Cierro los ojos.
—Una señal seria, animal. No me boludees.
Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
Abro un ojo.
En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
Entonces algo golpea contra el vidrio.
No fuerte. Peor. Educado.
Tac.
Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
—¡Pero será posible!
El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
Tac.
Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
Una piedrita.
Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
—Ajá
La rodilla late.
El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
—Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
Abro la puerta.
El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
No hay nadie.
Por supuesto.
Doy un paso.
Algo cruje bajo mi pantufla.
Bajo la vista.
Mis lentes.
Enteros.
Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
No es un gato.
Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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