• Sí, claro que tengo problemas... sí, veo demonios.
    Lucharé contra todos ellos.
    O los mato o me matan...
    ¡Deja de mirarme como si fuera un ASESINO psicótico!!!!!
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  • "𝑀𝑖𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑖𝑚𝑝𝑎́𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑒𝑙 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑜 ℎ𝑒𝑐ℎ𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑎𝑛𝑜𝑗𝑜 𝑑𝑒 𝑛𝑒𝑟𝑣𝑖𝑜𝑠..."

    — Le hace gracia ver llegar a los novatos, y ponerlos aún mas nerviosos...—
    "𝑀𝑖𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑖𝑚𝑝𝑎́𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑒𝑙 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑜 ℎ𝑒𝑐ℎ𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑎𝑛𝑜𝑗𝑜 𝑑𝑒 𝑛𝑒𝑟𝑣𝑖𝑜𝑠..." — Le hace gracia ver llegar a los novatos, y ponerlos aún mas nerviosos...—
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  • - Añañam... ¡Buenos dias para ustedes! yo seguire aqui
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  • -Su estado actual es "de los nervios". Nunca se habia sentido así, siempre sabía qué hacer, cómo actuar. Pero aquel nuevo trabajo... Se jugaba demasiado con ese trabajo .-
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  • Isla nunca olvidaría la sensación de esa primera orden, seca, grave, cargada de un peso que no era de rabia, sino de un instinto que por fin volvía a despertar en él. Su corazón golpeó tan fuerte que creyó que se le escaparía del pecho, no por miedo, sino por la certeza de que, tras semanas de distancia, él la estaba reclamando de nuevo.

    Se arrodilló despacio, y al levantar la vista lo vio a él, erguido, con la sombra aún marcada en su mirada pero también con un fuego que había temido no volver a ver. Aquel instante la atravesó de una manera que ninguna palabra podría explicar: no era sumisión, era entrega. Entrega al hombre que había amado incluso cuando se creía perdido, al que aún sangraba por dentro y que, aun roto, tenía la fuerza suficiente para reclamarla.

    Cuando sus dedos se enredaron en su pelo, tirando de ella hacia atrás, Isla cerró los ojos y sintió cómo algo que había estado congelado en su pecho se rompía. No había ternura suave al principio, pero lo que había era más valioso todavía: pasión desnuda, hambre real, el rugido de un hombre que por fin se permitía volver a sentir. Y ella lo recibió como quien recibe la lluvia tras una sequía interminable.

    La noche se desató en un torbellino de gemidos, mordidas y jadeos que parecían más un grito de supervivencia que un acto de amor. Isla lo dejó guiarla, dominarla, marcar cada segundo con esa fuerza que siempre había amado de él. Lo sintió recuperar un pedazo de sí mismo en cada embestida, en cada rugido que se escapaba de su garganta, y ella misma se descubrió respondiendo con la misma intensidad, como si ambos fueran dos bestias luchando por recordarse mutuamente que seguían vivos.

    Pero entre todo aquel fuego, hubo un instante en que él apoyó la frente contra la suya, la respiración mezclada, los ojos cerrados, y entonces Isla comprendió que lo estaba sintiendo todo. Que en ese dominio y en esa posesión había amor, dolor, culpa, deseo, todo enredado en un lazo imposible de cortar.

