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    ♡: Where did you go? What did you see?
    - Cinderella's eyes
    What did you do? Where did you sleep?
    - Underneath the sky
    Did you belong? Are you complete?
    - Kick my heels three times
    My oh my, what'll I do out there?

    ♡: Where did you go? What did you see? - Cinderella's eyes What did you do? Where did you sleep? - Underneath the sky Did you belong? Are you complete? - Kick my heels three times My oh my, what'll I do out there? :STK-72:
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  • El resumen de las parejas de la corte noche:

    Feyre, to Rhys: I love laying my head on your chest when you’re sleeping so I can hear you breathe


    Nesta, to Cassian: I recorded you snoring so you can hear how fucking loud you are and why I can’t fucking sleep
    El resumen de las parejas de la corte noche: Feyre, to Rhys: I love laying my head on your chest when you’re sleeping so I can hear you breathe Nesta, to Cassian: I recorded you snoring so you can hear how fucking loud you are and why I can’t fucking sleep
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  • It's time to sleep, just to close the eyes and start dreaming ♥
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  • Seductive Sunday dawns in the Empire that never sleeps #ParkClan
    #ThePerverseMuse
    Seductive Sunday dawns in the Empire that never sleeps 🐯 #ParkClan #ThePerverseMuse
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  • Sing me to sleep
    And then leave me alone
    Don't try to wake me in the morning
    'Cause I will be gone
    Sing me to sleep And then leave me alone Don't try to wake me in the morning 'Cause I will be gone
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  • La mosca en la nuca II
    Categoría Original
    El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche.
    Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy".
    El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia.
    Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento.
    Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él.


    —¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina.

    Se trataba de...¿Zetch?

    El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante.

    —Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica.

    Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro.

    —Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.—

    El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
    El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche. Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy". El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia. Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento. Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él. —¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina. Se trataba de...¿Zetch? El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante. —Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica. Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro. —Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.— El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
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  • It's time to sleep ♥ may Morpheus comes and make you have sweet dreams ♥
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  • a diferencia de otras prescentaciones la de esa noche no seria en un escenario, Summer solo s eencontraba melancolico y con ganas de cantar algo suave por una vez, sus pokemon empezaron a hacer una melodia tranquila dejando que su entrenador pudiera cantar
    -Drop by drop, fall apart too soon
    Glass floor breaks silence, sleep beneath room
    Drank fearing father, setting sun
    Distant echo repeating
    Setting sun- suspiro disfrutando la compañia de sus pokemon en aquel parque apenas visitado

    https://music.youtube.com/watch?v=x-ErRfoDojo&si=hhjGZSWJOvvCRfuI
    a diferencia de otras prescentaciones la de esa noche no seria en un escenario, Summer solo s eencontraba melancolico y con ganas de cantar algo suave por una vez, sus pokemon empezaron a hacer una melodia tranquila dejando que su entrenador pudiera cantar -Drop by drop, fall apart too soon Glass floor breaks silence, sleep beneath room Drank fearing father, setting sun Distant echo repeating Setting sun- suspiro disfrutando la compañia de sus pokemon en aquel parque apenas visitado https://music.youtube.com/watch?v=x-ErRfoDojo&si=hhjGZSWJOvvCRfuI
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  • Como antes, pero después
    Fandom N/A
    Categoría Slice of Life
    ㅤ╰─► 𝑹𝒐𝒍 𝒕𝒐::
    ㅤㅤㅤㅤㅤOlivia Romero

    223 días.

    Esa era la cuenta exacta que llevaba Kazuha en una nota mental, y probablemente ya perdida entre el caos que era su mente. Doscientos veintitrés días desde que había estrellado su camioneta contra el elegante escaparate de una librería en el centro de la ciudad. Doscientos veintiuno desde que un juez, con evidente falta de imaginación, le había arrebatado su licencia de conducir por tercera vez. Doscientos diecisiete desde que había dejado abandonado el vehículo, con el capó aún humeante, en el taller mecánico.

    172 días desde que el mecánico le envió un mensaje:
    "Señora, su vehículo está listo."

    142 días desde el ultimátum, donde la resignación se tornó en un dejo de exasperación:
    "Señora, venga por su camioneta, ya está lista desde hace mas de un mes. Y págueme."

    ¿Señora? ¿SEÑORA? La palabra le había estado resonando en el cráneo durante semanas, cada sílaba un insulto a su eterna juventud y su caótico esplendor. ¿Ella? ¡¿Una señora?! Claro que aquella ofensa fue excusa suficiente para que su deuda se extendiera, pudriéndose en el olvido junto a otras facturas y advertencias sociales... hasta hoy.

    Hoy, finalmente, se había dignado a aparecer. Hoy, el aburrimiento había sido más fuerte que el orgullo.

