• Lamento mucho lo que te ocurrió la otra noche, prometo que pronto iré a visitaros.

    Los dos sabéis que me tenéis para todo lo que os haga falta.

    Mientras tanto espero que os guste y disfrutéis de mi regalo.





    [ThxArgent91] [Thxgirlargent91]
    Lamento mucho lo que te ocurrió la otra noche, prometo que pronto iré a visitaros. Los dos sabéis que me tenéis para todo lo que os haga falta. Mientras tanto espero que os guste y disfrutéis de mi regalo. ❤️ [ThxArgent91] [Thxgirlargent91]
    Me encocora
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  • Entro en casa con dos cajas de pizza de la pizzería que nos gusta a [ThcSallow] y a mi.

    —¿Cariño?
    Entro en casa con dos cajas de pizza de la pizzería que nos gusta a [ThcSallow] y a mi. —¿Cariño?
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  • Salgo a tomar un poco el aire aprovechando que estoy en mi descanso.
    Enseguida marco el número de mi novia

    [Thxgirlargent91]
    Salgo a tomar un poco el aire aprovechando que estoy en mi descanso. Enseguida marco el número de mi novia [Thxgirlargent91]
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  • *nunca pensó que terminaría haciendo eso, pero es todo lo que puede hacer, se encerró en su cuarto y comenzó a darse cariño pensado en aquel hombre. *
    *nunca pensó que terminaría haciendo eso, pero es todo lo que puede hacer, se encerró en su cuarto y comenzó a darse cariño pensado en aquel hombre. *
    Me shockea
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  • Entra a la cocina con un rugido en su estómago. La búsqueda de comida era inminente, y su mente se ilumina con el recuerdo de las sobras que Sam había dejado hace un par de días.
    “𝑵𝒐 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒔𝒆𝒓 𝒕𝒂𝒏 𝒎𝒂𝒍𝒐”, pensó, mientras se dirige a la nevera. Sin embargo, al abrirla, una ola de mal olor lo golpea.

    — Genial, Sam, ¿en serio? — murmura mientras se asoma a la balda, descubriendo que las sobras se habían convertido en una masa poco apetecible y en un estado de descomposición que ni siquiera un cazador podría ignorar. Con un suspiro de resignación, Dean cierra la nevera, sintiéndose derrotado.

    Abre los armarios en busca de algo que pudiera salvar la situación. Encuentra pasta y una lata de salsa que parecía aún aceptable.

    Mientras pone agua a hervir, recuerda cómo Sam siempre intentaba mejorar su dieta, mientras él solo quería una hamburguesa. Pero en ese momento, lo único que podía hacer era improvisar. Con un poco de música de fondo y la mente en sus pensamientos, se prepara para una cena que, aunque no era lo que deseaba, lo saciaría.