    Esa noche no fue dulce, ni calmada. Fue salvaje, fue sucia de lágrimas y de sudor, fue un grito compartido contra la oscuridad que los había separado. Y sin embargo, para Isla fue la más hermosa de todas, porque no necesitó promesas ni palabras. Solo la certeza de que, aun roto, él seguía eligiéndola. Y eso bastaba.
    Isla nunca olvidaría la sensación de esa primera orden, seca, grave, cargada de un peso que no era de rabia, sino de un instinto que por fin volvía a despertar en él. Su corazón golpeó tan fuerte que creyó que se le escaparía del pecho, no por miedo, sino por la certeza de que, tras semanas de distancia, él la estaba reclamando de nuevo. Se arrodilló despacio, y al levantar la vista lo vio a él, erguido, con la sombra aún marcada en su mirada pero también con un fuego que había temido no volver a ver. Aquel instante la atravesó de una manera que ninguna palabra podría explicar: no era sumisión, era entrega. Entrega al hombre que había amado incluso cuando se creía perdido, al que aún sangraba por dentro y que, aun roto, tenía la fuerza suficiente para reclamarla. Cuando sus dedos se enredaron en su pelo, tirando de ella hacia atrás, Isla cerró los ojos y sintió cómo algo que había estado congelado en su pecho se rompía. No había ternura suave al principio, pero lo que había era más valioso todavía: pasión desnuda, hambre real, el rugido de un hombre que por fin se permitía volver a sentir. Y ella lo recibió como quien recibe la lluvia tras una sequía interminable. La noche se desató en un torbellino de gemidos, mordidas y jadeos que parecían más un grito de supervivencia que un acto de amor. Isla lo dejó guiarla, dominarla, marcar cada segundo con esa fuerza que siempre había amado de él. Lo sintió recuperar un pedazo de sí mismo en cada embestida, en cada rugido que se escapaba de su garganta, y ella misma se descubrió respondiendo con la misma intensidad, como si ambos fueran dos bestias luchando por recordarse mutuamente que seguían vivos. Pero entre todo aquel fuego, hubo un instante en que él apoyó la frente contra la suya, la respiración mezclada, los ojos cerrados, y entonces Isla comprendió que lo estaba sintiendo todo. Que en ese dominio y en esa posesión había amor, dolor, culpa, deseo, todo enredado en un lazo imposible de cortar. Esa noche no fue dulce, ni calmada. Fue salvaje, fue sucia de lágrimas y de sudor, fue un grito compartido contra la oscuridad que los había separado. Y sin embargo, para Isla fue la más hermosa de todas, porque no necesitó promesas ni palabras. Solo la certeza de que, aun roto, él seguía eligiéndola. Y eso bastaba.
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  • Buenos dias!!!
    A los presentes de hoy , les deseo lo mejor .
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  • Fue una boda bonita.
    Tan simple como la querías...
    Me alegro por ti, amigo.
    Espero que seas feliz para siempre.
    --Míralo. Beben juntos--
    Y no te preocupes...
    Encontrarás tu camino. [Darkus]
    Fue una boda bonita. Tan simple como la querías... Me alegro por ti, amigo. Espero que seas feliz para siempre. --Míralo. Beben juntos-- Y no te preocupes... Encontrarás tu camino. [Darkus]
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  • Salió del aseo los hombros tensos, las manos cerradas en puños. Habían pasado más de dos semanas desde el incidente… dos semanas de silencios, de miradas esquivas, de distancia que pesaba más que cualquier herida.

    No podía tocarla. No podía siquiera mirarla demasiado sin sentir cómo el peso de su culpa lo hundía. Isla, paciente, había aprendido a no forzarlo, a dejar que el espacio hablara por ambos, aunque ese silencio a veces le partiera el alma.

    Pero esa noche era distinta. Ella estaba allí, frente al espejo, con el velo cayendo como un suspiro sobre sus hombros, la piel bañada en una luz tenue que la hacía parecer irreal. El vestido aguardaba en el maniquí, blanco, perfecto… pero fue verla a ella —así, tan vulnerable y tan hermosa— lo que quebró algo dentro de él.

    Él sintió cómo el aire se volvía más denso, cómo el deseo, dormido por tanto tiempo, despertaba como un fuego lento bajo la piel. No era lujuria lo que sentía, era algo más profundo, una necesidad casi desesperada de volver a sentirse vivo, de volver a pertenecerle al mundo… a ella.

    Dio un paso, luego otro. Cada movimiento era una lucha contra el miedo, contra la vergüenza que aún le ardía por dentro. Ella lo vio en el reflejo, pero no se movió. Sus ojos se encontraron, y fue suficiente. No hubo palabras, solo ese silencio cargado que hablaba más que cualquier promesa.

