• Scorn-Hazzard
    Fandom Oc
    Categoría Acción
    He aquí el inhumano. Es moreno, de cabello blanco y esponjoso, y de intensos ojos dorados. Mira el foco en el techo, su luz parpadeante por el pésimo estado de la instalación eléctrica. Viene de una familia desconocida, tal vez viva o tal vez no. Su presencia es notoria, como si el aire se agitara a su alrededor, con un zumbido apenas perceptible.
    Despega la espalda del sillón, un imperfecto mueble de superficie magullada y patas rotas que combina con la imágen decadente del lugar; paredes húmedas, piso desnivelado y mil y un envoltorios de diferentes snacks. Volteó a la derecha, después a la izquierda. La cantidad de basura era increíble, pero nada fuera de lo que él consideraba común.

    Caminó hasta la cocina pateando vasos plásticos y latas de aluminio, con los pies desnudos. La decadencia no era distinta a la de la sala, pero lograba distinguirse por la presencia de jeringas y preservativos regados en todas partes. Allí solo fue a buscar el pedazo de pizza que estaba tirado en la mesa, sobras que quedaron extrañamente intactas entre los desperdicios. Comió. Salió de la cocina, con la frente brillante de sudor. Hacia calor, demasiado.

    La puerta de la entrada salió disparada con tanta violencia que su impactó resonó a lo largo y ancho del barrio. Cualquiera pensaría que la razón sería una explosión, en lugar de ese moreno chaparro que rara vez salía de aquella casa sin ventanas. Ésta era una de esas veces. Él pateó la puerta desde adentro, lanzándola contra la cerca de madera y rompiéndola en el proceso.

    La luz solar dió de lleno en su persona, tragada por la negrura de sus extravagantes prendas. La temperatura seguramente rondaba los treinta grados, cosa que se sentía brutal por la falta de viento. Con el entrecejo arrugado caminó, dando pasos anchos y encorvado.

    Era un día horriblemente caluroso. Ahora es un día horriblemente caluroso y extraño, pues su vibrante presencia era una novedad en el barrio.

    ||Capitulo: 01 ||
    ||Primer arco: Guerra ||

    •••

    //Estoy improvisando todo, así que es muy seguro que salga para la pija- Ni modo. Pueden darse el gusto de rolear como se les cante o no, eso ya cae en ustedes.

    //El resto de capitulos serán publicaciones comunes.
    He aquí el inhumano. Es moreno, de cabello blanco y esponjoso, y de intensos ojos dorados. Mira el foco en el techo, su luz parpadeante por el pésimo estado de la instalación eléctrica. Viene de una familia desconocida, tal vez viva o tal vez no. Su presencia es notoria, como si el aire se agitara a su alrededor, con un zumbido apenas perceptible. Despega la espalda del sillón, un imperfecto mueble de superficie magullada y patas rotas que combina con la imágen decadente del lugar; paredes húmedas, piso desnivelado y mil y un envoltorios de diferentes snacks. Volteó a la derecha, después a la izquierda. La cantidad de basura era increíble, pero nada fuera de lo que él consideraba común. Caminó hasta la cocina pateando vasos plásticos y latas de aluminio, con los pies desnudos. La decadencia no era distinta a la de la sala, pero lograba distinguirse por la presencia de jeringas y preservativos regados en todas partes. Allí solo fue a buscar el pedazo de pizza que estaba tirado en la mesa, sobras que quedaron extrañamente intactas entre los desperdicios. Comió. Salió de la cocina, con la frente brillante de sudor. Hacia calor, demasiado. La puerta de la entrada salió disparada con tanta violencia que su impactó resonó a lo largo y ancho del barrio. Cualquiera pensaría que la razón sería una explosión, en lugar de ese moreno chaparro que rara vez salía de aquella casa sin ventanas. Ésta era una de esas veces. Él pateó la puerta desde adentro, lanzándola contra la cerca de madera y rompiéndola en el proceso. La luz solar dió de lleno en su persona, tragada por la negrura de sus extravagantes prendas. La temperatura seguramente rondaba los treinta grados, cosa que se sentía brutal por la falta de viento. Con el entrecejo arrugado caminó, dando pasos anchos y encorvado. Era un día horriblemente caluroso. Ahora es un día horriblemente caluroso y extraño, pues su vibrante presencia era una novedad en el barrio. ||Capitulo: 01 || ||Primer arco: Guerra || ••• //Estoy improvisando todo, así que es muy seguro que salga para la pija- Ni modo. Pueden darse el gusto de rolear como se les cante o no, eso ya cae en ustedes. //El resto de capitulos serán publicaciones comunes.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    El ambiente en la habitación es denso, cargado de una tensión que casi se puede palpar. Él recupera la consciencia por completo, sintiendo el peso de las cuerdas y la rigidez de la madera contra su espalda. Sus ojos se clavan en los de Kafka, quien se mantiene imperturbable, irradiando esa calma letal que la caracteriza.
    ​Ella nota que él ha recobrado el sentido y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibuja en sus labios. Juega con la granada con una destreza hipnótica, lanzándola apenas unos centímetros al aire y atrapándola de nuevo sin apartar la vista de su prisionero.

