• Pero... ¿Que tenemos aquí? ¿Te perdiste? Puedo tratar de ayudarte.
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  • Eh? , no no te equinocas yo solo quierio ..... puedo combeserlos a los demas yo quiero ayudarte
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  • ─── ¿Será muy severo de mi parte ofrecerle quedarse aqui? Bueno, mi código de bruja blanca estipula que si dentro de mis capacidades, oportunidades y condiciones; ayudar a alguien sin causar algún mal, debería hacerlo.
    Le diré que tiene un sitio de refugio si un dia lo necesita. Sí. Eso funcionará. ───
    ─── ¿Será muy severo de mi parte ofrecerle quedarse aqui? Bueno, mi código de bruja blanca estipula que si dentro de mis capacidades, oportunidades y condiciones; ayudar a alguien sin causar algún mal, debería hacerlo. Le diré que tiene un sitio de refugio si un dia lo necesita. Sí. Eso funcionará. ───
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  • Los millones no aguantan el llanto
    De cuando me siento solo en mi cuarto
    De cuando el balcón no se siente tan alto...

    - Un paseo siempre te ayuda a respirar y el acelerador igual [??] -
    Los millones no aguantan el llanto De cuando me siento solo en mi cuarto De cuando el balcón no se siente tan alto... - Un paseo siempre te ayuda a respirar y el acelerador igual [??] -
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  • [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ]



    ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía *



    ‎***¡¡¡PLOF!!!***



    ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado *



    ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila..



    ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire *



    ‎ — ¿Pero qué es eso?



    ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte *



    ‎ — ¡Cuida-!



    ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
    [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ] ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía * ‎ ‎ ‎ ‎***¡¡¡PLOF!!!*** ‎ ‎ ‎ ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila.. ‎ ‎ ‎ ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Pero qué es eso? ‎ ‎ ‎ ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Cuida-! ‎ ‎ ‎ ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
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  • ────୨ 𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂 ৎ────

    𝟏𝟏:𝟑𝟎 𝐩.𝐦

    El concierto resultó magnífico, la pulcra interpretación de los músicos fue un deleite en la sala de teatro y en los oídos de cada espectador. En los intermedios socializó de una forma casi fluida con las personas conocidas que allí se encontraban, incluso con quienes lo habían reconocido a él, con el director y con la joven que lo acompañaba; su habilidad de camaleón le ayudaba a afrontar los momentos sociales, no era un fanático de entablar cercanía, a menos que fuera a su beneficio.

    Hablando de cercanía, pronto se dio cuenta de que no podría deleitarse de la joven que se había vuelto, de forma imprevista, su compañera de la velada; resultó ser que si aquella hermosa mujer llegase a desaparecer del radar humano, se encenderían las alertas inmediatamente a su alrededor. Una lástima, era una buena opción. Aún así, no se privó de disfrutar de su presencia por unas cuantas horas más, tomando algunas copas, conversando amenamente e intercambiando cómplices sonrisas que guardaban las intenciones de ambos. Al final del día, le divertía ejercer su encanto y observar los efectos que este tenía en los demás, incluso si la interacción no llegaba a otros ámbitos.

    Aún así, como el caballero que es y a pesar de su oculta ferocidad y latente hambre, culminó la velada con un delicado beso en la suave mano de la fémina, pagando la costosa cuenta y llamando un taxi hasta su residencia. No era un hombre desconsiderado después de todo, incluso si no lograba su cometido. “Llámame”, habían susurrado con sensual cercanía los labios rojos de su compañera, y luego del intercambio de dos sonrisas afiladas que siguieron con la breve despedida, al fin se quedó solo.

