Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea.
○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto?
En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo.
○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña.
Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro.
○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas?
Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego.
○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto.
La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar.
Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto.
Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas.
La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto?
En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo.
○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña.
Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro.
○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas?
Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego.
○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto.
La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar.
Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto.
Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas.
La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea.
○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto?
En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo.
○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña.
Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro.
○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas?
Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego.
○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto.
La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar.
Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto.
Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas.
La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.