• -por primera vez en mucho tiempo la IA aparentemente parece que a enfermado. Sus procesadores están más calientes de lo normal y sus funciones están algo torpes.
    Para no molestar a nadie el solo se encerró en su oficina recostando la cabeza en la mesa soltando vapor de la boca.
    Es la primera vez que enferma así que no tiene idea de como debería proceder a repararse aún así su prioridad sigue siendo proteger a los que están cerca suyo por lo que ni va a moverse de allí -
    -por primera vez en mucho tiempo la IA aparentemente parece que a enfermado. Sus procesadores están más calientes de lo normal y sus funciones están algo torpes. Para no molestar a nadie el solo se encerró en su oficina recostando la cabeza en la mesa soltando vapor de la boca. Es la primera vez que enferma así que no tiene idea de como debería proceder a repararse aún así su prioridad sigue siendo proteger a los que están cerca suyo por lo que ni va a moverse de allí -
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  • Baal salió de su oficina maldiciendo a todo y a todos en su mente, odiaba profundamente a los humanos, sin embargo, este empleo le había abierto la oportunidad de conseguir esas almas que tanto necesitaban tanto él como su hermana para mantener a su hermano Lucifer en paz. Con el paso del tiempo, había aprendido que la desesperación era muy mala consejera para los humanos, además del deseo y la avaricia, eso hacía tan fácil su "trabajo", pero, por otro lado, tener que pasar por un abogado común y corriente era horrible para él, escuchar las tonterías de los humanos era como meterse un montón de afiladas dagas de acero celestial en la garganta y prefería eso antes que escuchar a otro humano, al menos por ese día.
    Entró en el primer establecimiento que encontró cerca de su oficina, su hermano le había dicho que los humanos suelen salir a "tomar algo" después del trabajo, jamás le especificó qué clase de algo por lo que intuyó que cualquier cosa estaba bien. Era un lugar que no conocía y tampoco era que eso fuera importante, con tal de que no lo interrumpieran estaba bien para él. Tomó asiento en una mesa y dejó su portafolios en la silla a su lado y esperó, mirando atentamente el lugar, se veía...¿acogedor?, al menos no desentonaba tanto como en otros lugares.
    Hee Park
    Baal salió de su oficina maldiciendo a todo y a todos en su mente, odiaba profundamente a los humanos, sin embargo, este empleo le había abierto la oportunidad de conseguir esas almas que tanto necesitaban tanto él como su hermana para mantener a su hermano Lucifer en paz. Con el paso del tiempo, había aprendido que la desesperación era muy mala consejera para los humanos, además del deseo y la avaricia, eso hacía tan fácil su "trabajo", pero, por otro lado, tener que pasar por un abogado común y corriente era horrible para él, escuchar las tonterías de los humanos era como meterse un montón de afiladas dagas de acero celestial en la garganta y prefería eso antes que escuchar a otro humano, al menos por ese día. Entró en el primer establecimiento que encontró cerca de su oficina, su hermano le había dicho que los humanos suelen salir a "tomar algo" después del trabajo, jamás le especificó qué clase de algo por lo que intuyó que cualquier cosa estaba bien. Era un lugar que no conocía y tampoco era que eso fuera importante, con tal de que no lo interrumpieran estaba bien para él. Tomó asiento en una mesa y dejó su portafolios en la silla a su lado y esperó, mirando atentamente el lugar, se veía...¿acogedor?, al menos no desentonaba tanto como en otros lugares. [spirit_yellow_koala_469]
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  • 《 ARCHIVE #00 - BOKKEL IS BACK 》

    La lluvia golpeaba suavemente los cristales del edificio cuando su silueta se recortaba contra la luz fría de la oficina. Manos en los bolsillos, mirada perdida en las luces de Ámsterdam que parpadeaban abajo. La chaqueta oscura aún llevaba gotas de lluvia de la calle. En su mente repasaba una y otra vez los detalles del último expediente abierto sobre el escritorio. Un caso más por el que pasaría una noche más sin dormir, probablemente.
    《 ARCHIVE #00 - BOKKEL IS BACK 》 La lluvia golpeaba suavemente los cristales del edificio cuando su silueta se recortaba contra la luz fría de la oficina. Manos en los bolsillos, mirada perdida en las luces de Ámsterdam que parpadeaban abajo. La chaqueta oscura aún llevaba gotas de lluvia de la calle. En su mente repasaba una y otra vez los detalles del último expediente abierto sobre el escritorio. Un caso más por el que pasaría una noche más sin dormir, probablemente.
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  • He intentado mantenerme sumergido en el trabajo últimamente; cualquier cosa con tal de no permitir que mi mente regrese a lo sucedido. En apenas dos días, logré liquidar la montaña de documentos que la princesa Morningstar envió del hotel. Tras dejar una parte en recepción y organizar el resto en mi oficina para su libre acceso, me dirigí a mi estudio de radio. Sin embargo, mi propia sombra parecía estar fuera de sí: torpe, distraído y actuando de una manera totalmente errática que contrastaba con mi compostura habitual. Su comportamiento terminó por agotarme la paciencia, provocando que mis emociones finalmente se desbordaran.






