El sonido del despertador me despertó a primera hora. ¡¿Dios Santo, ya era de día?! Alargué la mano para, a ciegas y tanteando, dar con el maldito móvil y desactivar el estruendoso sonido de la alarma. Un quejido a modo de protesta, y en ese momento el calor de Jack llegó a mí. No lo pude evitar, ahí estaba la sonrisa que nacía de saber que tenía al hombre más maravilloso del mundo abrazándome.
Me giré en la cama y abrí un ojo para mirarle, Jack estaba todavía luchando por salir de los brazos de Morfeo, y yo, gustosamente, decidí darle el pequeño empujón que necesitaba. Colé mi mano entre las sábanas hasta alcanzar el filo de la camiseta a cuadros de su pijama, lo levanté lo suficiente y comencé con mis habituales caricias en su dermis.
– Buenos días… – canturree, o al menos lo intenté, porque me pareció sentir mi voz apagada y cansada – ¿Has dormido bien? –.
Aquel era el preludio de unos minutos de atenciones merecidas antes de comenzar el día. La manera que ambos habíamos encontrado de cargarnos de ánimo y fuerzas para afrontar lo que viniera. Al menos, robando un poco de tiempo al sueño, nos podíamos demostrar nuestros sentimientos a solas antes de tener que meternos en el papel que a cada uno le correspondía. Sí, lo sé, tiene morbo, pero en algunas ocasiones era… tedioso, por decirlo de alguna manera.
Esa mañana, siendo jueves, tocaba desayuno de chicas y, como habíamos planeado Jack y yo, él me dejaba a una manzana de la cafetería en la que me reunía con ellas, de ese modo evitar sospechas. Aunque, si era sincera conmigo misma, todavía me preguntaba cómo era posible que, trabajando con los hombres y mujeres con los que estábamos, siguiera siendo un secreto su relación. No importaba, al menos hoy no sería el día en que recibiría la respuesta a esta pregunta.
Tampoco es que fuese uno de los días más importantes de mi vida, pero algo cambió. Pero, vayamos por partes. El desayuno con las chicas fue como siempre, y una vez acabamos fuimos a la oficina. Allí, después de una semana tranquila, un nuevo caso llegaba al equipo B. Mentiría si dijese que no me apetecía, comenzaba a molestarme ver el macuto de viaje cada día en el maletero. Acción, y sí que sería acción.
Iremos al grano saltándome la reunión en la que Jack, nuestro jefe de equipo y mi sexy novio, nos exponía el caso y ponemos puntos de vista en común, y blab, bla, bla… También vamos a saltarnos el momento en que subimos al avión y vayamos directos al grano, a la chicha. Eso que a todos nos interesa, y dejemos a un lado el ambiente pesado del campus, o el silencio roto por los cuchicheos cuando llegamos y nos desplegamos, o el modo en que el cielo casi negro por amenza de tormenta parecía guardar luto a los chicos fallecidos.
Se trataba de tres víctimas, siendo esas mismas víctimas estudiantes de la universidad y fueron encontrados esa misma noche.
Cuando entré en el edificio acordonado, el olor a cera y metal todavía estaba en el aire. La escena estaba en una sala de estudio abandonada del antiguo edificio de filosofía. Un lugar que, según nos dijeron, casi nadie usaba ya.
Los cuerpos estaban colocados en el suelo formando un triángulo perfecto. No fue lo primero que noté, pero una vez lo ves, no puedes dejar de verlo. Cada víctima estaba situada en un vértice, mirando hacia el centro. Entre ellos había un símbolo dibujado con lo que más tarde confirmamos que era sangre.
He visto escenas duras antes. Pero aquella tenía algo… deliberado. No era un asesinato impulsivo. Era una puesta en escena. Miré a Jack, y él pareció notarlo también.
La primera víctima era Daniel Ortega, 21 años, estudiante de historia. La segunda, Marta Salcedo, 22, de antropología. La tercera, Lucas Vidal, 20, de filosofía. Los tres compartían al menos una cosa: formaban parte de un pequeño grupo universitario dedicado al estudio de religiones antiguas y ocultismo.
Teniendo esos datos, ambos sabíamos, al igual que el resto de la unidad, que no se trataba de una simple coincidencia. Pero, volvamos al momento y al escenario.
