• —Aveces me preguntó.... ¿Que habrá sido de mi pequeño Eros?

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    —Aveces me preguntó.... ¿Que habrá sido de mi pequeño Eros? #rol
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  • "El romance de afrodita y Ares"

    Todo esto empezó, gracias aún cruce de miradas cuando el amor y la guerra se entrelazaron y se conocieron. Aquel amor nació de forma apasionada en una sola mirada, los dos eran diferentes Pero se amaban.

    Afrodita era una mujer casada con el dios de la forja "Hefesto" pero ella no lo amaba, solo fue parte del trato algo que no quería pero no podía negarse a aceptar sino las consecuencias habían fatales. Así que cada vez que su marido estaba fuera o trabajando aprovechaba para escaparse con Ares y vivir sus aventuras románticas.

    Cada momento que estaban juntos lo aprovechaban al máximo, se divertían y se amaban ferozmente. Siempre cuando Ares iba a ver afrodita le regalaba bonitos detalles para ella como espejos, flores, los mejores obsequios para ella con tal de consentirla y Afrodita siempre le daba amor a ares, Pero no solo eso le daba afecto, cariño, confianza algo que en su infancia nunca obtuvo, solamente tuvo el desprecio de la mayoría del Olimpo.

    Afrodita pudo encontrar en el lo que tanto le faltaba, un amor mutuo dónde los dos se amarán y su apariencia no sea cuestionable y Ares pudo encontrar como llenar sus carencias afectivas y alguien que si lo escuche y le entienda, y no lo vea con menosprecio.

    #misionesdiarias
    "El romance de afrodita y Ares" Todo esto empezó, gracias aún cruce de miradas cuando el amor y la guerra se entrelazaron y se conocieron. Aquel amor nació de forma apasionada en una sola mirada, los dos eran diferentes Pero se amaban. Afrodita era una mujer casada con el dios de la forja "Hefesto" pero ella no lo amaba, solo fue parte del trato algo que no quería pero no podía negarse a aceptar sino las consecuencias habían fatales. Así que cada vez que su marido estaba fuera o trabajando aprovechaba para escaparse con Ares y vivir sus aventuras románticas. Cada momento que estaban juntos lo aprovechaban al máximo, se divertían y se amaban ferozmente. Siempre cuando Ares iba a ver afrodita le regalaba bonitos detalles para ella como espejos, flores, los mejores obsequios para ella con tal de consentirla y Afrodita siempre le daba amor a ares, Pero no solo eso le daba afecto, cariño, confianza algo que en su infancia nunca obtuvo, solamente tuvo el desprecio de la mayoría del Olimpo. Afrodita pudo encontrar en el lo que tanto le faltaba, un amor mutuo dónde los dos se amarán y su apariencia no sea cuestionable y Ares pudo encontrar como llenar sus carencias afectivas y alguien que si lo escuche y le entienda, y no lo vea con menosprecio. #misionesdiarias
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  • Ahora toca dormir... Pero es obvio que no puedo... ¿Y si voy a beber algo en el bar del hotel donde me estoy quedando con mi hermano? Aunque lo deteste quizás me libere un poco
    Ahora toca dormir... Pero es obvio que no puedo... ¿Y si voy a beber algo en el bar del hotel donde me estoy quedando con mi hermano? Aunque lo deteste quizás me libere un poco
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  • Aclaro, no le he teñido el pelo a Afro, solo es .... Una reacción alérgica... si, eso, a un ingrediente donde su humor cambia el color de su cabello. En ningún momento, he tocado su cabello.
    Aclaro, no le he teñido el pelo a Afro, solo es .... Una reacción alérgica... si, eso, a un ingrediente donde su humor cambia el color de su cabello. En ningún momento, he tocado su cabello.
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  • — ¿Alguien puede explicarme éste calor? Y de paso ¿alguna compañía para combatirlo? Ykwim.
    — ¿Alguien puede explicarme éste calor? Y de paso ¿alguna compañía para combatirlo? Ykwim.
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  • — Y si emprendiera un viaje… tengo un antojo enorme de churros de Los Ángeles o un bagel en Nueva York, pero también quiero el clima frío de Washington, o de Chippewa… tal vez sea momento de emprender un viaje.—
    — Y si emprendiera un viaje… tengo un antojo enorme de churros de Los Ángeles o un bagel en Nueva York, pero también quiero el clima frío de Washington, o de Chippewa… tal vez sea momento de emprender un viaje.—
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  • — Que si. Puedes confesar tus pecados mas guarros, vulgares y obscenos. Dios perdona todo, o eso me dijeron, pero da igual ¿No?
    — Que si. Puedes confesar tus pecados mas guarros, vulgares y obscenos. Dios perdona todo, o eso me dijeron, pero da igual ¿No?
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  • Todos ... Haciendo las misiones a full, porque el tiempo se les va, ¿A quien es fácil darle el regalo? Pues a mí, está mas reciente en las publicaciones, ¿No?
    Todos ... Haciendo las misiones a full, porque el tiempo se les va, ¿A quien es fácil darle el regalo? Pues a mí, está mas reciente en las publicaciones, ¿No?
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  • No vean el momento que me da gracia mi vida. Si me ven riendo y negando, pues ya saben. Los regalos... Pero me conmueve bastante saber que algunos hermanos míos si son conscientes de que me gusta comer. Y que me gusta que eso sea un regalo, menos mal tengo una gran tolerancia para cualquier comida. Y nada me puede matar a menos que yo quiera que sea así...
    No vean el momento que me da gracia mi vida. Si me ven riendo y negando, pues ya saben. Los regalos... Pero me conmueve bastante saber que algunos hermanos míos si son conscientes de que me gusta comer. Y que me gusta que eso sea un regalo, menos mal tengo una gran tolerancia para cualquier comida. Y nada me puede matar a menos que yo quiera que sea así...
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  • Antes de que su nombre se inscribiera en la historia por su fuerza descomunal o sus doce legendarios trabajos, Heracles también fue un joven que, tras su entrenamiento, buscaba algo más que gloria: buscaba un lugar en el mundo.

