• Escúchame bien, tienes que intentar hacer el menor ruido que puedas si quieres que cenemos algo bueno hoy. No hay que alertar a las presas de nuestra presencia y sobre todo... Recuerda que lo hacemos por comida...
    Escúchame bien, tienes que intentar hacer el menor ruido que puedas si quieres que cenemos algo bueno hoy. No hay que alertar a las presas de nuestra presencia y sobre todo... Recuerda que lo hacemos por comida...
    Me gusta
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • creíste que no me había percatado de tus palabras prueba.
    No insistí pasando tus exámenes, pues no tengo que estar a prueba demostrando más de lo que en la telaraña quieres.

    Si va a pasar va a pasar.
    Si no, no me pongas excusas.
    Desde un principio empezamos ambos a jugar, es problema tuyo si un paso atrás quieres dar.


    creíste que no me había percatado de tus palabras prueba. No insistí pasando tus exámenes, pues no tengo que estar a prueba demostrando más de lo que en la telaraña quieres. Si va a pasar va a pasar. Si no, no me pongas excusas. Desde un principio empezamos ambos a jugar, es problema tuyo si un paso atrás quieres dar.
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    6
    0 turnos 0 maullidos
  • Nota mental: nunca aceptar invitaciones a rituales humanos otra vez.

    No sabe cómo llegó a ese lugar.
    Nota mental: nunca aceptar invitaciones a rituales humanos otra vez. No sabe cómo llegó a ese lugar.
    Me shockea
    Me gusta
    5
    15 turnos 0 maullidos
  • Descuida, como todo buen Ingles siempre traigo mi paraguas, nunca se sabe cuando puede llover en la Ciudad de Londres....Puedes caminar a mi lado si no te quieres mojar.
    Descuida, como todo buen Ingles siempre traigo mi paraguas, nunca se sabe cuando puede llover en la Ciudad de Londres....Puedes caminar a mi lado si no te quieres mojar.
    Me gusta
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • — Gracias por su regalo, pero... En compañía sería más agradable. ¿Está disponible para tomar esa copa conmigo?
    — Gracias por su regalo, pero... En compañía sería más agradable. ¿Está disponible para tomar esa copa conmigo?
    Me gusta
    3
    4 turnos 0 maullidos
  • -genial.... ahora hay camaromikus.... no se si deberia buscar como revertir esto o dejarlos evolucionar mas- se rasco las sienes mientras observaba el concierto

    https://youtu.be/6Y4b25CYkkg?si=3xYxxHgymUYSBewM
    -genial.... ahora hay camaromikus.... no se si deberia buscar como revertir esto o dejarlos evolucionar mas- se rasco las sienes mientras observaba el concierto https://youtu.be/6Y4b25CYkkg?si=3xYxxHgymUYSBewM
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Hoy tocó hacer ejercicio, porque al que madruga, me ayuda (no)
    Hoy tocó hacer ejercicio, porque al que madruga, me ayuda (no)
    Me gusta
    Me encocora
    6
    11 turnos 0 maullidos
  • Breve ficha de personaje.
    Nombre completo: Varka Alias: Caballero de BoreasEdad estimada: 45–55 añosGénero: MasculinoRegión: MondstadtAfiliación: Caballeros de FavoniusOcupación: Gran MaestroElemento: Anemo Estado actual: En expedición en Nod-KraiPERSONALIDAD Carismático y valiente, inspira respeto entre los Caballeros de Favonius. Mentor paternal,...
    Me gusta
    2
    0 comentarios 0 compartidos
  • Aroma a Mandarina
    Categoría Original
    "Mira, es la primera de la temporada. ¿Quieres que la comamos juntas?"

    La infancia de una niña huérfana era complicada. Sobre todo, de una que creció en un cabaret.

    Irene Graves escogió su nombre ella misma. Lo vio en una película sobre mujeres que cantaban y bailaban, llevando alegría a los demás. Irene, el nombre de la protagonista... usarlo la hacía sentir como si pudiera hacer todo eso y mucho más. Como si, igual que ella, fuese capaz de repartir amor, espectáculo, alivio a quienes lo necesitaban.