    “𝑬𝒔𝒕𝒐 𝒆𝒔 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒂 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒔 𝒂 𝒖𝒏 𝒄𝒂𝒛𝒂𝒅𝒐𝒓 𝒔𝒐𝒍𝒐 𝒄𝒐𝒏 𝒔𝒖𝒔 𝒑𝒆𝒏𝒔𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔 𝒚 𝒖𝒏𝒂 𝒏𝒆𝒗𝒆𝒓𝒂”, bromea para sí mismo mientras revuelve la pasta, buscando consuelo en lo simple de la cocina.
    Entra a la cocina con un rugido en su estómago. La búsqueda de comida era inminente, y su mente se ilumina con el recuerdo de las sobras que Sam había dejado hace un par de días. “𝑵𝒐 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒔𝒆𝒓 𝒕𝒂𝒏 𝒎𝒂𝒍𝒐”, pensó, mientras se dirige a la nevera. Sin embargo, al abrirla, una ola de mal olor lo golpea. — Genial, Sam, ¿en serio? — murmura mientras se asoma a la balda, descubriendo que las sobras se habían convertido en una masa poco apetecible y en un estado de descomposición que ni siquiera un cazador podría ignorar. Con un suspiro de resignación, Dean cierra la nevera, sintiéndose derrotado. Abre los armarios en busca de algo que pudiera salvar la situación. Encuentra pasta y una lata de salsa que parecía aún aceptable. Mientras pone agua a hervir, recuerda cómo Sam siempre intentaba mejorar su dieta, mientras él solo quería una hamburguesa. Pero en ese momento, lo único que podía hacer era improvisar. Con un poco de música de fondo y la mente en sus pensamientos, se prepara para una cena que, aunque no era lo que deseaba, lo saciaría. “𝑬𝒔𝒕𝒐 𝒆𝒔 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒂 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒔 𝒂 𝒖𝒏 𝒄𝒂𝒛𝒂𝒅𝒐𝒓 𝒔𝒐𝒍𝒐 𝒄𝒐𝒏 𝒔𝒖𝒔 𝒑𝒆𝒏𝒔𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔 𝒚 𝒖𝒏𝒂 𝒏𝒆𝒗𝒆𝒓𝒂”, bromea para sí mismo mientras revuelve la pasta, buscando consuelo en lo simple de la cocina.
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  • Me dueles mucho... Dijiste que no querías lastimarme...
    Me dueles mucho... Dijiste que no querías lastimarme...
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  • Aquel era un día especial, y llevaba semanas preparando todo. Tenia que ser perfecto.

    Encima de la mesa había una caja negra enorme con un lazo rojo igual de grande, dentro se encontraba un vestido elegido exclusivamente para ella.
    Encima de esta, había otra, mucho mas pequeña, de terciopelo, que contenía una gargantilla de cristales Swarovski.

    Como corona de todo esto había una pequeña nota, escrita de su puño y letra. Con instrucciones.

    "𝐹𝑒𝑙𝑖𝑐𝑖𝑑𝑎𝑑𝑒𝑠, 𝑚𝑖 𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑜𝑠𝑎 𝑉𝑖𝑜𝑙𝑒𝑡 Violet Barrow — Anderson .
    𝐸𝑠𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑟𝑎𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑒 𝑖𝑏𝑎𝑠 𝑎 𝑞𝑢𝑒𝑑𝑎𝑟 𝑠𝑖𝑛 𝑟𝑒𝑔𝑎𝑙𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑖𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒𝑟 𝑡𝑜𝑑𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑓𝑒𝑐𝑡𝑜, 𝑀𝑖𝑛𝑒𝑟𝑣𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒𝑠, 𝑎𝑠𝑖 𝑞𝑢𝑒, 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑗𝑎𝑡𝑒 𝑦 𝑑𝑖𝑠𝑓𝑟𝑢𝑡𝑎.
    𝑇𝑎𝑛 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑏𝑒𝑠 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑖𝑟 𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑙𝑙𝑎𝑠 𝑖𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑐𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠.
    𝐿𝑎 𝑐𝑎𝑗𝑎 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑒𝑙 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟 𝑟𝑒𝑔𝑎𝑙𝑜. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑙𝑜 𝘩𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑒𝑟𝑡𝑖𝑑𝑜 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑡𝑟𝑎𝑠𝑙𝑎𝑑𝑜𝑟 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑙𝑎 𝑜𝑐𝑎𝑠𝑖𝑜𝑛, 𝑑𝑒 𝑚𝑜𝑑𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠 𝑒𝑛 𝑛𝑒𝑐𝑒𝑠𝑎𝑟𝑖𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠 𝑦 𝑡𝑒 𝑝𝑟𝑒𝑝𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑛𝑑𝑎 𝑐𝑎𝑗𝑎.
    𝑈𝑛𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑒𝑠𝑡𝑒𝑠 𝑙𝑖𝑠𝑡𝑎, 𝑣𝑒𝗇 𝘩𝑎𝑠𝑡𝑎 𝑎 𝑚𝑖.
    𝑇𝑒 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑛𝑠𝑖𝑎.
    𝐶𝑜𝑛 𝑎𝑚𝑜𝑟, 𝐶𝑎𝑚𝑒𝑟𝑜𝑛"


