dios de la muerte, viendo hacia la luz. —Lo hace. Ciel volvió a cerrar los ojos, el agotamiento le impidió estar más tiempo despierto. —Todavía necesita comer más de su alimento —añadió en voz baja, como si hablar alto lo pudiera molestar. —Ahora, solo descanse.
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  • « Un anhelo. Una esperanza. Un deseo. »

    La vida es así. Efímera y también vacía, llena de promesas y anhelos que nunca se realizarán, esperanzas que morirán con el alba y sueños que se marchitarán antes de que la primavera decida llegar.

    Las bengalas de la noche iluminan las calles, los niños corren atraídos por los colores y las luces que destacan entre los grupos de amigos o familia. Es otro año de fiesta, otro año donde la familia se vuelve a reunir para celebrar. Pero Nikolay, siempre, siente que algo le falta. Es Sasha. En silencio solo observa a sus hermanas, las gemelas, divirtiéndote con lo rápido que sus bengalas se consumen convirtiéndolo en una divertida competencias. Incluso Aleksandr, el mayor, está sonriendo. ¿Cómo es que el mundo avanza para unos y para otros se detiene? Una pregunta hilarante, que solo logra desaparecer de su mente en el momento que Irina le advierte que está a punto de quemarse los dedos.

    Nikolay solo ríe, dejando caer el rezago de madera al suelo, luego lo aplasta y los hermanos se ríen, todos juntos, por lo distraído que es. De a poco, la risas se hacen más fuertes, el recuerdo de su infancia revive en su mente mientras los cinco veían los fuegos artificiales de fin de año. Entonces, la pregunta inminente llega a su mente: ¿Algún día superará la pérdida? La respuesta, también, llegó inmediata: No, nunca. Y a pesar de que lo pide fervientemente mientras la luz de la bengala se extingue, Nikolay no cree en los deseos.
    « Un anhelo. Una esperanza. Un deseo. » La vida es así. Efímera y también vacía, llena de promesas y anhelos que nunca se realizarán, esperanzas que morirán con el alba y sueños que se marchitarán antes de que la primavera decida llegar. Las bengalas de la noche iluminan las calles, los niños corren atraídos por los colores y las luces que destacan entre los grupos de amigos o familia. Es otro año de fiesta, otro año donde la familia se vuelve a reunir para celebrar. Pero Nikolay, siempre, siente que algo le falta. Es Sasha. En silencio solo observa a sus hermanas, las gemelas, divirtiéndote con lo rápido que sus bengalas se consumen convirtiéndolo en una divertida competencias. Incluso Aleksandr, el mayor, está sonriendo. ¿Cómo es que el mundo avanza para unos y para otros se detiene? Una pregunta hilarante, que solo logra desaparecer de su mente en el momento que Irina le advierte que está a punto de quemarse los dedos. Nikolay solo ríe, dejando caer el rezago de madera al suelo, luego lo aplasta y los hermanos se ríen, todos juntos, por lo distraído que es. De a poco, la risas se hacen más fuertes, el recuerdo de su infancia revive en su mente mientras los cinco veían los fuegos artificiales de fin de año. Entonces, la pregunta inminente llega a su mente: ¿Algún día superará la pérdida? La respuesta, también, llegó inmediata: No, nunca. Y a pesar de que lo pide fervientemente mientras la luz de la bengala se extingue, Nikolay no cree en los deseos.
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  • El eco de las voces de aquel auditorio llegaba amortiguado hasta el pasillo detrás del escenario. Jack Tessaro estaba de pie en mitad de aquel reducido espacio, revisando mentalmente los puntos clave de la charla que iba a ofrecer. A su lado, también de pie, Martin Hammond observaba la pantalla de su teléfono con la expresión calmada que lo caracterizaba.

    —La sala está llena —comentó Hammond sin levantar la vista—. Tienes un público atento.

    Jack dejó ir un ligero suspiro y se pasó una mano por el cabello.

    —Ya, bueno... Hasta que les cuente la parte desagradable. Ahí es cuando empiezan a removerse en los asientos.

    Hammond dejó escapar una ligera risa nasal.

    —Bueno, no han venido a escuchar cuentos de hadas. Saben porqué están aquí.