    Había regresado de una de sus primeras campañas militares, aún cubierto del polvo de la batalla, cuando Tebas celebraba su liberación. El rey Creonte, agradecido por la valentía de Heracles al derrotar a los enemigos que asediaban su ciudad, le ofreció un banquete en palacio. Y fue allí, entre columnas de mármol y músicos desafinados, donde la vio por primera vez.

    Mégara. Hija del rey, pero no altiva. Su risa no era como la de las cortesanas; era una chispa que rompía el protocolo. Tenía el porte de una reina, pero los ojos de alguien que ya había visto demasiado para su corta edad. Cuando sus miradas se cruzaron, Heracles no pensó en la guerra, ni en la gloria, ni en los dioses. Pensó en quedarse.

    Lo que comenzó como una cortesía se volvió un encuentro frecuente. Mégara no era una princesa cualquiera. No le impresionaban los cuentos de monstruos ni las demostraciones de fuerza. Ella le preguntaba sobre el miedo, sobre el peso de una espada, sobre si dormía bien después de una batalla. Heracles, por primera vez, sintió que no era solo músculos y hazañas; frente a ella, era humano.

    El rey Creonte, viendo la conexión, ofreció a Mégara en matrimonio como gesto de gratitud. Pero Heracles no la tomó como un premio. Le pidió su consentimiento. Quería que lo eligiera, no que lo aceptara. Y Mégara lo hizo, no por su fama, sino por su alma cansada y su voluntad de proteger.

    Su matrimonio fue breve, como muchas cosas hermosas condenadas por el destino. Pero durante ese tiempo, Heracles encontró paz. La risa de Mégara era su escudo; los abrazos de sus hijos, su hogar.

    Hasta que la tragedia lo reclamó.

    Pero esa es otra historia.

    Porque este relato no trata sobre el dolor que vendría, sino sobre ese instante suspendido en el tiempo, cuando un héroe encontró algo más fuerte que la guerra: el amor que creyó no merecer, pero que una mujer le ofreció sin condiciones.
    Antes de que su nombre se inscribiera en la historia por su fuerza descomunal o sus doce legendarios trabajos, Heracles también fue un joven que, tras su entrenamiento, buscaba algo más que gloria: buscaba un lugar en el mundo. Había regresado de una de sus primeras campañas militares, aún cubierto del polvo de la batalla, cuando Tebas celebraba su liberación. El rey Creonte, agradecido por la valentía de Heracles al derrotar a los enemigos que asediaban su ciudad, le ofreció un banquete en palacio. Y fue allí, entre columnas de mármol y músicos desafinados, donde la vio por primera vez. Mégara. Hija del rey, pero no altiva. Su risa no era como la de las cortesanas; era una chispa que rompía el protocolo. Tenía el porte de una reina, pero los ojos de alguien que ya había visto demasiado para su corta edad. Cuando sus miradas se cruzaron, Heracles no pensó en la guerra, ni en la gloria, ni en los dioses. Pensó en quedarse. Lo que comenzó como una cortesía se volvió un encuentro frecuente. Mégara no era una princesa cualquiera. No le impresionaban los cuentos de monstruos ni las demostraciones de fuerza. Ella le preguntaba sobre el miedo, sobre el peso de una espada, sobre si dormía bien después de una batalla. Heracles, por primera vez, sintió que no era solo músculos y hazañas; frente a ella, era humano. El rey Creonte, viendo la conexión, ofreció a Mégara en matrimonio como gesto de gratitud. Pero Heracles no la tomó como un premio. Le pidió su consentimiento. Quería que lo eligiera, no que lo aceptara. Y Mégara lo hizo, no por su fama, sino por su alma cansada y su voluntad de proteger. Su matrimonio fue breve, como muchas cosas hermosas condenadas por el destino. Pero durante ese tiempo, Heracles encontró paz. La risa de Mégara era su escudo; los abrazos de sus hijos, su hogar. Hasta que la tragedia lo reclamó. Pero esa es otra historia. Porque este relato no trata sobre el dolor que vendría, sino sobre ese instante suspendido en el tiempo, cuando un héroe encontró algo más fuerte que la guerra: el amor que creyó no merecer, pero que una mujer le ofreció sin condiciones.
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