• #UnDiaEnLaVidaDe Thalya Valcourt

    El avión aterrizó a media mañana. Cuando las ruedas tocaron pista, Thalya no sintió alivio como la primera vez que volvió después de años, sino una tensión rara en el pecho.

    Al salir del aeropuerto el aire era distinto. Se colgó la mochila al hombro y tomó un taxi. No miró el móvil en todo el trayecto, igual ya sabía que ningún mensaje de nadie le había llegado.

    Bajó cerca del edificio de su abuelo con una sensación extraña, como volver a una casa que realmente solo consideraste tuya un par de semanas. Se quedó unos segundos en la acera antes de subir, observando el balcón. La persiana seguía a medio bajar, igual que siempre por las mañanas. Tomó aire y subió las escaleras en silencio, escuchando cada paso contra el mármol como si solo pudiese centrarse en eso.

    Su abuelo abrió antes de que llamara por segunda vez. Se miraron sin hablar y él la abrazó con fuerza, Thalya por su parte tardó un segundo, pero acabó rodeándolo también.

    —Has adelgazado —murmuró él.

    —Gracias yayo, también me alegro de verte —respondió, intentando sonar normal con una ligera sonrisa.

    Dejó la mochila, bebió un vaso de agua en la cocina y después de pasar un rato con él, escuchó las indicaciones para llegar al hospital. Prefería ir enseguida, antes de pensárselo demasiado.

    El hospital olía a desinfectante y café de máquina, todo lo que odiaba. Pasó por el mostrador, dijo su nombre, y siguió el pasillo blanco hasta la habitación. Antes de entrar se detuvo un momento, mirando la puerta cerrada mientras su mano dudaba en el pomo.

    Dentro, su abuela dormía. Más pequeña de lo que recordaba, hundida entre las sábanas. El monitor marcaba un ritmo lento y constante. Thalya se acercó despacio, como si cualquier mínimo ruido pudiera llegar a despertarla.

    Se sentó a su lado, pasando un buen rato mirando sus manos, las mismas que recordaba preparando café, limpiando harina del delantal, acomodándole el cuello de la chaqueta al salir de casa. Ahora parecían livianas.
    No dijo nada, sino que solo las sostuvo entre las suyas.

    A media tarde salió a despejarse. Caminó sin rumbo fijo hasta llegar al paseo marítimo. Compró un café frío con hielo (como de costumbre) y se sentó frente al mar. Observó el movimiento del agua, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de acomodarse.

    Había imaginado este regreso muchas veces, pero nunca con esta prisa, ni con esa sensación de haber llegado tarde a algo importante, ni mucho menos sola. No sabía cuánto tiempo tenía, ni qué iba a decir cuando su abuela despertara. Solo sabía que quedarse lejos de ella ya no era una opción.

    El sol empezó a bajar. El ruido de la gente alrededor continuaba como siempre, ajeno a ella. Thalya dio el último sorbo al vaso, dejó el envase en la papelera y regresó hacia el hospital antes de que anocheciera.
    #UnDiaEnLaVidaDe Thalya Valcourt El avión aterrizó a media mañana. Cuando las ruedas tocaron pista, Thalya no sintió alivio como la primera vez que volvió después de años, sino una tensión rara en el pecho. Al salir del aeropuerto el aire era distinto. Se colgó la mochila al hombro y tomó un taxi. No miró el móvil en todo el trayecto, igual ya sabía que ningún mensaje de nadie le había llegado. Bajó cerca del edificio de su abuelo con una sensación extraña, como volver a una casa que realmente solo consideraste tuya un par de semanas. Se quedó unos segundos en la acera antes de subir, observando el balcón. La persiana seguía a medio bajar, igual que siempre por las mañanas. Tomó aire y subió las escaleras en silencio, escuchando cada paso contra el mármol como si solo pudiese centrarse en eso. Su abuelo abrió antes de que llamara por segunda vez. Se miraron sin hablar y él la abrazó con fuerza, Thalya por su parte tardó un segundo, pero acabó rodeándolo también. —Has adelgazado —murmuró él. —Gracias yayo, también me alegro de verte —respondió, intentando sonar normal con una ligera sonrisa. Dejó la mochila, bebió un vaso de agua en la cocina y después de pasar un rato con él, escuchó las indicaciones para llegar al hospital. Prefería ir enseguida, antes de pensárselo demasiado. El hospital olía a desinfectante y café de máquina, todo lo que odiaba. Pasó por el mostrador, dijo su nombre, y siguió el pasillo blanco hasta la habitación. Antes de entrar se detuvo un momento, mirando la puerta cerrada mientras su mano dudaba en el pomo. Dentro, su abuela dormía. Más pequeña de lo que recordaba, hundida entre las sábanas. El monitor marcaba un ritmo lento y constante. Thalya se acercó despacio, como si cualquier mínimo ruido pudiera llegar a despertarla. Se sentó a su lado, pasando un buen rato mirando sus manos, las mismas que recordaba preparando café, limpiando harina del delantal, acomodándole el cuello de la chaqueta al salir de casa. Ahora parecían livianas. No dijo nada, sino que solo las sostuvo entre las suyas. A media tarde salió a despejarse. Caminó sin rumbo fijo hasta llegar al paseo marítimo. Compró un café frío con hielo (como de costumbre) y se sentó frente al mar. Observó el movimiento del agua, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de acomodarse. Había imaginado este regreso muchas veces, pero nunca con esta prisa, ni con esa sensación de haber llegado tarde a algo importante, ni mucho menos sola. No sabía cuánto tiempo tenía, ni qué iba a decir cuando su abuela despertara. Solo sabía que quedarse lejos de ella ya no era una opción. El sol empezó a bajar. El ruido de la gente alrededor continuaba como siempre, ajeno a ella. Thalya dio el último sorbo al vaso, dejó el envase en la papelera y regresó hacia el hospital antes de que anocheciera.
    Me entristece
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Daenora Targaryen

    Unas doncellas se encargan de despertar cada día a Daenora por su condición de princesa. Y cada día sienten más lástima por ella viendo el estado en el que se encuentra. Atrapada en un matrimonio que ella no ha pedido, parece estar contando las horas para volver a su cama.