    Jack ladeó la cabeza con una media sonrisa que se tornó demasiado fugaz.

    —No, vinieron a convencerse de que entienden a los monstruos.

    Uno de los profesores de la Universidad se asomó por la puerta del escenario y les hizo una señal. Cinco minutos. Jack asintió y ajustó el reloj en su muñeca.

    Hammond lo estudió por un instante antes de hablar.

    —Tienes esa mirada.

    Jack arqueó una ceja.

    —¿Qué mirada?

    —La de cuando recuerdas demasiado.

    Jack desvió la vista hacia el suelo por un segundo antes de enderezarse.

    —No se trata de mí esta vez.

    Hammond soltó un leve resoplido.

    —No. Pero todo lo que vas a decir ahí fuera está marcado por lo que hemos visto. No finjas que no lo sabes.

    El silencio se hizo palpable entre los dos. Luego, Jack inspiró profundamente y sacudió los hombros, removiéndose la tensión.

    —No he venido a debatir con Freud, Hammond.

    Su compañero esbozó una sonrisa rápida.

    —Entonces haz lo tuyo. Cuéntales lo que necesitan saber.

    Jack echó un último vistazo al escenario antes de avanzar.

    —Siempre lo hago.

    El murmullo del auditorio se volvió mucho más solemne cuando su figura apareció bajo las luces.
    El eco de las voces de aquel auditorio llegaba amortiguado hasta el pasillo detrás del escenario. Jack Tessaro estaba de pie en mitad de aquel reducido espacio, revisando mentalmente los puntos clave de la charla que iba a ofrecer. A su lado, también de pie, Martin Hammond observaba la pantalla de su teléfono con la expresión calmada que lo caracterizaba. —La sala está llena —comentó Hammond sin levantar la vista—. Tienes un público atento. Jack dejó ir un ligero suspiro y se pasó una mano por el cabello. —Ya, bueno... Hasta que les cuente la parte desagradable. Ahí es cuando empiezan a removerse en los asientos. Hammond dejó escapar una ligera risa nasal. —Bueno, no han venido a escuchar cuentos de hadas. Saben porqué están aquí. Jack ladeó la cabeza con una media sonrisa que se tornó demasiado fugaz. —No, vinieron a convencerse de que entienden a los monstruos. Uno de los profesores de la Universidad se asomó por la puerta del escenario y les hizo una señal. Cinco minutos. Jack asintió y ajustó el reloj en su muñeca. Hammond lo estudió por un instante antes de hablar. —Tienes esa mirada. Jack arqueó una ceja. —¿Qué mirada? —La de cuando recuerdas demasiado. Jack desvió la vista hacia el suelo por un segundo antes de enderezarse. —No se trata de mí esta vez. Hammond soltó un leve resoplido. —No. Pero todo lo que vas a decir ahí fuera está marcado por lo que hemos visto. No finjas que no lo sabes. El silencio se hizo palpable entre los dos. Luego, Jack inspiró profundamente y sacudió los hombros, removiéndose la tensión. —No he venido a debatir con Freud, Hammond. Su compañero esbozó una sonrisa rápida. —Entonces haz lo tuyo. Cuéntales lo que necesitan saber. Jack echó un último vistazo al escenario antes de avanzar. —Siempre lo hago. El murmullo del auditorio se volvió mucho más solemne cuando su figura apareció bajo las luces.
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  • - Espíritu Mariposa .

