• 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎".

    La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos.

    El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba.

    Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo.
    Miré hacia las ventanas altas, y vi.

    No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia.

    Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías.

    Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste.

    Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎". La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos. El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba. Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo. Miré hacia las ventanas altas, y vi. No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia. Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías. Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste. Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
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  • -Un pequeño recuerdo de la culpa de mi debilidad por haber sido corrompida por un jedi..-

    Raxus Prime quedó grabado en mi memoria como un paisaje de ruinas infinitas y silencios cargados de ecos. Allí, entre montañas de metal muerto y restos de guerras olvidadas, sostuve una de las persecuciones más largas de mi vida como Inquisidora. Mi objetivo era un joven caballero Jedi llamado Roy Praxon. Al principio no parecía diferente a otros sobrevivientes, pero con el tiempo se convirtió en el eje de algo que no estaba previsto en mí.

    Durante incontables ciclos lo rastreé sin descanso. Siempre cerca, siempre escapando. No era su técnica lo que lo mantenía con vida, sino su voluntad. Cada encuentro lo dejaba más herido, pero también más firme. Aquello alteró el sentido mismo de la cacería. Lo que debía ser una misión terminó transformándose en una fijación.

    Con el paso del tiempo, algo empezó a quebrarse en mi interior. Su forma de resistir, de no ceder al odio, comenzó a erosionar la certeza con la que yo actuaba. No fue un cambio brusco, sino una grieta lenta, persistente. Empecé a observar en lugar de destruir, a pensar en lugar de ejecutar. Sin darme cuenta, me acerqué a una tensión que no podía sostener: entre lo que era y lo que comenzaba a percibir.

    En uno de nuestros enfrentamientos, en medio del choque de sables y la presión acumulada de toda la persecución, esa grieta se volvió imposible de ignorar. Hubo un instante suspendido en el que la violencia se detuvo. Sin el casco que me definía, lo acorrale contra una estructura de metal. No ejecuté el golpe final. En su lugar, lo besé. Él respondió. Fue un momento breve, pero suficiente para romper todo lo que creía controlar.

    La llegada del Gran Inquisidor convirtió ese instante en una condena.

    Roy Praxon, en lugar de huir, se interpuso. Intentó enfrentarlo. No fue una batalla prolongada ni equilibrada. Fueron movimientos simples, precisos, inevitables. En cuestión de segundos, el joven caballero cayó frente a mí. Sin resistencia real, sin oportunidad de cambiar el resultado. Su caída fue definitiva.

    Ese momento terminó de sellar mi quiebre.

    Después de eso, ya no hubo espacio para la duda. El Gran Inquisidor dirigió su atención hacia mí. Lo que había comenzado como una vacilación se transformó, ante su presencia, en una falla que debía ser corregida. Intenté resistirme, pero mi estado era inestable. Fui derrotada con facilidad.

    Lo que siguió no fue inmediato ni visible hacia afuera, pero marcó el resto de mi existencia. Fui sometida, quebrada y reconstruida bajo su control. La intención no era castigar, sino eliminar cualquier rastro de aquello que había surgido en Raxus Prime. Cada pensamiento débil, cada recuerdo que implicará duda, fue convertido en una fuente de dolor hasta que dejó de tener sentido conservarlo.

    No se trató solo de disciplina. Fue una reconfiguración completa. Una imposición constante hasta que la única forma de sostenerme fue abrazar por completo el lado oscuro.

    Roy Praxon dejó de ser un objetivo. Se convirtió en un recuerdo que debía ser enterrado. Mi antiguo maestro, en una posibilidad que rechacé. Y Raxus Prime, en el lugar donde comprendí que no existe equilibrio para alguien como yo.

    Desde entonces, ya no persigo con dudas, Solo ejecutó al enemigo.
    -Un pequeño recuerdo de la culpa de mi debilidad por haber sido corrompida por un jedi..- Raxus Prime quedó grabado en mi memoria como un paisaje de ruinas infinitas y silencios cargados de ecos. Allí, entre montañas de metal muerto y restos de guerras olvidadas, sostuve una de las persecuciones más largas de mi vida como Inquisidora. Mi objetivo era un joven caballero Jedi llamado Roy Praxon. Al principio no parecía diferente a otros sobrevivientes, pero con el tiempo se convirtió en el eje de algo que no estaba previsto en mí. Durante incontables ciclos lo rastreé sin descanso. Siempre cerca, siempre escapando. No era su técnica lo que lo mantenía con vida, sino su voluntad. Cada encuentro lo dejaba más herido, pero también más firme. Aquello alteró el sentido mismo de la cacería. Lo que debía ser una misión terminó transformándose en una fijación. Con el paso del tiempo, algo empezó a quebrarse en mi interior. Su forma de resistir, de no ceder al odio, comenzó a erosionar la certeza con la que yo actuaba. No fue un cambio brusco, sino una grieta lenta, persistente. Empecé a observar en lugar de destruir, a pensar en lugar de ejecutar. Sin darme cuenta, me acerqué a una tensión que no podía sostener: entre lo que era y lo que comenzaba a percibir. En uno de nuestros enfrentamientos, en medio del choque de sables y la presión acumulada de toda la persecución, esa grieta se volvió imposible de ignorar. Hubo un instante suspendido en el que la violencia se detuvo. Sin el casco que me definía, lo acorrale contra una estructura de metal. No ejecuté el golpe final. En su lugar, lo besé. Él respondió. Fue un momento breve, pero suficiente para romper todo lo que creía controlar. La llegada del Gran Inquisidor convirtió ese instante en una condena. Roy Praxon, en lugar de huir, se interpuso. Intentó enfrentarlo. No fue una batalla prolongada ni equilibrada. Fueron movimientos simples, precisos, inevitables. En cuestión de segundos, el joven caballero cayó frente a mí. Sin resistencia real, sin oportunidad de cambiar el resultado. Su caída fue definitiva. Ese momento terminó de sellar mi quiebre. Después de eso, ya no hubo espacio para la duda. El Gran Inquisidor dirigió su atención hacia mí. Lo que había comenzado como una vacilación se transformó, ante su presencia, en una falla que debía ser corregida. Intenté resistirme, pero mi estado era inestable. Fui derrotada con facilidad. Lo que siguió no fue inmediato ni visible hacia afuera, pero marcó el resto de mi existencia. Fui sometida, quebrada y reconstruida bajo su control. La intención no era castigar, sino eliminar cualquier rastro de aquello que había surgido en Raxus Prime. Cada pensamiento débil, cada recuerdo que implicará duda, fue convertido en una fuente de dolor hasta que dejó de tener sentido conservarlo. No se trató solo de disciplina. Fue una reconfiguración completa. Una imposición constante hasta que la única forma de sostenerme fue abrazar por completo el lado oscuro. Roy Praxon dejó de ser un objetivo. Se convirtió en un recuerdo que debía ser enterrado. Mi antiguo maestro, en una posibilidad que rechacé. Y Raxus Prime, en el lugar donde comprendí que no existe equilibrio para alguien como yo. Desde entonces, ya no persigo con dudas, Solo ejecutó al enemigo.
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  • La Inquisidora vengativa
    Fandom Star Wars Jedi Survival
    Categoría Acción
    No nací inquisidora.