    ​—Vaya, parece que finalmente has despertado —repite ella, su voz arrastrada y melodiosa, llenando el vacío del cuarto—. No me gusta la violencia innecesaria, pero mi jefe dice que tienes algo que nos pertenece. ¿Hacemos esto de la manera fácil o prefieres escuchar mi música?
    El ambiente en la habitación es denso, cargado de una tensión que casi se puede palpar. Él recupera la consciencia por completo, sintiendo el peso de las cuerdas y la rigidez de la madera contra su espalda. Sus ojos se clavan en los de Kafka, quien se mantiene imperturbable, irradiando esa calma letal que la caracteriza. ​Ella nota que él ha recobrado el sentido y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibuja en sus labios. Juega con la granada con una destreza hipnótica, lanzándola apenas unos centímetros al aire y atrapándola de nuevo sin apartar la vista de su prisionero. ​—Vaya, parece que finalmente has despertado —repite ella, su voz arrastrada y melodiosa, llenando el vacío del cuarto—. No me gusta la violencia innecesaria, pero mi jefe dice que tienes algo que nos pertenece. ¿Hacemos esto de la manera fácil o prefieres escuchar mi música?
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  • Epístola 1 - El demonio de las armas.

    26 segundos fueron suficientes para hacer cambiar el mundo. Varios millares de muertes se sucedieron en ese tan corto lapso de tiempo y nadie podía darse el lujo de quedarse quieto...pero a la vez nadie podía ir a por él. Quien quisiera que fuese, si alguien empuñaba un arma contra él solamente sumaba un número más al contador. ¿Atacar al fuego con el fuego? Sí, pero la humanidad pensaba de esa forma y en parte era lógico. No hay tantas diferencias entre la humanidad y los animales al fin y al cabo.

    Pocos días después de haber firmado el contrato, mi poder era inestable. Mi propia cordura pagaba el precio y muchas son las lagunas que han quedado de ese tiempo.

    ¿Era yo quien apestaba a sangre?

    ¿Era mi propia percepción?

    ¿Era el entorno quien lo hacía?

    Nada de ello importaba. Sólo necesitaba matar. Y mi principal víctima se encontraba cada vez más cerca, dedicándose a cazar indiscriminadamente disparando trozos de si mismo. ¿Quién se ha creído que es?

    Desapareciendo del lugar donde me encontraba, en pocos segundos me encontraba flotando sobre él. En ese momento pensé, quise y deseé poder anticipar cualquier ataque suyo. Que hiciese un ridículo espantoso tratando de darle a alguien que se encuentra en el aire flotando como una hoja.

    Por momentos y mientras soy capaz de percibir la trayectoria, comienzo a entender dos cosas. El inmensísimo poder y posibilidades que se despegan ante mi me permiten ser consciente de ver con tanta claridad cada uno de los impactos pasar cerca de mi en cámara lenta que soy capaz de esquivarlos con mínimos movimientos. La otra, es que mi propia cordura está siendo llevada a un ansia homicida que echará todo esto por tierra.

