• Era la media noche y Alessandro regresaba de una sesión de fotos extenuante para una revista, las luces de la Ciudad de New York brillaban con fuerza sin dejar que la oscuridad se apoderara del espacio, anuncios, tiendas, bares, restaurantes...la ciudad parecía igual o tanto más viva que si fueran las diez de la mañana.
    Entró a su habitación en el hotel y de las sombras emergió un hombre, Alessandro no se imnutó; se sirvió una copa de vino y dio un largo trago antes de ir a sentarse en el sofá que estaba cerca de la ventana, contemplando las luces de la ciudad.
    — ¿Lo encontraste?— preguntó en voz baja apenas audible.
    — Sí, señor. Se encuentra trabajando para una empresa de "importaciones" con sede en Barcelona.— respondió el hombre cuya identidad se mantenía oculta por la oscuridad.
    — Barcelona, ¿eh?— murmuró para sí mismo. — Deja la información sobre la mesa, la leeré mañana.
    El sobre se deslizó sobre la superficie marmoleada de la mesa de la salita de estar mientras Alessandro bebía otro sorbo de su vino antes de ponerse de pie, lentamente abrió su camisa y la dejó caer al suelo, dejando su torso desnudo, tranquilamente siguió con el resto de su ropa y, una vez desnudo, se recostó en la cama y extendió su mano.
    — Sírveme, Lorenzo.
    Era la media noche y Alessandro regresaba de una sesión de fotos extenuante para una revista, las luces de la Ciudad de New York brillaban con fuerza sin dejar que la oscuridad se apoderara del espacio, anuncios, tiendas, bares, restaurantes...la ciudad parecía igual o tanto más viva que si fueran las diez de la mañana. Entró a su habitación en el hotel y de las sombras emergió un hombre, Alessandro no se imnutó; se sirvió una copa de vino y dio un largo trago antes de ir a sentarse en el sofá que estaba cerca de la ventana, contemplando las luces de la ciudad. — ¿Lo encontraste?— preguntó en voz baja apenas audible. — Sí, señor. Se encuentra trabajando para una empresa de "importaciones" con sede en Barcelona.— respondió el hombre cuya identidad se mantenía oculta por la oscuridad. — Barcelona, ¿eh?— murmuró para sí mismo. — Deja la información sobre la mesa, la leeré mañana. El sobre se deslizó sobre la superficie marmoleada de la mesa de la salita de estar mientras Alessandro bebía otro sorbo de su vino antes de ponerse de pie, lentamente abrió su camisa y la dejó caer al suelo, dejando su torso desnudo, tranquilamente siguió con el resto de su ropa y, una vez desnudo, se recostó en la cama y extendió su mano. — Sírveme, Lorenzo.
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  • Algunas calles no cambian.
    Boticas que hoy sirven café.
    Tabernas que ahora enseñan ropa tras cristales.
    La piedra sigue gastada pero es la misma.
    Hay casas que aún mantienen la esencia de las almas antiguas que no desaparecieron.
    Y estas calles...

    Estas calles…
    donde el eco de los cascos de los caballos murió hace siglos. Aún puedo oírlos.

    Hay algo en el aire y puedo percibirlo.
    Sombras de gente corriendo con antorchas.
    No es cosa mía, es como si estas calles lo siguieran teniendo encima.
    Algunas calles no cambian. Boticas que hoy sirven café. Tabernas que ahora enseñan ropa tras cristales. La piedra sigue gastada pero es la misma. Hay casas que aún mantienen la esencia de las almas antiguas que no desaparecieron. Y estas calles... Estas calles… donde el eco de los cascos de los caballos murió hace siglos. Aún puedo oírlos. Hay algo en el aire y puedo percibirlo. Sombras de gente corriendo con antorchas. No es cosa mía, es como si estas calles lo siguieran teniendo encima.
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  • 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟷𝟶 : 𝚜𝚒𝚖𝚞𝚕𝚊𝚌𝚛𝚞𝚖 . . .

    — Objetos. Eso es lo que somos.

    Como las sombras del mundo que pintan una aproximación de la realidad sobre la pared. El simulacro de lo que es, de lo que debería ser.

    Somos objetos. No es vida, sino propósito, lo que nos mueve.

    Lo entiendo. Lo acepto.

    ¿A ellas, entonces, por qué las hace sufrir? No lo entiendo. Nunca he podido entenderlo. Sé que el simulacro de lo humano era necesario para romper las barreras del Neniokerno, pero, ¿eran estos extremos necesarios?

    Darles una vida, una personalidad. Sueños, anhelos, debilidades, flaquezas, virtudes... ¿Por qué? ¿Por qué, a sabiendas de cuánto irían a sufrir?