    Se acercó despacio, como si temiera romper el hechizo, hasta quedar a su espalda. La luz delineaba el contorno de su cuerpo, él extendió una mano, temblorosa, hasta rozar su hombro. El contacto fue leve, pero bastó para que ella cerrara los ojos y dejara escapar un suspiro que lo desarmó, la ayudó a quitarse el velo despacio.

    Por primera vez desde aquella noche, Darküs no sintió miedo. Solo el calor de su piel, la calma de su respiración y la certeza de que, a pesar de todo, seguía ahí. No como antes, sino más real, más humano, más roto… y por eso mismo, más suyo. La agarró del cuello y ordenó.

    — De rodillas.

    Darküs fue recuperando su confianza, su dominio y control, ella se dejó dominar en una noche llena de posesión y pasión descontrolada.

    No hubo palabras de perdón, ni promesas de olvidar. Solo el leve roce de su frente contra la de ella, y un temblor compartido que hablaba de heridas aún abiertas, pero también de amor que se negaba a morir.
    Salió del aseo los hombros tensos, las manos cerradas en puños. Habían pasado más de dos semanas desde el incidente… dos semanas de silencios, de miradas esquivas, de distancia que pesaba más que cualquier herida. No podía tocarla. No podía siquiera mirarla demasiado sin sentir cómo el peso de su culpa lo hundía. Isla, paciente, había aprendido a no forzarlo, a dejar que el espacio hablara por ambos, aunque ese silencio a veces le partiera el alma. Pero esa noche era distinta. Ella estaba allí, frente al espejo, con el velo cayendo como un suspiro sobre sus hombros, la piel bañada en una luz tenue que la hacía parecer irreal. El vestido aguardaba en el maniquí, blanco, perfecto… pero fue verla a ella —así, tan vulnerable y tan hermosa— lo que quebró algo dentro de él. Él sintió cómo el aire se volvía más denso, cómo el deseo, dormido por tanto tiempo, despertaba como un fuego lento bajo la piel. No era lujuria lo que sentía, era algo más profundo, una necesidad casi desesperada de volver a sentirse vivo, de volver a pertenecerle al mundo… a ella. Dio un paso, luego otro. Cada movimiento era una lucha contra el miedo, contra la vergüenza que aún le ardía por dentro. Ella lo vio en el reflejo, pero no se movió. Sus ojos se encontraron, y fue suficiente. No hubo palabras, solo ese silencio cargado que hablaba más que cualquier promesa. Se acercó despacio, como si temiera romper el hechizo, hasta quedar a su espalda. La luz delineaba el contorno de su cuerpo, él extendió una mano, temblorosa, hasta rozar su hombro. El contacto fue leve, pero bastó para que ella cerrara los ojos y dejara escapar un suspiro que lo desarmó, la ayudó a quitarse el velo despacio. Por primera vez desde aquella noche, Darküs no sintió miedo. Solo el calor de su piel, la calma de su respiración y la certeza de que, a pesar de todo, seguía ahí. No como antes, sino más real, más humano, más roto… y por eso mismo, más suyo. La agarró del cuello y ordenó. — De rodillas. Darküs fue recuperando su confianza, su dominio y control, ella se dejó dominar en una noche llena de posesión y pasión descontrolada. No hubo palabras de perdón, ni promesas de olvidar. Solo el leve roce de su frente contra la de ella, y un temblor compartido que hablaba de heridas aún abiertas, pero también de amor que se negaba a morir.
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  • 🐾 El Día de las Bestias Eternas
    Fandom Mitologica
    Categoría Original
    El Inframundo despierta con un murmullo antiguo.
    Desde los abismos más hondos del Erebo hasta las riberas del Leteo, una vibración recorre las sombras: un llamado que ni los vivos ni los muertos pueden ignorar.
    Hoy no hay lamentos. Hoy no hay castigos.
    Hoy, incluso en la oscuridad más profunda, se celebra la existencia de lo salvaje.
    Es el Día de los Animales, y los reinos del más allá se preparan para honrar a quienes han custodiado las fronteras de la eternidad.