    Un impacto me alcanza. Dos. Tres. Me he confiado y de repente, mientras chasqueo la lengua, sé que algo se desboca. Cada uno de mis errores me ha llevado a esto. A que los demás impactos continúen haciendo mella sobre mi cuerpo cada vez más herido y terminen por matarme.

    No quería sumirme en el abismo, pero...

    Mi cabello se volvió completamente oscuro y peinado hacia atrás. Y con ello, vino el resto de cambios. Mi mente ha bajado un escalón que no sé si volverá a subir, pero sé que mi cuerpo se acaba de convertir en una bomba atómica. Seguramente, con el mínimo descuido, acabe siendo completamente borrado de la existencia si no controlo mi impacto.

    Pero mis actos fueron más rápidos que mis pensamientos. Mi mente había considerado la primera variable y cuando quise darme cuenta, mi enemigo había estallado con tal violencia que cualquier parte del mundo ahora mismo tendría un trozo suyo. El vacío provocado en el aire llegó a mover las placas tectónicas y causó un enorme terremoto. Y quién sabe cuántos desastres más sucedieron a ese.

    Definitivamente, este poder debe quedar sellado. No debo usarlo.

    No puedo permitirme que un simple demonio me supere. Ni siquiera el mismo demonio que sabe lo que pasa por la cabeza.

    Yo seré quien lo controle.

    Yo seré quien decida si existen demonios o no.

    Te tomaré en mis manos, aprenderé a usarte, y serás mi medio.

    Y la cuenta comienza...ya.
    Epístola 1 - El demonio de las armas. 26 segundos fueron suficientes para hacer cambiar el mundo. Varios millares de muertes se sucedieron en ese tan corto lapso de tiempo y nadie podía darse el lujo de quedarse quieto...pero a la vez nadie podía ir a por él. Quien quisiera que fuese, si alguien empuñaba un arma contra él solamente sumaba un número más al contador. ¿Atacar al fuego con el fuego? Sí, pero la humanidad pensaba de esa forma y en parte era lógico. No hay tantas diferencias entre la humanidad y los animales al fin y al cabo. Pocos días después de haber firmado el contrato, mi poder era inestable. Mi propia cordura pagaba el precio y muchas son las lagunas que han quedado de ese tiempo. ¿Era yo quien apestaba a sangre? ¿Era mi propia percepción? ¿Era el entorno quien lo hacía? Nada de ello importaba. Sólo necesitaba matar. Y mi principal víctima se encontraba cada vez más cerca, dedicándose a cazar indiscriminadamente disparando trozos de si mismo. ¿Quién se ha creído que es? Desapareciendo del lugar donde me encontraba, en pocos segundos me encontraba flotando sobre él. En ese momento pensé, quise y deseé poder anticipar cualquier ataque suyo. Que hiciese un ridículo espantoso tratando de darle a alguien que se encuentra en el aire flotando como una hoja. Por momentos y mientras soy capaz de percibir la trayectoria, comienzo a entender dos cosas. El inmensísimo poder y posibilidades que se despegan ante mi me permiten ser consciente de ver con tanta claridad cada uno de los impactos pasar cerca de mi en cámara lenta que soy capaz de esquivarlos con mínimos movimientos. La otra, es que mi propia cordura está siendo llevada a un ansia homicida que echará todo esto por tierra. Un impacto me alcanza. Dos. Tres. Me he confiado y de repente, mientras chasqueo la lengua, sé que algo se desboca. Cada uno de mis errores me ha llevado a esto. A que los demás impactos continúen haciendo mella sobre mi cuerpo cada vez más herido y terminen por matarme. No quería sumirme en el abismo, pero... Mi cabello se volvió completamente oscuro y peinado hacia atrás. Y con ello, vino el resto de cambios. Mi mente ha bajado un escalón que no sé si volverá a subir, pero sé que mi cuerpo se acaba de convertir en una bomba atómica. Seguramente, con el mínimo descuido, acabe siendo completamente borrado de la existencia si no controlo mi impacto. Pero mis actos fueron más rápidos que mis pensamientos. Mi mente había considerado la primera variable y cuando quise darme cuenta, mi enemigo había estallado con tal violencia que cualquier parte del mundo ahora mismo tendría un trozo suyo. El vacío provocado en el aire llegó a mover las placas tectónicas y causó un enorme terremoto. Y quién sabe cuántos desastres más sucedieron a ese. Definitivamente, este poder debe quedar sellado. No debo usarlo. No puedo permitirme que un simple demonio me supere. Ni siquiera el mismo demonio que sabe lo que pasa por la cabeza. Yo seré quien lo controle. Yo seré quien decida si existen demonios o no. Te tomaré en mis manos, aprenderé a usarte, y serás mi medio. Y la cuenta comienza...ya.
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  • *Sólo un combate amistoso. Naruto y Ace estaban peleando, chocando sus puños con tal violencia que comenzaban a destruir el lugar...
    ¿Un combate amistoso?
    Al verlos podrías decir que intentaban matarse...*
    *Sólo un combate amistoso. Naruto y Ace estaban peleando, chocando sus puños con tal violencia que comenzaban a destruir el lugar... ¿Un combate amistoso? Al verlos podrías decir que intentaban matarse...*
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  • Unidad 44 conoce una fuerza desconocida dentro de ese planeta, viajando mucho al norte encontró una manifestación de una voluntad gélida que comienza a cubrir todo su cuerpo de hielo irregular que aumenta su peso, ralentiza su cuerpo hasta que el viento termina por convertir su cuerpo en una enorme estatua de hielo y acero.

