La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas.
El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos.
Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba.
El bosque no tardó en envolverlo.
Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida.
No había aves.
Ni insectos.
Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas.
—Hm...
El mercader rompió el silencio con un leve gruñido.
—Demasiado tranquilo.
Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura.
Continuó avanzando.
Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás.
Entonces los vio.
A lo lejos.
Entre la neblina.
No eran árboles.
Eran piernas.
Colosales.
Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible.
...
Otro.
Y un tercero.
Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio.
Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor.
—Bueno...
Murmuró con una risa seca.
—Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr.
Volvió a bajar el visor.
La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos.
Después de todo...
Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso.
Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas.
Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas.
El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos.
Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba.
El bosque no tardó en envolverlo.
Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida.
No había aves.
Ni insectos.
Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas.
—Hm...
El mercader rompió el silencio con un leve gruñido.
—Demasiado tranquilo.
Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura.
Continuó avanzando.
Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás.
Entonces los vio.
A lo lejos.
Entre la neblina.
No eran árboles.
Eran piernas.
Colosales.
Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible.
...
Otro.
Y un tercero.
Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio.
Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor.
—Bueno...
Murmuró con una risa seca.
—Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr.
Volvió a bajar el visor.
La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos.
Después de todo...
Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso.
Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas.
Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.