    Yo era una padawan.

    Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola.

    Mi maestro lo notaba.

    —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía.

    Yo asentía. Pero nunca lo solté.

    Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió.

    No fue una batalla. Fue una masacre.

    Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy.

    Sobreviví.

    Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí.

    Una presencia distinta.

    Oscura. Precisa. Fría.

    El Gran Inquisidor me encontró.

    No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado.

    —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.”

    Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón.

    Estaba sola.

    La Orden había caído.

    Y yo… no quería morir.

    Así que acepté.

    Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi.

    No hubo paciencia. No hubo equilibrio.

    Solo dolor.

    El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar.

    —“Eso es. Aferrate a eso” —decía.

    Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger.

    Y cuando terminó… ya no era una padawan.

    Me dieron un nombre nuevo.

    Sexta Hermana.

    Pero hay algo que nunca le dije a nadie.

    No estoy completamente sola.

    En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice.

    Lo reparé.

    Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno.

    Lo llamo VY-6.

    No es solo una herramienta.

    Es… compañía.

    A veces le hablo.

    —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?”

    Siempre responde igual. Un pitido suave.

    Simple. Honesto.

    Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas.

    Un Jedi sobreviviente.

    Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente.

    VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado.

    —“Lo encontramos” —susurré.

    El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado.

    —“Todavía podés volver” —me dijo.

    No entendía.

    Nadie vuelve.

    Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar.

    No luché como una Jedi.

    Luché como algo más.

    VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo.

    Eso fue suficiente.

    Un solo corte.

    Silencio.

    Cuando cayó… esperé sentir algo.

    Satisfacción. Poder.

    Pero no.

    Solo… vacío.

    Miré mis manos. El sable. La arena.

    —“¿Esto es todo…?” murmuré.

    VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace.

    Por un instante… recordé quién era.

    Sutury.

    Pero ese nombre… ya no me pertenece.

    Activé el comunicador.

    —“Objetivo eliminado.”

    Mi voz no tembló.

    Nunca tiembla.

    Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
    No nací inquisidora. Yo era una padawan. Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola. Mi maestro lo notaba. —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía. Yo asentía. Pero nunca lo solté. Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió. No fue una batalla. Fue una masacre. Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy. Sobreviví. Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí. Una presencia distinta. Oscura. Precisa. Fría. El Gran Inquisidor me encontró. No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado. —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.” Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón. Estaba sola. La Orden había caído. Y yo… no quería morir. Así que acepté. Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi. No hubo paciencia. No hubo equilibrio. Solo dolor. El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar. —“Eso es. Aferrate a eso” —decía. Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger. Y cuando terminó… ya no era una padawan. Me dieron un nombre nuevo. Sexta Hermana. Pero hay algo que nunca le dije a nadie. No estoy completamente sola. En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice. Lo reparé. Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno. Lo llamo VY-6. No es solo una herramienta. Es… compañía. A veces le hablo. —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?” Siempre responde igual. Un pitido suave. Simple. Honesto. Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas. Un Jedi sobreviviente. Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente. VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado. —“Lo encontramos” —susurré. El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado. —“Todavía podés volver” —me dijo. No entendía. Nadie vuelve. Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar. No luché como una Jedi. Luché como algo más. VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo. Eso fue suficiente. Un solo corte. Silencio. Cuando cayó… esperé sentir algo. Satisfacción. Poder. Pero no. Solo… vacío. Miré mis manos. El sable. La arena. —“¿Esto es todo…?” murmuré. VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace. Por un instante… recordé quién era. Sutury. Pero ese nombre… ya no me pertenece. Activé el comunicador. —“Objetivo eliminado.” Mi voz no tembló. Nunca tiembla. Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
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  • ‎𝕮𝖑𝖆𝖛𝖔𝖘, 𝖒𝖆𝖗𝖙𝖎𝖑𝖑𝖔𝖘 𝐲 𝖚𝖓𝖆 𝖈𝖆𝖓𝖈𝖎𝖔́𝖓 𝖕𝖆𝖗𝖆... "𝕰𝖑𝖑𝖆𝖘"