    Irene no escogió el lugar donde creció, pero de haber podido, no hubiese sido uno diferente. El terciopelo carmesí que apoyó sus primeros pasos, el aroma a colonia, el brillo del neón... no hubo un día, no hubo uno solo, que no fuera mágico. Hasta el día de hoy, seguía provocando el mismo sentimiento.

    "Tengo suerte", decía. "Tengo suerte de haber terminado aquí."

    Era normal que la miraran con extrañeza. ¿Una niña que creció en un cabaret? Los prejuicios, las burlas, los preconceptos eran la orden de su día a día. Pero ella nunca permitió que eso dejara de hacerla sonreír.

    Aunque nunca fuese muy popular con los de su edad, claro. Hasta el día en que la conoció a ella.

    "¡Comer la primera de la temporada es de buena suerte!"

    Irene nunca había visto un cabello tan bonito. Era un tono como el del cielo en un día nublado. ¡Y sus ojos! Claros con un brillo como el de perlas preciosas.

    Irene supo que quería ser su amiga. Supo que debía ser su primer amiga. Supo, en lo más profundo de su corazón, que tenía que conocerla, guiada por algo que la superaba, y al mismo, por algo increíblemente simple.

    "Te atrapé", le dijo, con una risa traviesa. "Si compartimos la primera mandarina del año, significa que ya no puedes alejarte de mí. ¡Tienes que quedarte conmigo para siempre!"

    Se lo inventó, por supuesto. La reacción en la niña del cabello blanco fue la más graciosa, y la más adorable que hubiera visto jamás. ¡Se lo creyó todo!

    Todo, cada palabra... Como si de los labios de Irene sólo pudieran salir dogmas inquebrantables, ella siempre la escuchaba.

    Ella siempre escuchaba a la niña que sólo servía para escuchar a los demás.

    Y por eso, Irene la amaba.

    Irene amaba a la niña del cabello blanco más que nada en el mundo. Y eso que Irene amaba muchas cosas.

    Irene amaba a Perle Noir. Irene amaba a su compañeros, a sus clientes, sus confidentes, sus amigos. Irene amaba darle alegría a los demás a través del arte que hacía con su ser entero.

    Irene amaba el amor. Estaba fascinada con el acto tan intenso y puro que era el amar, con la fuerza transformadora e implacable que podía llegar a ser.

    Y, aún así, Irene no amaba nada ni a nadie más que a la niña que compartió la primer mandarina de la temporada con ella, ese día de otoño.

    Y la amaba tanto, que no le importó saber que esa niña terminaría con su vida.

    Porque lo sabía. Lo supo desde el momento en el que la vio, y también sabía que la niña del cabello blanco estaba enterada de eso. Del destino desgarradoramente cruel que se había elegido para ambas.

    Irene sabía, también, de todas las cosas que la niña del cabello blanco había hecho para intentar cambiarlo. De la forma en la que había desafiado al tiempo mismo, a cada precepto del universo. Lo sabía, y la amaba por eso.

    Pero también sabía que, desgraciadamente, no era suficiente.

    Pero la amaba. A pesar de todo, y debido a todo, la amaba. La amaba más de lo que podían expresar las palabras. Y si su vida tenía que terminar gracias a esas manos... estaba bien.

    Estaba bien. No era algo malo. Porque pudo conocerla. Porque tuvo una vida llena de alegría gracias a ella. ¿Podía atreverse a pedir más? ¿Podía una niña huérfana que sólo quería compartir una mandarina tener una aspiración más grande, que morir a manos de quien amaba?

    Pedir más hubiera sido un crimen. Así que lo aceptó. Lo aceptó desde el primer momento, y vivió cada día sabiendo que su vida no sería larga.