    >> Él por su parte esperaba de forma paciente, al lado de la mesa, perfectamente preparada. En el pequeño pueblecito italiano en el que aquella perfecta mujer le había dado el si quiero.
    Vestía un esmoquin burdeos y una sonrisa de anticipación, mientras sus ojos saltaban de la mesa a la terraza desde donde se veía la pequeña cala donde aquella preciosa noche despejada había hecho la GRAN pregunta.
    Aquel era un día especial, y llevaba semanas preparando todo. Tenia que ser perfecto. Encima de la mesa había una caja negra enorme con un lazo rojo igual de grande, dentro se encontraba un vestido elegido exclusivamente para ella. Encima de esta, había otra, mucho mas pequeña, de terciopelo, que contenía una gargantilla de cristales Swarovski. Como corona de todo esto había una pequeña nota, escrita de su puño y letra. Con instrucciones. "𝐹𝑒𝑙𝑖𝑐𝑖𝑑𝑎𝑑𝑒𝑠, 𝑚𝑖 𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑜𝑠𝑎 𝑉𝑖𝑜𝑙𝑒𝑡 [brxvestslytherin] . 𝐸𝑠𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑟𝑎𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑒 𝑖𝑏𝑎𝑠 𝑎 𝑞𝑢𝑒𝑑𝑎𝑟 𝑠𝑖𝑛 𝑟𝑒𝑔𝑎𝑙𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑖𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒𝑟 𝑡𝑜𝑑𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑓𝑒𝑐𝑡𝑜, 𝑀𝑖𝑛𝑒𝑟𝑣𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒𝑠, 𝑎𝑠𝑖 𝑞𝑢𝑒, 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑗𝑎𝑡𝑒 𝑦 𝑑𝑖𝑠𝑓𝑟𝑢𝑡𝑎. 𝑇𝑎𝑛 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑏𝑒𝑠 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑖𝑟 𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑙𝑙𝑎𝑠 𝑖𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑐𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠. 𝐿𝑎 𝑐𝑎𝑗𝑎 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑒𝑙 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟 𝑟𝑒𝑔𝑎𝑙𝑜. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑙𝑜 𝘩𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑒𝑟𝑡𝑖𝑑𝑜 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑡𝑟𝑎𝑠𝑙𝑎𝑑𝑜𝑟 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑙𝑎 𝑜𝑐𝑎𝑠𝑖𝑜𝑛, 𝑑𝑒 𝑚𝑜𝑑𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠 𝑒𝑛 𝑛𝑒𝑐𝑒𝑠𝑎𝑟𝑖𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠 𝑦 𝑡𝑒 𝑝𝑟𝑒𝑝𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑛𝑑𝑎 𝑐𝑎𝑗𝑎. 𝑈𝑛𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑒𝑠𝑡𝑒𝑠 𝑙𝑖𝑠𝑡𝑎, 𝑣𝑒𝗇 𝘩𝑎𝑠𝑡𝑎 𝑎 𝑚𝑖. 𝑇𝑒 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑛𝑠𝑖𝑎. 𝐶𝑜𝑛 𝑎𝑚𝑜𝑟, 𝐶𝑎𝑚𝑒𝑟𝑜𝑛" >> Él por su parte esperaba de forma paciente, al lado de la mesa, perfectamente preparada. En el pequeño pueblecito italiano en el que aquella perfecta mujer le había dado el si quiero. Vestía un esmoquin burdeos y una sonrisa de anticipación, mientras sus ojos saltaban de la mesa a la terraza desde donde se veía la pequeña cala donde aquella preciosa noche despejada había hecho la GRAN pregunta.
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  • —Quiero volver a casa,aqui todos son serios y amargados...


