• Cuando la oscuridad se alza
    Fandom OC
    Categoría Suspenso
    Pasos resonaban por calles medio vacías. A altas horas de la noche, la luna iluminaba firmemente en el cielo, y el único sonido de fondo eran los pocos coches que pasaban rápido dirección a sus casas o las voces estridentes de borrachos saliendo a la fuerza de su bar de siempre.

    Vincent caminaba por la acera, con las manos en los bolsillos de su gabardina y la cabeza gacha, aunque sus ojos miraban al frente, buscando, escuchando, observando la siguiente presa. Al final optó por sentarse en la acera, contemplando la ciudad silenciosa y tranquila, le gustaba el paisaje de esa forma, irónicamente, era idóneo para ese acto inhumano que iba a llevar a cabo.

    Observó a las personas ebrias canturreando mientras luchaban por avanzar en línea recta con una mueca de desagrado, necesitaba a alguien limpio, alguien que, aunque gritara y luchara por escapar, tuviera una sangre lo suficientemente buena como para que aquello no fuera en vano.
    Pasos resonaban por calles medio vacías. A altas horas de la noche, la luna iluminaba firmemente en el cielo, y el único sonido de fondo eran los pocos coches que pasaban rápido dirección a sus casas o las voces estridentes de borrachos saliendo a la fuerza de su bar de siempre. Vincent caminaba por la acera, con las manos en los bolsillos de su gabardina y la cabeza gacha, aunque sus ojos miraban al frente, buscando, escuchando, observando la siguiente presa. Al final optó por sentarse en la acera, contemplando la ciudad silenciosa y tranquila, le gustaba el paisaje de esa forma, irónicamente, era idóneo para ese acto inhumano que iba a llevar a cabo. Observó a las personas ebrias canturreando mientras luchaban por avanzar en línea recta con una mueca de desagrado, necesitaba a alguien limpio, alguien que, aunque gritara y luchara por escapar, tuviera una sangre lo suficientemente buena como para que aquello no fuera en vano.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    10
    Estado
    Disponible
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  • El joven cura avanzaba entre las montañas cubiertas de nieve y piedra afilada, soportando el frío que cortaba la piel y el cansancio que hacía temblar sus piernas. Cada paso parecía desafiar los límites humanos; el viento rugía como si quisiera arrojarlo al vacío, pero aun así continuó escalando con una determinación silenciosa. Tras horas interminables, finalmente alcanzó la cima, donde el mundo parecía detenerse entre las nubes y la luz pálida del amanecer. Allí, en medio de aquel paisaje hostil, crecía una pequeña flor morada balanceándose suavemente con el viento. El cura la observó en silencio, y una tenue sonrisa cansada apareció en su rostro mientras murmuraba con delicadeza: “Sus favoritas…”
    El joven cura avanzaba entre las montañas cubiertas de nieve y piedra afilada, soportando el frío que cortaba la piel y el cansancio que hacía temblar sus piernas. Cada paso parecía desafiar los límites humanos; el viento rugía como si quisiera arrojarlo al vacío, pero aun así continuó escalando con una determinación silenciosa. Tras horas interminables, finalmente alcanzó la cima, donde el mundo parecía detenerse entre las nubes y la luz pálida del amanecer. Allí, en medio de aquel paisaje hostil, crecía una pequeña flor morada balanceándose suavemente con el viento. El cura la observó en silencio, y una tenue sonrisa cansada apareció en su rostro mientras murmuraba con delicadeza: “Sus favoritas…”
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  • ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.

    La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.

    Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.

    Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.

    Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.

    Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.

    Odette se detuvo frente a la entrada un instante.

    Luego empujó la puerta.

    El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.

    Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.

    El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.

    —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.

    —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.

    El hombre arqueó una ceja.
    No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.

    Se alejó murmurando para sí mismo.

    La taberna continuó con su ruido habitual.
    Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.

    Hasta que la puerta se abrió violentamente.

    Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.

    Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.

    —¡La vi!— gritó con la voz quebrada.

    Nadie respondió al principio.
    Algunos soltaron risas cansadas.

    —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.

    Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.

    —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!

    La taberna estalló en carcajadas.

    —¿La bruja del luto?
    —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
    —¿No se suponía que estaba muerta?

    Pero el hombre no reía... Temblaba.

    —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!

    Algunas risas comenzaron a apagarse.

    Incluso el bardo dejó de tocar.

