La casa olía a sopa caliente y a lluvia.
Una pequeña casa vieja, alejada de absolutamente todo, no había nada a menos de media hora en coche. Mae sabia porque estaban allí, sabia porque no podia ir al instituto, porque venía todos los días un tutor privado a darle clase, sabia porque había símbolos grabados en la madera de la casa, porque toda clase de relicarios colgaban de las puertas.
Lo sabía porque todo aquello no solo las escondía de él, sino que también la afectaba a ella, aunque en menor medida gracias a su parte humana.
A pesar de todo eso, aquella era una casa acogedora, llena de pequeñas cosas que su madre insistía en conservar para hacerlo todo más cálido, fotos enmarcadas, plantas en las ventanas, libros apilados en la mesa…

 

Aquel día Mae estaba sentada en el suelo del salón, a pesar de tener a su disposición un magnifico sofá, siempre había preferido sentarse en el suelo, leyendo un libro que realmente no le interesaba, mientras escuchaba a su madre trastear por la cocina. Ese sonido siempre le tranquilizaba, seguramente no tardaría en oler a magdalenas, o galletas, o quizás a algún pastel o tarta.

 

— Mae — dijo Grace desde la cocina. — ¿has terminado los deberes?

 

— Más o menos…

 

— Eso significa que no.

 

Mae sonríe, para sí misma, tan solo un poco. Ella sabía que su madre no la iba a presionar, ni a castigar, y su madre sabía que lo que fuera que quedara de aquella tarea, estaría terminado de forma impecable para el día siguiente.
O lo hubiera estado si en ese mismo instante toda su vida no se hubiera ido a la mierda.
Al  principio pareció un cambio sutil, pero Mae lo sintió inmediatamente, el miedo se clavó en su pecho antes de que su madre la llamara desde la cocina con un tono de voz que nada tenía que ver con el que había usado anteriormente. Este era tenso, plano, monótono, y cargado de tristeza.

 

— Mae, ven aquí.

 

La mirada de Mae a pesar de estar puesta de forma fija durante los últimos segundos en la puerta de la casa, viajó de manera perezosa hasta la de la cocina antes de que ella misma se levantase y caminara, como si le costara hasta la otra habitación.
Grace llegó hasta ella, puso ambas manos en las respectivas mejillas de su hija.

 

— Escúchame con mucha atención.

 

— ¿Qué es lo que pasa, mama?

 

— Mae, no tenemos tiempo, — justo tras esas palabras un golpe sacudió toda la casa, y Mae sintió y un escalofrío recorrer su columna vertebral. — Vas a salir por la puerta de atrás.

 

— ¿Qué? ¡No! ¿Quién es? Podemos irnos las dos. O puedo plantares cara.

 

— ¡No! Ni se te ocurra, ya lo sabes. — La mujer más mayor empujó a la más joven por el pasillo trasero que salía desde la cocina y por el que se accedía a la despensa y al patio trasero, el cual se abría hacia la colina descendente. — Vas a correr, — otro golpe hizo que toda la casa temblara. — No pares de correr, no mires atrás. No uses tus poderes, no desees, ni anheles, pasa desapercibida. Eres Mae Carter, una adolescente normal. Hazlo por mí, mi niña, y nunca olvides que te quiero con el alma, que te quise desde que supe de tu existencia dentro de mí, y que te querré hasta mi último aliento.

 

— Mamá… — Unas lágrimas realmente amargas corrían por el rostro de Mae sin que ella fuera plenamente consciente de ese hecho.

 

— Mae, mírame. — Mae lo hizo, muy a su pesar, a través de un velo de lágrimas. — No eres tu padre, cariño, recuérdalo siempre. — Grace abrazó a su hija, por última vez antes de empujarla por el pasillo y verla desaparecer por la puerta justo en el mismo instante en que las defensas de la casa caían.

 

Mae salió corriendo. La lluvia le golpeó la cara, mezclándose con la propia humedad de su rostro, mientras atravesaba el jardín y bajaba la colina a una velocidad envidiable. No fue capaz de escuchar nada de lo que ocurrió en aquella casa, pero no le hizo falta para imaginárselo. Su cuerpo entero temblaba sacudido por sus sollozos.
De pronto se había quedado huérfana, no tenía a donde ir, no tenía un plan, no tenía un hogar, tan solo tenía dieciséis años, un poder inconmensurable en la sangre y la certeza de que si se detenía, la encontrarían.

 

Y por primera vez en su vida, ese día Samaelith empezó a huir.