Dos días habían pasado desde su cumpleaños, aunque en realidad le parecía que había pasado una eternidad. Agradecía constantemente el haber pedido el día siguiente libre, porque la cabeza le daba vueltas. Y aunque ya había ido hoy a trabajar, seguía en una nube.
No estaba segura de cómo tenía que reaccionar, o qué debía hacer. Otras veces cuando había querido algo lo cogía, sin pedir permiso o explicaciones. Pero otras veces no se trataba de Albus. ¿Desde cuándo besaba tan bien? Claramente no era un monje, pero Scorpius y él nunca hablaban en presencia de ella demasiado de estos temas.
Había ido a un bar que alguna vez frecuentaban los tres, pero nadie había dicho nada de juntarse, por lo que no le preocupaba encontrárselos. Solamente sabía que necesitaba una cerveza. O dos, puesto que la que tenía frente a ella en la mesa ya estaba a punto de acabarse.
Golpeaba la punta de su tacón contra un lado de la mesa, mientras miraba su teléfono. ¿Le llamaba? ¿Le mandaba un mensaje? Aunque claro, el contrario tampoco le había escrito…
Sacudiendo la cabeza, dio un trago para acabar aquella cerveza, levantando la mano al camarero que ya la conocía y le traería otro botellín en unos minutos.
Dos días habían pasado desde su cumpleaños, aunque en realidad le parecía que había pasado una eternidad. Agradecía constantemente el haber pedido el día siguiente libre, porque la cabeza le daba vueltas. Y aunque ya había ido hoy a trabajar, seguía en una nube.
No estaba segura de cómo tenía que reaccionar, o qué debía hacer. Otras veces cuando había querido algo lo cogía, sin pedir permiso o explicaciones. Pero otras veces no se trataba de Albus. ¿Desde cuándo besaba tan bien? Claramente no era un monje, pero Scorpius y él nunca hablaban en presencia de ella demasiado de estos temas.
Había ido a un bar que alguna vez frecuentaban los tres, pero nadie había dicho nada de juntarse, por lo que no le preocupaba encontrárselos. Solamente sabía que necesitaba una cerveza. O dos, puesto que la que tenía frente a ella en la mesa ya estaba a punto de acabarse.
Golpeaba la punta de su tacón contra un lado de la mesa, mientras miraba su teléfono. ¿Le llamaba? ¿Le mandaba un mensaje? Aunque claro, el contrario tampoco le había escrito…
Sacudiendo la cabeza, dio un trago para acabar aquella cerveza, levantando la mano al camarero que ya la conocía y le traería otro botellín en unos minutos.