    —Paul empezo a extrañar el infierno y a su familia—
    —Quiero volver a casa,aqui todos son serios y amargados... —Paul empezo a extrañar el infierno y a su familia—
    Me entristece
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  • Me siento sobre saltada sobre la cama con la respiración agitada y las lágrimas acomulandose en mi rostro luchando por tocar mi mejillas pero me niego a dejarlas ir.

    Otra vez tú imagen ronda por mi cabeza, tú voz susurra en mis oídos y mi corazón se aplasta ante el inmenso dolor que me provocas.

    Una tristeza me engulle y no hay nada que llene el hueco que me has dejado. Ni siquiera mi hambre están grandes como tú falta.

    Mi dulce amor, ¿Por qué tuve que quererte tanto para que este maldito mundo te arrebatará de mi? Solo deciaria tenerte aquí conmigo una vez más, daría y haría lo que sea por volverte a tener.

    Cierro los ojos y apoyo mi cabeza sobre mi mano para intentar mitigar mi dolor mientras me hago más y más pequeña en mi lugar.

    Tú eras inocente, yo debí ser quien muriera pero está maldición que me envuelve impidió mi muerte, eras tan dulce, solo deciaria volver en el tiempo para salvarte.
    Me siento sobre saltada sobre la cama con la respiración agitada y las lágrimas acomulandose en mi rostro luchando por tocar mi mejillas pero me niego a dejarlas ir. Otra vez tú imagen ronda por mi cabeza, tú voz susurra en mis oídos y mi corazón se aplasta ante el inmenso dolor que me provocas. Una tristeza me engulle y no hay nada que llene el hueco que me has dejado. Ni siquiera mi hambre están grandes como tú falta. Mi dulce amor, ¿Por qué tuve que quererte tanto para que este maldito mundo te arrebatará de mi? Solo deciaria tenerte aquí conmigo una vez más, daría y haría lo que sea por volverte a tener. Cierro los ojos y apoyo mi cabeza sobre mi mano para intentar mitigar mi dolor mientras me hago más y más pequeña en mi lugar. Tú eras inocente, yo debí ser quien muriera pero está maldición que me envuelve impidió mi muerte, eras tan dulce, solo deciaria volver en el tiempo para salvarte.
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  • //Llegó tarde pero #SeductiveSunday //

    𝕸𝖊𝖒𝖔𝖗𝖎𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖚𝖓 𝖅𝖔𝖗𝖗𝖔 - 𝐊𝐚𝐳𝐮𝐨

    Quería consumirla, poseerla y, al mismo
    tiempo, temía la intensidad con la que sentía todo aquello.

    Una vez... Tan solo tuve que percibir su aroma una sola vez para dejarme atrapar de una forma que, en ese momento, no sabría nombrar. Olía a tierra, pino, sol; una sinfonía de olores que se alojaban en la parte trasera de mi paladar, provocando que incluso pudiera saborearlo, una efervescencia que explotaba en mi boca como una gota de agua al caer sobre suelo firme. Olía a montaña, olía a mi hogar. ¿Pero qué era esto? No había explicación ni lógica. Su cercanía provocó en mi cuerpo una auténtica hecatombe, una reacción en cadena con un desenlace frustrante. No sería hasta dos años después de abstinencia cuando pudiera emborracharme de aquella esencia que tan hondo había calado en mí.

    Cuando ese mar carmesí que tenía como ojos me engulló, al mismo tiempo que ese aroma, algo en mí se rompió. Era como si, en ese mismo segundo, el aire hubiera abandonado mis pulmones, porque solo querían oxigenarse con el aire impregnado de aquel aroma adictivo. Mis pupilas se dilataban como dos cuencas negras, mi piel se erizaba, y mi pecho cabalgaba en una desenfrenada carrera, sin un fin concreto en aquel inmenso horizonte de mi mente. Por primera vez en siglos, no era capaz de controlar la vorágine de sensaciones que se agolpaban, una tras otra, aporreando mi cabeza en un intento desesperado de abrirse paso, de intentar buscar una explicación para aquella sensación tan abrumadora.