    Caminaba en silencio en los bastos jardines del Palacio Basil, era ya media noche, quizás un poco más tarde, como es costumbre solitario, silencioso, la silueta del varón es acompañada del olor a tabaco quemando, en sus manos la chispa roja de un cigarro a medio terminar, las Lunas de Basilia ofrecen luz radiante, los lotos negros de la familia Zeilen florecen, los jardines son extensos, planicies adornadas de flores distintas, el suelo a distancia parece un alfombrado de diversos colores, el Basilio lentamente se aleja del jardín, dejando atrás el imponente palacio Basilio, caminaba Zet por el pasillo de las Feridas, ahí cada una de las cinco espadas del Rey Dragón posee una imagen tallada en mármol, refinados y con detalles únicos que le caracterizan, fueron estás en su momento las señoras de la guerra, dos a su derecha y dos a su izquierda en medio un pasillo de cristal, al frente la imagen de Ana la primera, así se completaba el pasillo imperial, Zet dejo atrás el pasillo y siguió su camino, acabado ya el cigarro enciende otro y sigue avanzando, vestido con nada más que un pantalón de tela ligera y unas sandalias, una gabardina cubre su espalda dejando ver el pecho desnudo del imponente Rey, lejos del palacio, lejos del pasillo imperial, caminaba el varón en medio del bosque que rodea el palacio, buscando él las aguas del Lago Hakap, en silencio, las lunas de Basilia hacen brillar como estrellas azules las rosas que bordean el lago, cientos, Miles, era ya el tiempo de que florecieran y se manifestarán, tan hermosas y peligrosas, las rosas azules y su temido veneno del olvido, acercándose al tronco de un árbol caído ahí tomo asiento, en silencio admirando sus rosas desde lejos, en medio del hermoso paisaje algo capta su atención, una mariposa, mucho más grande que todas las que había tenido el placer de admirar antes, de hermosas alas blancas con destellos semejantes as escarcha, parece dejar un rastro de energía blanca al sobrevolar las aguas, era aquella mariposa extraña y diferente, normalmente no se dejan ver durante las noches y aunque miles existen en Basilia y miles ha visto el Rey, ninguna es semejante a la que admiraba sobrevolar el lago, tan única y tan distante, ha robado una sonrisa en el rostro del Rey Dragón y ha dejado en su mirada un leve brillo que expresaba nostalgia, ha recordado algo y ha dicho el Rey ..

    - De Miles conocidas y muchas parecidas, ninguna como tú .
    - Espíritu Mariposa . Caminaba en silencio en los bastos jardines del Palacio Basil, era ya media noche, quizás un poco más tarde, como es costumbre solitario, silencioso, la silueta del varón es acompañada del olor a tabaco quemando, en sus manos la chispa roja de un cigarro a medio terminar, las Lunas de Basilia ofrecen luz radiante, los lotos negros de la familia Zeilen florecen, los jardines son extensos, planicies adornadas de flores distintas, el suelo a distancia parece un alfombrado de diversos colores, el Basilio lentamente se aleja del jardín, dejando atrás el imponente palacio Basilio, caminaba Zet por el pasillo de las Feridas, ahí cada una de las cinco espadas del Rey Dragón posee una imagen tallada en mármol, refinados y con detalles únicos que le caracterizan, fueron estás en su momento las señoras de la guerra, dos a su derecha y dos a su izquierda en medio un pasillo de cristal, al frente la imagen de Ana la primera, así se completaba el pasillo imperial, Zet dejo atrás el pasillo y siguió su camino, acabado ya el cigarro enciende otro y sigue avanzando, vestido con nada más que un pantalón de tela ligera y unas sandalias, una gabardina cubre su espalda dejando ver el pecho desnudo del imponente Rey, lejos del palacio, lejos del pasillo imperial, caminaba el varón en medio del bosque que rodea el palacio, buscando él las aguas del Lago Hakap, en silencio, las lunas de Basilia hacen brillar como estrellas azules las rosas que bordean el lago, cientos, Miles, era ya el tiempo de que florecieran y se manifestarán, tan hermosas y peligrosas, las rosas azules y su temido veneno del olvido, acercándose al tronco de un árbol caído ahí tomo asiento, en silencio admirando sus rosas desde lejos, en medio del hermoso paisaje algo capta su atención, una mariposa, mucho más grande que todas las que había tenido el placer de admirar antes, de hermosas alas blancas con destellos semejantes as escarcha, parece dejar un rastro de energía blanca al sobrevolar las aguas, era aquella mariposa extraña y diferente, normalmente no se dejan ver durante las noches y aunque miles existen en Basilia y miles ha visto el Rey, ninguna es semejante a la que admiraba sobrevolar el lago, tan única y tan distante, ha robado una sonrisa en el rostro del Rey Dragón y ha dejado en su mirada un leve brillo que expresaba nostalgia, ha recordado algo y ha dicho el Rey .. - De Miles conocidas y muchas parecidas, ninguna como tú .
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  • ♛┈⛧┈┈•༶
    𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑎𝑏𝑙𝑜 𝑦 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑦𝑜𝑡𝑒 𝑑𝑎𝑛 𝑚𝑎𝑠 𝑚𝑖𝑒𝑑𝑜 𝑎𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑧 𝑑𝑒 𝑠𝑢𝑒𝑙𝑡𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑟𝑡𝑜𝑠.
    ༶•┈┈⛧┈♛

