• Pasaron varios meses de recuperación donde ver a sus padres se volvió menos frecuente, dónde la enfermedad como un mal empedernido por destruir lo más sagrado, rondaba con una Oz sobre la familia.

    Su padre, el hombre fuerte que conocía, cayó enfermo; víctima del cáncer de páncreas, en una etapa demasiado avanzada como para poder si quiera someterse a las quimioterapias.

    « Yo quiero morir en casa, no en una habitación del hospital. »

    Decía el hombre valeroso más, temeroso de dejar a su familia atrás.

    La noticia se esparció como un llamado doloroso hacia los oídos de Damián, escuchar la voz de su madre al teléfono dándole la noticia lo golpeó con brutalidad.

    ¿Cómo podía ese hombre tener tan horrible enfermedad?. De primer mano Damián sabía lo que significaba, el peso físico y mental, peor aún; su madre, ella la pasaba peor. El teléfono cayó de sus manos. -- Iré en cuanto pueda.-- Se escucho la caída del dispositivo al suelo, como un eco frío.

    ¿Cómo darle la terrible noticia a Sayuri?. Sentía que esto era un castigo, una mala broma del mundo, una terrible forma de recordarle lo vulnerable que era todo.

    Espero a que ella llegara, sentado sobre la cama los recuerdos azotaron con fuerza su mente. Tan densos, tan hermosos, llenos de buenos y malos tragos recordando las palabras de su abuelo:

    « No reniegues de tu hijo, porque ese niño algún día cargará tu ataúd sobre sus hombros. »

    Jamás le había contado a nadie la relación dolorosa con su padre, y como, el tiempo logro lo que muchos hijos desean: hacer que su progenitor sienta orgullo.