    Edwin tragó saliva con dificultad.

    —Y entonces ella me miró...

    Un silencio incómodo recorrió la taberna.

    —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.

    Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.

    —Porque tenía esos mismos ojos.

    El silencio cayó de golpe.

    Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.

    La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.

    Entonces levantó la vista hacia el hombre.
    Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
    Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.

    El hombre retrocedió horrorizado.

    —No... no...— balbuceó.

    Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.

    —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
    ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆. La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad. Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno. Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta. Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto. Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio. Odette se detuvo frente a la entrada un instante. Luego empujó la puerta. El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza. Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura. El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio. —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón. —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila. El hombre arqueó una ceja. No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas. Se alejó murmurando para sí mismo. La taberna continuó con su ruido habitual. Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados. Hasta que la puerta se abrió violentamente. Un hombre irrumpió empapado por la lluvia. Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible. —¡La vi!— gritó con la voz quebrada. Nadie respondió al principio. Algunos soltaron risas cansadas. —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa. Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores. —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella! La taberna estalló en carcajadas. —¿La bruja del luto? —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato. —¿No se suponía que estaba muerta? Pero el hombre no reía... Temblaba. —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca! Algunas risas comenzaron a apagarse. Incluso el bardo dejó de tocar. Edwin tragó saliva con dificultad. —Y entonces ella me miró... Un silencio incómodo recorrió la taberna. —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero. Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette. —Porque tenía esos mismos ojos. El silencio cayó de golpe. Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro. La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle. Entonces levantó la vista hacia el hombre. Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente. Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real. El hombre retrocedió horrorizado. —No... no...— balbuceó. Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza. —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
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  • ”A veces me gusta subirme a lo alto de edificios y estructuras y contemplar el mundo desde aquí arriba. Desde esta perspectiva la sociedad, las personas... Todo parece más pequeño, más simple. No me es difícil trepar o saltar alto, casi como si flotara, aunque no me gusta mucho clavar las uñas y dañar la arquitectura de la ciudad.”
    ”A veces me gusta subirme a lo alto de edificios y estructuras y contemplar el mundo desde aquí arriba. Desde esta perspectiva la sociedad, las personas... Todo parece más pequeño, más simple. No me es difícil trepar o saltar alto, casi como si flotara, aunque no me gusta mucho clavar las uñas y dañar la arquitectura de la ciudad.”
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  • El barco de extranjeros
    Fandom Free rol
    Categoría Aventura
    El gigantesco barco avanzaba entre la niebla como una ciudad flotante abandonada por Dios. Su casco semi oxidado crujía con cada embate del océano, mientras cientos de extranjeros abarrotaban las cubiertas cargando maletas, reliquias familiares y esperanzas desgastadas. Todos viajaban hacia la llamada “tierra del nuevo siglo”, un lugar prometido donde la pobreza, las guerras y el hambre parecían no existir. Sin embargo, bajo las interminables filas de camarotes y pasillos húmedos, el navío ocultaba secretos inquietantes: puertas selladas que nadie podía abrir, zonas prohibidas vigiladas por tripulantes silenciosos y pasajeros que desaparecían durante la noche sin dejar rastro.
    El gigantesco barco avanzaba entre la niebla como una ciudad flotante abandonada por Dios. Su casco semi oxidado crujía con cada embate del océano, mientras cientos de extranjeros abarrotaban las cubiertas cargando maletas, reliquias familiares y esperanzas desgastadas. Todos viajaban hacia la llamada “tierra del nuevo siglo”, un lugar prometido donde la pobreza, las guerras y el hambre parecían no existir. Sin embargo, bajo las interminables filas de camarotes y pasillos húmedos, el navío ocultaba secretos inquietantes: puertas selladas que nadie podía abrir, zonas prohibidas vigiladas por tripulantes silenciosos y pasajeros que desaparecían durante la noche sin dejar rastro.
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    Grupal
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  • El joven cura atravesó durante horas caminos olvidados, montado sobre una vieja motocicleta que rugía entre las inmensas estepas secas y las montañas interminables. El abrigo rojo, cubierto de polvo y tierra, ondeaba detrás de él como una bandera desgastada, mientras la maleta atada al costado del vehículo golpeaba suavemente con cada desnivel del terreno.