    El ojo bien puesto en la mesa, contando una a una las balas. La ha visto varias veces ya, pero le sigue pareciendo sorprendente cuanto han cambiado las armas; pasó de revolveres, rifles y escopetas, a granadas y metralletas.

    Hoy los niños ven un revolver y huyen despavoridos. Era una de las tantas quejas para con el mundo actual.

    -Diecisiete tiros... ¿Cómo te llamas, preciosa? ¿Glock...?

    Le murmuró al arma, de cerca, como un amante susurrando al oído. El cañón a milímetros del rostro, la corredera casi que besando la negrura de su extraña piel. Los cartuchos en la mesa desprendían un aroma bien conocido para él; pólvora.

    Recuerdos revolotean, cargados en nostalgia. Entonces cerró su único ojo y se sumergió en memorias del ayer, uno tan lejano como el sol del día siguiente. Para cuando abrió los párpados ya estaba en otro lugar, en otro momento, en uno de los días donde la sangre corría bajo su piel tal y como debía hacer.

    La puerta se abre por la mano de un joven Cormac, más vivo pero igual de tuerto. Frente a él hay cuatro hombres; Tres de sus lacayos y un viejo, dueño de la casa donde estaban pasando la noche y el mismo que maniataron para molestarlo y hacer de las suyas sin preocuparse de recibir plomo. Sentados en la mesa, repartiendo las cartas que seguramente pertenecían al anciano.

    -Maleducados... ¿Por qué juegan sin mí?

    Exclamó Cormac, quien tomó asiento luego de intercambiar un par de carcajadas con su camaradas. Entonces tomaron las cartas, las desparramaron una y otra vez sobre la madera e incluso la mancharon con el alcohol que habían robado en el atraco anterior. Todo marchaba bien, bajo las expectativas de los bandidos, hasta que el anciano habló.

    -¿Puedo jugar?

    Las miradas le cayeron duras. Medio ebrios y medio tontos, naturalmente rechazaron la petición e incluso se mofaron del viejo.

    -¿Cómo crees, vejete pendejo?

    Ramírez, el de rostro curtido y el más canoso del grupo, pellizcó el rostro del vejete. Pero antes de volver a repartir las cuartas fue detenido por Cormac, quien sonreía burlesco en dirección al maniatado.

    -Dale cartas a él también, Ramírez.

    Ahora las miradas caen en Cormac, incrédulas y expectantes de sus intenciones. Entonces el tuerto sacó un revolver, vacío el tambor y desparramó las balas sobre la mesa. Cargó una bala, acomodó el tambor y lo giró un total de cinco veces.

    -Por cada ronda que ganemos le apuntaremos al anciano, y por cada ronda que él gane nos apuntará a uno de nosotros... El que lo mate se llevará el dinero que pongamos en la mesa.

    Una vez anunciada la propuesta dejó caer el arma en el centro de la mesa, cargada con una única bala en una única recamara. Ramírez y compañía intercambiaron miradas, luego voltearon a Cormac y notaron que él intercambia miradas con el viejo. Inexpresivos estaban ambos, como un estanque de agua en un día sin viento. Cormac había notado que el anciano estaba demasiado tranquilo, incluso juraría haberlo visto reír por una de las bromas tontas soltadas durante las partidas anteriores. Pero no hubo cuestionamientos ni dudas, solo repartieron las cartas con ansias de descargar su malicias.

    Transcurrieron las horas, las cartas españolas pasaron de mano en mano con cada partida, y ya la luna había abandonado su punto más alto en el cielo. Cinco rondas, una ganada por el viejo y las otras cuatro por Cormac y sus camaradas; no hubo disparo, solamente el susurro del viento, el danzar del fuego de la lámpara y los pésimos chistes de Ramírez.

