• Que esta.pasando? No hay nada de divertido o algo de caos ¡que aburrido!
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  • Ren empujó la puerta de la cafetería con un suspiro suave, cerrándola con cuidado antes de girar el cartel del vidrio a “Cerrado por descanso”. Dentro quedaban las mesas ordenadas, la máquina aún tibia y, justo al lado de la caja, el aviso escrito a mano que había puesto esa mañana: “Se busca personal”. Lo miró un segundo más de lo necesario, como si esperara que la respuesta apareciera sola. Llevar la cafetería era un sueño que amaba… pero también uno que empezaba a pesarle cuando lo hacía en soledad.

    Como cada día después del almuerzo, caminó hacia el parque cercano. El aire era fresco, agradable, y Ren se permitió ir despacio, disfrutando del sonido de sus propios pasos y del canto de las aves que revoloteaban entre los árboles. Se sentó en su banca favorita, aquella desde donde podía ver a los gorriones pelear por migas y a las palomas caminar con aire importante. Sonrió, relajándose poco a poco; siempre encontraba algo romántico en ese momento, como si la calma también fuera una forma de cariño.

    Sacó su teléfono solo para volver a guardar la pantalla apagada, levantando la vista cuando notó que no estaba completamente solo. Observó con curiosidad a la persona cercana, dudando un instante antes de hablar, con esa timidez amable que le era tan natural.

    —Vengo aquí todos los días… me ayuda a pensar. —Hizo una pausa, señalando distraídamente en dirección a la cafetería—. Estoy buscando gente para trabajar conmigo. Alguien que no solo sirva café, sino que también disfrute el ambiente…

    Sonrió un poco más, ladeando la cabeza mientras las aves alzaban vuelo detrás de ellos.

    —Tal vez suene extraño, pero creo que los lugares se sienten distintos dependiendo de quién los acompaña. ¿Te gusta el café… o los paseos tranquilos?


    Ren empujó la puerta de la cafetería con un suspiro suave, cerrándola con cuidado antes de girar el cartel del vidrio a “Cerrado por descanso”. Dentro quedaban las mesas ordenadas, la máquina aún tibia y, justo al lado de la caja, el aviso escrito a mano que había puesto esa mañana: “Se busca personal”. Lo miró un segundo más de lo necesario, como si esperara que la respuesta apareciera sola. Llevar la cafetería era un sueño que amaba… pero también uno que empezaba a pesarle cuando lo hacía en soledad. Como cada día después del almuerzo, caminó hacia el parque cercano. El aire era fresco, agradable, y Ren se permitió ir despacio, disfrutando del sonido de sus propios pasos y del canto de las aves que revoloteaban entre los árboles. Se sentó en su banca favorita, aquella desde donde podía ver a los gorriones pelear por migas y a las palomas caminar con aire importante. Sonrió, relajándose poco a poco; siempre encontraba algo romántico en ese momento, como si la calma también fuera una forma de cariño. Sacó su teléfono solo para volver a guardar la pantalla apagada, levantando la vista cuando notó que no estaba completamente solo. Observó con curiosidad a la persona cercana, dudando un instante antes de hablar, con esa timidez amable que le era tan natural. —Vengo aquí todos los días… me ayuda a pensar. —Hizo una pausa, señalando distraídamente en dirección a la cafetería—. Estoy buscando gente para trabajar conmigo. Alguien que no solo sirva café, sino que también disfrute el ambiente… Sonrió un poco más, ladeando la cabeza mientras las aves alzaban vuelo detrás de ellos. —Tal vez suene extraño, pero creo que los lugares se sienten distintos dependiendo de quién los acompaña. ¿Te gusta el café… o los paseos tranquilos?
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  • Qué... que significa eso...?
    +Se queda con la duda existencial+
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  • Pero que hermoso vestido!! ♥ g-gracias Asura Sphatari Kaos me encanta como se ve ♥
    Pero que hermoso vestido!! ♥ g-gracias [AsuraKaos] me encanta como se ve ♥
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  • Aprovechando que hace buen tiempo.
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  • —Diooos miooo~ que cosita más adorable eres¡ Todo peludito y apachurrable¡ Me da ganas de comerte a besos¡ AAAAA
    (Corre de ahi bro)
    —Diooos miooo~ ✨ que cosita más adorable eres¡ Todo peludito y apachurrable¡ Me da ganas de comerte a besos¡ AAAAA (Corre de ahi bro)
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  • Las pantallas dispersas en la oficina comenzaron a fallar de forma repentina, perdiendo su señal y fallando en sus transmisiones.
    Incluso el tiburón, que no dejaba de estar hecho en gran parte con tecnología, parecía estar sufriendo dolores de cabeza. Tal vez algún virus que se le hubiera metido y ahora ocasionaba que de forma abrupta se diera contra el vidrio de su estanque.

    Una risa, malévola pero divertida, se escuchó. Y es que una silla giró para revelar al ¿Culpable de todo?
    Y es que no sólo se veía inocente sino hasta adorable. Ladeando la cabeza con las orejas en alto.... Claro, al menos dos segundos antes de que su sonrisa, una muy característica en realidad, apareciera. Sólo un tonto entonces no se daría cuenta de quién se trataba a pesar de que la criatura no era del todo consciente de lo que hacía
    Las pantallas dispersas en la oficina comenzaron a fallar de forma repentina, perdiendo su señal y fallando en sus transmisiones. Incluso el tiburón, que no dejaba de estar hecho en gran parte con tecnología, parecía estar sufriendo dolores de cabeza. Tal vez algún virus que se le hubiera metido y ahora ocasionaba que de forma abrupta se diera contra el vidrio de su estanque. Una risa, malévola pero divertida, se escuchó. Y es que una silla giró para revelar al ¿Culpable de todo? Y es que no sólo se veía inocente sino hasta adorable. Ladeando la cabeza con las orejas en alto.... Claro, al menos dos segundos antes de que su sonrisa, una muy característica en realidad, apareciera. Sólo un tonto entonces no se daría cuenta de quién se trataba a pesar de que la criatura no era del todo consciente de lo que hacía
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  • Giros, existe el cielo y un estado de coma.

    ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.

    ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.

    ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.

    ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.

    ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
    Giros, existe el cielo y un estado de coma. ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante. ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso. ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada. ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli. ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
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  • Tocó en el despacho de mi novia con un paquete.
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  • Bueno había que perderse un poco para volver más fuertes ¿No?
    Bueno había que perderse un poco para volver más fuertes ¿No?
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