• Extraño el toque de una mujer.. Esos lindos juegos antes de dormir y el agradable despertar a tu lado..
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  • *estando recostada en un mueble, comiendo mi paleta de helado sal marina, mientras juego tranquila unas partidas de smash*
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  • **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo.

    Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio.

    Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso.

    Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**

    **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo. Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio. Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso. Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**
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  • Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal.

    Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido.

    El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender.

    Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración.

    —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles.

    —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen.

    Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios.
    —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales.

    —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.—

    Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo.
    —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos.

    El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación.
    —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
    Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal. Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido. El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender. Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración. —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles. —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen. Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios. —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales. —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.— Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo. —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos. El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación. —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
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  • Asi que los juegos Fabuluna están por empezar, debo evitar junto a mis compañeros del Expreso que un nuevo anunciante de muerte aparezca...
    Esa tragedia aun me queda por dentro, todos los que murieron ese día y la caída de Buendeseo a la locura.
    Asi que los juegos Fabuluna están por empezar, debo evitar junto a mis compañeros del Expreso que un nuevo anunciante de muerte aparezca... Esa tragedia aun me queda por dentro, todos los que murieron ese día y la caída de Buendeseo a la locura.
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  • ༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒.

    Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar.
    Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas.

    Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio.
    Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia.

    La tormenta rugió afuera.

    Ella no levantó la vista.

    Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal.

    Alta.

    Cubierta por un velo oscuro.

    Observándola.

    Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata.

    La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque.

    Silencio otra vez.

    Sólo el crepitar de las velas.

    Sólo la lluvia.

    Sólo ella.

    O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda.

    No fueron rápidas.

    No fueron agresivas.

    Odette cerró el herbario con suavidad.

    —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio.

    Las pisadas se detuvieron.

    Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir.

    Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando.

    Aquella risa seguía ahí.

    Suave.

    Siniestra.

    Burlona.

    Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo.

    La herborista tomó una vela de la mesa.

    La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos.

    Un paso.

    Luego otro.

    Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba.
    Burlona. Incitando a Odette a buscarla.

    Primero junto al estante de frascos.

    Luego detrás de las cortinas.

    Después cerca de la puerta.

    Pero siempre fuera de su alcance.

    Odette entrecerró apenas los ojos.

    —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado.

    No obtuvo respuesta.

    Sólo aquel sonido.

    Más cerca ahora.

    Demasiado cerca.

    La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando.

    La risa venía de ahí.

    Podía jurarlo.

    Con lentitud apartó las ramas.

    El rincón estaba vacío.

    No había nadie.

    Ni huellas húmedas sobre el suelo.

    Ni barro.

    Ni ropa empapada.

    Nada.

    Esa risa cesó por completo.

    Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel.

    Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo.

    Un pequeño charco oscuro.

    Espeso.

    No era agua.

    Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

    El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos.

    Retrocedió apenas un paso.

    Confundida.

    Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez.

    Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra...

    La suave risa volvió a burlarse de ella.
    ༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒. Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar. Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas. Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio. Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia. La tormenta rugió afuera. Ella no levantó la vista. Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal. Alta. Cubierta por un velo oscuro. Observándola. Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata. La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque. Silencio otra vez. Sólo el crepitar de las velas. Sólo la lluvia. Sólo ella. O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda. No fueron rápidas. No fueron agresivas. Odette cerró el herbario con suavidad. —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio. Las pisadas se detuvieron. Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir. Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando. Aquella risa seguía ahí. Suave. Siniestra. Burlona. Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo. La herborista tomó una vela de la mesa. La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos. Un paso. Luego otro. Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba. Burlona. Incitando a Odette a buscarla. Primero junto al estante de frascos. Luego detrás de las cortinas. Después cerca de la puerta. Pero siempre fuera de su alcance. Odette entrecerró apenas los ojos. —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado. No obtuvo respuesta. Sólo aquel sonido. Más cerca ahora. Demasiado cerca. La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando. La risa venía de ahí. Podía jurarlo. Con lentitud apartó las ramas. El rincón estaba vacío. No había nadie. Ni huellas húmedas sobre el suelo. Ni barro. Ni ropa empapada. Nada. Esa risa cesó por completo. Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel. Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo. Un pequeño charco oscuro. Espeso. No era agua. Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos. Retrocedió apenas un paso. Confundida. Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez. Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra... La suave risa volvió a burlarse de ella.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    "Hay algo hipnótico en la forma en que el acero frío acaricia mi piel, casi tanto como el fuego que arde en tu mirada. Es ese juego constante entre el peligro y el placer, donde cada marca en tu cuerpo cuenta una historia de transgresión. Me pregunto qué corta más profundo: si el filo de esta daga que saboreo con tanta audacia, o la promesa de lo que sucedería si me acercara lo suficiente como para desafiar tu naturaleza.

    Me pregunto... ¿Qué sabor tendrán tus labios después de pasar mi lengua por el filo de mi cuchillo? ¿Te atreves a descubrirlo?"
    "Hay algo hipnótico en la forma en que el acero frío acaricia mi piel, casi tanto como el fuego que arde en tu mirada. Es ese juego constante entre el peligro y el placer, donde cada marca en tu cuerpo cuenta una historia de transgresión. Me pregunto qué corta más profundo: si el filo de esta daga que saboreo con tanta audacia, o la promesa de lo que sucedería si me acercara lo suficiente como para desafiar tu naturaleza. Me pregunto... ¿Qué sabor tendrán tus labios después de pasar mi lengua por el filo de mi cuchillo? ¿Te atreves a descubrirlo?"
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  • — Yo no voy tarde al trabajo, ustedes llegan demasiado temprano, vámonos Mark Anthony hoy nos tomamos el día libre entre juegos de azar y mujerzuelas.—
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — Jajajaja al fín!! Un compañero de juegos!!
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  • De la evolución del juego se la sandía seguidos en el juego de ¿Amarra a la IA?

    -reia pasando la lengua al rededor de sus pronunciados colmillos mientras giraba la vista sin perder atención hasta en el más mínimo movimiento de su captor -

    Debes de estar demasiado solo o aburrido para desquitarte con el más inocente que no puede usar la violencia aunque esté en peligro su vida
    De la evolución del juego se la sandía seguidos en el juego de ¿Amarra a la IA? -reia pasando la lengua al rededor de sus pronunciados colmillos mientras giraba la vista sin perder atención hasta en el más mínimo movimiento de su captor - Debes de estar demasiado solo o aburrido para desquitarte con el más inocente que no puede usar la violencia aunque esté en peligro su vida
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