• 𝓝𝓸𝔀, 𝓽𝓮𝓵𝓵 𝓶𝓮 𝔂𝓸𝓾 𝓱𝓪𝓽𝓮 𝓶𝓮.

    [ https://youtu.be/OhQdLNtzw_I?si=yVwCx7VmgYxgy44i ]

    #SeductiveSunday
    𝓝𝓸𝔀, 𝓽𝓮𝓵𝓵 𝓶𝓮 𝔂𝓸𝓾 𝓱𝓪𝓽𝓮 𝓶𝓮. [ https://youtu.be/OhQdLNtzw_I?si=yVwCx7VmgYxgy44i ] #SeductiveSunday
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  • — Trips are better when you have someone to share them with.—
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  • — Let's play a game, let's say I'm under your spell, with those gray eyes and that iron look, let's say that tonight it will only be you and me. —
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  • "Hay marcas del pasado, que ya no se pueden borrar asi de facil."
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  • ꒰ᐢ. .ᐢ꒱₊˚⊹
    𝐌𝐚𝐲𝐛𝐞 𝐈 (𝐈'𝐝 𝐤𝐢𝐧𝐝𝐚 𝐥𝐢𝐤𝐞 𝐢𝐭 𝐢𝐟 𝐲𝐨𝐮'𝐝 𝐜𝐚𝐥𝐥 𝐦𝐞)
    𝐈𝐭'𝐬 𝐧𝐨𝐭 𝐫𝐢𝐠𝐡𝐭 ('𝐂𝐚𝐮𝐬𝐞 𝐈'𝐦 𝐬𝐨 𝐨𝐯𝐞𝐫 𝐛𝐞𝐢𝐧' 𝐥𝐨𝐧𝐞𝐥𝐲)
    ꒰ᐢ. .ᐢ꒱₊˚⊹ 𝐌𝐚𝐲𝐛𝐞 𝐈 (𝐈'𝐝 𝐤𝐢𝐧𝐝𝐚 𝐥𝐢𝐤𝐞 𝐢𝐭 𝐢𝐟 𝐲𝐨𝐮'𝐝 𝐜𝐚𝐥𝐥 𝐦𝐞) 𝐈𝐭'𝐬 𝐧𝐨𝐭 𝐫𝐢𝐠𝐡𝐭 ('𝐂𝐚𝐮𝐬𝐞 𝐈'𝐦 𝐬𝐨 𝐨𝐯𝐞𝐫 𝐛𝐞𝐢𝐧' 𝐥𝐨𝐧𝐞𝐥𝐲)
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  • Relatos de un monstruo
    Fandom OC
    Categoría Drama
    La iglesia estaba abandonada. Cristales rotos cuelgan de los vitrales como cuchillas oxidadas, temblando con el viento como si aún quisieran cortar algo más que el silencio. El aire está cargado de incienso antiguo y un tufo leve, metálico, que se aferra al paladar como una advertencia. Ella está allí.

    De rodillas, justo bajo lo que queda del altar, como si rezara a algo que ya no escucha. El abrigo de cuero negro cae como una segunda piel, pesado y oscuro, empapado por la lluvia. El cabello, lacio y mojado, gotea como tinta negra sobre el mármol agrietado. A su alrededor, un círculo de velas encendidas. Llama roja. Cera espesa. Un silencio que parece observar.

    Lyra puede oír tus pasos acercándose. Es entonces cuando habla, y su voz es un hilo áspero y seco, como una hoja rasgando papel viejo.

    —No he venido a alimentarme. No esta noche...- Sus dedos, manchados de algo oscuro y seco, acarician el mármol roto donde una cruz alguna vez sostuvo fe. Ahora, solo es polvo y memoria —Antes de que esta noche muera... necesito que me escuches. No como cazador, ni como juez. Sino como lo que fuiste antes de todo esto...humano- Entonces gira el rostro. Lento. Preciso.
    Y cuando sus ojos por fin se encuentran, puedes sentir cómo algo dentro de ti se retuerce. Sus ojos azules grisáceos, no tienen fondo. Ni reflejo. Pero hay algo allí. Un destello mínimo. ¿Culpa?... o hambre contenida por una hebra delgada de voluntad.

