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Al principio de todo no hubo un útero materno ni el llanto común que inaugura la vida de los hombres, sino una explosión silenciosa de sílabas mudas en el centro exacto del vacío primordial. Allí nació Ren, del suspiro exhausto de una deidad más vieja que el tiempo mismo, brotando como una mancha de tinta rebelde sobre el lienzo en blanco del primer universo que existió.
Su infancia transcurrió en los pasillos infinitos de la Biblioteca del Nexo, corriendo descalzo entre estanterías colosales que albergaban constelaciones enteras atrapadas en encuadernaciones de cuero gastado. No aprendió a comunicarse con palabras habladas, sino a través del crujido rítmico de las páginas y el eco del silencio cósmico que moldeó su mente como un molde de cera. Era un niño etéreo que jugaba a construir mundos efímeros con las letras de idiomas que la humanidad aún no había inventado.
Al alcanzar la juventud de su inmortalidad y adoptar para siempre la apariencia fija de un joven de veinticuatro años, la curiosidad artística lo empujó a saltar los muros de su hogar eterno. Descendió a las dimensiones más jóvenes y ruidosas, vistiendo la piel de un viajero mundano para entender de cerca el calor de las fogatas humanas y el sabor amargo de las lágrimas reales. Fue en esa época de exploración donde descubrió que la realidad material era una arcilla blanda, un tejido maleable que cambiaba de rumbo cada vez que él plasmaba un poema en los márgenes de la historia. Experimentó con el nacimiento de pequeños mitos en mundos medievales y observó con fascinación cómo los mortales morían con honor por palabras que él había susurrado al oído de sus reyes en noches de embriaguez poética.
Sin embargo, su juego divino se quebró de forma trágica el día en que decidió escribir su primera gran novela de amor y guerra en una dimensión remota llamada Thule. El "escritor" se enamoró perdidamente de su propia protagonista, una reina mortal cuya voluntad era tan indomable que comenzó a desafiar activamente los párrafos que él trazaba con su pluma de plata. En un intento desesperado por regalarle un final feliz que la salvara de su destino fatal, alteró el orden lógico del multiverso, pero la narrativa cósmica reaccionó como una guillotina pesada, aplastando el mundo de la reina y reduciéndolo a cenizas flotantes. Sostener el cadáver de su creación favorita mientras el universo entero se borraba como un dibujo mal hecho en la arena fue el rayo que partió su inmortalidad en dos, transformándolo de un dios juguetón a un autor severo y distante.
Devastado por la pérdida absoluta y con las manos manchadas de la tinta invisible de un mundo muerto, abandonó las túnicas ceremoniales de los planos celestes para adoptar una estética puramente terrenal y cínica. Se recogió el largo cabello oscuro en un moño descuidado para trabajar sin estorbos, se cubrió bajo la piel moldeable de infinitos seres para no ver el fantasma de Thule reflejado en cada estrella y comenzó a deambular por dimensiones modernas y caóticas como un trovador deambulante cuya realidad se adaptaba al contexto. Tan desdichado como solitario, aprendió a camuflar su poder infinito bajo la fachada de un personaje secundario, un tipo misterioso que se sienta en los cafés de las metrópolis a teclear en máquinas viejas o un caballero errante que visita las tabernas mediavales sin llevar a cabo ninguna conversación trascendente. No obstante, cada palabra que salía de sus dedos ya no busca crear vida por simple diversión, sino purgar el veneno de la culpa que amenazaba con ahogarlo en su propio océano de historias rotas.
Ren no mira el mundo como los mortales; para su mente, la realidad entera es un manuscrito a medio corregir lleno de tachaduras y notas al margen. Se divierte alterando los hilos y desarrollando crónicas que fácilmente se convierten en melodramas o aventuras incompletas. Sus pensamientos son ríos de tinta negra que buscan desesperadamente un canal donde desbordarse para crear algo nuevo. Camina con una parsimonia que desespera a los hombres comunes, arrastrando una calma pesada que es, en realidad, el silencio absoluto que precede a la tormenta de la creación. Se mueve entre la multitud de las ciudades modernas como un lector que hojea un libro viejo en una tienda polvorienta, sabiendo perfectamente qué personaje va a morir y qué arco argumental se va a romper antes de que termine el día. A fin de cuentas, la existencia de universos enteros es solo un borrador arrugado guardado en el bolsillo de su chaqueta.