    Luego de 24 horas, logra generar el calor suficiente para romper su propia prisión de hielo, rompiendo el hielo en trozos con la fuerza de su cuerpo combinado con el calor que se transmite por sus placas gruesas y con sus alas extendidas con violencia aparta el hielo restante.
    Unidad 44 conoce una fuerza desconocida dentro de ese planeta, viajando mucho al norte encontró una manifestación de una voluntad gélida que comienza a cubrir todo su cuerpo de hielo irregular que aumenta su peso, ralentiza su cuerpo hasta que el viento termina por convertir su cuerpo en una enorme estatua de hielo y acero. Luego de 24 horas, logra generar el calor suficiente para romper su propia prisión de hielo, rompiendo el hielo en trozos con la fuerza de su cuerpo combinado con el calor que se transmite por sus placas gruesas y con sus alas extendidas con violencia aparta el hielo restante.
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  • El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse.

    Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante.

    Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder.

    El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa.

    Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía.

    —Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa.

    Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo.

    —No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano.

    Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva.

    —Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija?

    Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor.

    —¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada.

    El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas.

    —Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable

    — Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie.

    Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida.

    —No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos.

    —¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos?

    Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino.

    Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo.

    —Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma.

    Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa.

    —¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra.

    —Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo.

    —¿Como tu prisionera?

    —Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla…

    Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado.

    Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer.

    —Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta…

    —. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres.

    Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era.

    —Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque

    — Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo.

    Y desapareció.

    Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
    El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse. Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante. Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder. El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa. Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía. —Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa. Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo. —No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano. Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva. —Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija? Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor. —¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada. El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas. —Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable — Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie. Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida. —No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos. —¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos? Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino. Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo. —Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma. Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa. —¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra. —Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo. —¿Como tu prisionera? —Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla… Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado. Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer. —Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta… —. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres. Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era. —Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque — Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo. Y desapareció. Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
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    —•L̶a̶ ̶E̶u̶c̶a̶r̶i̶s̶t̶í̶a̶ ̶d̶e̶ ̶H̶i̶e̶r̶r̶o̶ ̶y̶ ̶P̶l̶o̶m̶o̶.

    El traqueteo del tren era un metrónomo marcando el final de sus insignificantes vidas. Sentada, con la espalda expuesta como un cebo deliberado, escuché el amartillar de sus armas. El metal desgarró mi cráneo desde atrás con una violencia deliciosa.

