❕❕ Antes de leer, te aviso de que este monorol contiene alusiones a pérdidas familiares. No se narra nada de forma demasiado descriptiva pero quizás puede herir sensibilidades.
Aquella pesadilla siempre llegaba igual. Cada noche. Envuelta en una oscuridad pesada, densa y sofocante. Y después, solo habia fuego.
No existía transición alguna entre el sueño y la pesadilla; simplemente ocurría, envolviéndolo y abrumándolo. Como si alguien lo empujara y lo arrojara directamente al mismísimo infierno cada vez que cerraba los ojos. Un infierno del que sabía que no habia salida. El aire ardía en sus pulmones antes incluso de poder comprender dónde se encontraba, y el crepitar de las llamas retumbaba a su alrededor con una violencia tan real que casi podía sentir cómo el calor le quemaba la piel.
El Abattoir siendo consumido por las llamas y el humo. El complejo Mikaelson, aquel lugar que durante siglos había soportado guerras, traiciones y sangre derramada entre sus muros, se alzaba a su alrededor convertido en una tumba humeante. Las paredes habían colapsado sobre sí mismas llenando el patio de piedra y escombros allí donde alcanzaba la vista. El hierro ennegrecido sobresalía entre las montañas de piedra reducida a ceniza. Las vidrieras estaban hechas añicos y el escudo de los Mikaelson, aquel emblema que presidia el patio y que siempre había permanecido intacto sin importar cuántas veces el mundo hubiese intentado destruirlos, apenas colgaba de una pared medio derrumbada, consumido por las llamas. Apenas un amasijo de hierro retorcido.
Todo habia ardido. Y aun así, lo peor de todo aquello era el silencio.
Porque Klaus conocía el horror, los gritos y el sonido de la muerte. Habia sido, durante mil años, un experto en sembrar terror. Pero aquello… aquello era distinto. No había voces. No había llantos. No quedaba nadie con vida para gritar.
Klaus avanzaba lentamente entre los escombros, con la ira y la rabia atenazadas contra su estómago mientras las brasas iluminaban el humo que cubría el aire. Podía sentir la ceniza que flotaba en el ambiente adherirse a su piel. El olor a sangre mezclado con madera quemada le revolvía el estómago de una forma que nada había conseguido hacerlo jamás.
Y entonces los veía.
Siempre en el mismo orden. Siempre igual.
Rebekah estaba cerca de lo que antaño había sido la escalera principal. Su cuerpo yacía inmóvil bajo una viga derrumbada, parcialmente consumido por un fuego antinatural. Sus dedos permanecían extendidos hacia él, congelados en un último intento desesperado de alcanzar una ayuda que jamás llegó. Klaus apenas conseguía apartar la vista de su rostro. De la expresión vacía de esos ojos azules que llevaban más de mil años brillando con vida, rabia y orgullo.
Después Elijah.
Elijah y Hayley.
Incluso a punto de morir, a dos segundos de que su mundo colapsara, habían intentado encontrarse. Sus cuerpos descansaban a escasos centímetros el uno del otro entre montañas de piedra y polvo, como si hubiesen luchado hasta el final por alcanzarse sin éxito. La mano de Elijah permanecía extendida hacia ella, detenida para siempre a solo unos centímetros de tocar sus dedos.
Kol aparecía más adelante, cubierto de sangre y ceniza. Davina junto a él.
Freya.
Keelan.
Nik.
Todos.
Toda su familia destruida y desperdigada entre las ruinas del que fuera su hogar como si el propio fin del mundo hubiese caído sobre ellos. Y cada vez que Klaus intentaba correr hacia alguno de ellos, cada vez que intentaba tocarles, despertarlos o negar lo que veía, el sueño lo obligaba a seguir avanzando.
Hacia ella. Siempre hacia ella.
Hope.
El fuego parecía apagarse parcialmente alrededor de su cuerpo, como si incluso las llamas se inclinaran ante la injusticia y el horror de aquella visión. Estaba sentada, con su espalda apoyada contra los restos destruidos de lo que habia sido la fuente que adornaba el patio. Estaba inmóvil, demasiado inmóvil, con una lanza de roble rojo atravesándole el pecho.
El cuerpo de Hope era solo una efigie de ceniza amontonada de forma precaria, su rostro estaba agrietado como porcelana rota. Sus ojos permanecían entreabiertos, vacíos de vida, con la sorpresa de la muerte aun latente en sus iris claros. Klaus siempre caía de rodillas junto a ella con la desesperación de un padre incapaz de aceptar lo imposible.
-No… no, lobita… no…
Su voz jamás sonaba como la del temido Hibrido Original. No quedaba nada del monstruo que habia poblado las pesadillas del mundo durante un milenio, no quedaba nada del hombre que habia sido apodado como “El Gran Mal”. Nada del híbrido inmortal. Solo un padre roto intentando sostener lo único puro que había existido jamás en su miserable vida.
Sus manos temblaban al intentar acariciar la mejilla de Hope, como si intentara alcanzarla y salvarla incluso sabiendo que ya era demasiado tarde.
Y entonces ocurría.
Siempre ocurría.
La piel de Hope comenzaba a resquebrajarse bajo sus dedos. Las grietas de pronunciaban y después… todo su cuerpo se convertía en cenizas y ascuas que desaparecían en el aire.
Todo su cuerpo se deshacía lentamente entre las manos de Klaus mientras el viento arrastraba los restos de su hija por el aire como si jamás hubiera llegado a nacer. Y él no podía detenerlo. No podía hacer absolutamente nada más que observar cómo la única persona por la que había estado dispuesto a cambiar desaparecía frente a sus ojos para toda la eternidad.
Y entonces solo quedó Klaus. Arrodillado entre cadáveres, fuego y ruinas, con el humo elevándose hacia un cielo completamente negro mientras comprendía, una vez más, que había sobrevivido a todos ellos. Que, de algún modo cruel y enfermizo, él seguía siendo el único que quedaba en pie.
Entonces despertaba.
Siempre justo antes de escuchar aquella risa. La risa de Morgana, fría como el hielo y cruel como una saeta, resonando entre las llamas.