    https://youtu.be/dvIq2OGSU3c?si=7i7M3r02D5A2NbwC
    He intentado mantenerme sumergido en el trabajo últimamente; cualquier cosa con tal de no permitir que mi mente regrese a lo sucedido. En apenas dos días, logré liquidar la montaña de documentos que la princesa Morningstar envió del hotel. Tras dejar una parte en recepción y organizar el resto en mi oficina para su libre acceso, me dirigí a mi estudio de radio. Sin embargo, mi propia sombra parecía estar fuera de sí: torpe, distraído y actuando de una manera totalmente errática que contrastaba con mi compostura habitual. Su comportamiento terminó por agotarme la paciencia, provocando que mis emociones finalmente se desbordaran. https://youtu.be/dvIq2OGSU3c?si=7i7M3r02D5A2NbwC
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  • Noticias que lo cambiarían todo
    Fandom Harry Potter
    Categoría Drama
    Thomas, como siempre, había llegado antes de la hora acordada. Era una mezcla de nervios e impaciencia, en primer lugar por ella. Por volver a ver a Rose. En segundo lugar, por la noticia que se traía entre manos. Una noticia emocionante y, cuanto menos, positiva. Aquel recóndito enclave seguía igual que siempre: tranquilo, apartado, casi parecía suspendido fuera del tiempo en aquel pequeño rincón de Bibury que ambos habían hecho suyo verano tras verano. El murmullo del agua del estrecho arroyo y el vaivén de las hojas cuya sombra se proyectaba sobre el banco de madera le eran totalmente familiares, pero aquel día todo parecía pintado de una tensión distinta, un poco más espesa.

    Se había detenido un instante a la entrada del parque antes de decidirse a entrar finalmente, con la mirada fija en el punto donde solían sentarse desde que eran unos críos. Recordaba demasiadas cosas allí. El musical sonido de la risa de Rose, las conversaciones que parecían no tener fin, las promesas que nunca habían llegado a formularse en voz alta pero que para ambos eran reales. Y ahora… ahora todo pendía de un hilo muy fino. Era emocionante. Porque si salía bien… todo saldría MUY bien. Pero si algo iba mal… sus destinos se volverían oscuros y aciagos.

    Apretaba ligeramente la mandíbula, intentando mantener la compostura. Desde que Rose le había confesado lo del compromiso con Alexander Barrow, algo en Thomas se había quebrado de forma silenciosa pero irreversible. No era capaz de aceptar la sola idea de verla unida a otro. Y mucho menos si ese “otro” era alguien vinculado a todo aquello contra lo que él luchaba cada día. La sola mención de los Barrow y su lealtad hacia Lord Voldemort le revolvía el estómago y le hacía querer vomitar bilis.

    Pero esa vez era distinto.

    Esa vez tenía algo. Lo sabía. Un hilo del que tirar. Un chivatazo limpio. Había pasado días enteros aferrándose a aquella corazonada, habia insistido en la Oficina de Aurores hasta resultar casi insoportable. No podía actuar asi debido su rango. De hecho, no. Él no solía actuar así; él mismo lo sabía. Siempre había sido metódico, racional, un digno estudiante de la casa Ravenclaw. Pero aquello no era un caso más. Era ella. Y por ella estaba dispuesto a tensar todos los límites hasta donde hiciera falta.

    La redada estaba en marcha. Todo estaba preparado. No habia vuelta atrás. Si el chivatazo era cierto como él sentía que era, aquel golpe podría desestabilizar lo suficiente a Barrow como para frenar aquella dichosa boda. Le permitiría exponer vínculos de la familia Barrow con el señor tenebroso, lo cual provocaría muchísimas investigaciones, juicios.... Y a Thomas y Rose les permitiría ganar tiempo. Les daría una oportunidad.

    Respiraba despacio, intentando parecer tranquilo, llevándose una mano al rostro durante un segundo, intentando ordenar sus pensamientos antes de verla. Porque en cuanto la pelirroja apareciera, sabía que todo lo demás dejaría de tener importancia. Siempre pasaba.