    La oscuridad no fue un vacío, fue un velo negro que me envolvió con suavidad. Mientras mi cuerpo se desplomaba y la sangre comenzaba a alimentar las grietas del suelo, me quedé allí, suspendida en ese zumbido eléctrico que lo borraba todo. Mis asesinos celebraban con el aliento agitado; podía oler su miedo disfrazado de triunfo, un aroma rancio que solo servía para abrirme el apetito.

    Me puse en pie sin que un solo músculo de mi rostro traicionara la paz de mi muerte ficticia. Sentí el calor de la hemorragia deslizándose por mis mejillas, encontrando el camino hacia las comisuras de mi boca. Saboreé ese licor ferroso, espeso y sucio, y dejé que se mezclara con mi aliento. Pero lo que realmente me cautivó fueron las punzadas. La bala, incrustada como un parásito en mi cerebro, enviaba latigazos de una agonía exquisita que hacían vibrar cada nervio de mi columna. Era un dolor purificador, una confirmación de que su odio era tan real como mi superioridad. Me encantaba. Disfrutaba de la caricia del plomo caliente fundiéndose con mi propia carne mientras mis tejidos, obedientes, comenzaban a devorar el proyectil.

    Me giré. Sus gritos fueron música para mis oídos. El horror en sus ojos era la única oración que sabían rezar. Vaciaron sus cargadores contra mí en un espasmo de desesperación absoluta. Las balas golpeaban mi cuerpo, pero yo solo veía fragmentos de metal intentando herir a un abismo. Con una lentitud depredadora, levanté mi mano derecha. Los miré no como a enemigos, sino como a ganado que ha olvidado su lugar en el matadero. El vagón se volvió frío, un frío sepulcral que detuvo el tiempo. Coloqué mi dedo índice frente a sus corazones desbocados y dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que el terror los consumiera por dentro.