    En el gran salón de obsidiana, donde los muros laten como un corazón dormido, las antorchas se encienden una a una con fuego azul.
    Las criaturas del Inframundo se congregan: lobos de humo, aves de ceniza, serpientes de fuego líquido y caballos hechos de polvo y viento.
    Todas aguardan en silencio.
    El trono vacío brilla con reflejos de piedra viva.
    Y en el centro del salón, Cerbero emerge de las sombras.

    El guardián de las Puertas del Hades camina con paso firme, las tres cabezas en perfecta armonía, los ojos ardiendo como soles en la penumbra.
    A su alrededor, las almas se inclinan, reconociendo en él no solo al protector, sino al símbolo eterno de la lealtad y la fuerza.

    Desde lo alto, Perséfone, Reina del Inframundo, desciende envuelta en un resplandor tenue.
    En sus manos sostiene una corona forjada con hierro de estrella caída, adornada con tres gemas:
    una roja por la furia,
    una negra por la noche,
    y una blanca por la lealtad.

    A su lado, una presencia luminosa se acerca: Albina, la cabra blanca del Inframundo.
    Su pelaje brilla como la luna sobre la piedra, y donde sus pezuñas tocan el suelo, florecen pequeñas flores grises, las únicas que crecen en aquel reino sin sol.
    Las criaturas se apartan en respeto; la conocen como mensajera de paz y consejera de las almas olvidadas.

    Perséfone levanta la corona y, con voz que es decreto y bendición, pronuncia:

    “Hoy, el Inframundo celebra el Día de las Bestias Eternas.
    Hoy, las criaturas que sirven, vigilan y aman son honradas.
    Cerbero, guardián del Umbral, tu lealtad ha sido tu trono.
    Desde este instante, no serás solo guardián… serás Rey de las Bestias Eternas.
    Y tú, Albina, serás su guía, su conciencia, su equilibrio.”

    Cuando la corona toca las tres frentes de Cerbero, una ola de fuego blanco recorre el salón.
    El suelo vibra, los ríos cambian su curso, y las almas aúllan con júbilo.
    Las tres cabezas del nuevo rey alzan su mirada en silencio: no hay palabras, solo un rugido interno que el universo siente.

    Albina da un paso adelante.
    De su presencia emana calma, y una flor nace en medio del fuego: la primera flor del Inframundo.
    La Reina sonríe, y con ese gesto, el orden del reino cambia para siempre.
    El trono ya no pertenece al miedo, sino al equilibrio.

    Entonces, las puertas del salón se abren.
    Una marea de luz y sombras invade el aire.
    Comienza el Desfile de los Fieles.

    Por los corredores de piedra líquida, las criaturas del Inframundo marchan en honor a sus nuevos soberanos.
    Los Lobos del Leteo avanzan primero, con pelaje translúcido y ojos de agua.
    Sus pasos resuenan como tambores lejanos.
    Sobre ellos vuelan los Cuervos de Estigia, cuyas plumas de humo caen lentamente como ceniza brillante.
    Las Serpientes del Erebo reptan entre las columnas, formando símbolos sagrados que parpadean con fuego antes de desvanecerse.
    Y desde las llanuras de Tártaro llegan los Caballos de Ceniza, trotando en el aire, dejando huellas de luz efímera.

    Cerbero avanza entre ellos, majestuoso, silencioso.
    Sus cabezas giran lentamente, observando a cada una de las criaturas con atención.
    No impone dominio, sino presencia.
    A su lado, Albina camina despacio, irradiando serenidad.
    Una pequeña alma —una liebre hecha de humo— se acerca temerosa.
    Albina la mira con ternura y, al tocarla con su frente, la transforma en un destello que asciende hasta las estrellas del techo abismal.

    El desfile se extiende durante horas eternas.
    Sobre ellos, el cielo del Inframundo se cubre de luces verdes y violetas: auroras imposibles que ondulan como espíritus danzantes.
    Cada chispa que cae es el eco de un alma animal que regresa por un instante para rendir homenaje.

    Cuando la procesión llega al círculo central, Albina se detiene.
    Su luz se expande como un manto que cubre a Cerbero, a las criaturas, a todo el reino.
    Por un breve momento, el Inframundo entero respira al unísono.
    No hay condena. No hay dolor.
    Solo respeto.
    Solo comunión.