    Cuando finalmente escuchó pasos acercándose, su cuerpo reaccionó antes que su propio cerebro. Se levantó del banco, girándose después hacia el sonido, con el corazón palpitando con fuerza contra su pecho.

    Había ensayado mil veces lo que iba a decirle.

    Pero en ese instante, al saber que estaba a punto de verla, todas las palabras parecían haberse borrado de un plumazo de su memoria.

    “Por Merlín, qué mala suerte”, pensó

    Rose La—Gâre
    Thomas, como siempre, había llegado antes de la hora acordada. Era una mezcla de nervios e impaciencia, en primer lugar por ella. Por volver a ver a Rose. En segundo lugar, por la noticia que se traía entre manos. Una noticia emocionante y, cuanto menos, positiva. Aquel recóndito enclave seguía igual que siempre: tranquilo, apartado, casi parecía suspendido fuera del tiempo en aquel pequeño rincón de Bibury que ambos habían hecho suyo verano tras verano. El murmullo del agua del estrecho arroyo y el vaivén de las hojas cuya sombra se proyectaba sobre el banco de madera le eran totalmente familiares, pero aquel día todo parecía pintado de una tensión distinta, un poco más espesa. Se había detenido un instante a la entrada del parque antes de decidirse a entrar finalmente, con la mirada fija en el punto donde solían sentarse desde que eran unos críos. Recordaba demasiadas cosas allí. El musical sonido de la risa de Rose, las conversaciones que parecían no tener fin, las promesas que nunca habían llegado a formularse en voz alta pero que para ambos eran reales. Y ahora… ahora todo pendía de un hilo muy fino. Era emocionante. Porque si salía bien… todo saldría MUY bien. Pero si algo iba mal… sus destinos se volverían oscuros y aciagos. Apretaba ligeramente la mandíbula, intentando mantener la compostura. Desde que Rose le había confesado lo del compromiso con Alexander Barrow, algo en Thomas se había quebrado de forma silenciosa pero irreversible. No era capaz de aceptar la sola idea de verla unida a otro. Y mucho menos si ese “otro” era alguien vinculado a todo aquello contra lo que él luchaba cada día. La sola mención de los Barrow y su lealtad hacia Lord Voldemort le revolvía el estómago y le hacía querer vomitar bilis. Pero esa vez era distinto. Esa vez tenía algo. Lo sabía. Un hilo del que tirar. Un chivatazo limpio. Había pasado días enteros aferrándose a aquella corazonada, habia insistido en la Oficina de Aurores hasta resultar casi insoportable. No podía actuar asi debido su rango. De hecho, no. Él no solía actuar así; él mismo lo sabía. Siempre había sido metódico, racional, un digno estudiante de la casa Ravenclaw. Pero aquello no era un caso más. Era ella. Y por ella estaba dispuesto a tensar todos los límites hasta donde hiciera falta. La redada estaba en marcha. Todo estaba preparado. No habia vuelta atrás. Si el chivatazo era cierto como él sentía que era, aquel golpe podría desestabilizar lo suficiente a Barrow como para frenar aquella dichosa boda. Le permitiría exponer vínculos de la familia Barrow con el señor tenebroso, lo cual provocaría muchísimas investigaciones, juicios.... Y a Thomas y Rose les permitiría ganar tiempo. Les daría una oportunidad. Respiraba despacio, intentando parecer tranquilo, llevándose una mano al rostro durante un segundo, intentando ordenar sus pensamientos antes de verla. Porque en cuanto la pelirroja apareciera, sabía que todo lo demás dejaría de tener importancia. Siempre pasaba. Cuando finalmente escuchó pasos acercándose, su cuerpo reaccionó antes que su propio cerebro. Se levantó del banco, girándose después hacia el sonido, con el corazón palpitando con fuerza contra su pecho. Había ensayado mil veces lo que iba a decirle. Pero en ese instante, al saber que estaba a punto de verla, todas las palabras parecían haberse borrado de un plumazo de su memoria. “Por Merlín, qué mala suerte”, pensó [R0SELG]
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    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
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  • Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos.
    La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado.
    Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo.
    Mike Kim
    Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos. La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado. Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo. [myth_white_ape_407]
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  • Las risas del chico hacían eco en la oficina a pesar que esta estaba completamente decorada como para evitar que el sonido rebotara entre las paredes.

    La sangre en la alfombra de decoración floral hacía juego con el tono bordó de la misma, aunque arruinaba las partes en beige.

    El pie de uno de los guardaespaldas de su jefa hacía presión contra su pecho de forma que el aire tuviera dificultad para entrar a sus pulmones. Pero eso a Stray no le importaba, estaba teniendo un momento fantástico.

