Todo es nuestro.

La frase se repetía una y otra vez en los altavoces de las avenidas, en el comedor, en las formaciones de las mañanas. Y aún así, las naves cargadas con los cadáveres de los infectados seguían llegando, una tras otra. ¿Hasta que punto podría entonces confiar en ese mantra?

La duda seguía ahí, taladrando mi mente, invadiendo y contaminando mis más profundos ideales, tal como el virus había secado y marchitado al pobre diablo que tenía frente a mí, con el corazón expuesto, intentando entender que era lo que estaba diezmando nuestra población.

Día tras noche, seguíamos buscando una cura, desesperados, pues cada vez eran más y más las camas ocupadas por enfermos moribundos y el anillo que rodeaba el planeta se ensanchaba con la carne de aquellos que ya no podían permanecer en las fosas.

Mientras extraía las muestras necesarias, la alarma que marcaba el cambio de turno sonó y con el cansancio en nuestros movimientos, uno a uno dejamos los instrumentos sobre las mesitas de operación y salimos. No se nos permitía hablar de ello, ninguno de nosotros se habría atrevido a expresarlo en voz alta, seríamos condenados en el acto por traición; pero lo sabíamos, era más que claro: nos enfrentábamos a la aniquilación de Zhorvak.



Nolan hizo una mueca de asco al releer ese último párrafo y cerró el portátil de un manazo. Demasiado personal, demasiado emocional.

— Papá, ya está la comida — Su hijo entró y el rostro de Nolan ocultó en un segundo la expresión de fastidio, por una sonrisa fraternal. 

— Ahora bajo, Mark.