Acariciaba sus cabellos blanquecinos con las yemas de los dedos, desenredando alguna que otra rama, quizá incluso alguna que otra hoja, con suma delicadeza, pasa por el cabello, las cerdas de un cepillo, empezaba a estar cansada.
Acariciaba sus cabellos blanquecinos con las yemas de los dedos, desenredando alguna que otra rama, quizá incluso alguna que otra hoja, con suma delicadeza, pasa por el cabello, las cerdas de un cepillo, empezaba a estar cansada.