    (( 𝑺𝒂𝒚𝒖𝒓𝒊 ))
    Pasaron varios meses de recuperación donde ver a sus padres se volvió menos frecuente, dónde la enfermedad como un mal empedernido por destruir lo más sagrado, rondaba con una Oz sobre la familia. Su padre, el hombre fuerte que conocía, cayó enfermo; víctima del cáncer de páncreas, en una etapa demasiado avanzada como para poder si quiera someterse a las quimioterapias. « Yo quiero morir en casa, no en una habitación del hospital. » Decía el hombre valeroso más, temeroso de dejar a su familia atrás. La noticia se esparció como un llamado doloroso hacia los oídos de Damián, escuchar la voz de su madre al teléfono dándole la noticia lo golpeó con brutalidad. ¿Cómo podía ese hombre tener tan horrible enfermedad?. De primer mano Damián sabía lo que significaba, el peso físico y mental, peor aún; su madre, ella la pasaba peor. El teléfono cayó de sus manos. -- Iré en cuanto pueda.-- Se escucho la caída del dispositivo al suelo, como un eco frío. ¿Cómo darle la terrible noticia a Sayuri?. Sentía que esto era un castigo, una mala broma del mundo, una terrible forma de recordarle lo vulnerable que era todo. Espero a que ella llegara, sentado sobre la cama los recuerdos azotaron con fuerza su mente. Tan densos, tan hermosos, llenos de buenos y malos tragos recordando las palabras de su abuelo: « No reniegues de tu hijo, porque ese niño algún día cargará tu ataúd sobre sus hombros. » Jamás le había contado a nadie la relación dolorosa con su padre, y como, el tiempo logro lo que muchos hijos desean: hacer que su progenitor sienta orgullo. (( [11.11.000] ))
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  • La luz de la luna apenas atraviesa los árboles. El aire es frío… demasiado frío.
    El está ahí.
    Sentado sobre una roca, con el cuerpo ligeramente encorvado. Sus manos sostienen la máscara… esa que siempre usas frente a los demás.
    Pero esta vez no la lleva puesta.
    La miras.
    Sus dedos se tensan un poco alrededor de ella.
    “…al menos contigo… no tengo que fingir.”
    El bosque no responde.
    Nunca lo hace.
    Sus orejas felinas se mueven levemente, como si esperaran escuchar pasos… una voz… alguien que te llame.
    Nada.
    Solo el sonido lejano del viento.
    Bajas la mirada.
    Sus ojos pierden ese brillo firme que muestras siempre
    "Si desaparezco… ¿alguien lo notaría?"
    Aprieta la máscara contra tu pecho por un momento… como si fuera lo único que queda.
    Respira hondo… pero el aire se siente vacío.
    Demasiado vacío.
    Se inclinas hacia adelante, apoyando los codos en tus rodillas.
    Por primera vez en mucho tiempo… no estavactuando.
    No esta siendo fuerte.
    Solo estás… cansado.
    “…ya no quiero estar solo…”
    Pero no hay nadie para escucharlo.
    La luna sigue ahí.
    El bosque sigue ahí.
    Y el también…
    Solo.
    La luz de la luna apenas atraviesa los árboles. El aire es frío… demasiado frío. El está ahí. Sentado sobre una roca, con el cuerpo ligeramente encorvado. Sus manos sostienen la máscara… esa que siempre usas frente a los demás. Pero esta vez no la lleva puesta. La miras. Sus dedos se tensan un poco alrededor de ella. “…al menos contigo… no tengo que fingir.” El bosque no responde. Nunca lo hace. Sus orejas felinas se mueven levemente, como si esperaran escuchar pasos… una voz… alguien que te llame. Nada. Solo el sonido lejano del viento. Bajas la mirada. Sus ojos pierden ese brillo firme que muestras siempre "Si desaparezco… ¿alguien lo notaría?" Aprieta la máscara contra tu pecho por un momento… como si fuera lo único que queda. Respira hondo… pero el aire se siente vacío. Demasiado vacío. Se inclinas hacia adelante, apoyando los codos en tus rodillas. Por primera vez en mucho tiempo… no estavactuando. No esta siendo fuerte. Solo estás… cansado. “…ya no quiero estar solo…” Pero no hay nadie para escucharlo. La luna sigue ahí. El bosque sigue ahí. Y el también… Solo.
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  • —...
    *El dios defectuoso se encontraba debajo de la lluvía en medio de un bosque oscuro, con cada minuto la lluvia se volvía mas fuerte pero aún así el conejo avanzó para adelante, en un momento luego de avanzar un largo tiempo; mort se detuvo al encontrarse con Hiro . El conejo dudó un poco pero se acercó al robot*
    —niño.. ¿Estas bien? No deberías estar afuera con este clima tan fuerte
    —... *El dios defectuoso se encontraba debajo de la lluvía en medio de un bosque oscuro, con cada minuto la lluvia se volvía mas fuerte pero aún así el conejo avanzó para adelante, en un momento luego de avanzar un largo tiempo; mort se detuvo al encontrarse con [Hiritox3] . El conejo dudó un poco pero se acercó al robot* —niño.. ¿Estas bien? No deberías estar afuera con este clima tan fuerte
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  • El Silencio de los Lazarev
    Categoría Otros
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles.

    Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre.
    Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba.
    Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios.
    —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí.
    Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse.
    El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura.
    —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—.
    El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad.
    —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada?
    Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla.
    —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría.
    Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres.
    —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira.
    Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar.
    —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto.
    Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero.

    Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años.
    Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte.
    Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles. Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre. Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba. Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios. —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí. Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse. El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura. —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—. El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad. —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada? Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla. —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría. Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres. —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira. Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar. —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto. Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero. Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años. Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte. Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
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  • Jennifer JJ Jareau Se gira en su silla cuando la rubia entra en la "cueva del genio" y clava en ella su mirada tras las gafas de color azul histriónico.

    —¿Tienes cotilleos nuevos? Dime que si. Porque yo creo que tengo uno. O algo asi... Te lo cuento si me guardas el secreto.
    [AGENT.JJ] Se gira en su silla cuando la rubia entra en la "cueva del genio" y clava en ella su mirada tras las gafas de color azul histriónico. —¿Tienes cotilleos nuevos? Dime que si. Porque yo creo que tengo uno. O algo asi... Te lo cuento si me guardas el secreto.
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  • "Bueno, ya avancé con mi historia 'seria' ahora vuelvo a ser el idiota cabeza de nabo de siempre."
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  • – Eres mi motivo de avanzar cada día, eres mi destino más inevitable, la calma que no sabía que necesitaba y el caos en el que siempre quiero perderme, eres ese latido constante que me recuerda que incluso en medio de la oscuridad, hay algo por lo que merece la pena seguir… Tú, mi compañera, porque esto sea sempiterno. Rosie Blake

