Nadie lo vio llegar, ni siquiera él, el caballero llevaba horas en silencio, apoyado contra la piedra tibia de la torre, observando el valle extenderse como una pintura demasiado perfecta para ser real. El viento jugaba con su capa roja, las flores se mecían a sus pies y las aves dibujaban círculos tranquilos en el cielo.
Todo parecía en calma, fue entonces cuando sintió el peso, ligero, insistente.
Bajó la mirada, el gato ya estaba allí. No recordaba haberlo escuchado subir, ni seguir sus pasos, ni siquiera acercarse. Simplemente… apareció. Y ahora descansaba en sus brazos como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
El caballero no dijo nada al principio. Solo lo sostuvo. El animal observaba el horizonte con una atención casi humana, siguiendo el curso del río, los muros lejanos, las montañas que cerraban el mundo en la distancia.
—Más allá de esas montañas no es tan bonito.
Su mirada permaneció fija en el valle, pero algo en su postura cambió. Estaba hablando con un gato, pero no importaba.
—La comida es peor… —añadió con una calma extrañamente cotidiana—. Y la gente no sabe quedarse en silencio.
El viento pasó entre ellos, llevándose cualquier rastro de duda, el caballero finalmente bajó la vista. Observó al pequeño animal, tranquilo, ajeno, se sintió bien hablar con normalidad después de mucho tiempo.
Nadie lo vio llegar, ni siquiera él, el caballero llevaba horas en silencio, apoyado contra la piedra tibia de la torre, observando el valle extenderse como una pintura demasiado perfecta para ser real. El viento jugaba con su capa roja, las flores se mecían a sus pies y las aves dibujaban círculos tranquilos en el cielo.
Todo parecía en calma, fue entonces cuando sintió el peso, ligero, insistente.
Bajó la mirada, el gato ya estaba allí. No recordaba haberlo escuchado subir, ni seguir sus pasos, ni siquiera acercarse. Simplemente… apareció. Y ahora descansaba en sus brazos como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
El caballero no dijo nada al principio. Solo lo sostuvo. El animal observaba el horizonte con una atención casi humana, siguiendo el curso del río, los muros lejanos, las montañas que cerraban el mundo en la distancia.
—Más allá de esas montañas no es tan bonito.
Su mirada permaneció fija en el valle, pero algo en su postura cambió. Estaba hablando con un gato, pero no importaba.
—La comida es peor… —añadió con una calma extrañamente cotidiana—. Y la gente no sabe quedarse en silencio.
El viento pasó entre ellos, llevándose cualquier rastro de duda, el caballero finalmente bajó la vista. Observó al pequeño animal, tranquilo, ajeno, se sintió bien hablar con normalidad después de mucho tiempo.