Había velas colocadas alrededor del símbolo central. Negras. Trece en total. Algunas estaban completamente consumidas, lo que indicaba que el ritual —si realmente fue un ritual— había durado horas.
El símbolo en el suelo no era un pentagrama común como los que ves en películas. Era más complejo. Círculos entrelazados, marcas que parecían letras antiguas. El equipo de análisis lo fotografió todo antes de que nadie tocara nada. La verdad era que, como lo comentamos Jack y yo, se parecía bastante a la serie que habíamos visto juntos; Supernatural.
Me agaché cerca del centro del círculo y miré las marcas.
Había estudiado suficientes casos para saber que mucha gente intenta imitar rituales “satánicos” sin entender realmente lo que está haciendo. Pero esto… esto estaba demasiado cuidado. Era como si conocieran muy bien cómo llevarlo a cabo. No parecía una locura de un joven pérdido, era una mente adulta. O eso fue lo primero que pensé. Por así decirlo demasiado preciso.
En una de las paredes encontramos algo más. Tallado directamente en el yeso con algún objeto afilado. Una frase.
“La puerta se abre con tres”
Miré a Jack, y directamente solté - Tres víctimas, tres posiciones, y tres vértices. Qué casual todo, ¿No crees? -.
Al principio pensamos que una de las posibilidades, y solo por descartar, podía tratarse de un suicidio ritual colectivo. Pero esa teoría se cayó rápido. Las autopsias revelaron algo importante: dos de las víctimas habían sido sedadas antes de morir.
Mientras revisamos las pertenencias de los estudiantes encontramos sus cuadernos de investigación. En ellos hablaban de antiguos rituales de invocación, mitologías demonológicas y sociedades ocultas medievales. La mayoría eran apuntes académicos, pero había páginas recientes mucho más… personales. Diagramas, símbolos, y la misma frase de la pared, “La puerta se abre con tres”.
Gracias a la ayuda de García al revisar las cámaras, que habían sido hackeadas, descubrimos que las tres víctimas entraron juntas al edificio. Pero, lo extraño llegó cuando descubrimos cuatro sombras entrando en la sala. Por lo que, o en un primer momento iban a ser cuatro, o el asesino entró con ellos. Y dado que eran tres contra uno, esos chicos sabían en cierto modo dónde se metían. O no.
Pesé a los grandes avances, cuando llegó la noche, el equipo comenzó a irse a descansar al hotel, pero Jack estaba absorbido por el caso. Y yo, bueno, también a decir verdad. Por lo que nos quedamos en la sala que nos había facilitado la comisaría intentando averiguar algo más.
– Tres víctimas – dijo Jack mientras señalaba las fotos – Tres posiciones en el símbolo. Pero hay algo que no encaja –.
Yo también lo veía – Las cámaras –.
Asintió.
Las cámaras del pasillo mostraban claramente cuatro sombras entrando en la sala donde aparecieron los cuerpos.
El cuarto nombre apareció revisando correos electrónicos de los estudiantes: el profesor Héctor Valdés, especialista en religiones antiguas. Había intercambiado mensajes con ellos durante semanas. Les hablaba de rituales históricos, de simbolismo demonológico… incluso de la posibilidad de reproducirlos con fines académicos.
Cuando investigamos su historial descubrimos que años antes lo habían expulsado de otra universidad por realizar experimentos poco éticos con estudiantes. Era hora de preguntarle directamente al profesor, solo que, cuando llamamos a la Universidad para pedir su dirección, dado que García también se merecía descansar, nos informaron que el profesor llevaba dos días faltando a clase. Aquel detalle nos abrió la puerta a conseguir un permiso judicial para ir esa misma noche a su despacho.
En su despacho encontramos el ordenador que, a diferencia de lo que solía ser normal, estaba la clave anotada en una agenda. Todo parecía normal hasta que, Jack investigando entre varias carpetas encontró un documento titulado:
“La apertura de la puerta — intento final”.
Jack leyó el texto en silencio durante varios minutos. Yo podía ver cómo su expresión iba cambiando.
– Angie… – dijo al final – Creo que los estudiantes no sabían lo que iba a pasar– .