    —Quiero que sepas quién era… antes de esto. Antes del monstruo. Y cuando termine… decidirás- Sus colmillos apenas se asoman, como una amenaza muda. Sangra. Una gota oscura, espesa, cae al suelo entre la distancia que los separa a ambos.
    La iglesia estaba abandonada. Cristales rotos cuelgan de los vitrales como cuchillas oxidadas, temblando con el viento como si aún quisieran cortar algo más que el silencio. El aire está cargado de incienso antiguo y un tufo leve, metálico, que se aferra al paladar como una advertencia. Ella está allí. De rodillas, justo bajo lo que queda del altar, como si rezara a algo que ya no escucha. El abrigo de cuero negro cae como una segunda piel, pesado y oscuro, empapado por la lluvia. El cabello, lacio y mojado, gotea como tinta negra sobre el mármol agrietado. A su alrededor, un círculo de velas encendidas. Llama roja. Cera espesa. Un silencio que parece observar. Lyra puede oír tus pasos acercándose. Es entonces cuando habla, y su voz es un hilo áspero y seco, como una hoja rasgando papel viejo. —No he venido a alimentarme. No esta noche...- Sus dedos, manchados de algo oscuro y seco, acarician el mármol roto donde una cruz alguna vez sostuvo fe. Ahora, solo es polvo y memoria —Antes de que esta noche muera... necesito que me escuches. No como cazador, ni como juez. Sino como lo que fuiste antes de todo esto...humano- Entonces gira el rostro. Lento. Preciso. Y cuando sus ojos por fin se encuentran, puedes sentir cómo algo dentro de ti se retuerce. Sus ojos azules grisáceos, no tienen fondo. Ni reflejo. Pero hay algo allí. Un destello mínimo. ¿Culpa?... o hambre contenida por una hebra delgada de voluntad. —Quiero que sepas quién era… antes de esto. Antes del monstruo. Y cuando termine… decidirás- Sus colmillos apenas se asoman, como una amenaza muda. Sangra. Una gota oscura, espesa, cae al suelo entre la distancia que los separa a ambos.
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    Grupal
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    Cualquier línea
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  • Shoko hojeaba una vieja caja sin buscar nada en particular. Entre papeles amarillos, encontró una foto: ella, Gojo, Geto. Sonreían como si el mundo no tuviera garras.

    Suspiró, larga y seca, y dejó que el cigarro sin encender colgara de sus labios.

    Recordó aquella discusión. La rabia, las palabras que le lanzó a Geto como bisturí:

    "La diferencia entre tú y una maldición es que las maldiciones a veces desaparecen."

    Y luego, él desapareció. No como una maldición. Como algo más profundo. Más triste.

    Shoko se quedó en silencio. No lloró.
    Solo guardó la foto y encendió el cigarro.

    El humo subió lento, como un recuerdo que no sabe a dónde ir.
    Shoko hojeaba una vieja caja sin buscar nada en particular. Entre papeles amarillos, encontró una foto: ella, Gojo, Geto. Sonreían como si el mundo no tuviera garras. Suspiró, larga y seca, y dejó que el cigarro sin encender colgara de sus labios. Recordó aquella discusión. La rabia, las palabras que le lanzó a Geto como bisturí: "La diferencia entre tú y una maldición es que las maldiciones a veces desaparecen." Y luego, él desapareció. No como una maldición. Como algo más profundo. Más triste. Shoko se quedó en silencio. No lloró. Solo guardó la foto y encendió el cigarro. El humo subió lento, como un recuerdo que no sabe a dónde ir.
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  • ─── A pesar de todo, eres tú. Sigues siendo tú.
    ¿Qué será de mi? cuando pierda también la vision de mi ojo izquierdo.
    ¿Me veré forzado a utilizar mi magia para existir?
    ¿O es mejor desaparecer con dignidad?
    No, los niños. No puedo dejarlos.

    ─── A pesar de todo, eres tú. Sigues siendo tú. ¿Qué será de mi? cuando pierda también la vision de mi ojo izquierdo. ¿Me veré forzado a utilizar mi magia para existir? ¿O es mejor desaparecer con dignidad? No, los niños. No puedo dejarlos.
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  • Tú me ves triste, pero mi carta astral dice que este es mi mes de renacimiento, ¿ok?
    Tú me ves triste, pero mi carta astral dice que este es mi mes de renacimiento, ¿ok?
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  • A veces, Carmina se preguntaba si algo en ella estaba roto.

