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El vapor espeso del café subía perezoso en el aire del local, empañando por momentos los cristales tintados de sus gafas. Saito mantenía el rostro apoyado en la palma de la mano, sintiendo el peso muerto de ocho horas de balances marítimos acumulado justo detrás de las sienes. La barra de madera, vieja y arañada por el tiempo, devolvía un reflejo cálido que amortiguaba la luz mortecina del establecimiento; un refugio tosco pero efectivo contra la neblina salina que afuera ya empezaba a tragarse las grúas del puerto de Kanagawa.

Bajó un poco más la mirada hacia la taza, perdiéndose en el remolino oscuro del líquido mientras sus dedos jugueteaban con el nudo de esa corbata moteada que se resistía a abandonar del todo. En este rincón costero nadie hacía preguntas si pagabas la cuenta a tiempo y te tragabas tus propios fantasmas con el último sorbo de la tarde. Era una paz barata, de esas que huelen a tabaco rancio y asfalto húmedo, pero para un hombre que había cambiado la sangre por la tinta de oficina, ese silencio era lo más parecido a un milagro que iba a conseguir antes de volver a su apartamento.

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