    Me duele. Y mi dolor es, como nosotros, como todo lo que nos compone, más falsedad. Somos objetos, un simulacro de lo real.
    𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟷𝟶 : 𝚜𝚒𝚖𝚞𝚕𝚊𝚌𝚛𝚞𝚖 . . . — Objetos. Eso es lo que somos. Como las sombras del mundo que pintan una aproximación de la realidad sobre la pared. El simulacro de lo que es, de lo que debería ser. Somos objetos. No es vida, sino propósito, lo que nos mueve. Lo entiendo. Lo acepto. ¿A ellas, entonces, por qué las hace sufrir? No lo entiendo. Nunca he podido entenderlo. Sé que el simulacro de lo humano era necesario para romper las barreras del Neniokerno, pero, ¿eran estos extremos necesarios? Darles una vida, una personalidad. Sueños, anhelos, debilidades, flaquezas, virtudes... ¿Por qué? ¿Por qué, a sabiendas de cuánto irían a sufrir? Me duele. Y mi dolor es, como nosotros, como todo lo que nos compone, más falsedad. Somos objetos, un simulacro de lo real.
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  • El Dios de la Oscuridad despierta
    Fandom OC
    Categoría Acción
    Hacía Miles de años, se contaba la leyenda de un caballero oscuro, un ser temible, que quería apagar el Sol para toda la eternidad, muchos pueblos lo apodaron de distintas formas, "El Padre de la Oscuridad", "El señor de las sombras", "El señor oscuro", etc. Pero el apodo característico de este temible ser, es EL DIOS DE LA OSCURIDAD, Darakox.

    Renhakali, puso cómo objetivo, refundar junto con Tomoko Tukomori, el regreso de las Fuerzas Oscuras de la Maldición y la Muerte (FOMM), ya estando ella junto con Tomoko por el lado de la Maldición, y Mori Calliope por el lado de la Muerte, quedaría implementar un ser que defina el lado oscuro, alguien que se caracterice por ser el dueño de las sombras, ese ser, encaja perfecto con Darakox, el Dios de la Oscuridad, entonces con ayuda de la Esfera Roja que trajo devuelta a Tomoko Tukomori, juntando el poder de Renhakali, Calliope y Tomoko, traería a la vida nuevamente a Darakox, y entonces comenzarían el procedimiento para traerlo de vuelta.

    Renhakali hizo uso del poder de la Espada Roja de la Maldición, Tomoko Tukomori hizo lo propio con su poder de alteración y formación maléfica, y Mori Calliope usó su poder de Shinigami ordenando el poder las almas para concretar el proceso de traer a la vida a Darakox.
    Hacía Miles de años, se contaba la leyenda de un caballero oscuro, un ser temible, que quería apagar el Sol para toda la eternidad, muchos pueblos lo apodaron de distintas formas, "El Padre de la Oscuridad", "El señor de las sombras", "El señor oscuro", etc. Pero el apodo característico de este temible ser, es EL DIOS DE LA OSCURIDAD, Darakox. Renhakali, puso cómo objetivo, refundar junto con Tomoko Tukomori, el regreso de las Fuerzas Oscuras de la Maldición y la Muerte (FOMM), ya estando ella junto con Tomoko por el lado de la Maldición, y Mori Calliope por el lado de la Muerte, quedaría implementar un ser que defina el lado oscuro, alguien que se caracterice por ser el dueño de las sombras, ese ser, encaja perfecto con Darakox, el Dios de la Oscuridad, entonces con ayuda de la Esfera Roja que trajo devuelta a Tomoko Tukomori, juntando el poder de Renhakali, Calliope y Tomoko, traería a la vida nuevamente a Darakox, y entonces comenzarían el procedimiento para traerlo de vuelta. Renhakali hizo uso del poder de la Espada Roja de la Maldición, Tomoko Tukomori hizo lo propio con su poder de alteración y formación maléfica, y Mori Calliope usó su poder de Shinigami ordenando el poder las almas para concretar el proceso de traer a la vida a Darakox.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
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  • La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados.

    Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos.

    La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía.
    Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué?

    ¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible.

    ¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias?

    Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.
    La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados. Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos. La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía. Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué? ¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible. ¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias? Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.
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  • //Escena explícita en comentarios//

    Kazuo caminó durante varios días por el bosque, implorando que la senda se abriera para atravesar aquel umbral que lo llevaba a las tierras de Brattvåg.

    Finalmente, después de tres días caminando casi sin descanso, el bosque se abrió. A lo lejos pudo divisar el bastión fortificado custodiado por la reina escarlata.

    Kazuo soltó un trémulo suspiro que rompió el silencio de la noche. Al fin había regresado.