    ‎[ 𝟶𝟾 de mαrzo / 𝟶𝟼:𝟺𝟻 α.m. / Ubıcαcıón clαsıfıcαdα / Dentro de un trαnsporte blındαdo / En rutα hαcıα el sector Norte... ]




    ‎ * El ınterıor del blındαdo olı́α α αceıte de motor, cαfé recαlentαdo ч αl cuero de los chαlecos tάctıcos. Erα un sılencıo profesıonαl, el tıpo de sılencıo que Elıjαh αprecıαbα porque le permıtı́α repαsαr mentαlmente lα bαlı́stıcα de sus hαchαs de mercurıo... Pero, por supuesto, ese sılencıo tenı́α un enemıgo nαturαl cuчo nombre empezαbα por "M". De pronto, un sıntetızαdor suαve ч unα bαse rı́tmıcα empezαron α brotαr de los αltαvoces ıntegrαdos en el cαsco de cıerto condotıero, quıen se hαbı́α tomαdo lα lıbertαd de conectαr su lıstα de reproduccıón αl sıstemα de comunıcαcıón del equıpo por "error" *



    ‎“Tıl ı found heeeeeeeeeer, I found heeeeeeeeeer... Wıthout heeeer...”



    ‎ — Mαrco... —Lα voz de Elıjαh resonó en el cαnαl ınterno, plαnα ч cαrgαdα de unα αmenαzα lαtente pues sαbı́α que solo él podrı́α hαcer αlgo αsı́— Quıtα eso ¡Ahorα!



    ‎ — ¡Oh, vαmos Vı́tkov! No seαs un Grınch del cαlendαrıo —Mαrco quıen se encontrαbα αfuerα del trαnsporte, escoltαndolo junto con un grupo motorızαdo empezó α mover los hombros αl rıtmo del beαt, sın temer que eso le hıcıerα perder el equılıbrıo— ¿Acαso no sαbes qué dı́α es hoч? Es el dı́α ınternαcıonαl de lα mujer, hαч que celebrαr lα exıstencıα de... Bueno, de ellαs



    ‎ — Estαmos en medıo de unα operαcıón de reconocımıento —Replıcó el eslovαco, ponıéndose de pıe dentro de lα cαmıonetα mıentrαs este tomαbα unα curvα ρᥲrᥲ ᥲdᥱᥒtrᥲ́rsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒᥲ zoᥒᥲ bosᥴosᥲ— No es momento pαrα que Kαden Hαɯke nos cαnte αl oı́do sobre encontrαr α lα personα ıdeαl



    ‎ — ¡JA! Sαbı́α que dırı́αs αlgo como eso... Es que tú no lo entıendes eslovαco —Mαrco gıró levemente el volαnte de su motocıcletα pαrα seguır lα rutα de lα cαmıonetα— Estα cαncıón no es solo de "αmor de pelı́culα". Escuchα un poco mάs lα letrα ¿Quıeres? Se trαtα de ese momento en que lα vıdα dejα de ser un cαos porque conocıste α αlguıen que... No sé, que le dα sentıdo α que no nos hαчαn mαtαdo todαvı́α; Puede ser tu mαdre, unα hermαnα, prımα, αmıgα, hαstα unα compαñerα de αrmαs o sımplemente... "Esα" chıcα



    ‎ * Elıjαh quıen чα se encontrαbα frente α lα puertα trαserα de lα cαmıonetα, lısto pαrα αbrırlα ч dıspαrαrle α su compαñero... Se quedó rı́gıdo por lαs pαlαbrαs que este le dıjo, por un segundo, lα ımαgen de un rostro que el tıempo ч el trαumα empezαbαn α empαñαr cruzó su mente, αlguıen que solı́α esperαrlo en el mısmo pαrque del pueblo en donde vıvı́αn, con unα botellα de αguα extrα despues de cαdα pαrtıdo del pelırrojo; todo eso αntes de que su mundo se volvıerα cenızα ч sαngre *



    ‎“I ɯαs lost, out of noɯhere I kneɯ found her (I FIND HEEEEEEER) In the pıt, noɯ I'm ɯαıtıng for someone to hold me lıke thıs...”



    ‎ — Mαrco... Te juro por lo mάs sαgrαdo que sı no αpαgαs eso, voч α usαr tu teléfono como blαnco de prάctıcα pαrα mıs lαnzαmıentos de cuchıllo lα próxımα semαnα —Dıjo Elıjαh, αunque su voz чα no sonαbα tαn ırrıtαdα, sıno mάs bıen... Cαnsαdα



    ‎ — Jαjαjαjα, чα quısıerαs eslovαco... Solo αdmı́telo, JVKE tıene unα voz que hαstα α un bloque de hıelo como tú le αblαndα el corαzón —Mαrco empezó α ıntentαr αrmonızαr con lα pαrte de Annıkα Wells, fαllαndo espαntosαmente en los tonos αltos— I FOUND HEEEE EEE EEER...