    — Bang. —

    No hubo eco, solo el sonido de la realidad rompiéndose. La presión invisible los golpeó no desde fuera, sino desde su propio núcleo, obligando a sus cuerpos a estallar de adentro hacia afuera. En un parpadeo, el vagón se convirtió en una pesadilla de vísceras; el impacto proyectó fragmentos de hueso, trozos de órganos y una lluvia densa de sesos contra las paredes y el techo. El espacio quedó perdido entre un rojo absoluto y un olor a muerte tan pesado que se podía palpar.
    Me quedé allí, en medio de la carnicería, respirando el vaho caliente que emanaba de los restos. La punzada en mi cráneo finalmente cesó cuando mi cuerpo expulsó el trozo de plomo deformado, que cayó al suelo con un tintineo metálico sobre el charco de carne. Con una tranquilidad absoluta, saqué un pañuelo y limpié el desorden de mi rostro. Cuando el tren frenó y las puertas se abrieron, salí con paso firme, dejando atrás aquel matadero sagrado sin dedicarle una sola mirada a los restos de lo que alguna vez se atrevió a atacarme.
    —•L̶a̶ ̶E̶u̶c̶a̶r̶i̶s̶t̶í̶a̶ ̶d̶e̶ ̶H̶i̶e̶r̶r̶o̶ ̶y̶ ̶P̶l̶o̶m̶o̶. El traqueteo del tren era un metrónomo marcando el final de sus insignificantes vidas. Sentada, con la espalda expuesta como un cebo deliberado, escuché el amartillar de sus armas. El metal desgarró mi cráneo desde atrás con una violencia deliciosa. La oscuridad no fue un vacío, fue un velo negro que me envolvió con suavidad. Mientras mi cuerpo se desplomaba y la sangre comenzaba a alimentar las grietas del suelo, me quedé allí, suspendida en ese zumbido eléctrico que lo borraba todo. Mis asesinos celebraban con el aliento agitado; podía oler su miedo disfrazado de triunfo, un aroma rancio que solo servía para abrirme el apetito. Me puse en pie sin que un solo músculo de mi rostro traicionara la paz de mi muerte ficticia. Sentí el calor de la hemorragia deslizándose por mis mejillas, encontrando el camino hacia las comisuras de mi boca. Saboreé ese licor ferroso, espeso y sucio, y dejé que se mezclara con mi aliento. Pero lo que realmente me cautivó fueron las punzadas. La bala, incrustada como un parásito en mi cerebro, enviaba latigazos de una agonía exquisita que hacían vibrar cada nervio de mi columna. Era un dolor purificador, una confirmación de que su odio era tan real como mi superioridad. Me encantaba. Disfrutaba de la caricia del plomo caliente fundiéndose con mi propia carne mientras mis tejidos, obedientes, comenzaban a devorar el proyectil. Me giré. Sus gritos fueron música para mis oídos. El horror en sus ojos era la única oración que sabían rezar. Vaciaron sus cargadores contra mí en un espasmo de desesperación absoluta. Las balas golpeaban mi cuerpo, pero yo solo veía fragmentos de metal intentando herir a un abismo. Con una lentitud depredadora, levanté mi mano derecha. Los miré no como a enemigos, sino como a ganado que ha olvidado su lugar en el matadero. El vagón se volvió frío, un frío sepulcral que detuvo el tiempo. Coloqué mi dedo índice frente a sus corazones desbocados y dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que el terror los consumiera por dentro. — Bang. — No hubo eco, solo el sonido de la realidad rompiéndose. La presión invisible los golpeó no desde fuera, sino desde su propio núcleo, obligando a sus cuerpos a estallar de adentro hacia afuera. En un parpadeo, el vagón se convirtió en una pesadilla de vísceras; el impacto proyectó fragmentos de hueso, trozos de órganos y una lluvia densa de sesos contra las paredes y el techo. El espacio quedó perdido entre un rojo absoluto y un olor a muerte tan pesado que se podía palpar. Me quedé allí, en medio de la carnicería, respirando el vaho caliente que emanaba de los restos. La punzada en mi cráneo finalmente cesó cuando mi cuerpo expulsó el trozo de plomo deformado, que cayó al suelo con un tintineo metálico sobre el charco de carne. Con una tranquilidad absoluta, saqué un pañuelo y limpié el desorden de mi rostro. Cuando el tren frenó y las puertas se abrieron, salí con paso firme, dejando atrás aquel matadero sagrado sin dedicarle una sola mirada a los restos de lo que alguna vez se atrevió a atacarme.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷

    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Cruzo el patio sin prisa. El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia. Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre. Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre. El hogar me habla. Y me acepta. Sasha lo siente. No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca. Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio. A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo. Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba. Ryu. Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo. Al verla, algo profundo se activa. Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia. Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla. —Ishtarin. El aire cambia. Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí: Tharésh’Kael y los fragmentos emocionales del idioma de Lili. Pero no necesito entenderla para entender su ira. Así que obedezco a mi manera. Inco una rodilla. El gesto no es sumisión. Es reconocimiento. —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome. Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma. Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia. —Magia Ishtar. La luz del castillo responde otra vez. No más fuerte. Más cercana. Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Cruzo el patio sin prisa. El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia. Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre. Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre. El hogar me habla. Y me acepta. Sasha lo siente. No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca. Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio. A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo. Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba. Ryu. Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo. Al verla, algo profundo se activa. Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia. Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla. —Ishtarin. El aire cambia. Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí: Tharésh’Kael y los fragmentos emocionales del idioma de Lili. Pero no necesito entenderla para entender su ira. Así que obedezco a mi manera. Inco una rodilla. El gesto no es sumisión. Es reconocimiento. —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome. Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma. Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia. —Magia Ishtar. La luz del castillo responde otra vez. No más fuerte. Más cercana. Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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  • Llega el momento del parto.

    Las contracciones me atraviesan como cuchillas antiguas. No es solo dolor: es una guerra interna. Siento cómo mis propios órganos parecen desplazarse, desgarrarse, pelear entre sí, como si el cuerpo tuviera que decidir quién vive y quién muere para que algo nuevo pueda nacer. Cada espasmo es una sentencia. Cada grito, un desgarro del mundo.