    Sus ojos, su pelo, su piel, sus labios, su voz... su olor. Todo me atraía como una polilla es atraída por la luz, de una forma ciega y resignada, pues el resplandor no me dejaba ver más allá de mis narices. No soy un hombre común; Soy un zorro, hijo de Inari e hijo del bosque. Mis sentidos van más allá de lo común; para mí, un aroma, un sabor, puede tener más significado que una historia contada con palabras. Aquel olor me evocaba deseo, anhelo, hambre, peligro... un peligro al que, contra todo pronóstico, hice caso omiso, porque necesitaba impregnarme de aquella esencia y no dejaría escapar la más mínima oportunidad.

    La fuerza empleada para no dejar que mis instintos más primitivos, más salvajes, más animales, se abalanzaran sobre aquella mujer era hercúlea. Una fuerza que iba en contra de todo lo que mi cuerpo pedía a gritos. Ella... La deseaba; joder, la acababa de conocer y todo mi ser la reclamaba de una forma tan voraz que ni siquiera me dejaba pensar con claridad. Era como encontrar algo que no sabías que habías perdido, y que de pronto te arrebatan para luego volver a desaparecer.

    Cuando, al día siguiente, solo percibí los matices residuales de su ausencia, sentí que algo de mí había sido arrancado. Dirigí mis pasos a la habitación donde había dormido aquella noche. El futón, perfectamente recogido, y el yukata que le había prestado, cuidadosamente doblado a su lado. Me adentré, e inmediatamente su aroma me abofeteó la cara como un oleaje salvaje que rompía contra un acantilado. Me arrodillé junto a las pertenencias prestadas y devueltas. Sin poder contenerme, tomé aquel yukata entre mis manos, llevando aquella fina seda a mi rostro. Entonces inhalé profundamente, hundiendo mi rostro entre las telas de la prenda que horas antes, Elizabeth se había puesto. Memoricé cada matiz que me recordaba a la montaña, esa mezcla de olores terrosos que me embriagaban y me hacían entrar en un estado febril. Mis puños se cerraban en aquella tela, apretándola con tanta fuerza que mis nudillos se ponían blancos del esfuerzo. Mi cuerpo languidecía hasta dejarse caer sobre el futón donde ella había dormido la noche anterior. Aún con el yukata en mis manos apretadas, me deslicé por las sábanas y la colcha de dicho futón. Olía a ella; toda su esencia estaba en aquellos simples objetos. Quería adherir aquel olor a mi piel, volverlo parte de la mía. Parecía un gato que se retuerce en una zona que desea marcar con su olor.

    Para cualquier persona normal, aquel acto podría catalogarse como propio de alguien pervertido, tóxico o incluso enfermizo. Pero para mí, un zorro, aquel olor me hacía entrar en colapso, en un frenesí incontrolable y en constante ebullición. No se le puede pedir a un felino que no reaccione a la nepeta, ni impedir que una mariposa se sienta atraída por las feromonas de una hermosa flor. Para mí, era exactamente lo mismo; aquel aroma provocaba una reacción química en todo mi cuerpo, llevándolo a una excitación acalorada, intensa e irrefrenable.

    Cada noche volvía a emborracharme de la fragancia que aquella mujer de cabellos de fuego había dejado de forma inocente. Me imaginaba estar con ella, enredados en aquellas sábanas, y no podía evitar sentir ese placer tan exquisito. Lo hice hasta que su olor se disipó con el paso del tiempo. Durante dos largos años, iba cada noche al mismo punto donde la conocí por primera vez, con la esperanza de volver a verla, de volver a olerla. En mi forma de gran zorro blanco, corría montaña arriba, intentando encontrar aquellos olores que tanto me recordaban aquellos parajes. Pero... no, nada era igual, nada era comparable a aquel olor que tanto anhelaba y que jamás se borraría de mi memoria. La espera había sido dolorosa. Una agonía que apenas podía soportar en aquellas noches de soledad, donde solo podía consolarme lastimosamente a mí mismo, imaginando cómo sería que mi boca recorriera cada parte de su cuerpo. Estaba enfermo, enfermo por no poder engullir la medicina que necesitaba para sanar. Y esa medicina era ella.