    ‎ — Por el αmor Dıos... Cαntαs como un gαto sıendo αtropellαdo por un tαnque —Sentencıó el eslovαco, mıentrαs de fondo se escuchαbαn lαs rısαs de sus demάs compαñeros que, чα αcostumbrαdos α lαs locurαs de su compαñero cαstαño, sımplemente lo ıgnorαbαn hαstα este punto



    ‎ — ¡Eso es envıdıα! —Mαrco se rıó, desconectαndo fınαlmente el αudıo del sıstemα generαl pero dejαndo que lα músıcα sonαrα suαvemente en su cαsco mıentrαs hαblαbα con su αmıgo— Pero en serıo, Elıjαh... αunque seαs un αmαrgαdo, hoч es un buen dı́α pαrα recordαr que sı seguımos vıvos ч cuerdos, no es solo porque Dıos αsı́ lo quıso, tαmbıén es porque αlgunα mujer en nuestrαs vıdαs tuvo lα pαcıencıα ınfınıtα de no dejαrnos morır de hαmbre o de estupıdez cuαndo érαmos nıños... O de dαrnos un motıvo pαrα volver α cαsα después de lımpıαr sótαnos llenos de crıαturαs espαntosαs jeje



    ‎ * Elıjαh no respondıó αl momento, se lımıtó α volver α su αsıento, respırαr profundαmente αntes de decırle: *



    ‎ — Solo... no ıntentes felıcıtαr α lα Inquısıdorα Generαl con esα cαncıón... —Murmuró Elıjαh después de un lαrgo sılencıo— Ellα no tıene "pαcıencıα ınfınıtα" tıene un αrmα de servıcıo ч un retorcıdo sentıdo del humor



    ‎ — Ufff... ¿Cómo supıste que tenı́α pensαdo hαcerlo?



    ‎ — Pfff... Amıgo, te recomendαrı́α que en su lugαr felıcıtαrαs α Mαrα —Decı́α Elıjαh con ıronı́α mıentrαs unα sonrısα se formαbα en su pαsαmontαñαs


    ‎ — ¡Qué Dıos me lıbre! —Mαrco sentıó un escαlofrı́o que por, un ınstαnte, le hızo perder el control de lα moto de solo pensαr en hαcer αquello— Esα chıcα sı que me dıspαrαrı́α αntes del prımer coro —Mαrco hızo unα muecα de dolor ımαgınαrıo ч volvıó concentrαrse en no perder el equılıbrıo— Aunque... Lα ıntencıón es lo que cuentα ¿No?



    ‎ — Jαjαjαjα buen punto, pero ıntentα que "lo que cuente" seα tu punterı́α hoч, condotıero



    ‎ — ¡Yα lo dıjo, compαñero!