    Cuando llegamos al hospital, el dolor ya no es humano. Es tan agudo, tan absoluto, que los médicos se miran con terror. Hablan deprisa. Temen por mi vida. Deciden abrir, cortar antes de que mi cuerpo colapse del todo.

    Preparan el instrumental.

    Pero entonces…
    antes de que el bisturí toque mi piel, algo sale de mí.

    No carne.
    No sangre.

    Un espíritu de parto natural emerge entre mis piernas como una llamarada pálida, antigua, imposible. No llora. No respira. Simplemente es. La habitación se llena de un frío sobrenatural, y los humanos retroceden. Gritan. Algunos rezan. Otros huyen sin mirar atrás.

    Salen corriendo.

    El segundo nace inmediatamente después.
    El tercero lo sigue, arrastrado por la misma fuerza invisible.
    Tres presencias se manifiestan, idénticas entre sí y a mí, vibrando con una energía que no pertenece a este plano.

    Pero entonces… el tiempo se rompe.

    Los demás tardan.

    Mi cuerpo vuelve a reclamarme con violencia. El dolor regresa multiplicado, brutal. Ya no hay manos que ayuden, ni voces que guíen. Solo yo, el suelo frío, y aquello que aún se resiste a salir.

    Aprieto los dientes.
    Aferro el mundo con las uñas.
    Empujo con todo lo que me queda.

    Una vez.
    Otra.
    Otra más.

    Con un esfuerzo que me arranca el alma, consigo sacar cinco más.

    Caen pesados. Silenciosos.

    No se mueven.

    Una lágrima cae por mi mejilla.

    —Lo siento mi ama [n.a.a.m.a.h] sólo he podido engendrar a tres...

    Los otros tres salen disparados por la ventana rompiéndola y desapareciendo. Listos para causar estragos... mientras el viento que entra por la ventana ondula mi cabello y seca mi lágrima.
    Llega el momento del parto. Las contracciones me atraviesan como cuchillas antiguas. No es solo dolor: es una guerra interna. Siento cómo mis propios órganos parecen desplazarse, desgarrarse, pelear entre sí, como si el cuerpo tuviera que decidir quién vive y quién muere para que algo nuevo pueda nacer. Cada espasmo es una sentencia. Cada grito, un desgarro del mundo. Cuando llegamos al hospital, el dolor ya no es humano. Es tan agudo, tan absoluto, que los médicos se miran con terror. Hablan deprisa. Temen por mi vida. Deciden abrir, cortar antes de que mi cuerpo colapse del todo. Preparan el instrumental. Pero entonces… antes de que el bisturí toque mi piel, algo sale de mí. No carne. No sangre. Un espíritu de parto natural emerge entre mis piernas como una llamarada pálida, antigua, imposible. No llora. No respira. Simplemente es. La habitación se llena de un frío sobrenatural, y los humanos retroceden. Gritan. Algunos rezan. Otros huyen sin mirar atrás. Salen corriendo. El segundo nace inmediatamente después. El tercero lo sigue, arrastrado por la misma fuerza invisible. Tres presencias se manifiestan, idénticas entre sí y a mí, vibrando con una energía que no pertenece a este plano. Pero entonces… el tiempo se rompe. Los demás tardan. Mi cuerpo vuelve a reclamarme con violencia. El dolor regresa multiplicado, brutal. Ya no hay manos que ayuden, ni voces que guíen. Solo yo, el suelo frío, y aquello que aún se resiste a salir. Aprieto los dientes. Aferro el mundo con las uñas. Empujo con todo lo que me queda. Una vez. Otra. Otra más. Con un esfuerzo que me arranca el alma, consigo sacar cinco más. Caen pesados. Silenciosos. No se mueven. Una lágrima cae por mi mejilla. —Lo siento mi ama [n.a.a.m.a.h] sólo he podido engendrar a tres... Los otros tres salen disparados por la ventana rompiéndola y desapareciendo. Listos para causar estragos... mientras el viento que entra por la ventana ondula mi cabello y seca mi lágrima.
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