    Tal vez fue su figura menuda, sus 1.58 metros de altura, o la mirada de absoluto desdén lo que hizo que el mecánico, quien ni siquiera la recordaba, la llamara 'Chiquilla'. Y por supuesto que la palabra también la ofendió, profundamente, pero sonaba menos a resignación y más a algo que podía aceptar. Pagó en efectivo, el origen del dinero era mejor no cuestionarlo, y recuperó las llaves.

    Ahora, una mano en el volante, un pie en el acelerador, una licencia de conducir inexistente y una responsabilidad que brillaba por su ausencia, Kazuha salió del taller. Con la otra mano, ya buscaba su móvil, los ojos saltando entre la carretera y la pantalla con una temeridad que era su sello personal. ¿Responsabilidad? Eso, si acaso, era el nombre de un plato aburrido que nunca probaría.

    : ¡Liiiiiiv!
    : -sticker de gato conduciendo-
    : Cancela todos tus planes para hoy...

    El mensaje partió. Sus dedos, ágiles e imprudentes, continuaron su danza sobre la pantalla, tejiendo una verdad a medias con la urgencia de quien teme que la razón la alcance.

    : ¡Vamos de viaje! Prepara tus cosas...
    : Nada de outfits de señorita perfecta. Vamos a... acampar, sí.

    Se le acababa de ocurrir en el mismo instante en que lo escribía, pero la idea, una vez plasmada en aquel mensaje, se convirtió en un decreto irrevocable. Ahora hablaba en serio.

    : A la intemperie. Con insectos, y esas cosas...

    Un semáforo se puso rojo frente a ella. Frenó en seco. En el silencio repentino, interrumpido solo por el ruido del motor, la duda, un monstruo raro y familiar, posó su garra en su estómago. ¿Y si Liv decía que no? ¿Y si los puentes no solo estaban rotos, sino reducidos a cenizas que ni siquiera ella podía reconstruir? El fantasma de una última pelea, de las palabras no dichas y los silencios que pesaban más que gritos, se cernió sobre ella por un segundo.

    Entonces, el semáforo cambió a verde. Un claxon furioso sonó detrás de ella. Kazuha pisó el acelerador como si estuviera aplastando la misma duda, la camioneta arrancó con una sacudida. La duda no tenía cabida en su mundo; solo la acción la tenía. Tomó el teléfono otra vez, la determinación ahogando el miedo.

    : Ya voy en camino... No puedes decir que no. Ni lo intentes.

    Mentira. Podía. ¡Claro que podía!. Liv siempre había podido ponerle un alto. Siempre había sido la única capaz de trazar una línea infranqueable. Esa era una de las razones por la que su amistad, en otro tiempo, había valido cada grieta y cada cicatriz. Pero esta vez, no iba a detenerse. Giró el volante, tomando la ruta que conducía al apartamento de Olivia. En el asiento del copiloto, una pequeña maleta contenía lo esencial para ella: un par de conjuntos deportivos, una chaqueta de cuero, y una caja de doce jugos de fruta. ¿Y lo demás? ¿Carpas, sleeping bags, comida...? Si, bueno, eso era un problema para la Kazuha del futuro, que probablemente lo resolvería en la primera tienda que encontrara en el camino, sin importar el costo o la practicidad.