    Durante el tiempo que pasó sin su presencia, no era capaz de mantener otros encuentros íntimos con otros seres. Ni las mujeres ni los hombres con los que normalmente conseguía "satisfacer" mis deseos me provocaban la más mínima reacción de anhelo. No era difícil para mí obtener placer ajeno, de hecho, era realmente fácil. Mi presencia causaba esa necesidad primitiva de deseo cuando mis labios seducían con un suave ronroneo. Pero cuando todo iba a culminar, mi cuerpo rechazaba aquel contacto. Todo mi ser aborrecía en ese último momento aquello que no estaba relacionado con aquella esencia que se había alojado en mi mente. Por lo tanto, finalmente desistí de tener y buscar cualquier tipo de relación carnal. Prefería autocomplacerme pensando en cómo sabrían sus labios en mi boca, cómo se sentiría su piel bajo las yemas de mis dedos, cómo su olor inundaría mi olfato hasta entrar en mi lengua.

    Cuando al fin la tuve tan cerca nuevamente, sentí que su sola presencia desataba algo violento dentro de mí, un sofoco que emergía desde lo más profundo de mi ser y que solo sería aplacado con el consumo de aquella mujer. Mía... Deseaba hacerla mía de todas las formas posibles, que su aroma quedara impregnado en mi cuerpo y que el mío quedara impregnado en el suyo. Dejarme llevar por mi lado más salvaje y animal; dejar que mis colmillos ansiosos marcaran cada zona de su piel, reclamando lo que quería que fuera mío. En cada encuentro no podía hacer más que venerar aquel cuerpo; no podía dejar de arrodillarme ante ella. Lo que me hizo rendirme al completo fue saber más, conocer quién estaba debajo de todas esas sensaciones primitivas, hizo que me volviera siervo de lo que ella representaba. Y lo que representaba, era todo para mí, como si todo lo anterior a ella se quedara en la nada.

    Ahora que es mía y yo soy suyo, me doy cuenta de que jamás podría curarme de su adicción. Era mi opio, mi droga recurrente y de la que no deseaba desintoxicarme. De hecho, al contrario, quería intoxicarme por cada poro de mi piel. Fundirme a su cuerpo hasta que no se supiera dónde empezaba el mío y dónde terminaba el de ella.

    A veces considero que peco de soberbio y posesivo si el tema a discutir se trata de Elizabeth, faltando enormemente a lo que es mi ética como mensajero de Inari. Pero simplemente no puedo. Estoy tan enfermizamente enamorado, que no hay unas directrices que nos guían para manejar la situación que nos rodea a ambos. Tendremos que ser nosotros mismos quienes vayamos descubriendo a dónde nos lleva esta desenfrenada pasión.

    𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉
    //Llegó tarde pero #SeductiveSunday // 𝕸𝖊𝖒𝖔𝖗𝖎𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖚𝖓 𝖅𝖔𝖗𝖗𝖔 - 𝐊𝐚𝐳𝐮𝐨 Quería consumirla, poseerla y, al mismo tiempo, temía la intensidad con la que sentía todo aquello. Una vez... Tan solo tuve que percibir su aroma una sola vez para dejarme atrapar de una forma que, en ese momento, no sabría nombrar. Olía a tierra, pino, sol; una sinfonía de olores que se alojaban en la parte trasera de mi paladar, provocando que incluso pudiera saborearlo, una efervescencia que explotaba en mi boca como una gota de agua al caer sobre suelo firme. Olía a montaña, olía a mi hogar. ¿Pero qué era esto? No había explicación ni lógica. Su cercanía provocó en mi cuerpo una auténtica hecatombe, una reacción en cadena con un desenlace frustrante. No sería hasta dos años después de abstinencia cuando pudiera emborracharme de aquella esencia que tan hondo había calado en mí. Cuando ese mar carmesí que tenía como ojos me engulló, al mismo tiempo que ese aroma, algo en mí se rompió. Era como si, en ese mismo segundo, el aire hubiera abandonado mis pulmones, porque solo querían oxigenarse con el aire impregnado de aquel aroma adictivo. Mis pupilas se dilataban como dos cuencas negras, mi piel se erizaba, y mi pecho cabalgaba en una desenfrenada carrera, sin un fin concreto en aquel inmenso horizonte de mi mente. Por primera vez en siglos, no era capaz de controlar la vorágine de sensaciones que se agolpaban, una tras otra, aporreando mi cabeza en un intento desesperado de abrirse paso, de intentar buscar una explicación para aquella sensación tan abrumadora. Sus ojos, su pelo, su piel, sus labios, su voz... su olor. Todo me atraía como una polilla es atraída por la luz, de una forma ciega y resignada, pues el resplandor no me dejaba ver más allá de mis narices. No soy un hombre común; Soy un zorro, hijo de Inari e hijo del bosque. Mis sentidos van más allá de lo común; para mí, un aroma, un sabor, puede tener más significado que una historia contada con palabras. Aquel olor me evocaba deseo, anhelo, hambre, peligro... un peligro al que, contra todo pronóstico, hice caso omiso, porque necesitaba impregnarme de aquella esencia y no dejaría escapar la más mínima oportunidad. La fuerza empleada para no dejar que mis instintos más primitivos, más salvajes, más animales, se abalanzaran sobre aquella mujer era hercúlea. Una fuerza que iba en contra de todo lo que mi cuerpo pedía a gritos. Ella... La deseaba; joder, la acababa de conocer y todo mi ser la reclamaba de una forma tan voraz que ni siquiera me dejaba pensar con claridad. Era como encontrar algo que no sabías que habías perdido, y que de pronto te arrebatan para luego volver a desaparecer. Cuando, al día siguiente, solo percibí los matices residuales de su ausencia, sentí que algo de mí había sido arrancado. Dirigí mis pasos a la habitación donde había dormido aquella noche. El futón, perfectamente recogido, y el yukata que le había prestado, cuidadosamente doblado a su lado. Me adentré, e inmediatamente su aroma me abofeteó la cara como un oleaje salvaje que rompía contra un acantilado. Me arrodillé junto a las pertenencias prestadas y devueltas. Sin poder contenerme, tomé aquel yukata entre mis manos, llevando aquella fina seda a mi rostro. Entonces inhalé profundamente, hundiendo mi rostro entre las telas de la prenda que horas antes, Elizabeth se había puesto. Memoricé cada matiz que me recordaba a la montaña, esa mezcla de olores terrosos que me embriagaban y me hacían entrar en un estado febril. Mis puños se cerraban en aquella tela, apretándola con tanta fuerza que mis nudillos se ponían blancos del esfuerzo. Mi cuerpo languidecía hasta dejarse caer sobre el futón donde ella había dormido la noche anterior. Aún con el yukata en mis manos apretadas, me deslicé por las sábanas y la colcha de dicho futón. Olía a ella; toda su esencia estaba en aquellos simples objetos. Quería adherir aquel olor a mi piel, volverlo parte de la mía. Parecía un gato que se retuerce en una zona que desea marcar con su olor. Para cualquier persona normal, aquel