• —¿Una poción de amor?

    No pudo evitar arquear una ceja ante tal hipótesis.

    —¿De verdad pensas que dedicaría años de estudio para fabricar algo tan vulgar?

    Levanto el frasco con delicadeza.

    —Esto es mucho más valioso, es un reactivo cuya existencia muchos consideran un mito.

    Observo el líquido rojizo con una mezcla de orgullo y fascinación.

    —El amor puede surgir por sí solo... esta sustancia, en cambio, difícilmente vuelve a encontrarse.
    —¿Una poción de amor? No pudo evitar arquear una ceja ante tal hipótesis. —¿De verdad pensas que dedicaría años de estudio para fabricar algo tan vulgar? Levanto el frasco con delicadeza. —Esto es mucho más valioso, es un reactivo cuya existencia muchos consideran un mito. Observo el líquido rojizo con una mezcla de orgullo y fascinación. —El amor puede surgir por sí solo... esta sustancia, en cambio, difícilmente vuelve a encontrarse.
    Me gusta
    2
    2 turnos 0 maullidos
  • Mi primo Kal siempre se sintió en casa desde que llegó a la Tierra siendo un bebé, en cambio yo, siempre me he sentido una alienígena en este mundo que se ha vuelto mi hogar.
    Mi primo Kal siempre se sintió en casa desde que llegó a la Tierra siendo un bebé, en cambio yo, siempre me he sentido una alienígena en este mundo que se ha vuelto mi hogar.
    Me entristece
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Haz descubierto el lugar secreto de siestas de astolfo!

    *Sorprendieo* -Bueno si quieres puedes unirte hay espacio pero a cambio no debes decirle a nadie!

    #seductivesunday
    Haz descubierto el lugar secreto de siestas de astolfo! *Sorprendieo* -Bueno si quieres puedes unirte hay espacio pero a cambio no debes decirle a nadie! #seductivesunday
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    A partir de ahora seré más fiel a la personalidad de mi personaje, así que puede que hayan algunos cambios, espero no les incomode tanto pero es vital para el desarrollo verdadero del personaje
    A partir de ahora seré más fiel a la personalidad de mi personaje, así que puede que hayan algunos cambios, espero no les incomode tanto pero es vital para el desarrollo verdadero del personaje ❤️
    Me encocora
    Me gusta
    7
    3 comentarios 0 compartidos
  • La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    5
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
    0 turnos 0 maullidos
  • Lion solo se mira en el espejo reflexionando de el pasado de como todo cambio de como esa persona alegre que era solo se volvió una cascara vacía sin objetivo sin un sentido en la vida
    Lion solo se mira en el espejo reflexionando de el pasado de como todo cambio de como esa persona alegre que era solo se volvió una cascara vacía sin objetivo sin un sentido en la vida
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • —Iomante.

    El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo.

    Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy.

    Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también.

    Pero no pude. No pude hacerlo.

    El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte.

    Como yo. Quizás por eso fallé.

    ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó.

    ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos?

    Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte.

    Pero no pude. No pude.

    Fallé.

    Y aún no sé por qué.

    Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano.

    Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario.

    Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo.

    Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando.

    Fallé. Fallé, dejé que escapara.

    Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente.

    Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
    —Iomante. El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo. Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy. Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también. Pero no pude. No pude hacerlo. El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte. Como yo. Quizás por eso fallé. ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó. ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos? Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte. Pero no pude. No pude. Fallé. Y aún no sé por qué. Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano. Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario. Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo. Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando. Fallé. Fallé, dejé que escapara. Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente. Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
    Me encocora
    Me gusta
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • ♦La mañana es realmente espléndida, veamos... Está flor tiene un aroma exquisito pero su sabor es fuerte... En cambio, está tiene un aroma muy sutil... Pero un sabor dulce y acaramelado.♦

    ♦Mmh, me llevaré las dos, si, así podré ofrecer más té al encontrarme con alguien.♦
    ♦La mañana es realmente espléndida, veamos... Está flor tiene un aroma exquisito pero su sabor es fuerte... En cambio, está tiene un aroma muy sutil... Pero un sabor dulce y acaramelado.♦ ♦Mmh, me llevaré las dos, si, así podré ofrecer más té al encontrarme con alguien.♦
    Me encocora
    Me gusta
    7
    7 turnos 0 maullidos
  • ————




    // No tengo muy claro si Tangi se quedará pero pensé que un cambio le vendría bien, a reiniciar el personaje (?).
    ———— // No tengo muy claro si Tangi se quedará pero pensé que un cambio le vendría bien, a reiniciar el personaje (?).
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 comentarios 0 compartidos
Ver más resultados
Patrocinados