    El sol caía justo en el momento más cruel del día, aplastando el horizonte bajo una luz blanca y agotadora. El aire parecía arder dentro de sus pulmones; incluso respirar se volvía pesado. El sudor descendía por su cuello y empapaba el viejo cuello clerical que todavía conservaba, como un recuerdo obstinado de la vida que intentaba abandonar.

    Finalmente detuvo la motocicleta junto a una formación rocosa elevada, una especie de plataforma natural abierta hacia el vacío del paisaje. El motor murió lentamente hasta quedar en silencio absoluto. Entonces todo quedó quieto.

    El joven avanzó unos pasos y se sentó al borde de la piedra caliente, apoyando los brazos sobre las rodillas mientras el viento seco agitaba su cabello oscuro. Frente a él se extendía una cordillera gigantesca e impoluta: montañas de puntas blancas que atravesaban las nubes como cuchillas celestiales, intactas, lejanas, indiferentes al dolor humano. Solo el viento. Solo el horizonte infinito. Y las cenizas de su amada descansando dentro de la maleta, esperando encontrar un lugar digno bajo aquel cielo inmenso.
    El joven cura atravesó durante horas caminos olvidados, montado sobre una vieja motocicleta que rugía entre las inmensas estepas secas y las montañas interminables. El abrigo rojo, cubierto de polvo y tierra, ondeaba detrás de él como una bandera desgastada, mientras la maleta atada al costado del vehículo golpeaba suavemente con cada desnivel del terreno. El sol caía justo en el momento más cruel del día, aplastando el horizonte bajo una luz blanca y agotadora. El aire parecía arder dentro de sus pulmones; incluso respirar se volvía pesado. El sudor descendía por su cuello y empapaba el viejo cuello clerical que todavía conservaba, como un recuerdo obstinado de la vida que intentaba abandonar. Finalmente detuvo la motocicleta junto a una formación rocosa elevada, una especie de plataforma natural abierta hacia el vacío del paisaje. El motor murió lentamente hasta quedar en silencio absoluto. Entonces todo quedó quieto. El joven avanzó unos pasos y se sentó al borde de la piedra caliente, apoyando los brazos sobre las rodillas mientras el viento seco agitaba su cabello oscuro. Frente a él se extendía una cordillera gigantesca e impoluta: montañas de puntas blancas que atravesaban las nubes como cuchillas celestiales, intactas, lejanas, indiferentes al dolor humano. Solo el viento. Solo el horizonte infinito. Y las cenizas de su amada descansando dentro de la maleta, esperando encontrar un lugar digno bajo aquel cielo inmenso.
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  • Ya no soy la misma persona de antes.
    Mi nuevo estilo refleja quién soy ahora: alguien más fuerte, más frío y decidido. Cada paso que doy está guiado por nuevas metas, nuevos sueños y el deseo de superar todo lo que intentó detenerme
    No busco aprobación de nadie… solo seguir avanzando, crecer y demostrarme a mí mismo hasta dónde puedo llegar
    Ya no soy la misma persona de antes. Mi nuevo estilo refleja quién soy ahora: alguien más fuerte, más frío y decidido. Cada paso que doy está guiado por nuevas metas, nuevos sueños y el deseo de superar todo lo que intentó detenerme No busco aprobación de nadie… solo seguir avanzando, crecer y demostrarme a mí mismo hasta dónde puedo llegar
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  • ”Lo bueno de haber estado 1.300 años vivo aproximadamente, es que he podido dominar muchos instrumentos, desde la Kalimba cuando se originó en África hasta la guitarra eléctrica. De canto aún no mejoro, empecé a tomar clase hace 400 años, pero creo que aún me quedan otros 400 más para tener avances significativos.”
    ”Lo bueno de haber estado 1.300 años vivo aproximadamente, es que he podido dominar muchos instrumentos, desde la Kalimba cuando se originó en África hasta la guitarra eléctrica. De canto aún no mejoro, empecé a tomar clase hace 400 años, pero creo que aún me quedan otros 400 más para tener avances significativos.”
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  • El suelo de piedra crujió bajo sus botas, rompiendo un silencio que parecía haber durado siglos y la vegetación devoraba los restos del antiguo templo, pero la majestuosidad de la entrada seguía intacta, coronada por un emblema dorado que resplandecía a pesar del moho. En el centro del camino, una katana clavada en la roca actuaba como una última y silenciosa advertencia.

