La penumbra de la oficina principal siempre parecía encogerse cuando Gregor Vlasov entraba. El silencio del lugar solo era interrumpido por el sutil chasquido del fuego en la chimenea. Maral Romanov no levantó la vista de sus informes hasta que escuchó los pasos pesados, pero extrañamente calculados, de su mano derecha.
—Está hecho, Maral —dijo Gregor, deteniéndose a una distancia respetable, con la espalda recta y el rostro imperturbable de siempre.
Maral dejó la pluma sobre el escritorio de caoba y entrelazó los dedos, clavando sus ojos fríos en él.
—¿Conseguiste lo que te pedí? —preguntó ella, con una voz que exigía absoluta certeza.
—Mejor de lo que esperabas —respondió Gregor, esbozando una sonrisa milimétrica—. Encontré a alguien que no existe en los registros públicos. Trabaja exclusivamente en las sombras. Es un fantasma cuando acecha y un verdugo implacable cuando decide actuar. Si le das un nombre, esa persona dejará de respirar antes del amanecer, sin dejar rastro, sin dejar preguntas. Es de mi total confianza.
Maral guardó silencio por unos segundos, asimilando las palabras de su hombre más leal. Sabía que Gregor no cometía errores con el personal, pero el tipo de enemigos que ella manejaba requería algo más que simple letalidad. Requería sumisión absoluta a sus planes.
—Un fantasma... —murmuró Maral, poniéndose de pie con parsimonia—. Suena idóneo para limpiar el desastre que han dejado los rebeldes. Sin embargo, Gregor, los hombres que viven en la oscuridad suelen responder únicamente a sus propios instintos.
Ella caminó hacia el gran ventanal que daba a la ciudad iluminada y cruzó los brazos.
—Me pregunto si un hombre con esa naturaleza **será capaz de seguir mis instrucciones al pie de la letra**. No tolero las iniciativas propias, y mucho menos los caprichos de un mercenario que se crea por encima de mis órdenes. Si le digo que espere, debe congelarse; si le digo que mate, debe ejecutar. ¿Podrá contenerse y ser mi herramienta, o tendré que encargarme de él también?
Gregor asintió lentamente, entendiendo el peso de la advertencia.
—Sabe exactamente quién eres, Maral, y conoce las consecuencias de morder la mano que le paga. Es un profesional. Mientras tus objetivos se alineen con su pago, su lealtad a tus órdenes será quirúrgica.
Maral observó su propio reflejo en el vidrio y, tras un breve instante de deliberación, asintió.
—Tráelo entonces. Veamos si su obediencia está a la altura de su reputación.