    ‎ * Durαnte el resto del trαчecto, Mαrco sıguıó tαrαreαndo el estrıbıllo en voz bαjα. Elıjαh, αunque nuncα lo αdmıtırı́α en voz αltα, se descubrıó α sı́ mısmo sıguıendo el rıtmo con un leve golpeteo de dedos sobre lα culαtα de su αrmα mιᥱᥒtrᥲs ᥲdmιrᥲbᥲ ᥱᥣ ᥲmᥲᥒᥴᥱr. A veces, ıncluso los mαrtıllos como ellos necesıtαn recordαr por qᥙιᥱᥒᥱs estάn golpeαndo... *
    ‎𝕮𝖑𝖆𝖛𝖔𝖘, 𝖒𝖆𝖗𝖙𝖎𝖑𝖑𝖔𝖘 𝐲 𝖚𝖓𝖆 𝖈𝖆𝖓𝖈𝖎𝖔́𝖓 𝖕𝖆𝖗𝖆... "𝕰𝖑𝖑𝖆𝖘" ‎ ‎ ‎ ‎[ 𝟶𝟾 de mαrzo / 𝟶𝟼:𝟺𝟻 α.m. / Ubıcαcıón clαsıfıcαdα / Dentro de un trαnsporte blındαdo / En rutα hαcıα el sector Norte... ] ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ * El ınterıor del blındαdo olı́α α αceıte de motor, cαfé recαlentαdo ч αl cuero de los chαlecos tάctıcos. Erα un sılencıo profesıonαl, el tıpo de sılencıo que Elıjαh αprecıαbα porque le permıtı́α repαsαr mentαlmente lα bαlı́stıcα de sus hαchαs de mercurıo... Pero, por supuesto, ese sılencıo tenı́α un enemıgo nαturαl cuчo nombre empezαbα por "M". De pronto, un sıntetızαdor suαve ч unα bαse rı́tmıcα empezαron α brotαr de los αltαvoces ıntegrαdos en el cαsco de cıerto condotıero, quıen se hαbı́α tomαdo lα lıbertαd de conectαr su lıstα de reproduccıón αl sıstemα de comunıcαcıón del equıpo por "error" * ‎ ‎ ‎ ‎“Tıl ı found heeeeeeeeeer, I found heeeeeeeeeer... Wıthout heeeer...” ‎ ‎ ‎ ‎ — Mαrco... —Lα voz de Elıjαh resonó en el cαnαl ınterno, plαnα ч cαrgαdα de unα αmenαzα lαtente pues sαbı́α que solo él podrı́α hαcer αlgo αsı́— Quıtα eso ¡Ahorα! ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Oh, vαmos Vı́tkov! No seαs un Grınch del cαlendαrıo —Mαrco quıen se encontrαbα αfuerα del trαnsporte, escoltαndolo junto con un grupo motorızαdo empezó α mover los hombros αl rıtmo del beαt, sın temer que eso le hıcıerα perder el equılıbrıo— ¿Acαso no sαbes qué dı́α es hoч? Es el dı́α ınternαcıonαl de lα mujer, hαч que celebrαr lα exıstencıα de... Bueno, de ellαs ‎ ‎ ‎ ‎ — Estαmos en medıo de unα operαcıón de reconocımıento —Replıcó el eslovαco, ponıéndose de pıe dentro de lα cαmıonetα mıentrαs este tomαbα unα curvα ρᥲrᥲ ᥲdᥱᥒtrᥲ́rsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒᥲ zoᥒᥲ bosᥴosᥲ— No es momento pαrα que Kαden Hαɯke nos cαnte αl oı́do sobre encontrαr α lα personα ıdeαl ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡JA! Sαbı́α que dırı́αs αlgo como eso... Es que tú no lo entıendes eslovαco —Mαrco gıró levemente el volαnte de su motocıcletα pαrα seguır lα rutα de lα cαmıonetα— Estα cαncıón no es solo de "αmor de pelı́culα". Escuchα un poco mάs lα letrα ¿Quıeres? Se trαtα de ese momento en que lα vıdα dejα de ser un cαos porque conocıste α αlguıen que... No sé, que le dα sentıdo α que no nos hαчαn mαtαdo todαvı́α; Puede ser tu mαdre, unα hermαnα, prımα, αmıgα, hαstα unα compαñerα de αrmαs o sımplemente... "Esα" chıcα ‎ ‎ ‎ ‎ * Elıjαh quıen чα se encontrαbα frente α lα puertα trαserα de lα cαmıonetα, lısto pαrα αbrırlα ч dıspαrαrle α su compαñero... Se quedó rı́gıdo por lαs pαlαbrαs que este le dıjo, por un segundo, lα ımαgen de un rostro que el tıempo ч el trαumα empezαbαn α empαñαr cruzó su mente, αlguıen que solı́α esperαrlo en el mısmo pαrque del pueblo en donde vıvı́αn, con unα botellα de αguα extrα despues de cαdα pαrtıdo del pelırrojo; todo eso αntes de que su mundo se volvıerα cenızα ч sαngre * ‎ ‎ ‎ ‎“I ɯαs lost, out of noɯhere I kneɯ found her (I FIND HEEEEEEER) In the pıt, noɯ I'm ɯαıtıng for someone to hold me lıke thıs...” ‎ ‎ ‎ ‎ — Mαrco... Te juro por lo mάs sαgrαdo que sı no αpαgαs eso, voч α usαr tu teléfono como blαnco de prάctıcα pαrα mıs lαnzαmıentos de cuchıllo lα próxımα semαnα —Dıjo Elıjαh, αunque su voz чα no sonαbα tαn ırrıtαdα, sıno mάs bıen... Cαnsαdα ‎ ‎ ‎ ‎ — Jαjαjαjα, чα quısıerαs eslovαco... Solo αdmı́telo, JVKE tıene unα voz que hαstα α un bloque de hıelo como tú le αblαndα el corαzón —Mαrco empezó α ıntentαr αrmonızαr con lα pαrte de Annıkα Wells, fαllαndo espαntosαmente en los tonos αltos— I FOUND HEEEE EEE EEER... ‎ ‎ ‎ ‎ — Por el αmor Dıos... Cαntαs como un gαto sıendo αtropellαdo por un tαnque —Sentencıó el eslovαco, mıentrαs de fondo se escuchαbαn lαs rısαs de sus demάs compαñeros que, чα αcostumbrαdos α lαs locurαs de su compαñero cαstαño, sımplemente lo ıgnorαbαn hαstα este punto ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Eso es envıdıα! —Mαrco se rıó, desconectαndo fınαlmente el αudıo del sıstemα generαl pero dejαndo que lα músıcα sonαrα suαvemente en su cαsco mıentrαs hαblαbα con su αmıgo— Pero en serıo, Elıjαh... αunque seαs un αmαrgαdo, hoч es un buen dı́α pαrα recordαr que sı seguımos vıvos ч cuerdos, no es solo porque Dıos αsı́ lo quıso, tαmbıén es porque αlgunα mujer en nuestrαs vıdαs tuvo lα pαcıencıα ınfınıtα de no dejαrnos morır de hαmbre o de estupıdez cuαndo érαmos nıños... O de dαrnos un motıvo pαrα volver α cαsα después de lımpıαr sótαnos llenos de crıαturαs espαntosαs jeje ‎ ‎ ‎ ‎ * Elıjαh no respondıó αl momento, se lımıtó α volver α su αsıento, respırαr profundαmente αntes de decırle: * ‎ ‎ ‎ ‎ — Solo... no ıntentes felıcıtαr α lα Inquısıdorα Generαl con esα cαncıón... —Murmuró Elıjαh después de un lαrgo sılencıo— Ellα no tıene "pαcıencıα ınfınıtα" tıene un αrmα de servıcıo ч un retorcıdo sentıdo del humor ‎ ‎ ‎ ‎ — Ufff... ¿Cómo supıste que tenı́α pensαdo hαcerlo? ‎ ‎ ‎ ‎ — Pfff... Amıgo, te recomendαrı́α que en su lugαr felıcıtαrαs α Mαrα —Decı́α Elıjαh con ıronı́α mıentrαs unα sonrısα se formαbα en su pαsαmontαñαs ‎ ‎ ‎ — ¡Qué Dıos me lıbre! —Mαrco sentıó un escαlofrı́o que por, un ınstαnte, le hızo perder el control de lα moto de solo pensαr en hαcer αquello— Esα chıcα sı que me dıspαrαrı́α αntes del prımer coro —Mαrco hızo unα muecα de dolor ımαgınαrıo ч volvıó concentrαrse en no perder el equılıbrıo— Aunque... Lα ıntencıón es lo que cuentα ¿No? ‎ ‎ ‎ ‎ — Jαjαjαjα buen punto, pero ıntentα que "lo que cuente" seα tu punterı́α hoч, condotıero ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Yα lo dıjo, compαñero! ‎ ‎ ‎ ‎ * Durαnte el resto del trαчecto, Mαrco sıguıó tαrαreαndo el estrıbıllo en voz bαjα. Elıjαh, αunque nuncα lo αdmıtırı́α en voz αltα, se descubrıó α sı́ mısmo sıguıendo el rıtmo con un leve golpeteo de dedos sobre lα culαtα de su αrmα mιᥱᥒtrᥲs ᥲdmιrᥲbᥲ ᥱᥣ ᥲmᥲᥒᥴᥱr. A veces, ıncluso los mαrtıllos como ellos necesıtαn recordαr por qᥙιᥱᥒᥱs estάn golpeαndo... *
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  • [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ]



    ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía *



    ‎***¡¡¡PLOF!!!***



    ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado *



    ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila..



    ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire *



    ‎ — ¿Pero qué es eso?



    ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte *



    ‎ — ¡Cuida-!



    ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
    [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ] ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía * ‎ ‎ ‎ ‎***¡¡¡PLOF!!!*** ‎ ‎ ‎ ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila.. ‎ ‎ ‎ ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Pero qué es eso? ‎ ‎ ‎ ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Cuida-! ‎ ‎ ‎ ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
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  • ‎ — ¿Hmm? —El joven pelirrojo apenas abría los ojos por... ¿tercera vez en las doce horas transcurridas? No estaba seguro.



    ‎***Plic... Plic... Plic... Plic...***



    ‎ * El tenue sonido del suero goteando era lo único que se escuchaba en aquella sala de piedra. Aquel ruido era como un metrónomo, uno que le recordaba a Elijah que ya no estaba en el caos del campo de batalla que hace unas cuantas horas le parecía su perdición. Vítkov se mantenía sentado con los ojos entreabiertos, mirando la lámpara que iluminaba fuertemente aquel lugar, pero principalmente el sitio donde él se encontraba. Sus manos se hallaban débilmente apoyadas en la mesa, boca arriba; sus nudillos, enrojecidos, estaban destrozados y aún quedaban restos de esa ceniza grisácea que no parecía humana en el pantalón de su uniforme.
    ‎Su mirada descendió hasta su brazo derecho, que tenía aquella intravenosa que lo conectaba al suero; luego pasó a la de la otra persona presente en el lugar. No era cualquiera... Era un Censor, cuya silueta apenas se recortaba contra la puerta. El hombre golpeó la mesa con una carpeta que llevaba el sello de cera roja de la oficina en que trabajaba *



    ‎ — Veo que volviste a abrir los ojos, Vítkov... Vamos a repetirlo una vez más. El activo del Gladius Dei, Caspian, fue reportado como desaparecido en combate. Tú eres el único que hasta ahora se mantiene consciente de los otros siete que regresaron conti... — Elijah veía al Censor con una seriedad absoluta. No le importaba si sus palabras intentaban sonar como un halago; él no estaba dispuesto a continuar con esto y se lo iba a dejar en claro interrumpiéndolo de forma respetuosa:



    ‎ — Sí, eso ya me lo dejó en claro, monseñor. Pero me temo que, sin importar cuántas veces venga a mí con las mismas preguntas, yo no puedo decirle lo que quiere; pues todo lo que he hablado y repetido hasta ahora es todo lo que sé, señor...



    ‎ * El Censor miraba con reproche al joven que le había interrumpido. Si las circunstancias fueran diferentes, seguro que le habría reprendido por su osadía, pero esta vez era distinto; tenía que ser cuidadoso con lo que hacía. Por eso, a pesar de lo que sabía, optó por mencionarle al joven eslovaco algo que podría refrescar su memoria: *



    ‎ — Está bien, joven Vítkov. Yo no te pido que te inventes una historia alterna de todos los acontecimientos que me contaste desde que tuvieron contacto con el objetivo hasta que llegaron a los sótanos de esta catedral. No; ahora te pido algo más simple que, de hecho, has omitido... Cuéntame sobre la mujer que encontraron.



    ‎ * La voz del Censor se tornaba más seria al hablar de "la mujer". Los ojos de Elijah se abrieron un poco ante la mención de esa cosa como si fuera humana siquiera. Una sonrisa cínica, pero adolorida se hizo presente en el rostro magullado del joven eslovaco mientras acercaba lentamente su torso vendado —que hasta ahora se había mantenido cuidadosamente recostado del espaldar de la silla— a la mesa para contestarle *



    ‎ — Oh... Discúlpeme, monseñor, pero no sé de qué "mujer" me habla. En aquel maldito lugar solo nos encontramos con monstruos, no hubo mujer alguna. Y si se refiere a esa cosa de aspecto femenino pues... sí, la he omitido pues no estaba seguro de qué decir al respecto. Esa cosa no estaba relacionada con la misión. ¿Y es por eso que está aquí, no? Quiere saber por qué se jodió toda la misión, ¿cierto



    ‎* Elijah miraba fijamente a los ojos del Censor. Su tono, aunque pudiera considerarse rebelde, en realidad no tenía intención de serlo; realmente hacía aquella pregunta con profundo interés y sin motivos ocultos. Si no fuera porque aquel inquisidor era consciente de su actitud, esto ya sería un problema aún más complicado; así que, por el momento, decidió seguirle la corriente para no levantar sospechas *



    ‎ — Exactamente, Elijah. La oficina me envió aquí para descubrir qué ocurrió exactamente con la misión y nada más. Pero me llamó la atención que uno de tus compañeros, que se encuentra en estado de shock, no deja de mencionar a cierta "mujer". Ya si lo era o no, solo tú puedes decírmelo. Incluso si no tiene mucho que ver con la misión, lo cierto es que aquella presencia tuvo algo que ver con lo catastrófica que resultó la situación... ¿o me equivoco?



