Mientras el resto del mundo apenas comenzaba a despertar entre sábanas y alarmas, Viktor ya se encontraba inmerso en la quietud absoluta de su santuario: la funeraria familiar. El aire allí era distinto, denso y cargado de un silencio que solo él sabía interpretar.
Era tanatopractor; una profesión que pocos comprendían y que la mayoría prefería ignorar con un escalofrío, pero que él ejercía con una devoción casi religiosa. Para Viktor, su labor no se limitaba a preparar un cuerpo inerte; su verdadero trabajo, el que justificaba su existencia, era la restauración de la dignidad.
Observó los rasgos de la figura que descansaba sobre la mesa de acero. Consideraba su oficio como un acto de justicia final. Se trataba de devolver la serenidad a un rostro que, quizás, en sus últimos instantes solo conoció el miedo, el dolor o el zarpazo de la violencia. Su misión era borrar el rastro de la tragedia para permitir que, en el último adiós, el recuerdo prevaleciera sobre el trauma.
La precisión era su único lenguaje, una gramática de movimientos estudiados:
* Cada gesto era medido, casi coreográfico.
* La posición de las manos debía dictar una paz absoluta, libre de tensión.
* La expresión final era una obra de arte que no admitía el más mínimo descuido ni la sombra de una imperfección.
Durante las horas de luz, su armadura consistía en un traje negro impecable, guantes que se sentían como una segunda piel y una compostura que no admitía fisuras. Su oficio exigía un pulso que no temblara y una mente tan clara como el cristal bajo el que a veces reposaban sus clientes. Había quienes pensaban que aquel era un trabajo frío, una tarea carente de alma realizada por alguien vacío de emoción. Para Viktor, aquel era, posiblemente, el acto de respeto más puro que un ser humano podía recibir: ser entregado a la tierra con la elegancia que la vida, a menudo caprichosa y cruel, les había negado en el último suspiro. Trabajaba bajo un código inquebrantable que definía cada segundo de su jornada: disciplina férrea, método obsesivo y una elegancia que pretendía trascender la propia existencia.