    Sabiendo que cada oportunidad de amar que desperdiciara, podría ser la última.
    "Mira, es la primera de la temporada. ¿Quieres que la comamos juntas?" La infancia de una niña huérfana era complicada. Sobre todo, de una que creció en un cabaret. Irene Graves escogió su nombre ella misma. Lo vio en una película sobre mujeres que cantaban y bailaban, llevando alegría a los demás. Irene, el nombre de la protagonista... usarlo la hacía sentir como si pudiera hacer todo eso y mucho más. Como si, igual que ella, fuese capaz de repartir amor, espectáculo, alivio a quienes lo necesitaban. Irene no escogió el lugar donde creció, pero de haber podido, no hubiese sido uno diferente. El terciopelo carmesí que apoyó sus primeros pasos, el aroma a colonia, el brillo del neón... no hubo un día, no hubo uno solo, que no fuera mágico. Hasta el día de hoy, seguía provocando el mismo sentimiento. "Tengo suerte", decía. "Tengo suerte de haber terminado aquí." Era normal que la miraran con extrañeza. ¿Una niña que creció en un cabaret? Los prejuicios, las burlas, los preconceptos eran la orden de su día a día. Pero ella nunca permitió que eso dejara de hacerla sonreír. Aunque nunca fuese muy popular con los de su edad, claro. Hasta el día en que la conoció a ella. "¡Comer la primera de la temporada es de buena suerte!" Irene nunca había visto un cabello tan bonito. Era un tono como el del cielo en un día nublado. ¡Y sus ojos! Claros con un brillo como el de perlas preciosas. Irene supo que quería ser su amiga. Supo que debía ser su primer amiga. Supo, en lo más profundo de su corazón, que tenía que conocerla, guiada por algo que la superaba, y al mismo, por algo increíblemente simple. "Te atrapé", le dijo, con una risa traviesa. "Si compartimos la primera mandarina del año, significa que ya no puedes alejarte de mí. ¡Tienes que quedarte conmigo para siempre!" Se lo inventó, por supuesto. La reacción en la niña del cabello blanco fue la más graciosa, y la más adorable que hubiera visto jamás. ¡Se lo creyó todo! Todo, cada palabra... Como si de los labios de Irene sólo pudieran salir dogmas inquebrantables, ella siempre la escuchaba. Ella siempre escuchaba a la niña que sólo servía para escuchar a los demás. Y por eso, Irene la amaba. Irene amaba a la niña del cabello blanco más que nada en el mundo. Y eso que Irene amaba muchas cosas. Irene amaba a Perle Noir. Irene amaba a su compañeros, a sus clientes, sus confidentes, sus amigos. Irene amaba darle alegría a los demás a través del arte que hacía con su ser entero. Irene amaba el amor. Estaba fascinada con el acto tan intenso y puro que era el amar, con la fuerza transformadora e implacable que podía llegar a ser. Y, aún así, Irene no amaba nada ni a nadie más que a la niña que compartió la primer mandarina de la temporada con ella, ese día de otoño. Y la amaba tanto, que no le importó saber que esa niña terminaría con su vida. Porque lo sabía. Lo supo desde el momento en el que la vio, y también sabía que la niña del cabello blanco estaba enterada de eso. Del destino desgarradoramente cruel que se había elegido para ambas. Irene sabía, también, de todas las cosas que la niña del cabello blanco había hecho para intentar cambiarlo. De la forma en la que había desafiado al tiempo mismo, a cada precepto del universo. Lo sabía, y la amaba por eso. Pero también sabía que, desgraciadamente, no era suficiente. Pero la amaba. A pesar de todo, y debido a todo, la amaba. La amaba más de lo que podían expresar las palabras. Y si su vida tenía que terminar gracias a esas manos... estaba bien. Estaba bien. No era algo malo. Porque pudo conocerla. Porque tuvo una vida llena de alegría gracias a ella. ¿Podía atreverse a pedir más? ¿Podía una niña huérfana que sólo quería compartir una mandarina tener una aspiración más grande, que morir a manos de quien amaba? Pedir más hubiera sido un crimen. Así que lo aceptó. Lo aceptó desde el primer momento, y vivió cada día sabiendo que su vida no sería larga. Sabiendo que cada oportunidad de amar que desperdiciara, podría ser la última.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
    Me gusta
    Me entristece
    Me shockea
    8
    0 turnos 0 maullidos
  • Sí, tengo un castillo.
    No recuerdo por qué lo compré.
    Recuerdo que fue después de construir mis dos primeros hoteles... Creo que solo viví allí una semana... ¡Qué tonto!
    Sí, tengo un castillo. No recuerdo por qué lo compré. Recuerdo que fue después de construir mis dos primeros hoteles... Creo que solo viví allí una semana... ¡Qué tonto!
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
Patrocinados