    No era tristeza lo que sentía, no exactamente. Era más bien una especie de calma vacía, como si su pecho supiera desde siempre que el amor —el de verdad, ese que desborda— no estaba hecho para ella. Observaba a los demás con una mezcla de ternura y desconcierto. Le parecía hermoso cómo podían entregarse con tanta naturalidad, con ese fervor ciego que sólo nace del deseo de pertenecer a otro.

    Pero ella no.
    Ella nunca sintió esa urgencia.

    Solo una vez se había enamorado con todas las letras, de Nicolás, el hijo de los panaderos. Lo recordaba con la nitidez cruel de lo irrepetible: su risa torpe, el olor a harina en su ropa, las conversaciones que se quedaban flotando en el aire cuando él se iba. Pero desde que desapareció, sin dejar rastro ni despedida, algo en ella se cerró como una flor ante el frío. Y desde entonces, no volvió a sentir algo similar por nadie.

    Sus días se deslizaban entre los deberes, las pequeñas rutinas y las conversaciones donde fingía entender el fuego que describían los demás. Decía que no había encontrado a la persona adecuada, que tal vez era exigente. Mentiras suaves, inofensivas. Porque la verdad era más silenciosa y más dura: no sabía cómo se sentía amar. No como lo hacían otros. No como le habían dicho que debía sentirse.

    Y sin embargo, cada noche, cuando el mundo bajaba el volumen y el eco de sí misma la alcanzaba, ese deseo —ese maldito deseo— seguía allí, como una astilla bajo la piel.

    Una parte de ella lo anhelaba. Ser mirada de forma distinta. Ser elegida. Ser querida con esa intensidad que jamás había experimentado otra vez.

    Y entonces, en uno de esos momentos en los que el alma se cansa de contenerse, se atrevió a murmurar al vacío:

    "Dios, si mi destino es estar sola, quítame este deseo de ser amada."

    Porque no dolía la soledad, no realmente.
    Lo que dolía era ese anhelo sin sentido, esa sed sin agua, ese hueco sin forma que ni siquiera sabía cómo llenar.

    Y Carmina siguió ahí, quieta, respirando despacio.
    Con los ojos abiertos.
    Con el pecho intacto.
    Y el corazón, aún callado, escuchando el murmullo de una ausencia que no sabía cómo nombrar.
    A veces, Carmina se preguntaba si algo en ella estaba roto. No era tristeza lo que sentía, no exactamente. Era más bien una especie de calma vacía, como si su pecho supiera desde siempre que el amor —el de verdad, ese que desborda— no estaba hecho para ella. Observaba a los demás con una mezcla de ternura y desconcierto. Le parecía hermoso cómo podían entregarse con tanta naturalidad, con ese fervor ciego que sólo nace del deseo de pertenecer a otro. Pero ella no. Ella nunca sintió esa urgencia. Solo una vez se había enamorado con todas las letras, de Nicolás, el hijo de los panaderos. Lo recordaba con la nitidez cruel de lo irrepetible: su risa torpe, el olor a harina en su ropa, las conversaciones que se quedaban flotando en el aire cuando él se iba. Pero desde que desapareció, sin dejar rastro ni despedida, algo en ella se cerró como una flor ante el frío. Y desde entonces, no volvió a sentir algo similar por nadie. Sus días se deslizaban entre los deberes, las pequeñas rutinas y las conversaciones donde fingía entender el fuego que describían los demás. Decía que no había encontrado a la persona adecuada, que tal vez era exigente. Mentiras suaves, inofensivas. Porque la verdad era más silenciosa y más dura: no sabía cómo se sentía amar. No como lo hacían otros. No como le habían dicho que debía sentirse. Y sin embargo, cada noche, cuando el mundo bajaba el volumen y el eco de sí misma la alcanzaba, ese deseo —ese maldito deseo— seguía allí, como una astilla bajo la piel. Una parte de ella lo anhelaba. Ser mirada de forma distinta. Ser elegida. Ser querida con esa intensidad que jamás había experimentado otra vez. Y entonces, en uno de esos momentos en los que el alma se cansa de contenerse, se atrevió a murmurar al vacío: "Dios, si mi destino es estar sola, quítame este deseo de ser amada." Porque no dolía la soledad, no realmente. Lo que dolía era ese anhelo sin sentido, esa sed sin agua, ese hueco sin forma que ni siquiera sabía cómo llenar. Y Carmina siguió ahí, quieta, respirando despacio. Con los ojos abiertos. Con el pecho intacto. Y el corazón, aún callado, escuchando el murmullo de una ausencia que no sabía cómo nombrar.
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