En una madrugada cercana al invierno, el héroe abandonó el reino.
Nadie intentó detenerlo.
Porque los héroes solo eran necesarios mientras puedan matar por otros.
Atravesó aldeas oprimidas por la fuerza militar.
Campos de cultivo donde los trabajadores no podían usarlos para alimentarse.
Iglesias llenas de oro construidas junto a fosas comunes.
El mundo seguía igual.
No.
Mucho peor.
Porque ahora ya no existía un enemigo sobre el cual descargar la culpa.
Entonces llegó al Norte. A una vieja aldea reducida a cenizas negras.
El olor seguía allí pese a los años.
Y entre las ruinas encontró a una niña.
Pequeña.
Delgada.
Con cuernos oscuros sobresaliendo de su cabeza.
Una demonio.
El héroe sintió cómo algo antiguo y enfermo se agitaba dentro de su pecho.
Odio.
Miedo.
Esperanza.
La niña levantó la vista lentamente.
Sus ojos rojos estaban llenos de algo infinitamente peor que rabia.
Lástima.
— Llegaste tarde. —susurró.
El héroe apretó la espada hasta abrirse nuevamente las heridas de la mano.
— La guerra terminó.
La niña observó las ruinas a su alrededor.
Cadáveres pequeños aún podían verse bajo las cenizas.
— Sí... Y entonces los humanos pudieron hacer todo esto sin culpa.
El viento sopló entre las ruinas y levantó cenizas hacia el cielo.
El héroe permaneció inmóvil. La espada colgaba de su mano como una extremidad muerta.
La lluvia comenzaba otra vez, lenta, viscosa, mezclándose con la mugre reseca de su armadura. Y, durante un instante, creyó percibir un olor familiar.
Carne pódrida.
Cabello chamuscado.
La guerrera: su compañera de vida.
El estómago se contrajo violentamente.
La niña continuaba observándolo sin moverse. No había odio en sus ojos.
Aquello era peor, pues el odio todavía reconoce al otro como algo digno de ser destruido.
Lo que ella sentía era comprensión.
Y el héroe descubrió que preferiría mil veces ser odiado.
— Mientes... —murmuró.
Pero su voz estaba rota.
No sonó como la voz de un salvador.
Sonó como la de un pecador enterrado bajo años de culpa.
La niña inclinó la cabeza.
— ¿Lo hago?
Entonces señaló las ruinas.
Dedos pequeños.
Uñas negras.
— Mira bien. Ve.
El héroe obedeció.
Porque algo dentro de él ya lo sabía.
La lluvia convertía las cenizas en una pasta oscura que se adhería a sus botas como órganos deshechos. Y encontró esqueletos pequeños abrazados entre sí dentro de una vivienda derrumbada.
Un cráneo infantil aún conservaba mechones de cabello pegados al hueso.
Más adelante descubrió marcas.
No de garras demoníacas.
Espadas.
Lanzas.
Botas humanas.
Y sobre una pared ennegrecida, escrita con sangre ya oxidada, una frase apenas visible:
Purificad a los impuros.
El héroe sintió náuseas.
No las náuseas del cuerpo.
Algo más profundo dentro de él.
Era el alma intentando vomitarse a sí misma.
Retrocedió tambaleando hasta caer de rodillas sobre el barro.
Y entonces recordó.
Recordó rumores durante la guerra.
Aldeas sospechosas de colaborar con demonios.
Ejecuciones preventivas.
Purificaciones ordenadas por la Iglesia de la Luz.
Nunca preguntó demasiado porque estaba ocupado salvando el mundo.
Porque las grandes causas siempre avanzan mejor cuando los hombres buenos deciden no mirar debajo de ellas.
El héreo volvió con la niña, destrozado, asqueado. Y ella volvió a hablar.
— Cuando ustedes tenían miedo de nosotros, todavía necesitaban fingir que eran seres virtuosos.
El héroe levantó lentamente la vista.
Ella sonreía.
No como el Rey Demonio.
No.
Aquello era infinitamente más terrible.
La sonrisa de alguien que ya no espera nada bueno del universo.
— Pero cuando ganaron, los humanos se quedaron solos consigo mismos.
El silencio cayó otra vez.
Lejos, en algún lugar del bosque muerto, algo crujió entre los árboles.
El héroe respiraba con dificultad.
Sentía el corazón latiendo dentro del pecho como una masa enferma golpeando carne podrida.
Toda su vida.
Toda aquella maldita vida había sido construida sobre una mentira.
No había salvado al mundo.
Había liberado a la humanidad de su único limitante.
Las guerras continuaron.
Las torturas continuaron.
Las hambrunas continuaron.
Pero ahora los hombres podían culparse únicamente entre ellos.
Y descubrieron que eso jamás les había detenido.
El héroe comenzó a reír.
Primero bajo.
Luego más fuerte.
Una risa horrible, adolorida, quebrada.
La risa de una mente desgarrándose lentamente.
Se dobló hacia adelante mientras carcajadas espasmódicas escapaban de su garganta. Lágrimas descendían de su único ojo restante.
— Todo... —jadeó—. Todo fue inútil...
La niña no respondió.
Porque algunas verdades son demasiado crueles para necesitar confirmación.
El héroe clavó los dedos en su rostro.
Sintió las uñas romper la piel.
Quería arrancarse el rostro.
Quería desollar a la memoria.
Quería volver atrás y dejar morir al mundo entero.
Pero ya era tarde.
Siempre era tarde para él.
Entonces escuchó algo...
Pasos.
Demasiados.
Antorchas comenzaron a encenderse entre los árboles.
Voces humanas.
— ¡Revisen las ruinas!
— ¡La criatura fue vista aquí!
— ¡Mátenla antes de que escape!
Cazadores.
Soldados.
Hombres.
La niña bajó la mirada lentamente, como alguien acostumbrado a ver acercarse la muerte.
El héroe sintió cómo algo se abría dentro de él.
No bondad.
No compasión.
Algo mucho más oscuro para su moribunda alma.
Comprensión.
Por primera vez veía a los humanos del mismo modo que el Rey Demonio los había visto.
Como animales asustados.
Violentos.
Hambrientos de sangre para ocultar el vacío insoportable de sus propias almas.
Las antorchas se acercaban.
El acero resonaba.
Uno de los hombres apareció entre la niebla y sonrió al reconocer al héroe.
— ¡Mi señor! —gritó—. ¡Aléjese de esa cosa!
La niña cerró los ojos. Resignada.
El héroe observó al soldado.
Después miró a la niña.
Y por un terrible instante, casi infinito para él, comprendió exactamente por qué los demonios habían odiado a la humanidad.