    En la fría y oscura noche de París, con las tenues luces alumbrando con cierto romanticismo las calles, la música lejana de fondo y las opacas voces de los locales, decidió adornar aquella escena fumándose un cigarro antes de volver a entrar al recinto, planeaba beber un rato más y quizás podría tener algo de suerte esa noche si localizaba a su próxima presa.
    ────୨ 𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂 ৎ──── 𝟏𝟏:𝟑𝟎 𝐩.𝐦 El concierto resultó magnífico, la pulcra interpretación de los músicos fue un deleite en la sala de teatro y en los oídos de cada espectador. En los intermedios socializó de una forma casi fluida con las personas conocidas que allí se encontraban, incluso con quienes lo habían reconocido a él, con el director y con la joven que lo acompañaba; su habilidad de camaleón le ayudaba a afrontar los momentos sociales, no era un fanático de entablar cercanía, a menos que fuera a su beneficio. Hablando de cercanía, pronto se dio cuenta de que no podría deleitarse de la joven que se había vuelto, de forma imprevista, su compañera de la velada; resultó ser que si aquella hermosa mujer llegase a desaparecer del radar humano, se encenderían las alertas inmediatamente a su alrededor. Una lástima, era una buena opción. Aún así, no se privó de disfrutar de su presencia por unas cuantas horas más, tomando algunas copas, conversando amenamente e intercambiando cómplices sonrisas que guardaban las intenciones de ambos. Al final del día, le divertía ejercer su encanto y observar los efectos que este tenía en los demás, incluso si la interacción no llegaba a otros ámbitos. Aún así, como el caballero que es y a pesar de su oculta ferocidad y latente hambre, culminó la velada con un delicado beso en la suave mano de la fémina, pagando la costosa cuenta y llamando un taxi hasta su residencia. No era un hombre desconsiderado después de todo, incluso si no lograba su cometido. “Llámame”, habían susurrado con sensual cercanía los labios rojos de su compañera, y luego del intercambio de dos sonrisas afiladas que siguieron con la breve despedida, al fin se quedó solo. En la fría y oscura noche de París, con las tenues luces alumbrando con cierto romanticismo las calles, la música lejana de fondo y las opacas voces de los locales, decidió adornar aquella escena fumándose un cigarro antes de volver a entrar al recinto, planeaba beber un rato más y quizás podría tener algo de suerte esa noche si localizaba a su próxima presa.
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  • Necesito tu ayuda. ¡Ayúdame o no intentes detenerme!
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  • La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del lujoso hotel, pintando siluetas borrosas en los cristales. Afuera, la ciudad parecía susurrar secretos entre gotas, mientras las luces de los autos creaban reflejos temblorosos en el pavimento mojado.

    Dentro del vestíbulo principal, la bajita puercoespín se encontraba de pie, inmóvil como una estatua, con un esmoquin negro perfectamente ajustado a su figura delgada y femenina.

    Su corbata se le había torcido por la carrera anterior, así que, con una expresión tranquila y dedos ágiles, se la acomodó frente a un espejo cercano. Sus ojos, más brillantes que nunca, reflejaban una mezcla de emoción y concentración.

    —Mi primer trabajo como guarda de seguridad. —murmuró para sí, dejando escapar una sonrisa, mientras pensaba en lo emocionada: ser guarda de seguridad de un político extranjero en medio de una situación peligrosa.

    **La misión comenzó desde la puerta del hotel.**
    Cuando el cliente bajó, rodeado de asistentes y escoltas tradicionales, la puercoespín caminaba a su lado con paso seguro. De pronto, entre la multitud y la lluvia, una figura sospechosa se lanzó hacia el cliente empuñando un arma.

    —¡Hey! ¡Usted! —gritó un guardaespaldas, pero fue la roedora quien reaccionó primero.

    Con un giro ágil, la hembra dio un salto, y con un giro de sus piernas, conectó una patada directa al rostro del agresor. El sujeto cayó al suelo, inconsciente, antes de que pudiera apretar el gatillo.

    —Esto de futbolista me ayuda bastante. —murmuró, sacudiéndose el pantalón con aire despreocupado.

    Horas más tarde, la puercoespín se mantuvo de pie en una esquina, con los brazos cruzados y la mirada fija como la de un halcón. Su aura, perfectamente controlada, cubría el perímetro. No decía ni una palabra, pero los cazadores de tesoros, mercenarios y ladrones que pensaban robar algo... al sentir esa presión, simplemente se retiraban con un sudor frío recorriéndoles la espalda.