acto podría catalogarse como propio de alguien pervertido, tóxico o incluso enfermizo. Pero para mí, un zorro, aquel olor me hacía entrar en colapso, en un frenesí incontrolable y en constante ebullición. No se le puede pedir a un felino que no reaccione a la nepeta, ni impedir que una mariposa se sienta atraída por las feromonas de una hermosa flor. Para mí, era exactamente lo mismo; aquel aroma provocaba una reacción química en todo mi cuerpo, llevándolo a una excitación acalorada, intensa e irrefrenable. Cada noche volvía a emborracharme de la fragancia que aquella mujer de cabellos de fuego había dejado de forma inocente. Me imaginaba estar con ella, enredados en aquellas sábanas, y no podía evitar sentir ese placer tan exquisito. Lo hice hasta que su olor se disipó con el paso del tiempo. Durante dos largos años, iba cada noche al mismo punto donde la conocí por primera vez, con la esperanza de volver a verla, de volver a olerla. En mi forma de gran zorro blanco, corría montaña arriba, intentando encontrar aquellos olores que tanto me recordaban aquellos parajes. Pero... no, nada era igual, nada era comparable a aquel olor que tanto anhelaba y que jamás se borraría de mi memoria. La espera había sido dolorosa. Una agonía que apenas podía soportar en aquellas noches de soledad, donde solo podía consolarme lastimosamente a mí mismo, imaginando cómo sería que mi boca recorriera cada parte de su cuerpo. Estaba enfermo, enfermo por no poder engullir la medicina que necesitaba para sanar. Y esa medicina era ella. Durante el tiempo que pasó sin su presencia, no era capaz de mantener otros encuentros íntimos con otros seres. Ni las mujeres ni los hombres con los que normalmente conseguía "satisfacer" mis deseos me provocaban la más mínima reacción de anhelo. No era difícil para mí obtener placer ajeno, de hecho, era realmente fácil. Mi presencia causaba esa necesidad primitiva de deseo cuando mis labios seducían con un suave ronroneo. Pero cuando todo iba a culminar, mi cuerpo rechazaba aquel contacto. Todo mi ser aborrecía en ese último momento aquello que no estaba relacionado con aquella esencia que se había alojado en mi mente. Por lo tanto, finalmente desistí de tener y buscar cualquier tipo de relación carnal. Prefería autocomplacerme pensando en cómo sabrían sus labios en mi boca, cómo se sentiría su piel bajo las yemas de mis dedos, cómo su olor inundaría mi olfato hasta entrar en mi lengua. Cuando al fin la tuve tan cerca nuevamente, sentí que su sola presencia desataba algo violento dentro de mí, un sofoco que emergía desde lo más profundo de mi ser y que solo sería aplacado con el consumo de aquella mujer. Mía... Deseaba hacerla mía de todas las formas posibles, que su aroma quedara impregnado en mi cuerpo y que el mío quedara impregnado en el suyo. Dejarme llevar por mi lado más salvaje y animal; dejar que mis colmillos ansiosos marcaran cada zona de su piel, reclamando lo que quería que fuera mío. En cada encuentro no podía hacer más que venerar aquel cuerpo; no podía dejar de arrodillarme ante ella. Lo que me hizo rendirme al completo fue saber más, conocer quién estaba debajo de todas esas sensaciones primitivas, hizo que me volviera siervo de lo que ella representaba. Y lo que representaba, era todo para mí, como si todo lo anterior a ella se quedara en la nada. Ahora que es mía y yo soy suyo, me doy cuenta de que jamás podría curarme de su adicción. Era mi opio, mi droga recurrente y de la que no deseaba desintoxicarme. De hecho, al contrario, quería intoxicarme por cada poro de mi piel. Fundirme a su cuerpo hasta que no se supiera dónde empezaba el mío y dónde terminaba el de ella. A veces considero que peco de soberbio y posesivo si el tema a discutir se trata de Elizabeth, faltando enormemente a lo que es mi ética como mensajero de Inari. Pero simplemente no puedo. Estoy tan enfermizamente enamorado, que no hay unas directrices que nos guían para manejar la situación que nos rodea a ambos. Tendremos que ser nosotros mismos quienes vayamos descubriendo a dónde nos lleva esta desenfrenada pasión. [Liz_bloodFlame]
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