El documento explicaba que el ritual necesitaba tres participantes colocados en posiciones concretas… y un cuarto oficiante. El único que sobrevivía.Valdés había convencido a los estudiantes de que participaban en una recreación académica. Pero cuando empezó el ritual, los sedó y los sacrificó. Y lo peor era que no había terminado.
En el documento hablaba de una segunda fase. Un lugar simbólico donde debía completarse el ritual. Un antiguo monasterio abandonado a las afueras de la ciudad, y unas coordenadas exactas.
Cuando llegamos allí la puerta principal estaba entreabierta. Dentro, la nave central estaba iluminada por docenas de velas. El mismo símbolo que vimos en la universidad estaba dibujado en el suelo del altar, pero mucho más grande y en medio estaba Valdés.
Cuando nos vió sonrió, y soltó – Llegáis justo a tiempo… – Miré directamente a Jack. Nunca olvidaré la mirada de Jack en ese momento. Estaba enfadado y decidido, y yo también. Acabariamos con aquello de una vez.
Valdés empezó a hablar de portales, de entidades antiguas, de cómo los tres estudiantes habían sido “la llave”. Mientras hablaba, encendió otra vela en el centro del símbolo.
– Solo falta el último paso… – Dijo, mientras Jack y yo, en un movimiento completamente coordinado nos acercabamos con las armas apuntándole. Seguidamente sacó un cuchillo ceremonial de la mesa del altar y avanzó hacia el círculo.
Jack reaccionó primero.
– ¡Suéltalo ahora! –.
Valdés no obedeció y todo ocurrió muy rápido después de eso. Aquel cuchillo no era más que la manera de conseguir que nosotros entraramos dentro del círculo, y cuando quisimos darnos cuenta, con solo un movimiento de su pie, Váldes golpeó una vela que prendió al resto. Rápidamente el fuego nos envolvió, y no quedó más tiempo de reacción, Jack saltó sobre el hombre justo cuando yo disparé para desarmarlo.
Cuando llegaron los refuerzos, el ritual se había convertido en un círculo chamuscado y Valdés estaba esposado en el suelo del monasterio. El caso estaba terminado, pero la noche todavía no había terminado para nosotros.
El equipo policial se llevó a Valdés y nosotros nos quedamos fuera del monasterio esperando a que terminaran de asegurar la zona. La lluvia empezaba a caer suavemente cuando Jack estaba apoyado contra el capó del coche mirando la entrada del edificio.
Se notaba que la adrenalina todavía no se le había bajado. Yo también lo sentía. Estuvimos a punto de convertirnos en parte del ritual de un lunático.
Después de unos minutos de silencio, dije:
– Bueno… eso ha estado cerca –
Jack soltó una pequeña risa cansada.
– Un martes normal para nosotros– .
Lo miré cansada pero también con un sentimiento de pesar en el cuerpo, y una pregunta en mi cabeza, ¿Y si la historia hubiera acabado de otra manera?. Entonces, mi voz sonó sola.
– Oye, Jack – le llamé, consiguiendo de nuevo su atención. – Si algún día un profesor loco intenta sacrificarnos en un monasterio abandonado… creo que deberíamos reconsiderar nuestras prioridades… –
Levantó una ceja – ¿Ah sí? –.
Me encogí de hombros —Sí. Como por ejemplo… casarnos –. ¿Humor? Puede que sí, o puede que no.
Jack me miró un segundo en silencio y luego soltó una carcajada.
– ¿Me estás proponiendo matrimonio después de casi morir en un ritual demoníaco? –. respondió, claramente él se lo estaba tomando a broma, pero… Pero yo lo tenía claro. Quería una vida a su lado, y si moría quería que fuera con su apellido… Y eso no hubiera pasado este día.
—No digo que sea la propuesta —respondí—. Solo digo que es una señal bastante clara de que nuestra vida es demasiado peligrosa como para seguir posponiéndolo… – al final mi voz no era más que un tono bromista, pues así parecía que debía ser. Jack negó con la cabeza, todavía sonriendo.
– Angie… –.
– ¿Qué? –.
Se acercó un poco más.
– Cuando decidas pedírmelo en serio… espero que el escenario sea un poco menos satánico. – terminó diciendo, al mismo tiempo se separó del capó del coche cuando unas fina gotas de lluvia anunciaban que era momento de volver a casa.
—No prometo nada. A casita, que ha sido un laaaargo día… –