    Al caer altas horas de la noche, la criatura tras terminar su trabajo, se dispone a regresar a casa caminando y empapada.por la lluvia, la joven miró su reflejo en un charco, sonriendo feliz.
    La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del lujoso hotel, pintando siluetas borrosas en los cristales. Afuera, la ciudad parecía susurrar secretos entre gotas, mientras las luces de los autos creaban reflejos temblorosos en el pavimento mojado. Dentro del vestíbulo principal, la bajita puercoespín se encontraba de pie, inmóvil como una estatua, con un esmoquin negro perfectamente ajustado a su figura delgada y femenina. Su corbata se le había torcido por la carrera anterior, así que, con una expresión tranquila y dedos ágiles, se la acomodó frente a un espejo cercano. Sus ojos, más brillantes que nunca, reflejaban una mezcla de emoción y concentración. —Mi primer trabajo como guarda de seguridad. —murmuró para sí, dejando escapar una sonrisa, mientras pensaba en lo emocionada: ser guarda de seguridad de un político extranjero en medio de una situación peligrosa. **La misión comenzó desde la puerta del hotel.** Cuando el cliente bajó, rodeado de asistentes y escoltas tradicionales, la puercoespín caminaba a su lado con paso seguro. De pronto, entre la multitud y la lluvia, una figura sospechosa se lanzó hacia el cliente empuñando un arma. —¡Hey! ¡Usted! —gritó un guardaespaldas, pero fue la roedora quien reaccionó primero. Con un giro ágil, la hembra dio un salto, y con un giro de sus piernas, conectó una patada directa al rostro del agresor. El sujeto cayó al suelo, inconsciente, antes de que pudiera apretar el gatillo. —Esto de futbolista me ayuda bastante. —murmuró, sacudiéndose el pantalón con aire despreocupado. Horas más tarde, la puercoespín se mantuvo de pie en una esquina, con los brazos cruzados y la mirada fija como la de un halcón. Su aura, perfectamente controlada, cubría el perímetro. No decía ni una palabra, pero los cazadores de tesoros, mercenarios y ladrones que pensaban robar algo... al sentir esa presión, simplemente se retiraban con un sudor frío recorriéndoles la espalda. Al caer altas horas de la noche, la criatura tras terminar su trabajo, se dispone a regresar a casa caminando y empapada.por la lluvia, la joven miró su reflejo en un charco, sonriendo feliz.
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  • Respira... Mika, respira. No pasa nada, todo está en orden... S-solo fue un mal rato...

    — El pelinegro golpeateaba su pie en el suelo de manera frenética, ese gesto nervioso que tenía cuando su cabeza no lograba controlar su cuerpo. Se llevó las manos al rostro y apretó sus dedos entre su cabello, buscando tapar un poco de la luz que en ese momento lo enceguecía.

    Se había tenido que ir del consultorio, no fue capaz de atender al próximo paciente, por más que lo había intentado, aquella sesión lo había dejado completamente roto y no era capaz de retomar el control.
    Se encerró en la sala de descanso, sin permitir que ninguno de sus compañeros lo siguiera, por más que intentaron ayudarlo, cerró la puerta con seguro y se quedó allí. —
    Respira... Mika, respira. No pasa nada, todo está en orden... S-solo fue un mal rato... — El pelinegro golpeateaba su pie en el suelo de manera frenética, ese gesto nervioso que tenía cuando su cabeza no lograba controlar su cuerpo. Se llevó las manos al rostro y apretó sus dedos entre su cabello, buscando tapar un poco de la luz que en ese momento lo enceguecía. Se había tenido que ir del consultorio, no fue capaz de atender al próximo paciente, por más que lo había intentado, aquella sesión lo había dejado completamente roto y no era capaz de retomar el control. Se encerró en la sala de descanso, sin permitir que ninguno de sus compañeros lo siguiera, por más que intentaron ayudarlo, cerró la puerta con seguro y se quedó allí. —
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  • Son pocas pero las veces que elijo llevar el cabello recogido es por trabajo... Organizada y lista para ayudar a salvar vidas, a pesar de mi naturaleza no pierdo ese norte.
    Son pocas pero las veces que elijo llevar el cabello recogido es por trabajo... Organizada y lista para ayudar a salvar vidas, a pesar de mi naturaleza no pierdo ese norte.
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