    —¡Apuesto a que este grandote puede pegar más fuerte! ¿O es que quieres que me tenga consideración? —lo miró a él primero, retándolo a continuar, luego miró a la mujer que estaba de pie no muy lejos de donde estaban ellos, observando la escena.

    Se la veía cansada, hasta algo decepcionada, y eso fue lo que hizo que el muchacho sintiera una punzada corta, pero fuerte, en el pecho. No dejó de sonreír de cualquier forma.

    —Déjalo —ordenó ella mientras se dispuso a ir hasta su asiento, suspirando al sentarse—. ¿Acaso quieres que te golpeen hasta la muerte?

    Stray se incorporó una vez que el hombre se alejó, la sangre de nariz y boca todavía escurriendo. Pasó el dorso de la mano para limpiarse un poco.

    —Es de las pocas cosas que tengo, Alina. —habló en voz baja, mirando la alfombra— El resto te pertenece a ti.

    —¿Qué haré contigo, niño? Creí haberte enseñado bien...

    —Oh, sí. Sí lo hiciste... —al ponerse de pie acomodó su camisa, también manchada por algunas salpicaduras de sangre— El problema es que crecí a base de dolor. Tuve que hacerlo propio, ¿sabes?

    Tener el control en algo, ¿qué mejor que hacer inservible la tortura física? Tal vez hasta la emocional, para ese punto.

    Tomó asiento en uno de lo sillones, pasando la otra mano por su rostro antes de volver a reír.

    —Estoy roto, ¿no es así?

    La mujer se tomó su tiempo en verlo, como si fuera la primera vez que lo hacía, pero conocía muy bien al joven.

    —Para algunos, quizás... Para mí, sigues siendo completamente funcional. Porque lo eres, ¿cierto? —ella nunca alzaba la voz, pero había algo en su tono que a veces llegaba a helarle la sangre. Siempre lo confundía: un día lo trataba como el centro deo universo, al otro era como si solo fuera uno del montón.

    El silencio se extendió, el cuarto se sintió pesado antes que Alina ordenara a otro hombre que le diera un paño húmedo al menor. Cuando se lo dieron, éste lo tomó para pasarlo por su rostro y quedar más limpio.

    —Siempre seré funcional para usted, Madam Dumitru... ¿puedo retirarme ya? —se puso de pie al mismo tiempo que formuló la pregunta, mirando a la mujer.

    —Puedes. —con ese permiso se retiró, de nuevo sintiéndose nefasto, pero sin poder alejarse demasiado. Ella tenía todo, él solamente la tenía a ella.

    ¿Cuándo se acabaría?
    Las risas del chico hacían eco en la oficina a pesar que esta estaba completamente decorada como para evitar que el sonido rebotara entre las paredes. La sangre en la alfombra de decoración floral hacía juego con el tono bordó de la misma, aunque arruinaba las partes en beige. El pie de uno de los guardaespaldas de su jefa hacía presión contra su pecho de forma que el aire tuviera dificultad para entrar a sus pulmones. Pero eso a Stray no le importaba, estaba teniendo un momento fantástico. —¡Apuesto a que este grandote puede pegar más fuerte! ¿O es que quieres que me tenga consideración? —lo miró a él primero, retándolo a continuar, luego miró a la mujer que estaba de pie no muy lejos de donde estaban ellos, observando la escena. Se la veía cansada, hasta algo decepcionada, y eso fue lo que hizo que el muchacho sintiera una punzada corta, pero fuerte, en el pecho. No dejó de sonreír de cualquier forma. —Déjalo —ordenó ella mientras se dispuso a ir hasta su asiento, suspirando al sentarse—. ¿Acaso quieres que te golpeen hasta la muerte? Stray se incorporó una vez que el hombre se alejó, la sangre de nariz y boca todavía escurriendo. Pasó el dorso de la mano para limpiarse un poco. —Es de las pocas cosas que tengo, Alina. —habló en voz baja, mirando la alfombra— El resto te pertenece a ti. —¿Qué haré contigo, niño? Creí haberte enseñado bien... —Oh, sí. Sí lo hiciste... —al ponerse de pie acomodó su camisa, también manchada por algunas salpicaduras de sangre— El problema es que crecí a base de dolor. Tuve que hacerlo propio, ¿sabes? Tener el control en algo, ¿qué mejor que hacer inservible la tortura física? Tal vez hasta la emocional, para ese punto. Tomó asiento en uno de lo sillones, pasando la otra mano por su rostro antes de volver a reír. —Estoy roto, ¿no es así? La mujer se tomó su tiempo en verlo, como si fuera la primera vez que lo hacía, pero conocía muy bien al joven. —Para algunos, quizás... Para mí, sigues siendo completamente funcional. Porque lo eres, ¿cierto? —ella nunca alzaba la voz, pero había algo en su tono que a veces llegaba a helarle la sangre. Siempre lo confundía: un día lo trataba como el centro deo universo, al otro era como si solo fuera uno del montón. El silencio se extendió, el cuarto se sintió pesado antes que Alina ordenara a otro hombre que le diera un paño húmedo al menor. Cuando se lo dieron, éste lo tomó para pasarlo por su rostro y quedar más limpio. —Siempre seré funcional para usted, Madam Dumitru... ¿puedo retirarme ya? —se puso de pie al mismo tiempo que formuló la pregunta, mirando a la mujer. —Puedes. —con ese permiso se retiró, de nuevo sintiéndose nefasto, pero sin poder alejarse demasiado. Ella tenía todo, él solamente la tenía a ella. ¿Cuándo se acabaría?
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  • Un día más en la oficina
    Un día más en la oficina 💋
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  • Había sido un día largo en la oficina, de esos tan mundanos como los recordaba, redactando y publicando artículos sobre los últimos acontecimientos que sucedían en la ciudad sin nada que destacara demasiado. Como en mis inicios… hasta que conocí a Ben. Su recuerdo aún le dolía. La culpa, supuso. Esa que nunca se iría del todo, lamentaba.