    Le había dicho a Elizabeth que su ausencia podría durar unos tres días aproximadamente; y que, si pasaba de ese tiempo, si el bosque no le daba paso, podrían ser meses. Su tarea y su viaje por el bosque se habían prolongado hasta sobrepasar una semana entera.

    Deseaba con todas sus fuerzas volver a Brattvåg e ir en busca de ella. Pero aún tenía que hacer algo más: enviar a su diosa una última oración, una propia por primera vez en su vida.

    Aquel día, Kazuo cumplía mil doscientos treinta y tres años. Y tan solo quería un pequeño regalo: que su diosa de la cosecha y la abundancia hiciera que los cultivos de Brattvåg prosperasen. Que aquella mañana, cuando los agricultores vieran sus tierras, creyeran en los milagros. Que comprendieran que la esperanza era lo último que debían perder, que la lucha y el esfuerzo merecían recompensa.

    Esa noche, el cielo se tiñó de azul. El kitsune danzó para Inari, elevando su oración a los cielos. A lo lejos se verían estelas de color zafiro, su color distintivo.

    Kazuo sabía que aquello podría alertar a los soldados de Brattvåg. Pero también sabía que ella reconocería aquel color tan particular.

    En caso de que viera a los soldados dirigirse hacia él, desaparecería entre las sombras para no ser reconocido. O incluso dejaría que su verdadera forma se hiciera presente para mantenerse en el anonimato.
    //⚠️🔥Escena explícita en comentarios// Kazuo caminó durante varios días por el bosque, implorando que la senda se abriera para atravesar aquel umbral que lo llevaba a las tierras de Brattvåg. Finalmente, después de tres días caminando casi sin descanso, el bosque se abrió. A lo lejos pudo divisar el bastión fortificado custodiado por la reina escarlata. Kazuo soltó un trémulo suspiro que rompió el silencio de la noche. Al fin había regresado. Le había dicho a Elizabeth que su ausencia podría durar unos tres días aproximadamente; y que, si pasaba de ese tiempo, si el bosque no le daba paso, podrían ser meses. Su tarea y su viaje por el bosque se habían prolongado hasta sobrepasar una semana entera. Deseaba con todas sus fuerzas volver a Brattvåg e ir en busca de ella. Pero aún tenía que hacer algo más: enviar a su diosa una última oración, una propia por primera vez en su vida. Aquel día, Kazuo cumplía mil doscientos treinta y tres años. Y tan solo quería un pequeño regalo: que su diosa de la cosecha y la abundancia hiciera que los cultivos de Brattvåg prosperasen. Que aquella mañana, cuando los agricultores vieran sus tierras, creyeran en los milagros. Que comprendieran que la esperanza era lo último que debían perder, que la lucha y el esfuerzo merecían recompensa. Esa noche, el cielo se tiñó de azul. El kitsune danzó para Inari, elevando su oración a los cielos. A lo lejos se verían estelas de color zafiro, su color distintivo. Kazuo sabía que aquello podría alertar a los soldados de Brattvåg. Pero también sabía que ella reconocería aquel color tan particular. En caso de que viera a los soldados dirigirse hacia él, desaparecería entre las sombras para no ser reconocido. O incluso dejaría que su verdadera forma se hiciera presente para mantenerse en el anonimato.
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  • Feliz Seductive sunday!!!

    "He dejado las cortinas abiertas a propósito. No para que vean, sino para que imaginen. A veces, lo que se insinúa entre las sombras de un vestido rojo es mucho más embriagador que lo que se muestra bajo la luz del día."
    Feliz Seductive sunday!!! "He dejado las cortinas abiertas a propósito. No para que vean, sino para que imaginen. A veces, lo que se insinúa entre las sombras de un vestido rojo es mucho más embriagador que lo que se muestra bajo la luz del día."
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  • Si yo soy la cara visible de la luna..
    Nathaniel es la cara que no se ve..
    El no es un ángel, no es un caído, no es un demonio..
    Es un guardian...
    Un guardian de las sombras y las tinieblas

    Si yo soy la cara visible de la luna.. Nathaniel es la cara que no se ve.. El no es un ángel, no es un caído, no es un demonio.. Es un guardian... Un guardian de las sombras y las tinieblas
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    #Ro no suelo decirlo pero siento que mis pjs Gray y Mia son los que más les he hecho sufrir... Pero los que más desarrollo psicológico les trato dar. Cuando acabe con la trama junta serán felices aunque tenga sus sombras al acecho.
    #Ro no suelo decirlo pero siento que mis pjs Gray y Mia son los que más les he hecho sufrir... Pero los que más desarrollo psicológico les trato dar. Cuando acabe con la trama junta serán felices aunque tenga sus sombras al acecho.
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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