Un amor que debe florecer:
Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos.
◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán!
Exclamó la doncella con la voz quebrada.
●No dejéis que vuestra voluntad claudique
Replicó Zelkova sin aminorar el paso.
●Ya estamos cerca.
Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle.
Los tres quedaron rendidos por la fatiga.
♤No sabes cuánto te agradecemos
Dijo el varón
♤Habéis hecho tanto por nosotros...
●No fue nada
Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra.
Mas el hombre entrecerró los ojos.
♤¿Qué escondéis ahí?
●Nada... nada. Daos priesa.
◇¡Por Dios!
Gritó la mujer
◇¡Deja de hacerte el duro!.
Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles.
La mujer rompió en llanto.
♤¿Por qué lo hiciste?
Preguntó el hombre.
●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo.
El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado.
●Oh...
Murmuró Zelkova
●Creo que malogré vuestra sorpresa.
El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él.
♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte.
◇Intentaron apartarnos.
Sollozó la doncella
◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros...
Zelkova agitó las manos con mansedumbre.
●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros.
Ambos guardaron silencio, incrédulos.
●No seáis necios
Prosiguió el cura con una tenue sonrisa
●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender.
Volvió apenas el rostro.
●Vamos. Partid.
El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta.
♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor.
Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras:
●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo.
♤Gracias, Padre Legasov◇
Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera.
Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos.
◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán!
Exclamó la doncella con la voz quebrada.
●No dejéis que vuestra voluntad claudique
Replicó Zelkova sin aminorar el paso.
●Ya estamos cerca.
Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle.
Los tres quedaron rendidos por la fatiga.
♤No sabes cuánto te agradecemos
Dijo el varón
♤Habéis hecho tanto por nosotros...
●No fue nada
Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra.
Mas el hombre entrecerró los ojos.
♤¿Qué escondéis ahí?
●Nada... nada. Daos priesa.
◇¡Por Dios!
Gritó la mujer
◇¡Deja de hacerte el duro!.
Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles.
La mujer rompió en llanto.
♤¿Por qué lo hiciste?
Preguntó el hombre.
●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo.
El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado.
●Oh...
Murmuró Zelkova
●Creo que malogré vuestra sorpresa.
El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él.
♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte.
◇Intentaron apartarnos.
Sollozó la doncella
◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros...
Zelkova agitó las manos con mansedumbre.
●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros.
Ambos guardaron silencio, incrédulos.
●No seáis necios
Prosiguió el cura con una tenue sonrisa
●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender.
Volvió apenas el rostro.
●Vamos. Partid.
El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta.
♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor.
Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras:
●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo.
♤Gracias, Padre Legasov◇
Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera.
Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
Un amor que debe florecer:
Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos.
◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán!
Exclamó la doncella con la voz quebrada.
●No dejéis que vuestra voluntad claudique
Replicó Zelkova sin aminorar el paso.
●Ya estamos cerca.
Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle.
Los tres quedaron rendidos por la fatiga.
♤No sabes cuánto te agradecemos
Dijo el varón
♤Habéis hecho tanto por nosotros...
●No fue nada
Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra.
Mas el hombre entrecerró los ojos.
♤¿Qué escondéis ahí?
●Nada... nada. Daos priesa.
◇¡Por Dios!
Gritó la mujer
◇¡Deja de hacerte el duro!.
Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles.
La mujer rompió en llanto.
♤¿Por qué lo hiciste?
Preguntó el hombre.
●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo.
El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado.
●Oh...
Murmuró Zelkova
●Creo que malogré vuestra sorpresa.
El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él.
♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte.
◇Intentaron apartarnos.
Sollozó la doncella
◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros...
Zelkova agitó las manos con mansedumbre.
●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros.
Ambos guardaron silencio, incrédulos.
●No seáis necios
Prosiguió el cura con una tenue sonrisa
●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender.
Volvió apenas el rostro.
●Vamos. Partid.
El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta.
♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor.
Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras:
●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo.
♤Gracias, Padre Legasov◇
Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera.
Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
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