    Mientras conducía, con el cristal de la ventana a medio bajar y su cabello negro flotando contra el viento por la velocidad, los pensamientos acudían a ella. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que hicieron algo así? No los de calendario... sino los de verdad, los que se miden en risas compartidas que duelen en el costado, en secretos susurrados bajo las sábanas durante una pijamada, en la complicidad silenciosa de saberse entendidas sin necesidad de palabras.. Ya no serían tres, claro. Esa época había quedado atrás, enterrada bajo los escombros de un corazón roto y elecciones que aún dolían. Esta vez serían solo ellas dos. Pero en ese momento, acelerando hacia el apartamento de Olivia, o tal vez mas bien hacia un futuro incierto, sintió que ellas dos podían ser, una vez más, un universo completo.
    ㅤ╰─► 𝑹𝒐𝒍 𝒕𝒐:: ㅤㅤㅤㅤㅤ[flash_brass_tiger_817] ✦ 223 días. Esa era la cuenta exacta que llevaba Kazuha en una nota mental, y probablemente ya perdida entre el caos que era su mente. Doscientos veintitrés días desde que había estrellado su camioneta contra el elegante escaparate de una librería en el centro de la ciudad. Doscientos veintiuno desde que un juez, con evidente falta de imaginación, le había arrebatado su licencia de conducir por tercera vez. Doscientos diecisiete desde que había dejado abandonado el vehículo, con el capó aún humeante, en el taller mecánico. 172 días desde que el mecánico le envió un mensaje: "Señora, su vehículo está listo." 142 días desde el ultimátum, donde la resignación se tornó en un dejo de exasperación: "Señora, venga por su camioneta, ya está lista desde hace mas de un mes. Y págueme." ¿Señora? ¿SEÑORA? La palabra le había estado resonando en el cráneo durante semanas, cada sílaba un insulto a su eterna juventud y su caótico esplendor. ¿Ella? ¡¿Una señora?! Claro que aquella ofensa fue excusa suficiente para que su deuda se extendiera, pudriéndose en el olvido junto a otras facturas y advertencias sociales... hasta hoy. Hoy, finalmente, se había dignado a aparecer. Hoy, el aburrimiento había sido más fuerte que el orgullo. Tal vez fue su figura menuda, sus 1.58 metros de altura, o la mirada de absoluto desdén lo que hizo que el mecánico, quien ni siquiera la recordaba, la llamara 'Chiquilla'. Y por supuesto que la palabra también la ofendió, profundamente, pero sonaba menos a resignación y más a algo que podía aceptar. Pagó en efectivo, el origen del dinero era mejor no cuestionarlo, y recuperó las llaves. Ahora, una mano en el volante, un pie en el acelerador, una licencia de conducir inexistente y una responsabilidad que brillaba por su ausencia, Kazuha salió del taller. Con la otra mano, ya buscaba su móvil, los ojos saltando entre la carretera y la pantalla con una temeridad que era su sello personal. ¿Responsabilidad? Eso, si acaso, era el nombre de un plato aburrido que nunca probaría. 📱💬: ¡Liiiiiiv! 📱💬: -sticker de gato conduciendo- 📱💬: Cancela todos tus planes para hoy... El mensaje partió. Sus dedos, ágiles e imprudentes, continuaron su danza sobre la pantalla, tejiendo una verdad a medias con la urgencia de quien teme que la razón la alcance. 📱💬: ¡Vamos de viaje! Prepara tus cosas... 📱💬: Nada de outfits de señorita perfecta. Vamos a... acampar, sí. Se le acababa de ocurrir en el mismo instante en que lo escribía, pero la idea, una vez plasmada en aquel mensaje, se convirtió en un decreto irrevocable. Ahora hablaba en serio. 📱💬: A la intemperie. Con insectos, y esas cosas... Un semáforo se puso rojo frente a ella. Frenó en seco. En el silencio repentino, interrumpido solo por el ruido del motor, la duda, un monstruo raro y familiar, posó su garra en su estómago. ¿Y si Liv decía que no? ¿Y si los puentes no solo estaban rotos, sino reducidos a cenizas que ni siquiera ella podía reconstruir? El fantasma de una última pelea, de las palabras no dichas y los silencios que pesaban más que gritos, se cernió sobre ella por un segundo. Entonces, el semáforo cambió a verde. Un claxon furioso sonó detrás de ella. Kazuha pisó el acelerador como si estuviera aplastando la misma duda, la camioneta arrancó con una sacudida. La duda no tenía cabida en su mundo; solo la acción la tenía. Tomó el teléfono otra vez, la determinación ahogando el miedo. 📱💬: Ya voy en camino... No puedes decir que no. Ni lo intentes. Mentira. Podía. ¡Claro que podía!. Liv siempre había podido ponerle un alto. Siempre había sido la única capaz de trazar una línea infranqueable. Esa era una de las razones por la que su amistad, en otro tiempo, había valido cada grieta y cada cicatriz. Pero esta vez, no iba a detenerse. Giró el volante, tomando la ruta que conducía al apartamento de Olivia. En el asiento del copiloto, una pequeña maleta contenía lo esencial para ella: un par de conjuntos deportivos, una chaqueta de cuero, y una caja de doce jugos de fruta. ¿Y lo demás? ¿Carpas, sleeping bags, comida...? Si, bueno, eso era un problema para la Kazuha del futuro, que probablemente lo resolvería en la primera tienda que encontrara en el camino, sin importar el costo o la practicidad. Mientras conducía, con el cristal de la ventana a medio bajar y su cabello negro flotando contra el viento por la velocidad, los pensamientos acudían a ella. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que hicieron algo así? No los de calendario... sino los de verdad, los que se miden en risas compartidas que duelen en el costado, en secretos susurrados bajo las sábanas durante una pijamada, en la complicidad silenciosa de saberse entendidas sin necesidad de palabras.. Ya no serían tres, claro. Esa época había quedado atrás, enterrada bajo los escombros de un corazón roto y elecciones que aún dolían. Esta vez serían solo ellas dos. Pero en ese momento, acelerando hacia el apartamento de Olivia, o tal vez mas bien hacia un futuro incierto, sintió que ellas dos podían ser, una vez más, un universo completo.
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