    #Timetravel #TT
    – Eres mi motivo de avanzar cada día, eres mi destino más inevitable, la calma que no sabía que necesitaba y el caos en el que siempre quiero perderme, eres ese latido constante que me recuerda que incluso en medio de la oscuridad, hay algo por lo que merece la pena seguir… Tú, mi compañera, porque esto sea sempiterno. [Lots] #Timetravel #TT
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  • -durante la tercera noche del festival de las camelias se llevaba acabo un desfile donde los habitantes de la ciudad demostraban su especialdiad y conexion con las brujas pues ellos habian aprendido perfeccionado la cloroquinesis, niños bailaban al avanzar moviendo flores de distintos colores atravez del aire, flores gigantes caminaban sobre sus raices llevando en la cima mujeres y hombres vestidos como reinas y reyes, otros hacian acrobacias usando las hojas de los arboles como sus plataformas, otros llevaban flores que brillaban como las estrellas lanzandolas al aire y haciendolas explotar como fuegos artificiales-

    Mi gente a aprendido bastante incluso cuando solo soy una bruja de pociones ellos lograron aprenderlo todo y usarlo sin problema -la bruja sonrio observando el desfile con un nudo en la agrganta, era un sentimiento agridulce aquel orgullo y alegria de ver a toda la gente que ella protegia ser feliz y aun tener en mente como cada una de sus vidas seguia en peligro-

    https://music.youtube.com/watch?v=6l_puYLTZ-8&si=E_8dUZdeTSwSSC7z
    -durante la tercera noche del festival de las camelias se llevaba acabo un desfile donde los habitantes de la ciudad demostraban su especialdiad y conexion con las brujas pues ellos habian aprendido perfeccionado la cloroquinesis, niños bailaban al avanzar moviendo flores de distintos colores atravez del aire, flores gigantes caminaban sobre sus raices llevando en la cima mujeres y hombres vestidos como reinas y reyes, otros hacian acrobacias usando las hojas de los arboles como sus plataformas, otros llevaban flores que brillaban como las estrellas lanzandolas al aire y haciendolas explotar como fuegos artificiales- Mi gente a aprendido bastante incluso cuando solo soy una bruja de pociones ellos lograron aprenderlo todo y usarlo sin problema -la bruja sonrio observando el desfile con un nudo en la agrganta, era un sentimiento agridulce aquel orgullo y alegria de ver a toda la gente que ella protegia ser feliz y aun tener en mente como cada una de sus vidas seguia en peligro- https://music.youtube.com/watch?v=6l_puYLTZ-8&si=E_8dUZdeTSwSSC7z
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  • Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra.

    A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río.

    ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde.

    ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka.
    ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera

    ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti.

    ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla.
    En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra.

    ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba?

    ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka.

    El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra.
    ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos.
    Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda.

    ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio.

    ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza.
    ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro.

    ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa.

    ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo.

    ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue.

    ​Elizabeth apretó el paño con fuerza.

    ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos.

    ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera.

    ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado.

    ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
    Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra. A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río. ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde. ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka. ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti. ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla. En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra. ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba? ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka. El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra. ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos. Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda. ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio. ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza. ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro. ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa. ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo. ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue. ​Elizabeth apretó el paño con fuerza. ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos. ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera. ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado. ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
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  • Todas las caricias de un amor al despertar El último abrazo de un amigo que se va

    El mirar del niño que un día fuiste
    Y que se está marchitando
    Toda la avaricia que jamás dejas pasar

    Sigue lapidando toda tu felicidad
    Mientras la tristeza va anidando
    En tu corazón helado

    Si en la vida tienes algo por lo que vivir No lo pienses más y echa a volar
    Vuelve a caminar y no pierdas tiempo en sufrir
    Pues, la muerte siempre te va a acechar
    Todas las caricias de un amor al despertar El último abrazo de un amigo que se va El mirar del niño que un día fuiste Y que se está marchitando Toda la avaricia que jamás dejas pasar Sigue lapidando toda tu felicidad Mientras la tristeza va anidando En tu corazón helado Si en la vida tienes algo por lo que vivir No lo pienses más y echa a volar Vuelve a caminar y no pierdas tiempo en sufrir Pues, la muerte siempre te va a acechar
    Me endiabla
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