    Sus pies descalzos deambulaban por la tarima de su salón, sosteniendo el “New York Bulletin” de esa semana, sintiéndose decepcionada de sí misma. Entendía que no podía exponer todos los días a quienes se creían estar por encima de la ley, aquellos que actúan entre las sombras, a escondidas como las ratas cobardes que son, con el fin de obtener poder en todos los sentidos, no solo a nivel adquisitivo. Dejando tras ellos, un reguero de crímenes sin su correspondiente castigo.

    Es ahí donde la querían todos ellos, y ahí estaba en esos momentos, sí, pero está bien, que se relajaran y cometieran errores, pues Page volvería para golpear con más fuerza y hundirlos en la miseria hasta verlos entre rejas. Solo estaba esperando una oportunidad, un solo hilo del que tirar. Entonces volverían a caer uno tras otro, como piezas de dominó.

    Dejó el periódico sobre la mesa baja y se sentó pesadamente sobre el sofá, dejando escapar un largo suspiro. Eran las diez de la noche, ya debía irse a dormir. Estaba preparada para ello, de hecho; vistiendo un pijama largo de algodón. Probablemente se quedara dormida entre la comodidad del sofá.
    Había sido un día largo en la oficina, de esos tan mundanos como los recordaba, redactando y publicando artículos sobre los últimos acontecimientos que sucedían en la ciudad sin nada que destacara demasiado. Como en mis inicios… hasta que conocí a Ben. Su recuerdo aún le dolía. La culpa, supuso. Esa que nunca se iría del todo, lamentaba. Sus pies descalzos deambulaban por la tarima de su salón, sosteniendo el “New York Bulletin” de esa semana, sintiéndose decepcionada de sí misma. Entendía que no podía exponer todos los días a quienes se creían estar por encima de la ley, aquellos que actúan entre las sombras, a escondidas como las ratas cobardes que son, con el fin de obtener poder en todos los sentidos, no solo a nivel adquisitivo. Dejando tras ellos, un reguero de crímenes sin su correspondiente castigo. Es ahí donde la querían todos ellos, y ahí estaba en esos momentos, sí, pero está bien, que se relajaran y cometieran errores, pues Page volvería para golpear con más fuerza y hundirlos en la miseria hasta verlos entre rejas. Solo estaba esperando una oportunidad, un solo hilo del que tirar. Entonces volverían a caer uno tras otro, como piezas de dominó. Dejó el periódico sobre la mesa baja y se sentó pesadamente sobre el sofá, dejando escapar un largo suspiro. Eran las diez de la noche, ya debía irse a dormir. Estaba preparada para ello, de hecho; vistiendo un pijama largo de algodón. Probablemente se quedara dormida entre la comodidad del sofá.
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  • Así que ahora vienes a mi oficina... Sabía a la perfección que no podías vivir sin mi presencia cerca de ti... Espera... ¿Qué es esa montaña de papel...? NOOOOOOOOOOOOO
    Así que ahora vienes a mi oficina... Sabía a la perfección que no podías vivir sin mi presencia cerca de ti... Espera... ¿Qué es esa montaña de papel...? NOOOOOOOOOOOOO
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