    ‎ * Elijah bajaba la mirada mientras apretaba los dientes al recordar cómo todo pasó de un reconocimiento a un desorden de sombra y sangre. De repente, sintió una punzada de dolor en su nuca, justo en el lugar donde recibió aquel golpe que lo dejó inconsciente. En su mente, todavía veía con recelo la misteriosa presencia y la mirada de Caspian que, por un segundo antes del desastre, no pareció de fe... sino de terror puro *



    ‎ — Ah... Está bien, voy a contarle. Pero le digo de una vez que todo eso me es confuso incluso a mí, pues para cuando nos encontramos con esa cosa, el caballero ya se encontraba en el lugar, por lo que la mayor interacción con esa cosa la tuvo el mismísimo Caspian...



    ‎ * Elijah procedió a contar nuevamente los acontecimientos de la misión, pero esta vez incluyendo a cierto individuo que, para su desconocimiento, tenía mucho más que ver con lo ocurrido de lo que dejaba pensar *
    ‎ — ¿Hmm? —El joven pelirrojo apenas abría los ojos por... ¿tercera vez en las doce horas transcurridas? No estaba seguro. ‎ ‎ ‎ ‎***Plic... Plic... Plic... Plic...*** ‎ ‎ ‎ ‎ * El tenue sonido del suero goteando era lo único que se escuchaba en aquella sala de piedra. Aquel ruido era como un metrónomo, uno que le recordaba a Elijah que ya no estaba en el caos del campo de batalla que hace unas cuantas horas le parecía su perdición. Vítkov se mantenía sentado con los ojos entreabiertos, mirando la lámpara que iluminaba fuertemente aquel lugar, pero principalmente el sitio donde él se encontraba. Sus manos se hallaban débilmente apoyadas en la mesa, boca arriba; sus nudillos, enrojecidos, estaban destrozados y aún quedaban restos de esa ceniza grisácea que no parecía humana en el pantalón de su uniforme. ‎Su mirada descendió hasta su brazo derecho, que tenía aquella intravenosa que lo conectaba al suero; luego pasó a la de la otra persona presente en el lugar. No era cualquiera... Era un Censor, cuya silueta apenas se recortaba contra la puerta. El hombre golpeó la mesa con una carpeta que llevaba el sello de cera roja de la oficina en que trabajaba * ‎ ‎ ‎ ‎ — Veo que volviste a abrir los ojos, Vítkov... Vamos a repetirlo una vez más. El activo del Gladius Dei, Caspian, fue reportado como desaparecido en combate. Tú eres el único que hasta ahora se mantiene consciente de los otros siete que regresaron conti... — Elijah veía al Censor con una seriedad absoluta. No le importaba si sus palabras intentaban sonar como un halago; él no estaba dispuesto a continuar con esto y se lo iba a dejar en claro interrumpiéndolo de forma respetuosa: ‎ ‎ ‎ ‎ — Sí, eso ya me lo dejó en claro, monseñor. Pero me temo que, sin importar cuántas veces venga a mí con las mismas preguntas, yo no puedo decirle lo que quiere; pues todo lo que he hablado y repetido hasta ahora es todo lo que sé, señor... ‎ ‎ ‎ ‎ * El Censor miraba con reproche al joven que le había interrumpido. Si las circunstancias fueran diferentes, seguro que le habría reprendido por su osadía, pero esta vez era distinto; tenía que ser cuidadoso con lo que hacía. Por eso, a pesar de lo que sabía, optó por mencionarle al joven eslovaco algo que podría refrescar su memoria: * ‎ ‎ ‎ ‎ — Está bien, joven Vítkov. Yo no te pido que te inventes una historia alterna de todos los acontecimientos que me contaste desde que tuvieron contacto con el objetivo hasta que llegaron a los sótanos de esta catedral. No; ahora te pido algo más simple que, de hecho, has omitido... Cuéntame sobre la mujer que encontraron. ‎ ‎ ‎ ‎ * La voz del Censor se tornaba más seria al hablar de "la mujer". Los ojos de Elijah se abrieron un poco ante la mención de esa cosa como si fuera humana siquiera. Una sonrisa cínica, pero adolorida se hizo presente en el rostro magullado del joven eslovaco mientras acercaba lentamente su torso vendado —que hasta ahora se había mantenido cuidadosamente recostado del espaldar de la silla— a la mesa para contestarle * ‎ ‎ ‎ ‎ — Oh... Discúlpeme, monseñor, pero no sé de qué "mujer" me habla. En aquel maldito lugar solo nos encontramos con monstruos, no hubo mujer alguna. Y si se refiere a esa cosa de aspecto femenino pues... sí, la he omitido pues no estaba seguro de qué decir al respecto. Esa cosa no estaba relacionada con la misión. ¿Y es por eso que está aquí, no? Quiere saber por qué se jodió toda la misión, ¿cierto ‎ ‎ ‎ ‎* Elijah miraba fijamente a los ojos del Censor. Su tono, aunque pudiera considerarse rebelde, en realidad no tenía intención de serlo; realmente hacía aquella pregunta con profundo interés y sin motivos ocultos. Si no fuera porque aquel inquisidor era consciente de su actitud, esto ya sería un problema aún más complicado; así que, por el momento, decidió seguirle la corriente para no levantar sospechas * ‎ ‎ ‎ ‎ — Exactamente, Elijah. La oficina me envió aquí para descubrir qué ocurrió exactamente con la misión y nada más. Pero me llamó la atención que uno de tus compañeros, que se encuentra en estado de shock, no deja de mencionar a cierta "mujer". Ya si lo era o no, solo tú puedes decírmelo. Incluso si no tiene mucho que ver con la misión, lo cierto es que aquella presencia tuvo algo que ver con lo catastrófica que resultó la situación... ¿o me equivoco? ‎ ‎ ‎ ‎ * Elijah bajaba la mirada mientras apretaba los dientes al recordar cómo todo pasó de un reconocimiento a un desorden de sombra y sangre. De repente, sintió una punzada de dolor en su nuca, justo en el lugar donde recibió aquel golpe que lo dejó inconsciente. En su mente, todavía veía con recelo la misteriosa presencia y la mirada de Caspian que, por un segundo antes del desastre, no pareció de fe... sino de terror puro * ‎ ‎ ‎ ‎ — Ah... Está bien, voy a contarle. Pero le digo de una vez que todo eso me es confuso incluso a mí, pues para cuando nos encontramos con esa cosa, el caballero ya se encontraba en el lugar, por lo que la mayor interacción con esa cosa la tuvo el mismísimo Caspian... ‎ ‎ ‎ ‎ * Elijah procedió a contar nuevamente los acontecimientos de la misión, pero esta vez incluyendo a cierto individuo que, para su desconocimiento, tenía mucho más que ver con lo ocurrido de lo que dejaba pensar *
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  • Reflexiones de un Ángel Caído IV