    El fuego se atenúa, las criaturas se disuelven lentamente en el aire, dejando tras de sí rastros de luz.
    El silencio regresa, pero es un silencio distinto: un silencio lleno de vida.
    En el centro, Cerbero permanece inmóvil, imponente.
    Albina se recuesta a su lado, sus ojos reflejando el resplandor de las llamas que no consumen.

    Desde su trono, Perséfone observa en silencio, y una leve sonrisa cruza su rostro.
    El Inframundo ha cambiado.
    Bajo su tierra y bajo su ley, ahora reina la fuerza, pero también la compasión.

    Y así, mientras las últimas brasas del desfile flotan en el aire, los abismos entienden su nueva verdad:
    que incluso en la oscuridad más profunda, los animales tienen un reino, un rey y una guardiana.
    Y que, cada año, en el Día de las Bestias Eternas, el Inframundo entero recordará que la lealtad es la forma más pura del alma.
    El Inframundo despierta con un murmullo antiguo. Desde los abismos más hondos del Erebo hasta las riberas del Leteo, una vibración recorre las sombras: un llamado que ni los vivos ni los muertos pueden ignorar. Hoy no hay lamentos. Hoy no hay castigos. Hoy, incluso en la oscuridad más profunda, se celebra la existencia de lo salvaje. Es el Día de los Animales, y los reinos del más allá se preparan para honrar a quienes han custodiado las fronteras de la eternidad. En el gran salón de obsidiana, donde los muros laten como un corazón dormido, las antorchas se encienden una a una con fuego azul. Las criaturas del Inframundo se congregan: lobos de humo, aves de ceniza, serpientes de fuego líquido y caballos hechos de polvo y viento. Todas aguardan en silencio. El trono vacío brilla con reflejos de piedra viva. Y en el centro del salón, Cerbero emerge de las sombras. El guardián de las Puertas del Hades camina con paso firme, las tres cabezas en perfecta armonía, los ojos ardiendo como soles en la penumbra. A su alrededor, las almas se inclinan, reconociendo en él no solo al protector, sino al símbolo eterno de la lealtad y la fuerza. Desde lo alto, Perséfone, Reina del Inframundo, desciende envuelta en un resplandor tenue. En sus manos sostiene una corona forjada con hierro de estrella caída, adornada con tres gemas: una roja por la furia, una negra por la noche, y una blanca por la lealtad. A su lado, una presencia luminosa se acerca: Albina, la cabra blanca del Inframundo. Su pelaje brilla como la luna sobre la piedra, y donde sus pezuñas tocan el suelo, florecen pequeñas flores grises, las únicas que crecen en aquel reino sin sol. Las criaturas se apartan en respeto; la conocen como mensajera de paz y consejera de las almas olvidadas. Perséfone levanta la corona y, con voz que es decreto y bendición, pronuncia: “Hoy, el Inframundo celebra el Día de las Bestias Eternas. Hoy, las criaturas que sirven, vigilan y aman son honradas. Cerbero, guardián del Umbral, tu lealtad ha sido tu trono. Desde este instante, no serás solo guardián… serás Rey de las Bestias Eternas. Y tú, Albina, serás su guía, su conciencia, su equilibrio.” Cuando la corona toca las tres frentes de Cerbero, una ola de fuego blanco recorre el salón. El suelo vibra, los ríos cambian su curso, y las almas aúllan con júbilo. Las tres cabezas del nuevo rey alzan su mirada en silencio: no hay palabras, solo un rugido interno que el universo siente. Albina da un paso adelante. De su presencia emana calma, y una flor nace en medio del fuego: la primera flor del Inframundo. La Reina sonríe, y con ese gesto, el orden del reino cambia para siempre. El trono ya no pertenece al miedo, sino al equilibrio. Entonces, las puertas del salón se abren. Una marea de luz y sombras invade el aire. Comienza el Desfile de los Fieles. Por los corredores de piedra líquida, las criaturas del Inframundo marchan en honor a sus nuevos soberanos. Los Lobos del Leteo avanzan primero, con pelaje translúcido y ojos de agua. Sus pasos resuenan como tambores lejanos. Sobre ellos vuelan los Cuervos de Estigia, cuyas plumas de humo caen lentamente como ceniza brillante. Las Serpientes del Erebo reptan entre las columnas, formando símbolos sagrados que parpadean con fuego antes de desvanecerse. Y desde las llanuras de Tártaro llegan los Caballos de Ceniza, trotando en el aire, dejando huellas de luz efímera. Cerbero avanza entre ellos, majestuoso, silencioso. Sus cabezas giran lentamente, observando a cada una de las criaturas con atención. No impone dominio, sino presencia. A su lado, Albina camina despacio, irradiando serenidad. Una pequeña alma —una liebre hecha de humo— se acerca temerosa. Albina la mira con ternura y, al tocarla con su frente, la transforma en un destello que asciende hasta las estrellas del techo abismal. El desfile se extiende durante horas eternas. Sobre ellos, el cielo del Inframundo se cubre de luces verdes y violetas: auroras imposibles que ondulan como espíritus danzantes. Cada chispa que cae es el eco de un alma animal que regresa por un instante para rendir homenaje. Cuando la procesión llega al círculo central, Albina se detiene. Su luz se expande como un manto que cubre a Cerbero, a las criaturas, a todo el reino. Por un breve momento, el Inframundo entero respira al unísono. No hay condena. No hay dolor. Solo respeto. Solo comunión. El fuego se atenúa, las criaturas se disuelven lentamente en el aire, dejando tras de sí rastros de luz. El silencio regresa, pero es un silencio distinto: un silencio lleno de vida. En el centro, Cerbero permanece inmóvil, imponente. Albina se recuesta a su lado, sus ojos reflejando el resplandor de las llamas que no consumen. Desde su trono, Perséfone observa en silencio, y una leve sonrisa cruza su rostro. El Inframundo ha cambiado. Bajo su tierra y bajo su ley, ahora reina la fuerza, pero también la compasión. Y así, mientras las últimas brasas del desfile flotan en el aire, los abismos entienden su nueva verdad: que incluso en la oscuridad más profunda, los animales tienen un reino, un rey y una guardiana. Y que, cada año, en el Día de las Bestias Eternas, el Inframundo entero recordará que la lealtad es la forma más pura del alma.
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  • Apareciendo en la guarida de Cerbero, para acariciar al animal.
    - Hola mi fiel amigo. Hoy es tu día, feliz día de los animales. Gracias por tu protección y vigilancia. Gracias por proteger a mi familia. Aquí tienes mis regalos:

    1. Collar de las Tres Voluntades

    Un collar forjado en obsidiana líquida, con tres gemas: una roja, una negra y una blanca.
    Cada una representa una de sus cabezas — ira, lealtad y sabiduría oscura.
    Otorga a Cerbero la capacidad de ver tanto los pecados como los arrepentimientos de las almas.

    2. Banquete del Guardián

    Un regalo ceremonial: carne etérea de titán, huesos de los condenados convertidos en dulces, y vino negro del Leteo.
    Un festín que solo los guardianes del inframundo pueden disfrutar sin ser consumidos por su poder.
    [quasar_yellow_whale_469]
    Apareciendo en la guarida de Cerbero, para acariciar al animal. - Hola mi fiel amigo. Hoy es tu día, feliz día de los animales. Gracias por tu protección y vigilancia. Gracias por proteger a mi familia. Aquí tienes mis regalos: 1. Collar de las Tres Voluntades Un collar forjado en obsidiana líquida, con tres gemas: una roja, una negra y una blanca. Cada una representa una de sus cabezas — ira, lealtad y sabiduría oscura. Otorga a Cerbero la capacidad de ver tanto los pecados como los arrepentimientos de las almas. 2. Banquete del Guardián Un regalo ceremonial: carne etérea de titán, huesos de los condenados convertidos en dulces, y vino negro del Leteo. Un festín que solo los guardianes del inframundo pueden disfrutar sin ser consumidos por su poder. [quasar_yellow_whale_469]
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