    El aire se volvió denso de golpe, un frío sobrenatural comenzó a filtrarse desde las grietas de la madera vieja, trayendo consigo el olor a metal oxidado, ceniza y sangre antigua, los espíritus de los guerreros caídos no tardaron en manifestarse; el ambiente vibraba con el eco de susurros en un idioma olvidado.

    Antes de que Yue o 𝐒𝐎𝐋𝐃𝐈𝐄𝐑 pudieran avanzar un paso más, la realidad misma pareció distorsionarse.
    Dos colosales Oni, de piel roja como el fuego extinguido y ojos brillantes de ira ancestral, materializaron sus siluetas frente a las puertas de la forja.

    ── Bueno, esto mismo pasó la ultima vez que vine, pero estoy segura que es más justo un dos contra dos...──
    El suelo de piedra crujió bajo sus botas, rompiendo un silencio que parecía haber durado siglos y la vegetación devoraba los restos del antiguo templo, pero la majestuosidad de la entrada seguía intacta, coronada por un emblema dorado que resplandecía a pesar del moho. En el centro del camino, una katana clavada en la roca actuaba como una última y silenciosa advertencia. El aire se volvió denso de golpe, un frío sobrenatural comenzó a filtrarse desde las grietas de la madera vieja, trayendo consigo el olor a metal oxidado, ceniza y sangre antigua, los espíritus de los guerreros caídos no tardaron en manifestarse; el ambiente vibraba con el eco de susurros en un idioma olvidado. Antes de que Yue o [SOLDIER0] pudieran avanzar un paso más, la realidad misma pareció distorsionarse. Dos colosales Oni, de piel roja como el fuego extinguido y ojos brillantes de ira ancestral, materializaron sus siluetas frente a las puertas de la forja. ── Bueno, esto mismo pasó la ultima vez que vine, pero estoy segura que es más justo un dos contra dos...──
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  • Y allí estaba ella en la entrada de aquel imponente templo japonés aún se preguntaba como había terminado así toda la situación .

    Luego de una charla con los espíritus elementales se enteró que a los alrededores de aquel templo sucedían cosas fuera de lo normal, una inusual energía rondaba furtiva e inquietaba a los espíritus y los animales, estos últimos obtaron por alejarse del lugar confiando en su instinto de supervivencia.

    Yukine quien luego de ser informado de la situación decidió tomar cartas para esclarecer estos sucesos, su apari femenina actual sería perfecta ya que dicho templo por tradición siempre albergaba a una sacerdotisa encargada del cuidado y la purificación del lugar y sus visitantes.

    En primeras de su llegada al imponente santuario no percibió nada fuera de lo normal salvó esa tranquilidad casi sobrenatural y un camino alfombrado con las hojas secas de los árboles

    "Tengo mucho trabajo que hacer"

    Pensó para si misma al ver todo lo que tenía que limpiar de manera rudimentaria ya que no podrá usar su magia para facilitarse las tareas; sin pensarlo 2 veces avanzo por el sendero y entro al templo principal donde fue recibida por un monje anciano quien a su llegada se reverencio y presento a su nueva sacerdotisa a su vez que le daba instrucciones de sus funciones y quehaceres en el templo.....
    Y allí estaba ella en la entrada de aquel imponente templo japonés aún se preguntaba como había terminado así toda la situación . Luego de una charla con los espíritus elementales se enteró que a los alrededores de aquel templo sucedían cosas fuera de lo normal, una inusual energía rondaba furtiva e inquietaba a los espíritus y los animales, estos últimos obtaron por alejarse del lugar confiando en su instinto de supervivencia. Yukine quien luego de ser informado de la situación decidió tomar cartas para esclarecer estos sucesos, su apari femenina actual sería perfecta ya que dicho templo por tradición siempre albergaba a una sacerdotisa encargada del cuidado y la purificación del lugar y sus visitantes. En primeras de su llegada al imponente santuario no percibió nada fuera de lo normal salvó esa tranquilidad casi sobrenatural y un camino alfombrado con las hojas secas de los árboles "Tengo mucho trabajo que hacer" Pensó para si misma al ver todo lo que tenía que limpiar de manera rudimentaria ya que no podrá usar su magia para facilitarse las tareas; sin pensarlo 2 veces avanzo por el sendero y entro al templo principal donde fue recibida por un monje anciano quien a su llegada se reverencio y presento a su nueva sacerdotisa a su vez que le daba instrucciones de sus funciones y quehaceres en el templo.....
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