    (1/2)
    ♛┈⛧┈┈•༶ 𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑎𝑏𝑙𝑜 𝑦 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑦𝑜𝑡𝑒 𝑑𝑎𝑛 𝑚𝑎𝑠 𝑚𝑖𝑒𝑑𝑜 𝑎𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑧 𝑑𝑒 𝑠𝑢𝑒𝑙𝑡𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑟𝑡𝑜𝑠. ༶•┈┈⛧┈♛ El ojo bien puesto en la mesa, contando una a una las balas. La ha visto varias veces ya, pero le sigue pareciendo sorprendente cuanto han cambiado las armas; pasó de revolveres, rifles y escopetas, a granadas y metralletas. Hoy los niños ven un revolver y huyen despavoridos. Era una de las tantas quejas para con el mundo actual. -Diecisiete tiros... ¿Cómo te llamas, preciosa? ¿Glock...? Le murmuró al arma, de cerca, como un amante susurrando al oído. El cañón a milímetros del rostro, la corredera casi que besando la negrura de su extraña piel. Los cartuchos en la mesa desprendían un aroma bien conocido para él; pólvora. Recuerdos revolotean, cargados en nostalgia. Entonces cerró su único ojo y se sumergió en memorias del ayer, uno tan lejano como el sol del día siguiente. Para cuando abrió los párpados ya estaba en otro lugar, en otro momento, en uno de los días donde la sangre corría bajo su piel tal y como debía hacer. La puerta se abre por la mano de un joven Cormac, más vivo pero igual de tuerto. Frente a él hay cuatro hombres; Tres de sus lacayos y un viejo, dueño de la casa donde estaban pasando la noche y el mismo que maniataron para molestarlo y hacer de las suyas sin preocuparse de recibir plomo. Sentados en la mesa, repartiendo las cartas que seguramente pertenecían al anciano. -Maleducados... ¿Por qué juegan sin mí? Exclamó Cormac, quien tomó asiento luego de intercambiar un par de carcajadas con su camaradas. Entonces tomaron las cartas, las desparramaron una y otra vez sobre la madera e incluso la mancharon con el alcohol que habían robado en el atraco anterior. Todo marchaba bien, bajo las expectativas de los bandidos, hasta que el anciano habló. -¿Puedo jugar? Las miradas le cayeron duras. Medio ebrios y medio tontos, naturalmente rechazaron la petición e incluso se mofaron del viejo. -¿Cómo crees, vejete pendejo? Ramírez, el de rostro curtido y el más canoso del grupo, pellizcó el rostro del vejete. Pero antes de volver a repartir las cuartas fue detenido por Cormac, quien sonreía burlesco en dirección al maniatado. -Dale cartas a él también, Ramírez. Ahora las miradas caen en Cormac, incrédulas y expectantes de sus intenciones. Entonces el tuerto sacó un revolver, vacío el tambor y desparramó las balas sobre la mesa. Cargó una bala, acomodó el tambor y lo giró un total de cinco veces. -Por cada ronda que ganemos le apuntaremos al anciano, y por cada ronda que él gane nos apuntará a uno de nosotros... El que lo mate se llevará el dinero que pongamos en la mesa. Una vez anunciada la propuesta dejó caer el arma en el centro de la mesa, cargada con una única bala en una única recamara. Ramírez y compañía intercambiaron miradas, luego voltearon a Cormac y notaron que él intercambia miradas con el viejo. Inexpresivos estaban ambos, como un estanque de agua en un día sin viento. Cormac había notado que el anciano estaba demasiado tranquilo, incluso juraría haberlo visto reír por una de las bromas tontas soltadas durante las partidas anteriores. Pero no hubo cuestionamientos ni dudas, solo repartieron las cartas con ansias de descargar su malicias. Transcurrieron las horas, las cartas españolas pasaron de mano en mano con cada partida, y ya la luna había abandonado su punto más alto en el cielo. Cinco rondas, una ganada por el viejo y las otras cuatro por Cormac y sus camaradas; no hubo disparo, solamente el susurro del viento, el danzar del fuego de la lámpara y los pésimos chistes de Ramírez. (1/2)
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