La mosca en la nuca II
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El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche.
Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy".
El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia.
Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento.
Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él.


—¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina.

Se trataba de...¿Zetch?

El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante.

—Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica.

Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro.

—Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.—

El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche. Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy". El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia. Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento. Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él. —¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina. Se trataba de...¿Zetch? El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante. —Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica. Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro. —Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.— El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
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