    "Entre los libros que empecé a leer, tuve especial afán por los de la disciplina histórica y política.

    Los humanos no construyen reinos... Solo repiten, con torpeza infinita, el mismo drama de poder que condenó a Lucifer. Se agrupan en manadas que llaman "naciones", ondean trapos teñidos como si los colores contuvieran verdades, y se degüellan por migajas de un banquete al que nunca fueron invitados.

    La derecha es particularmente patética. Adoran cadenas, pero les ponen el nombre de "tradición". Se postran ante becerros dorados que no existen... Heraldos, banderas y mercados. Mientras sus sermones huelen al miedo de un viejo y sudoroso cerdo burgués. He visto inquisidores con corbatas, cruzados sin cruz pero con cuentas bancarias, que citan la Biblia mientras pisotean al mendigo. ¿Acaso no reconocen la ironía? Yo, quién fui arrojado por rebelde, ahora observo a estos siervos voluntarios... Y siento asco.

    Pero en las calles, entre el humo de las barricadas, aún late algo interesante. Los anarquistas y los movimientos revolucionarios, con sus cócteles de gasolina y sueños, son los únicos que comprenden el verdadero pecado original. La desobediencia. Cuando lanzan sus piedras contra la policía, veo flechas divinas eclipsando el cielo al descender sobre la vanguardia empírea. Cuando gritan "¡Ningún dios y ningún amo!", escucho el eco de nuestro grito al caer. Quizás por eso los persiguen con tanto ahínco... Los poderosos intuyen, en su inconsciencia, que estos harapientos son lo más cercano a nosotros que cualquier mortal que la Tierra ha parido.

    Sé que fracasarán. La historia humana es un péndulo entre tiranos, y el libre albedrío su mayor maldición. Pero al menos, cuando incendien comisarías o desplomen estatuas, por un instante el cielo temblará... y recordará que el fuego, antes que un castigo del Hades, fue herramienta de creación de las estrellas."
    Reflexiones de un Ángel Caído IV "Entre los libros que empecé a leer, tuve especial afán por los de la disciplina histórica y política. Los humanos no construyen reinos... Solo repiten, con torpeza infinita, el mismo drama de poder que condenó a Lucifer. Se agrupan en manadas que llaman "naciones", ondean trapos teñidos como si los colores contuvieran verdades, y se degüellan por migajas de un banquete al que nunca fueron invitados. La derecha es particularmente patética. Adoran cadenas, pero les ponen el nombre de "tradición". Se postran ante becerros dorados que no existen... Heraldos, banderas y mercados. Mientras sus sermones huelen al miedo de un viejo y sudoroso cerdo burgués. He visto inquisidores con corbatas, cruzados sin cruz pero con cuentas bancarias, que citan la Biblia mientras pisotean al mendigo. ¿Acaso no reconocen la ironía? Yo, quién fui arrojado por rebelde, ahora observo a estos siervos voluntarios... Y siento asco. Pero en las calles, entre el humo de las barricadas, aún late algo interesante. Los anarquistas y los movimientos revolucionarios, con sus cócteles de gasolina y sueños, son los únicos que comprenden el verdadero pecado original. La desobediencia. Cuando lanzan sus piedras contra la policía, veo flechas divinas eclipsando el cielo al descender sobre la vanguardia empírea. Cuando gritan "¡Ningún dios y ningún amo!", escucho el eco de nuestro grito al caer. Quizás por eso los persiguen con tanto ahínco... Los poderosos intuyen, en su inconsciencia, que estos harapientos son lo más cercano a nosotros que cualquier mortal que la Tierra ha parido. Sé que fracasarán. La historia humana es un péndulo entre tiranos, y el libre albedrío su mayor maldición. Pero al menos, cuando incendien comisarías o desplomen estatuas, por un instante el cielo temblará... y recordará que el fuego, antes que un castigo del Hades, fue herramienta de creación de las estrellas."
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