    Mientras desayuna, intenta evitar coincidir con Aerion, y en ese momento es cuando imagina diferentes maneras en las cuales podría terminar con su vida. Una fantasía que le ocupa casi todo su desayuno.

    Tras ello, dedica una hora a rezar a los dioses, intentando que la suerte la acompañe, o que ellos mismos intervengan y asesinen a su marido.

    En la comida, cuando se reúne con su familia política, vuelve a pensar si sería tan complicado poner veneno en la copa del contrario, para no tener que soportar nuevamente su presencia.

    Y sobre todo a las noches, cuando busca pretextos para no consumir su matrimonio, imagina que tiene un cuchillo en su almohada. El cual, clava en el cuello ajeno si se atreviese a entrar en su habitación.
    #UnDiaEnLaVidaDe Daenora Targaryen Unas doncellas se encargan de despertar cada día a Daenora por su condición de princesa. Y cada día sienten más lástima por ella viendo el estado en el que se encuentra. Atrapada en un matrimonio que ella no ha pedido, parece estar contando las horas para volver a su cama. Mientras desayuna, intenta evitar coincidir con Aerion, y en ese momento es cuando imagina diferentes maneras en las cuales podría terminar con su vida. Una fantasía que le ocupa casi todo su desayuno. Tras ello, dedica una hora a rezar a los dioses, intentando que la suerte la acompañe, o que ellos mismos intervengan y asesinen a su marido. En la comida, cuando se reúne con su familia política, vuelve a pensar si sería tan complicado poner veneno en la copa del contrario, para no tener que soportar nuevamente su presencia. Y sobre todo a las noches, cuando busca pretextos para no consumir su matrimonio, imagina que tiene un cuchillo en su almohada. El cual, clava en el cuello ajeno si se atreviese a entrar en su habitación.
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Niki Sanada Kirijo

    El sonido de la alarma del móvil me despierta, son las 6:30 de la mañana y me esperaba un día un tanto intenso. Lo primero que hago es darme una ducha fría y luego mi rutina de día. En el desayuno hablo con mis padres de las clases y de mi labor como delegada de los de los últimos cursos.

    Madre me lleva a clase hoy, ya que tiene unas horas antes de irse a Portland. Ya en el instituto voy a mis clases, para luego almorzar con mis amigos. A la tarde tengo mis ultimas clases, para luego estar dos horas con la clase de ballet. Tras estás tengo una reunión de cómo organizar la llegada de las personas que vienen de intercambio, además de ver cómo van los preparativos del baile de primavera.

    Al salir padre me espera, por el camino voy haciendo algún deber que tengo que hacer, ya en casa me ducho y me pongo mi pijama. Para luego cenar con mis padres. Antes de dormir acabo de hacer los deberes que me quedan y me hago la skincare de noche para luego descansar. Ha sido un día largo pero me siento muy afortunada de tener unos padres maravillosos.
    #UnDiaEnLaVidaDe Niki Sanada Kirijo El sonido de la alarma del móvil me despierta, son las 6:30 de la mañana y me esperaba un día un tanto intenso. Lo primero que hago es darme una ducha fría y luego mi rutina de día. En el desayuno hablo con mis padres de las clases y de mi labor como delegada de los de los últimos cursos. Madre me lleva a clase hoy, ya que tiene unas horas antes de irse a Portland. Ya en el instituto voy a mis clases, para luego almorzar con mis amigos. A la tarde tengo mis ultimas clases, para luego estar dos horas con la clase de ballet. Tras estás tengo una reunión de cómo organizar la llegada de las personas que vienen de intercambio, además de ver cómo van los preparativos del baile de primavera. Al salir padre me espera, por el camino voy haciendo algún deber que tengo que hacer, ya en casa me ducho y me pongo mi pijama. Para luego cenar con mis padres. Antes de dormir acabo de hacer los deberes que me quedan y me hago la skincare de noche para luego descansar. Ha sido un día largo pero me siento muy afortunada de tener unos padres maravillosos.
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois.

    El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces.

    La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad.

    Primera posición.

    Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado.

    Plié.

    Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba.

    Tendu.

    El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias.

    Giró hacia el espejo.

    Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé.

    Subió a demi-pointe.

    El equilibrio fue perfecto.

    Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad.

    La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio.

    Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable.

    —A la barra —indicó sin elevar la voz.

    Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos.

    —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae.

    Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso.

    Scarlett colocó su mano en su espalda baja.

    —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro.

    La niña se estabilizó.

    Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil.

    Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo.

    El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma.

    Y ella también.
    #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois. El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces. La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad. Primera posición. Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado. Plié. Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba. Tendu. El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias. Giró hacia el espejo. Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé. Subió a demi-pointe. El equilibrio fue perfecto. Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad. La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio. Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable. —A la barra —indicó sin elevar la voz. Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos. —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae. Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso. Scarlett colocó su mano en su espalda baja. —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro. La niña se estabilizó. Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil. Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo. El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma. Y ella también.
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